nº 95 Editorial. La Razón y la vida

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Razonar y modernizar

Editorial. nº 95

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Editorial: La Razón y la vida

Entre la aparición del primer viviente y la de los homínidos transcurren millones de centurias. Se ignora cuándo el animal se racionaliza; pero es evidente que ese hecho se produjo en algún momento relativamente cercano. La especie intelectualmente más avanzada, que es la nuestra, sólo data de unos treinta mil años, un lapso casi inapreciable en la historia de nuestro planeta. El logos es un recién llegado al sistema solar. Como no sabemos nada de los avatares de la razón, ni siquiera en los aledaños de la estrella más próxima, hay que limitar el campo de observación a la Tierra.

La razón es posterior a la vida, surge en ella. Tal evento estaba potencialmente contenido en el Universo desde su mismo origen; pero no hay ni el menor indicio de que el destino del cosmos sea instalar al «homo sapiens» en un punto marginal de una galaxia perdida entre millares de cúmulos. La hipótesis antropocéntrica, por halagüeña que sea en su ingenuo narcisismo, carece de fundamento y hasta de verosimilitud. Para un astrónomo, el análisis empírico de la razón es de una pequeñez inconmensurable puesto que no rebasa la vecina órbita de Plutón, límite de nuestra aldea sideral. Pero, aunque por ahora muy restricto, ese análisis es realizable.

La vida no sólo es anterior al logos, sino que se desarrolla independientemente de él. El nuevo individuo se produce en el seno materno según automatismos inconscientes. Mediante las transcendentales diversificación y multiplicación celulares, de espaldas a la razón, el «nasciturus» se va completando con la fatalidad de un equinoccio. El entendimiento permanece casi totalmente al margen de las complejísimas funciones que ininterrumpidamente cumplen los múltiples órganos especializados del cuerpo. Hay salud cuando la razón es indiferente ante la propia biología, cuando casi se ignora la corporeidad, cuando las constantes vitales se autorregulan maquinalmente. A estas alturas de la biología, por los libros tenemos una noticia aproximada de los principales procesos vitales; pero sólo en la enfermedad adquirimos conciencia de que algo más o menos indeterminado falla. Técnicas sutiles y sofisticados instrumentos tratan de diagnosticar lo antes posible catástrofes vitales que se fraguan en silencio, como los cánceres.

La racionalización de la vida ¿aumenta sus posibilidades? La Historia responde rotundamente que sí. Lo que separa al hombre de Altamira del actual es el patrimonio de conocimientos sistematizados y objetivados por la razón. El logos de cada uno le permite vivir más y mejor, o sea, sirve a la vida. Pero la condición mortal de los humanos no permite concluir que la vida sirve a la razón puesto que acaba eliminando a todos sus portadores. Si la vida sirviera a la razón el fallecimiento de los genios sería un absurdo; pero la vida los sacrifica cruelmente, como a todos, probablemente para evolucionar. Nuestro entendimiento se rebela ante la muerte. ¿Por qué nos matan nuestros propios órganos? No es que desoyen nuestros deseos de supervivencia, es que se desconectan del logos que soportan y lo destierran. La vida es inmisericorde con el logos desde la concepción hasta el óbito. Es una fuerza tiránica, insensible a los esfuerzos y al dolor que exigen la supervivencia y el tránsito. La razón está existencialmente sometida a la vida.

La razón está en la vida y la sirve. Además, depende de ella. Biología impúber, mente inmadura. Envejecen las células y también la inteligencia. Embolizado un cerebro, extinguido su logos. Lo que sobreviva de un hombre, desligado de su cuerpo, no puede ser sujeto de un conocimiento sensorial. La razón que cabe investigar empíricamente es la que aparece como un atributo de la vida.

Cada cual piensa primariamente para vivir, como reza el viejo axioma; pero hay algunos que no lo hacen sólo para eso. Este dato es de una extraordinaria significación. Son innumerables las áreas de investigación indiferentes para la existencia de cada científico. Las ecuaciones de la gravitación, del electromagnetismo, de las fuerzas intratómicas o de la relatividad general no fueron descubiertas para satisfacer necesidades somáticas de sus inventores. Y no pueden explicarse por comunes motivaciones ocasionales. La casuística psicológica de los avanzados de la racionalidad no concluye en una explicación general. Desde dentro, cada biografía científica es irrepetible.

¿Por qué algunos, que son los verdaderos protagonistas del enriquecimiento cognoscitivo y de la progresiva humanización, piensan en alta tensión? Hay un primer factor relativamente común: los consumidores de cultura, que son la inmensa mayoría, estimulan y en alguna medida premian a los creadores. Pero hay científicos en la soledad y en la gratuidad, como Mendel. A estos ¿qué les mueve? Nada social ni económico. Es una pulsión interior, un dinamismo que procede de la mismidad personal. Es algo mucho menos metafísico que el supuesto «élan vital», es su propia naturaleza lo que les impulsa decisivamente. Y para que aparezcan individuos de este carácter han de nacer millones de simples consumidores de saber, insignificantes para el incremento del acervo cultural de nuestra especie. Ensalzan los biólogos el lujo de la vida: billones de espermatozoides para engendrar un individuo. Algo de eso sucede en la Humanidad: enormes números para producir un Aristóteles.

La nota definitoria y el justificado orgullo de nuestra especie es el logos; pero su análisis empírico induce a la humildad: lo que sostiene e impulsa a la razón no es ella misma, es la vida desde sus orígenes, quizás de simplicísima alga azul.

No hay una razón vital, sino una vida racional, donde el sujeto es «bios» y el predicado es «logos».

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