Editorial: La
Razón y la vida
Entre
la aparición del primer viviente y la de los homínidos
transcurren millones de centurias. Se ignora cuándo el
animal se racionaliza; pero es evidente que ese hecho se
produjo en algún momento relativamente cercano. La
especie intelectualmente más avanzada, que es la
nuestra, sólo data de unos treinta mil años, un lapso
casi inapreciable en la historia de nuestro planeta. El
logos es un recién llegado al sistema solar. Como no
sabemos nada de los avatares de la razón, ni siquiera en
los aledaños de la estrella más próxima, hay que
limitar el campo de observación a la Tierra.
La razón es posterior a la vida, surge en ella. Tal
evento estaba potencialmente contenido en el Universo
desde su mismo origen; pero no hay ni el menor indicio de
que el destino del cosmos sea instalar al «homo
sapiens» en un punto marginal de una galaxia perdida
entre millares de cúmulos. La hipótesis
antropocéntrica, por halagüeña que sea en su ingenuo
narcisismo, carece de fundamento y hasta de
verosimilitud. Para un astrónomo, el análisis empírico
de la razón es de una pequeñez inconmensurable puesto
que no rebasa la vecina órbita de Plutón, límite de
nuestra aldea sideral. Pero, aunque por ahora muy
restricto, ese análisis es realizable.
La vida no sólo es anterior al logos, sino que se
desarrolla independientemente de él. El nuevo individuo
se produce en el seno materno según automatismos
inconscientes. Mediante las transcendentales
diversificación y multiplicación celulares, de espaldas
a la razón, el «nasciturus» se va completando con la
fatalidad de un equinoccio. El entendimiento permanece
casi totalmente al margen de las complejísimas funciones
que ininterrumpidamente cumplen los múltiples órganos
especializados del cuerpo. Hay salud cuando la razón es
indiferente ante la propia biología, cuando casi se
ignora la corporeidad, cuando las constantes vitales se
autorregulan maquinalmente. A estas alturas de la
biología, por los libros tenemos una noticia aproximada
de los principales procesos vitales; pero sólo en la
enfermedad adquirimos conciencia de que algo más o menos
indeterminado falla. Técnicas sutiles y sofisticados
instrumentos tratan de diagnosticar lo antes posible
catástrofes vitales que se fraguan en silencio, como los
cánceres.
La racionalización de la vida ¿aumenta sus
posibilidades? La Historia responde rotundamente que sí.
Lo que separa al hombre de Altamira del actual es el
patrimonio de conocimientos sistematizados y objetivados
por la razón. El logos de cada uno le permite vivir más
y mejor, o sea, sirve a la vida. Pero la condición
mortal de los humanos no permite concluir que la vida
sirve a la razón puesto que acaba eliminando a todos sus
portadores. Si la vida sirviera a la razón el
fallecimiento de los genios sería un absurdo; pero la
vida los sacrifica cruelmente, como a todos,
probablemente para evolucionar. Nuestro entendimiento se
rebela ante la muerte. ¿Por qué nos matan nuestros
propios órganos? No es que desoyen nuestros deseos de
supervivencia, es que se desconectan del logos que
soportan y lo destierran. La vida es inmisericorde con el
logos desde la concepción hasta el óbito. Es una fuerza
tiránica, insensible a los esfuerzos y al dolor que
exigen la supervivencia y el tránsito. La razón está
existencialmente sometida a la vida.
La razón está en la vida y la sirve. Además, depende
de ella. Biología impúber, mente inmadura. Envejecen
las células y también la inteligencia. Embolizado un
cerebro, extinguido su logos. Lo que sobreviva de un
hombre, desligado de su cuerpo, no puede ser sujeto de un
conocimiento sensorial. La razón que cabe investigar
empíricamente es la que aparece como un atributo de la
vida.
Cada cual piensa primariamente para vivir, como reza el
viejo axioma; pero hay algunos que no lo hacen sólo para
eso. Este dato es de una extraordinaria significación.
Son innumerables las áreas de investigación
indiferentes para la existencia de cada científico. Las
ecuaciones de la gravitación, del electromagnetismo, de
las fuerzas intratómicas o de la relatividad general no
fueron descubiertas para satisfacer necesidades
somáticas de sus inventores. Y no pueden explicarse por
comunes motivaciones ocasionales. La casuística
psicológica de los avanzados de la racionalidad no
concluye en una explicación general. Desde dentro, cada
biografía científica es irrepetible.
¿Por qué algunos, que son los verdaderos protagonistas
del enriquecimiento cognoscitivo y de la progresiva
humanización, piensan en alta tensión? Hay un primer
factor relativamente común: los consumidores de cultura,
que son la inmensa mayoría, estimulan y en alguna medida
premian a los creadores. Pero hay científicos en la
soledad y en la gratuidad, como Mendel. A estos ¿qué
les mueve? Nada social ni económico. Es una pulsión
interior, un dinamismo que procede de la mismidad
personal. Es algo mucho menos metafísico que el supuesto
«élan vital», es su propia naturaleza lo que les
impulsa decisivamente. Y para que aparezcan individuos de
este carácter han de nacer millones de simples
consumidores de saber, insignificantes para el incremento
del acervo cultural de nuestra especie. Ensalzan los
biólogos el lujo de la vida: billones de espermatozoides
para engendrar un individuo. Algo de eso sucede en la
Humanidad: enormes números para producir un
Aristóteles.
La nota definitoria y el justificado orgullo de nuestra
especie es el logos; pero su análisis empírico induce a
la humildad: lo que sostiene e impulsa a la razón no es
ella misma, es la vida desde sus orígenes, quizás de
simplicísima alga azul.
No hay una razón vital, sino una vida racional, donde el
sujeto es «bios» y el predicado es «logos».
Razón
Española
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