CRONICA: La diplomacia. Por E. Beladíez Navarro

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CRONICA: La diplomacia. nº 95

Por E. Beladíez Navarro

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CRONICA: La diplomacia

Balkanische Ordnung. Se trata de una expresión alemana para designar un desorden generalizado. El orden balcánico es sólo el mayor de los desórdenes, la sublimación del caos. La expresión no es nueva, sino muy vieja, fruto de la experiencia histórica.

En los viejos tiempos del Imperio otomano la culpa de todo lo que sucedía en esa zona de Europa se atribuía únicamente a la prepotencia turca. desaparecida ésta el orden se impondría por si sólo. Los hechos demostraron lo contrario y las conmociones raciales, religiosas, acompañadas de alianzas o desavenencias políticas transformaron los Balcanes en teatro de ininterrumpidas confrontaciones bélicas, con nuevos repartos de tierras, traslados de masas, rectificaciones de fronteras.

Todo conseguido a punta de bayonetas amparadas en tratados caducados o nacidos muertos, apelando a la Historia, como si unos cientos de años más o menos pudieran justificar los errores del presente. El «yo estaba antes» se convierte en último argumento de cada parte.

Para dar más calor al desorden, las diferencias religiosas han servido para hacer más irrespirable el ambiente. Obstinada pugna de alminares y campanarios, entrecortados por sinagogas. Cada uno mirando a su Roma particular, representada unas veces por Constantinopla, Moscú o tal vez Tel-Aviv, desde que ésta empezó a pesar en el Mundo.

Siempre los Balcanes atrajeron
la conmiseración internacional por las difíciles y duras condiciones en que sus vecinos vivían y padecían a manos de sus vecinos o paisanos. Desde la guerra de Crimea hasta nuestros días ha sido un constante llorar y lamentarse, atrayendo ayudas, muchas veces interesadas y encubriendo con el manto de caridad lo que sólo eran apetencias colonialistas. Las miserias balcánicas han dado lugar a la emisión de muchas lágrimas de cocodrilo. Pero lo cierto es que esas miserias, cuando se han dado en otros puntos de la Tierra no han provocado las mismas histerias que engendran las miserias balcánicas. Los dos millones de expulsados de Argelia tras su independencia de Francia, los palestinos desalojados de sus tierras de Israel, los musulmanes expulsados de la India, los hindúes huídos de pakistán, los tártaros y chechenos cazados como alimañas y expulsados de sus tierras por Stalin, y los millones de alemanes del Este. Claro, que ninguno era balcánico.

Yugoslavia es un invento de los tratados de paz que siguieron al final de la primera Guerra Mundial. Para darle cierto volumen se arrancaron trozos a los vecinos vencidos y con ellos se constituyó un inmenso revoltijo carente de cohesión. El objeto era crear, a retaguardia de los Imperios centrales, un bloque aliado a las potencias occidentales, siempre temerosas de un renacer de Alemania o Austria que, aunque despedazadas, aún daban miedo a los señores Wilson y Clémenceau, padres de la nueva criatura. Se creó un ente político sin tradición ni fundamento que se estructuró en torno a la minúscula Serbia, hasta hacer de ella un gigante de doce millones de habitantes a los que nada unía, ni siquiera nominal, pues el nuevo Estado tuvo necesidad de nombre, eligiéndose el de Yugosvia -país de los eslavos del Sur-, como si fueran eslavos los eslovenos, croatas, macedonios, bosnios, magiares o kosovares. La unión de tipos tan dispares sólo se mantuvo por la inercia de su acto fundacional y la aparición de la amenaza italo-germana. Terminada en 1945 la segunda Gran Guerra, Yugoslavia no cayó en las garras de la URSS gracias al apoyo franco-británico encarnado en un dictador comunista que ni siquiera fue serbio, pues Tito era croata. Luego, la Guerra Fría, la muerte del dictador y el hundimiento del Muro crearon el clima propicio para las rebeliones particularistas con guerras como la de Croacia, luego la de Bosnia, la secesión de Macedonia y la proliferación de guerrillas, confrontaciones y miserias.

El mundo ha pensado que hay que hacer algo para poner un término a tanto sufrimiento. Está bien. Pero ¿se está recurriendo a medidas oportunas? Cierto que, habida cuenta de las viejas costumbres balcánicas de entrematarse, tampoco era imprescindible meterse en el avispero. Entre ellos podrían, tal vez, recurriendo a viejos métodos, encontrar un camino para llegar a cierta estabilidad, incluso si ésta no caía bien en las conciencias democráticas. Pero éste mundo ha estimado que no puede consentir las deportaciones y matanzas de aquellos pueblos, y se erige en gendarme intentando pacificar. Pero algo falla.

Y falla por el hecho de que el gendarme carece de información adecuada, pone demasiada fe en ciertos instrumentos, y piensa que la solución sólo puede obtenerse poniendo más fuerza en acción. Hay que echar más carne en el asador para ver si así el dictador acaba cediendo, cosa de la que hasta ahora sigue dando muestras de no estar dispuesto a hacer. Para él no existen evadidos o desterrados -que son sólo gente que por propia voluntad se han ido a hacer una excursión al monte, entre la nieve, el fango, la sed, el hambre, la enfermedad, la suciedad y el miedo-, mientras brinda estampas de civiles indefensos despanzurrados por los proyectiles de quienes se atreven a enfrentársele en el camino.

Los que mandan en Belgrado parece que empiezan a pensar -algunos- que están pagando un precio demasiado alto por algo que a ellos les parecía -hasta ahora- un simple gesto muy balcánico. Enfrente de ellos, los apagafuegos están desconcertados: no ven signos de rendición, no saben qué hacer con tanto desplazado, si llevárselos lejos de sus patrias o imponer condiciones draconianas que Belgrado -cuestión de honor- no puede admitir. Diecinueve Estados han juntado sus cabezas para elaborar una política común y sólo han conseguido hacer declaraciones más o menos pomposas por boca del Secretario General de la OTAN.
Y, en resumen, los Estados Unidos se ven, una vez más, en situación de tener que asumir la responsabilidad de hacerlo casi todo, con enormes gastos.

Hay que huir de hacer predicciones que si son de futuro tienen pocas posibilidades de verse cumplidas. Claro está que también cabe hacer predicciones de pasado, con menos peligro. Pero, de momento, parece haber quedado claro que Rusia grita en descampado sin asustar ni a los gorriones, que Europa sigue siendo la ilustre desconocida, y que lo único con peso son los Estados Unidos, lo que no quiere decir que siempre tengan razón.

Y de Kosovo, ¿qué? Pues que acabará por imponerse un plan para ir tirando, que no satisfará a nadie, garantizado por la Administración americana en la esperanza de que sirva para mantener, mejor o peor, un nuevo «balkanische Ordnung».



Pinochet. Siento tener que volver a ocuparme de este penoso caso, pero parece que va para muy largo. A veces, con esperanzas de solución en determinado sentido, a veces en dirección totalmente opuesta. Aunque también las hay de lo que pudiera calificarse de tercera vía, es decir, la de aquellos que pretenden no pronunciarse en el caso concreto y, sin embargo, se alegrarán de una eventual condena del general. A todos conviene recordarles que el Tribunal de Nüremberg no evitó ni una sola dictadura y que quienes provocan guerras o cosas parecidas no se detienen ante los peligros de un futuro juicio. Entre otras cosas, porque ellos están seguros de triunfar y llevar a sus víctimas ante sus tribunales que les encontrarán culpables de todas las maldades.

El ejército chileno solidarizado totalmente con Pinochet, ha enviado a su general en jefe a acompañar al senador vitalicio. No se olvide que son los militares chilenos los que han restaurado el sistema de partidos y los que podrían abolirlo en cualquier momento. Aznar y Garzón podrían ser los involuntarios causantes del «cambio».

Cuando hay crimen suelen preguntarse a quién beneficia. En el caso de Pinochet nadie sale beneficiado. Pero hay un claro perdedor que es España, que recibe golpes de todas partes: de Chile, de sus asociados suramericanos, de Inglaterra -que quiere largarnos la patata caliente- y de cuantos miran los toros desde la barrera regocijándose en el pleito que nos hemos buscado como si ya no tuviéramos bastante con Gibraltar, las autonomías o la inflación. Por no hablar del eventual viaje a Cuba de los reyes, el escándalo de la comisión Europea y las cantidades astronómicas que pagamos a los funcionarios de Bruselas.



Emilio Beladíez

Embajador de España.




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