CRONICA: La
diplomacia
Balkanische
Ordnung. Se trata de una expresión alemana para designar
un desorden generalizado. El orden balcánico es sólo el
mayor de los desórdenes, la sublimación del caos. La
expresión no es nueva, sino muy vieja, fruto de la
experiencia histórica.
En los viejos tiempos del Imperio otomano la culpa de
todo lo que sucedía en esa zona de Europa se atribuía
únicamente a la prepotencia turca. desaparecida ésta el
orden se impondría por si sólo. Los hechos demostraron
lo contrario y las conmociones raciales, religiosas,
acompañadas de alianzas o desavenencias políticas
transformaron los Balcanes en teatro de ininterrumpidas
confrontaciones bélicas, con nuevos repartos de tierras,
traslados de masas, rectificaciones de fronteras.
Todo conseguido a punta de bayonetas amparadas en
tratados caducados o nacidos muertos, apelando a la
Historia, como si unos cientos de años más o menos
pudieran justificar los errores del presente. El «yo
estaba antes» se convierte en último argumento de cada
parte.
Para dar más calor al desorden, las diferencias
religiosas han servido para hacer más irrespirable el
ambiente. Obstinada pugna de alminares y campanarios,
entrecortados por sinagogas. Cada uno mirando a su Roma
particular, representada unas veces por Constantinopla,
Moscú o tal vez Tel-Aviv, desde que ésta empezó a
pesar en el Mundo.
Siempre los Balcanes atrajeron
la conmiseración internacional por las difíciles y
duras condiciones en que sus vecinos vivían y padecían
a manos de sus vecinos o paisanos. Desde la guerra de
Crimea hasta nuestros días ha sido un constante llorar y
lamentarse, atrayendo ayudas, muchas veces interesadas y
encubriendo con el manto de caridad lo que sólo eran
apetencias colonialistas. Las miserias balcánicas han
dado lugar a la emisión de muchas lágrimas de
cocodrilo. Pero lo cierto es que esas miserias, cuando se
han dado en otros puntos de la Tierra no han provocado
las mismas histerias que engendran las miserias
balcánicas. Los dos millones de expulsados de Argelia
tras su independencia de Francia, los palestinos
desalojados de sus tierras de Israel, los musulmanes
expulsados de la India, los hindúes huídos de
pakistán, los tártaros y chechenos cazados como
alimañas y expulsados de sus tierras por Stalin, y los
millones de alemanes del Este. Claro, que ninguno era
balcánico.
Yugoslavia es un invento de los tratados de paz que
siguieron al final de la primera Guerra Mundial. Para
darle cierto volumen se arrancaron trozos a los vecinos
vencidos y con ellos se constituyó un inmenso revoltijo
carente de cohesión. El objeto era crear, a retaguardia
de los Imperios centrales, un bloque aliado a las
potencias occidentales, siempre temerosas de un renacer
de Alemania o Austria que, aunque despedazadas, aún
daban miedo a los señores Wilson y Clémenceau, padres
de la nueva criatura. Se creó un ente político sin
tradición ni fundamento que se estructuró en torno a la
minúscula Serbia, hasta hacer de ella un gigante de doce
millones de habitantes a los que nada unía, ni siquiera
nominal, pues el nuevo Estado tuvo necesidad de nombre,
eligiéndose el de Yugosvia -país de los eslavos del
Sur-, como si fueran eslavos los eslovenos, croatas,
macedonios, bosnios, magiares o kosovares. La unión de
tipos tan dispares sólo se mantuvo por la inercia de su
acto fundacional y la aparición de la amenaza
italo-germana. Terminada en 1945 la segunda Gran Guerra,
Yugoslavia no cayó en las garras de la URSS gracias al
apoyo franco-británico encarnado en un dictador
comunista que ni siquiera fue serbio, pues Tito era
croata. Luego, la Guerra Fría, la muerte del dictador y
el hundimiento del Muro crearon el clima propicio para
las rebeliones particularistas con guerras como la de
Croacia, luego la de Bosnia, la secesión de Macedonia y
la proliferación de guerrillas, confrontaciones y
miserias.
El mundo ha pensado que hay que hacer algo para poner un
término a tanto sufrimiento. Está bien. Pero ¿se está
recurriendo a medidas oportunas? Cierto que, habida
cuenta de las viejas costumbres balcánicas de
entrematarse, tampoco era imprescindible meterse en el
avispero. Entre ellos podrían, tal vez, recurriendo a
viejos métodos, encontrar un camino para llegar a cierta
estabilidad, incluso si ésta no caía bien en las
conciencias democráticas. Pero éste mundo ha estimado
que no puede consentir las deportaciones y matanzas de
aquellos pueblos, y se erige en gendarme intentando
pacificar. Pero algo falla.
Y falla por el hecho de que el gendarme carece de
información adecuada, pone demasiada fe en ciertos
instrumentos, y piensa que la solución sólo puede
obtenerse poniendo más fuerza en acción. Hay que echar
más carne en el asador para ver si así el dictador
acaba cediendo, cosa de la que hasta ahora sigue dando
muestras de no estar dispuesto a hacer. Para él no
existen evadidos o desterrados -que son sólo gente que
por propia voluntad se han ido a hacer una excursión al
monte, entre la nieve, el fango, la sed, el hambre, la
enfermedad, la suciedad y el miedo-, mientras brinda
estampas de civiles indefensos despanzurrados por los
proyectiles de quienes se atreven a enfrentársele en el
camino.
Los que mandan en Belgrado parece que empiezan a pensar
-algunos- que están pagando un precio demasiado alto por
algo que a ellos les parecía -hasta ahora- un simple
gesto muy balcánico. Enfrente de ellos, los apagafuegos
están desconcertados: no ven signos de rendición, no
saben qué hacer con tanto desplazado, si llevárselos
lejos de sus patrias o imponer condiciones draconianas
que Belgrado -cuestión de honor- no puede admitir.
Diecinueve Estados han juntado sus cabezas para elaborar
una política común y sólo han conseguido hacer
declaraciones más o menos pomposas por boca del
Secretario General de la OTAN.
Y, en resumen, los Estados Unidos se ven, una vez más,
en situación de tener que asumir la responsabilidad de
hacerlo casi todo, con enormes gastos.
Hay que huir de hacer predicciones que si son de futuro
tienen pocas posibilidades de verse cumplidas. Claro
está que también cabe hacer predicciones de pasado, con
menos peligro. Pero, de momento, parece haber quedado
claro que Rusia grita en descampado sin asustar ni a los
gorriones, que Europa sigue siendo la ilustre
desconocida, y que lo único con peso son los Estados
Unidos, lo que no quiere decir que siempre tengan razón.
Y de Kosovo, ¿qué? Pues que acabará por imponerse un
plan para ir tirando, que no satisfará a nadie,
garantizado por la Administración americana en la
esperanza de que sirva para mantener, mejor o peor, un
nuevo «balkanische Ordnung».
Pinochet. Siento tener que volver a ocuparme de este
penoso caso, pero parece que va para muy largo. A veces,
con esperanzas de solución en determinado sentido, a
veces en dirección totalmente opuesta. Aunque también
las hay de lo que pudiera calificarse de tercera vía, es
decir, la de aquellos que pretenden no pronunciarse en el
caso concreto y, sin embargo, se alegrarán de una
eventual condena del general. A todos conviene
recordarles que el Tribunal de Nüremberg no evitó ni
una sola dictadura y que quienes provocan guerras o cosas
parecidas no se detienen ante los peligros de un futuro
juicio. Entre otras cosas, porque ellos están seguros de
triunfar y llevar a sus víctimas ante sus tribunales que
les encontrarán culpables de todas las maldades.
El ejército chileno solidarizado totalmente con
Pinochet, ha enviado a su general en jefe a acompañar al
senador vitalicio. No se olvide que son los militares
chilenos los que han restaurado el sistema de partidos y
los que podrían abolirlo en cualquier momento. Aznar y
Garzón podrían ser los involuntarios causantes del
«cambio».
Cuando hay crimen suelen preguntarse a quién beneficia.
En el caso de Pinochet nadie sale beneficiado. Pero hay
un claro perdedor que es España, que recibe golpes de
todas partes: de Chile, de sus asociados suramericanos,
de Inglaterra -que quiere largarnos la patata caliente- y
de cuantos miran los toros desde la barrera
regocijándose en el pleito que nos hemos buscado como si
ya no tuviéramos bastante con Gibraltar, las autonomías
o la inflación. Por no hablar del eventual viaje a Cuba
de los reyes, el escándalo de la comisión Europea y las
cantidades astronómicas que pagamos a los funcionarios
de Bruselas.
Emilio Beladíez
Embajador de España.
|