LIBROS:
Menéndez Pelayo historiador
Vallejo
del Campo, José Alberto: Menéndez Pelayo historiador,
ed. M. Botín, Santander 1998, 316 págs.
Menéndez Pelayo es el prototipo del polígrafo
contemporáneo por la amplitud de su temática
intelectual; pero su faceta dominante fue la de
historiador. Este último es el aspecto que se aborda en
esta monografía.
Después de describir el triple influjo en la formación
del santanderino (maestros, lecturas juveniles, y viaje
de estudios por Europa), Vallejo entiende que Menéndez
Pelayo fue cultivador e introductor en España de la
historia de la cultura y que, como autodidacta, utilizó
un método ecléctico, en parte positivista, y en parte
providencialista, pero básicamente clásico, en la
línea de Ranke o Momsen. De los alemanes recibió la
idea de «espíritu del pueblo», capital en las
interpretaciones de don Marcelino.
Como aportación original, el autor además de reproducir
algunas notas manuscritas inéditas, presenta un
inventario de los libros de Historia que figuran en la
biblioteca del polígrafo. Estas listas no son muy
ilustrativas para el período de formación que culmina
en 1873 pues la mayoría de las obras citadas están
impresas con posterioridad a esa fecha y algunas de las
anteriores pudieron ser adquiridas después. No es, pues,
una información categórica. Entre los historiadores
germanos cuyos libros anteriores a 1873 figuran en la
biblioteca destacan H. Baumgarten, E. Hübner, A.
Humboldt, B. Niebuhr, F. Savigny, F. Schlegel o D.
Strauss. Entre los ingleses, J. Bentham, Th. Carlyle, E.
Gibbon, D. Hume, Macaulay, o W. Robertson. Una selección
de extraordinaria calidad. No es ninguna sorpresa pues el
bagaje cultural de Menéndez Pelayo fue inmenso, como
fehacientemente demuestran sus grandes obras. Además,
las lecturas del polígrafo, que tenía a su alcance las
mejores bibliotecas de España, no se reducían a la suya
particular, extraordinaria, desde luego.
El autor insiste en lo que proclaman todos los autores
que han valorado a Menéndez Pelayo como historiador: la
selección de las fuentes, la agudeza crítica, la
fidelidad al dato y la extraordinaria capacidad de
síntesis.
Aunque esta cuestión sea accidentalísima en el libro de
Vallejo, sorprende un complejo metodológico de
inferioridad cuando, con reiteración, denuncia una
«instrumentalización» de Menéndez Pelayo durante la
era de Franco. El vocablo «instrumentalización» no
figura en el Diccionario de la Academia; pero en el habla
vulgar tiene connotaciones negativas como
«manipulación», «utilización», «deformación»,
etc. Una acusación de tal calibre habría que
demostrarla con textos. ¿Quién, y dónde ha deformado a
Menéndez Pelayo entre 1936 y 1975? El autor no cita ni
un sólo nombre, ni siquiera una frase. ¿Acaso es
instrumentalización la monumental edición nacional de
las Obras Completas, y estudios capitales como los de M.
Artigas, J. Iriarte, J. Simón, A. Tovar, o E.
Sánchez-Reyes? En la dilatada bibliografía que aporta
el autor ¿dónde está el autor instrumentalizador? No
se le ve por parte alguna, porque no será
instrumentalizar rendir homenajes al gran polígrafo y
fomentar su magisterio. ¿Es que el autor prefiere la
actual conspiración de silencio o es concesión al
«inevitable palo» de los carroñeros o de los
acomplejados contra la era de Franco?
Los españoles debemos a Menéndez Pelayo saber qué
hemos sido, «antes de él lo ignorábamos», como dijo
Juan Valera. La ciencia española debe a don Marcelino la
fundación de una escuela española de Historia a la
altura de la modernidad, que ha engendrado cumbres como
las de Menéndez Pidal o Sánchez Albornoz. No fue
exageración la conocida sentencia del hispanista
Farinelli «la suya era como la voz de todo un pueblo».
El actual silencio de esa voz está conduciendo a la
disolución de la conciencia nacional y a la
disgregación política. Del mismo modo que los germanos
nunca han olvidado a Fichte, los españoles deberíamos
tener siempre presente a Menéndez Pelayo, el padre de
nuestra historiografía, el talento excepcionalmente
capaz del dato exacto y de la gran síntesis. Quienes,
como Ortega, han juzgado con impresentable mezquindad al
genio montañés, son estentóreamente desmentidos por
los obvios hechos.
A. Landa
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