LIBRO: Frolián.
¿Un Marichalar en el trono de España?
Peñafiel,
Jaime: Froilán. ¿Un Marichalar en el trono de España?,
ed. Temas, Madrid 1999, 231 págs.
El autor es un cronista de sociedad especializado en las
vidas privadas de las familias reales, reinantes o no,
más bien lo segundo. Son temas de revista del corazón;
pero en esta ocasión, su libro tiene interés político.
Los Borbones españoles ¿serán incapaces de perpetuar
la dinastía, y ocupará su lugar el primogénito del
burgués Jaime de Marichalar? Según el autor, esta
eventualidad es muy posible si Felipe de Borbón no
tuviese descendencia como, por razones poco fiables,
sugerían algunos contertulios de las lamentables
«Crónicas marcianas» en la televisión.
El autor da varias listas de sucesión a la corona
española, según diferentes criterios, y se destaca
Froilán en el caso de un Felipe solterón. En una lista
legitimista entraría en privilegiado lugar el nieto de
Franco, Luis Alfonso. En una de esas listas figura en
noveno lugar Juan Gómez-Acebo, y en décimo cuarto Luis
Fernández. En otra aparece en décimo cuarto lugar
Alfonso Zurita y en vigésimo octavo el niño Alejandro
Lequio y García-Obregón. El autor reconoce que en esto
hay algo de «surrealista»; pero esa es la consecuencia
de los matrimonios, un tanto peculiares, de los sucesores
de Alfonso XIII y de la decisión de Franco de entronizar
a Juan Carlos I.
A la vista de tal panorama, el autor concluye que «la
monarquía está necesitada de cambios radicales». Y
lanza hipótesis: si se aplica la igualdad constitucional
entre varón y mujer ¿no desplazaría la primogénita
Elena a su hermano Felipe? ¿Y si Juan Carlos enviuda y
procrea varones? ¿Y si se declaran nulas las renuncias
de Alfonso y Jaime, hijos de Alfonso XIII?
En todo caso, antes que su hijo Froilán, ceñiría la
Corona la Infanta Elena quien, como señala el autor,
«carece de la cultura, la visión de Estado y la soltura
necesarias». También la Infanta Cristina. Y aquí el
autor inserta su frase más incisiva: los Reyes «no se
han preocupado de la educación de quienes figuran en los
primeros números de la lista, sus hijas» (pág. 52).
En su libro, constituido por minucias anécdóticas, son
inevitables los errores. Por ejemplo, cita un decreto de
4 de junio de 1968 como base para que Franco otorgase
títulos nobiliarios, cuando ya había concedido más de
treinta, además de los convalidados que casi eran de
nueva creación. Y no está el condado de Maeztu,
concedido a título póstumo al gran pensador.
Al hilo de la narración van apareciendo los avatares
sentimentales de los Borbones españoles, ya
minuciosamente descritos por Ricardo de la Cierva y Juan
Balansó, entre otros. Pocas familias españolas se
prestan mejor a la crónica galante.
En resumen, si, como escribe el autor, «de las
monarquías solo queda el mundo de los nombres»,
¿quién iba a aceptar a Froilán? ¿Sería el final de
la monarquía instaurada por Franco y reducida a mero
símbolo por la Constitución de 1978? Probablemente.
A. Landa
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