Balmes en su
aniversario
I.
DISCREPANCIAS INTERPRETATIVAS
El día 9 de julio del pasado año de 1998, a las tres y
cuarto de la tarde se cumplieron los ciento cincuenta
años del fallecimiento en Vich, del Doctor Jaime Luciano
Balmes y Urpía, el gran maestro del pensamiento
tradicional del siglo XIX y una de las mentes españolas
más lúcidas, de poderosa y altiva capacidad sintética,
como dijo de él Fernández de la Mora.
Sobre Balmes se ha escrito mucho. En esta profusión de
estudios, libros y conferencias, suele haber unanimidad:
Balmes fue ante todo un apologista de la religión
católica; el primer escritor que tuvo España en el
campo social al punto de que hay quien -como el P.
Conrado Muiño Sáez-, lo considera como el precursor de
la política social de León XIII; su Filosofía, -como
piensa Zaragüeta-, sin constituir escuela propia corre
por los cauces de la «perenne» de corte y estilo
clásico, en la que en gran parte sigue a Santo Tomás y
en otros aspectos se nota la influencia de la escuela
escocesa de Tomás Reid, con exaltación del sentido
común sobre la especulación filosófica. En cambio,
cuando nos adentramos en el aspecto político se han
vertido sobre Balmes diversas y contradictorias
opiniones.
Mientras para el Padre Casanova -su mejor biógrafo-,
Balmes fue independiente de toda clase de partidos, José
María Ruiz Manent nos lo presenta como un liberal,
basándose para sostener esta afirmación en que Balmes
condena al absolutismo, se declara enemigo de las cartas
otorgadas y defiende las Cortes representativas. Este
criterio se halla compartido por Elías de Molíns, para
quien Balmes fue profundamente dinástico y devoto de
Isabel II, y por el abogado catalán Fages de Climent,
quien encuentra una gran coincidencia entre el
pensamiento de Balmes y el de Don Antonio Maura.
Pidal y Mon, en una conferencia pronunciada en el Ateneo
de Madrid en el año 1887 sobre «Balmes y Donoso
Cortés», define a nuestro personaje como el creador del
ultramontanismo español. Y Martín Artajo, en un
artículo publicado en el extraordinario de «El Debate»
de 1943, lo presenta como un adicto a cualquier Gobierno
que esté en el poder, sea de tendencia autoritaria o
democrática.
Para Fernando Valls y Taberner, Balmes fue antecesor, a
un siglo de distancia, de la labor legislativa del
Nacional Sindicalismo, criterio coincidente con el de
Ernesto la Orden Miracle, para quien Balmes fue el
precursor de la política de unificación entre
falangistas y requetés, establecida por el Decreto de 19
de abril de 1937.
Dentro del campo tradicionalista, existen también
diversos criterios para la calificación política de
Balmes. Mientras para Mella -seguido en este punto por
Melchor Ferrer- Balmes se desenvuelve dentro de la más
estricta ortodoxia carlista, sirviendo con veneración y
amor al conde de Montemolín porque veía en él la
personificación de sus principios, José Enrique
Casariego opina que Balmes fue tradicionalista pero no
carlista, lo que Gustavo Villapalos y José Iturmendi
consideran cuestionable, ya que -a su entender- su
intervención política en el Tradicionalismo quedó
reducida a sus artículos y manifiestos a favor del
matrimonio que reconciliara a las dos ramas de la familia
borbónica, lo que les parece hecho ocasional que se
esfumó tan pronto como las nupcias proyectadas
resultaron inviables.
Elías de Tejada en diversos trabajos había venido
presentando a Balmes como un pensador político enamorado
de la Tradición de las Españas, como un eslabón más
de la larga cadena del pensamiento típico de Cataluña,
y lo equipara con los Mieres y Marquilles, con su
formulación sobre raíces tomistas de una teoría de la
ley del Gobierno justo, siendo en consecuencia el
contrapié español al doctrinarismo francés de
Clermont-Tonnerre y de Benjamín Constant. Sin embargo,
en 1974, en un trabajo titulado «Balmes en la Tradición
política de Cataluña», inserto en el libro El otro
Balmes, dando un giro copernicano a lo que hasta entonces
había venido sosteniendo, afirma que «Balmes
desconocía no ya a los clásicos juristas y políticos
de Cataluña, sino a los grandes maestros de las
Españas; que es hombre de su hora y no miembro de la
tradición intelectual de su pueblo del que se haya
totalmente desligado; que no se plantea el hispanismo de
Cataluña, ni de la gente catalana que participaron
gloriosamente en las hazañas universales de las Españas
católicas; que no se enteró ni por asomo de que la
tradición catalana poseía valores objetivos centrados
en la restauración de las instituciones forales holladas
con saña por el francés Felipe V», y entre otras
sorpresas ofrece afirmaciones de subido radicalismo, que
«cuando concibió el matrimonio de la llamada Isabel II
con el Conde de Montemolín, lo que intentó fue la
destrucción del Carlismo, tanto en el aspecto dinástico
-sacrificar la legitimidad a la seguridad del Trono de la
Reina usurpadora- como en el ideológico, -liberalizar el
Carlismo, bajo color de actualizarlo-».
En oposición a esta opinión, Fernández de la Mora,
basado en los textos de Balmes, sostiene con toda
ponderación que «la idea balmesiana del Estado estaba
muy cerca de la tradicional. Propugnaba -dice- un poder
real fuerte y un sistema representativo orgánico y
cualificado... atacó al parlamentarismo por su
ineficacia retórica y por su constante estímulo a la
división, y su rotunda hostilidad al sistema de partidos
-a lo que dedicó cientos de páginas- le colocan
indudablemente frente al demoliberalismo decimonónico».
II. ANTE EL FIN DE LA GUERRA CARLISTA
Balmes entra en contacto directo con el mundo en Cervera,
la ciudad universitaria de Cataluña desde el reinado de
Felipe V. En la facultad de Teología alcanzó el grado
de doctor con el galardón de «Pompa», máxima dignidad
que se concedía al más sobresaliente de los graduados
tras reñida oposición.
Poco tiempo después, llegaba a su fin la primera guerra
carlista. Tras las acciones de Ramales y Guardamino, -en
las que comienza a insinuarse la defección de Maroto-,
el ejército tradicionalista, sin haber sufrido una
derrota formal, va retirándose ante la presión de las
tropas de Espartero. Mientras languidecía la acción
militar carlista, aumentaban las rivalidades e intrigas
entre los dirigentes del Tradicionalismo. Hubo
insubordinaciones, las tropas se desalentaron, y en las
provincias vascongadas crecían los deseos de terminar
cuanto antes la contienda.
Maroto, que después de los fusilamientos de Estella se
había colocado en una difícil situación, acuciado por
Don Simón de la Torre, entra en negociaciones con
Espartero a espaldas de Carlos V. Este no tuvo el acierto
de contrarrestar el malestar que precipitadamente iba
hundiendo las aspiraciones de la causa. El resultado
final de este proceso es que, sin la anuencia de Don
Carlos, un grupo de jefes y oficiales carlistas, en una
entrevista que tuvieron en Oñate con otro grupo similar
del ejército isabelino, concertaron el Convenio que se
llamó de Vergara, porque en esta Villa fue ratificado
por Maroto y Espartero el 31 de agosto de 1839. Así se
puso fin a la guerra, más bien por la astucia que por la
fuerza, -como dijo Balmes- y como jamás pudo soñar
nadie, deshaciéndose subitamente un ejército de más de
treinta mil hombres, que no había sido derrotados y que
contaban con medios más que suficientes para seguir
luchando.
Al concluir la primera guerra civil, el partido
progresista ocupaba una posición privilegiada. Espartero
que ostentaba su jefatura desde el «Manifiesto de Más
de las Matas», era presentado como un ídolo nacional.
El partido moderado, por el contrario, no contaba con
personas que pudieran competir con Don Baldomero, sin que
tan siquiera tuviese la posibilidad de alcanzar el apoyo
de Doña Cristina -completamente desacreditada, después
de las revelaciones hechas por Alonso y González Bravo
en el «Guirigay»-, ni el de los viejos políticos,
-Ceán Bermúdez, Martínez de la Rosa, Conde de Ofalia-
ya que éstos sufrían los efectos del desgaste que les
condujo a la impopularidad o al olvido.
No es extraño que el partido progresista se lanzara a la
conquista del poder, siendo la ley de Ayuntamientos el
pretexto en el que se basaron para iniciar la preparada
revuelta. Esta ley fue presentada como un atentado a la
Constitución y a las libertades ciudadanas. Y así
comienza a representarse la ensayada tragicomedia de
«cúmplase la voluntad nacional».
El primer acto de la farsa tuvo lugar en Barcelona, donde
la supuesta voluntad nacional se manifiesta en un motín,
organizado por Linaje, ayudante de campo del General
Espartero. Luego continúa en Madrid, donde Espartero
ante la Junta Revolucionaria, promete solemnemente
implantar los principios de la Revolución. Y aún ha de
tener la tragicomedia un último acto final a modo de
apoteosis: la elevación de Espartero a la regencia.
En el verano de 1840 Balmes se asoma al panorama
político español, publicando un opúsculo titulado
Consideraciones políticas sobre la situación de
España, en donde dá una lección a los hombres que se
disputaban el poder sin tener en cuenta los grandes
principios que determinaban la constitución interna de
la Nación que pretendían gobernar. Tras abogar por la
vigencia de los mismos y de rechazar a la ideología
progresista que Espartero pretendía imponer, propone que
fuera Regente una persona de estirpe regia y se pronuncia
a favor de los carlistas haciendo justicia a sus
convicciones y asegurando que no era posible consolidar
un sistema político sin que se hiciese entrar a ese
partido en el gobierno.
Censura al Gobierno que habla demasiado de la máquina y
no se ocupa de la bondad de las manufacturas. «Medran
los hombres indignos -dice- y yacen en la oscuridad
tantos, por muchos títulos respetables». En una Nación
bien arreglada todo se aprovecha, todo sirve y en
circunstancias como la nuestra todo se necesita. Cuiden
los gobiernos -añade-, de que no se destruya más.
Escriban en su bandera las palabras razón, justicia y
buena fé. Láncese luego al mar las pasiones políticas,
con la seguridad de que no es el caso, sino Dios quien
rige los destinos del mundo».
Terminada la impresión de ese libro, Balmes vuelve a
Vich, donde concluye su gran obra apologética El
protestantismo comparado con el catolicismo, y al año
siguiente se instala en Barcelona, donde se manifiesta
como un sociólogo a través de los artículos que
publica en la «Civilización» y en la «Sociedad».
III. LA CUESTION SOCIAL
Balmes fue sociólogo por excelencia. Se dio a conocer
con sus Observaciones sociales, políticas y económicas
sobre los bienes del clero, y le sorprende la muerte
cuando escribía los primeros renglones de la segunda
parte de La República Francesa.
Para Balmes, en la vida de los pueblos hay un fondo
social y una forma política. En el fondo social están
los individuos, pero están también las clases; están
asimismo las desigualdades y la jerarquía, están, en
fin, los intereses y las ideas. Este fondo social es el
que mueve a lo largo de la Historia las formas políticas
que son puros instrumentos de aquellas, lo que hace que
ningún poder sea fuerte en el orden político si no
tiene una fuerza propia en el orden social.
Sobre este esquema, Balmes enfrenta el problema español
y describe dos fuerzas antagónicas: una integrada por
aquellos que anhelaban reformas sociales; otra, por los
que se aferraban a lo existente, sin admitir cambios. En
ambas tendencias, había elementos aprovechables y
elementos perturbadores, pero resultaba difícil un
acuerdo, pues se hablaban con lenguajes distintos y se
carecía de un intérprete. Como dice González, «Balmes
aspiró a ser el intermediario que armonizara ambas
corrientes sociales».
Para el sociólogo de Vich, el fin primordial de la
sociedad es el bien común, el bien de todos, que
consiste en la organización adecuada para alcanzar la
justicia social en órdenes concretos de la vida:
instrucción y educación para el mayor número posible;
la mayor moralidad posible para el mayor número posible;
el mayor bienestar posible para el mayor número posible.
Mas cuando se produce el desequilibrio de la sociedad por
falta de integración y armonía entre los órdenes
particulares y el orden social inspirado en el bien
común, surge -en su sentir- la «cuestión social», con
todos sus graves problemas.
Cuando Balmes aborda el estudio de las causas del
problema social, distingue entre causas de orden moral y
causas de orden económico. Entre la primera señala, de
una parte, la descristianización de la sociedad y, de
otra, el materialismo.
Entre las de carácter económico, señala las derivadas
de la producción excesiva, con lo que sobreviene el
almacenamiento, el cierre y el paro forzoso; el
maquinismo, no ya en razón a la sustitución del hombre
por la máquina, sino porque al desterrar a la pequeña
industria, se limita el número de patronos y los
capitales se van acumulando en pocas manos que han de
rentabilizar el capital invertido, resarcirse de los
riesgos y del trabajo que emplea en la dirección de la
fábrica; y siendo crecido el capital, no escaso el
riesgo y mucho el trabajo de la dirección, al combinarse
esos tres factores ha de elevarse la parte que
corresponde al dueño en una cantidad muy alta. Si a esto
se añade el afán de riqueza que anima a la mayoría, se
avanza hacia un sistema que explota en beneficio de
pocos, la vida de todos.
La solución de la cuestión social, -según Balmes- no
es ni el socialismo ni el liberalismo. Al primero, lo
rechaza por materialista, niega la libertad humana y la
responsabilidad; supone una ignorancia supina de la
Historia, y dadas sus bases económicas lleva
necesariamente a la injusticia. No obstante, advierte el
peligro e invita a la meditación sobre sus
consecuencias. En primer lugar, porque esta doctrina
siempre deja huellas por donde pasa; y en segundo
término, porque es una semilla que se está lanzando, la
cual no tardará en dar su fruto.
El liberalismo -en su opinión- es impotente para
enfrentarse con el problema social, entre otras razones,
porque está falto de autoridad moral para oponerse e la
revolución. «¿Quiénes sóis vosotros, le dirán los
socialistas, para decirnos: no pasaréis de aquí, como
el creador a las olas del mar? Vuestro título se funda
en que llegásteis ayer y nosotros hemos llegado hoy;
para vosotros no prescribió lo antiguo, que contaba su
existencia por siglos, y ¿queréis que prescriba el
nuestro que no tiene de duración más que un día?».
A juicio de Balmes, el remedio es la cristianización de
las clases y en especial la cristianización de los
ricos, cuyos deberes concreta en las hermosas frases:
«Hacerlos buenos y hacerles bien».
«Hacerlos buenos, es decir, trabajar por todos los
medios posibles para que se extienda y arraigue la
moralidad; hacerles bien, es decir, manifestar a su favor
sentimientos de humanidad, desprendimiento en los casos
de agobio y necesidad; auxiliarles en la enfermedad, en
la invalidez y en la ancianidad... tarde o temprano
recogeréis el fruto, porque en el mundo -dice Balmes-
hay ingratos, pero la ingratitud no es la ley de la
Humanidad».
Señala Luño Peña que para Balmes es imprescindible
garantizar al obrero tres exigencias primordiales:
trabajo continuo, remuneración suficiente y contrato
equitativo de trabajo. Este afán -según dicho
profesor-, le llevó a convertirse en el precursor del
«sistema paritario» en la organización del trabajo, en
cuanto propugna la formación de «Tribunales de
conciliación» que resolviesen amistosa y
equitativamente las cuestiones planteadas en la esfera
laboral. Y fue también Balmes -añade el ex rector de
Barcelona-, un precursor de los seguros sociales, cuando
recomienda que se proporcione al obrero por medio de las
instituciones convenientes, auxilio económico en caso de
paro, de enfermedad y de ancianidad.
IV. FRENTE A LOS PARTIDOS HISTORICOS
Después del movimiento moderado de 1841 tras el cual
fueron pasados por las armas Diego de León, Borso y
Montes de Oca, la política de Espartero se hizo más
partidista, y se apoyó sólo en la avanzada fracción de
los «Ayacuchos». Ello predispuso más de lo que ya
estaban, los ánimos contra el dictador, lo que culminó
en una coalición a la que Olózaga dio la señal de
salida, en marzo de 1843 con el famoso grito de: «Dios
salve al país, Dios salve a la Reina».
Mientras la Nación bullía embriagada por la caída de
Espartero, Balmes medita sobre las consecuencias y
alcance de aquella colaboración entre hombres tan
distantes ideológicamente como Donoso Cortés, Ceán
Bermúdez, Isturiz y Narváez, con Olózaga, Serrano y
Prim, sin más puntos de coincidencia que el odio común
hacia Espartero, lo que si bien era un arma poderosa para
destruir, era de todo punto ineficaz para cualquier acto
de gobierno.
Estas consideraciones mueven a Balmes a publicar un
escrito poético en el estilo y profundo en el fondo al
que pone por título ¿Y después?, en el que tras
predecir en qué acabaría la coalición, pone en guardia
sobre las consecuencias que se derivan de una alianza
entre elementos incompatibles.
«Todos saben ahora lo que no quieren; pocos saben lo que
quieren; en lo primero no hay discordancia; en lo
segundo, sí... ¿Sabéis lo que significa la situación
actual? ¿Os alucináis mucho si pensáis que hay
entusiasmo por estas o aquellas personas, que hay
predilección por uno u otro sistema? La situación
actual, esta agitación que con tanta fuerza se dirige a
derribar lo existente, es la expresión del profundo
malestar en que la Nación se encuentra, es la
condenación de todos los ensayos que se han hecho hasta
aquí». Y concluye: «Los hombres políticos no deben
confiar en esas reconciliaciones de teatro, que se
ejecutan entre los aplausos de una entusiasmada asamblea,
los brindis de un banquete y las orquestas de un
festín».
Los vaticinios de Balmes se cumplieron. Los progresistas
se adueñan del poder; nuevamente las camarillas campean
libremente, las mayores coacciones se ejercen en las
Cortes; al mismo Olózaga se le acusa de haber atentado
contra la dignidad real, intentando coaccionar a la Reina
niña, todo lo cual hizo exclamar a Balmes: «aún hay
tiempos peores que la Revolución». Y como en horas de
revolución resulta suicida aquietarse, Balmes por
segunda vez se adentra en la política activa, y propugna
-como dice el P. Casanova- la formación de un Gobierno
con hombres de ideales y el matrimonio de conciliación.
Como primera providencia funda en Madrid un periódico,
al que puso por título «El Pensamiento de la Nación»,
cuya misión había de consistir -según el prospecto que
le precedió- en «fijar los principios sobre los cuales
debe establecerse en España un Gobierno que ni desprecie
lo pasado, ni desatienda lo presente, ni pierda de vista
el porvenir; un Gobierno que sin desconocer las
necesidades de la época, no se olvide de la rica
herencia religiosa, social y política que nos legaron
nuestros mayores; un Gobierno firme, sin obstinación,
justiciero, sin crueldad, grave y majestuoso, sin el
irritante desdén del orgullo; un gobierno que sea como
la clave de un edificio grandioso, donde encuentren
cabida todas las opiniones razonables, respeto a todos
los derechos y protección a todos los intereses
legítimos».
En el primer artículo del periódico, Balmes hace la
exposición del sistema político que propugnaba,
poniendo de relieve la causa de nuestros males, que
atribuye a la discordancia entre el orden político y el
orden social, y tras ello plantea interrogantes:
¿Cuáles son los elementos que tienen en la sociedad un
poder efectivo? ¿Cuáles son los medios a propósito
para que estos elementos adquieran legítima y segura
influencia en el orden político? El desarrollo de estos
temas que efectúa en los artículos siguientes,
constituyen una colección de Estudios políticos.
Que la monarquía es una institución que en España
tiene mucha fuerza, es cosa que para Balmes no ofrece
duda alguna. Dejando atrás su remoto origen que se
pierde en la oscuridad de los tiempos, bastaría para
apoyar este aserto, la mera consideración de que «la
Nación donde un reinado como el de Carlos IV no minó
los cimientos del trono y no le atrajo el descrédito y
el desprecio, menester es que tenga en sus brazos a la
Monarquía, no sólo como un sentimiento muy ardiente,
sino como una necesidad sin cuya satisfacción no pueda
vivir».
Otro elemento que tiene fuerza es la religión. «La
Religión Católica tiene en España una fuerza propia,
intrínseca, independiente del apoyo del Gobierno y por
tanto, es bastante a conservarse sean cuales fueren las
vicisitudes de la política. Creyeronla algunos
inseparable de una forma de Gobierno y esta forma
desapareció y le han sucedido otras varias y la
religión se conserva; opinaron algunos que la causa de
la religión estaba irremisiblemente perdida si no
lograba la victoria el principio dinástico que por
espacio de seis años combatió en las provincias
Vascongadas, en Aragón, Valencia, Cataluña y otros
puntos del Reino y el principio sucumbió y sus
desafortunados representantes están encerrados en
Bourges, y sin embargo, la religión se conserva y hace
sonar su voz poderosa, y llama la atención al Gobierno y
conquista parte del terreno perdido y figura como uno de
los elementos que reclama un señalado lugar en la esfera
social y política».
Conocidos los elementos que en España tienen fuerza
efectiva, Balmes que -según Fernández de la Mora- es el
primer estudioso de nuestros partidos políticos, en 1844
publica un ensayo sobre el Origen, carácter y fuerza de
los partidos políticos en España, en el que les dice
verdades irrebatibles tanto a los unos como a los otros,
a los reformadores y a los partidarios del Antiguo
Régimen. Fernández de la Mora que ha estudiado en
profundidad la crítica balmesiana a la partitocracia,
llega a la conclusión de que el filósofo de Vich,
frente a la tesis progresista, entiende que:
- Los partidos han producido la atomización de la clase
política y una insolidaridad generalizada.
- Todos los partidos pretenden ser fuertes, pero todos
son flacos. Por eso «tratan de transigir con las
pasiones de todos los bandos y al fin no consiguen otra
cosa que ser odiados de todos, viéndose en la necesidad
de sucumbir al primer choque».
- La representatividad de los partidos es una ficción.
No es verdad que sean portavoces del pueblo, son
instrumentos para que un grupo conquiste el poder.
- Los partidos están «dominados del pensamiento de
ataque, cuidan principalmente de asestar bien los tiros y
esgrimir sus armas con destreza y valentía. Lo
primordial es aniquilar o inutilizar al enemigo».
Para el autor de la Partitocracia, Balmes saca la
conclusión de que los partidos están desprestigiados
porque «todos han sido impotentes para labrar nuestra
prosperidad y asegurar nuestro sosiego». La consecuencia
de su fracaso ha sido la inestabilidad política,
dinámica, constantemente renovada. «Las personas
varían, los sistemas se modifican, las pasiones
políticas se alían, se hostilizan, se coligan, se
separan... pero ni sus guerras, ni sus pases, ni su
unión, ni su división producen otro resultado que lo
que en una incisiva metáfora llama Balmes «la pila
galvánica», que es la que provoca «la conmoción
ficticia, improvisada y engañosa» de España, tras lo
cual le lleva al anatema que a modo de «sentencia
definitiva» pronuncia en el manifiesto de Madrid: «No
más Gobierno de partido».
V. EL PARTIDO BALMISTA
Estas ideas, que Balmes desarrolló en «El Pensamiento
de la Nación», estuvieron a punto de ser implantadas
desde el poder cuando Narváez formó Gobierno por
primera vez el 3 de Mayo de 1844. El Ministerio de Estado
lo ofreció al Marqués de Viluma, quien a la sazón
estaba al frente de la Embajada de España en Londres.
Una vez que Viluma aceptó el cargo, presentó un plan de
Gobierno inspirado en las orientaciones de Balmes, en el
que proponía: 1.º Declarar más o menos explícitamente
nulo, todo lo hecho desde la abolición del Estatuto
Real, a raíz de la Revolución de 1836. 2.º Que la
Corona hablando a los pueblos, llegada la fecha de su
verdadera mayoría de edad, otorgara una nueva
Constitución con arreglo a las bases que se indicaban.
3.º Que se asegurasen todos los derechos adquiridos
durante todos los trastornos, suspendiéndose la venta de
los bienes eclesiásticos y devolviendo a sus dueños
aquellos que estuviesen sin vender. 4.º Que se diera una
amplia amnistía sin excepción de partidos ni de
personas.
El Consejo de Ministros reunido en Barcelona, examinó el
plan presentado por Viluma, con el que coincidieron en lo
esencial, si bien discrepaban en los medios, ya que la
mayoría de los ministros eran partidarios de no romper
con la situación, ni declarar nada nulo, ni suscitar
cuestiones sobre la legalidad de lo existente, sino en
legalizar, en lo posible por los medios ordinarios, las
variaciones producidas en el régimen del Estado.
Mas Viluma al no aceptarse su plan íntegramente,
dimitió tras lo cual Narváez disolvió las Cortes,
convocándose acto seguido elecciones generales. Balmes
comenzó la campaña electoral con un artículo que
publicó en «El Pensamiento de la Nación», bajo el
título «¿Cómo estamos? ¿Qué conducta deben seguir
los hombres amantes de su Patria?»48, en el que dice:
«Hemos llegado a una situación sumamente grave,
difícil, peligrosa... Los españoles serían o muy
necios o muy olvidadizos, si pudieran dar crédito a las
engañosas palabras de ciertos hombres que por sus miras
particulares procuran difundir el engaño de que está
asegurado el orden, de que nada puede la Revolución para
turbar de nuevo la tranquilidad pública, de que los
pueblos están contentos y satisfechos con la situación
actual, de que llegado el momento de peligro le bastará
a los Gobernantes dar con el pié en el suelo para que
nazca por todas partes numerosos defensores de sus
utopías e intereses».
Y añade más adelante: «¿Es posible que una persona
juiciosa se alucine hasta el punto que crea sostenible
por mucho tiempo lo que cuenta con tantos adversarios, y
que los va contando cada día en mayor número? ¿Es
posible que haya quien se persuada que dejando sin
resolver todas las cuestiones políticas y religiosas,
descontentando por una parte a los revolucionarios y por
otra a los hombres amantes de la religión y de la
monarquía?»
Termina Balmes este artículo abogando por que «los
carlistas y los moderados que no aceptasen la obra de la
Revolución, debían unirse para salvar a España». Como
programa inmediato proponía el mismo que Viluma había
intentado llevar a cabo desde el Gobierno.
Fruto de esta campaña, fue la formación del «partido
monárquico nacional», conocido también como «partido
balmista», que estaba integrado -según el Manifiesto
que dirigieron al país49- por «hombres de opiniones
monárquicas, religiosas, constitucionales y
conciliadoras; independientes por principios, por
carácter y por su posición particular, que aspiraba: a
realzar el Trono, a reorganizar la sociedad, a reparar
las injusticias de la Revolución, a conciliar los
intereses opuestos y a crear un orden de cosas estables y
duradero, donde tuviesen cabida todos los españoles».
El partido de Balmes, obtuvo una representación de
veintitantos diputados, los cuales comenzaron haciendo un
lucido papel en las Cortes, presentando proyectos de
importancia. Mas no sabiendo los gobernantes resistir la
razón de los diputados balmistas, determinaron
descalificar a las personas por la ofensa.
La ocasión se presentó a raíz de una enmienda que
formularon los «balmistas» a un proyecto de Ley sobre
«Dotación de culto y clero». Puesta a discusión la
enmienda en cuestión, se levantó el Ministro de
Hacienda, Don Alejandro Mon, quien habló de la necesidad
de evitar que las leyes se votaran por sorpresa, que la
cuestión que se debatía era de franqueza y de buena
fé, y terminó calificando de «ratero» el proceder de
los diputados «balmesianos». Estos se consideraron
agraviados; pidieron explicaciones y que las palabras del
Ministro constasen en acta. El Señor Mon, dijo que el
calificar de «ratera» la conducta de los balmistas, se
refería a la que estos había seguido en dicha ocasión,
añadiendo que si esta explicación no les satisfacía no
le importaba nada y que él no tenía que decir ni una
palabra más.
El Congreso se dio por satisfecho con estas
explicaciones, pero no sucedió lo mismo con los
ofendidos: veintiuno de los veintitrés firmantes
presentaron en el acto la renuncia de sus cargos50.
Balmes aprobó la determinación, estimó que los
dimisionarios habían obrado como caballeros51. Más el
Congreso siguió adelante, quedando Narváez como único
dueño de las Cortes, sin progresistas a la izquierda (ya
que no tomaron parte en las elecciones), ni monárquicos
a la derecha. Balmes se quedó en el medio, sólo con su
periódico y ante la cuestión más complicada de su
política: el matrimonio de la Reina.
VI. LA RETIRADA DE LA POLITICA
El matrimonio de Isabel II con el hijo de Don Carlos, no
sólo era para Balmes el «matrimonio de conciliación»,
como solía llamarle, sino la clave política de la
España de su tiempo. «Este matrimonio -decía en unos
apuntes que entregó a Viluma52- tiene dos objetos: uno
dinástico, otro político. El dinástico consiste en
poner fin a la cuestión dinástica, cerrando para
siempre las puertas a las pretensiones del Trono. El
político se cifra en fortalecer el poder real atrayendo
alrededor de la Corona al numeroso partido que apoya a la
rama proscrita».
Balmes, que es hombre de realidades, no entra en la
discusión del mejor derecho de Don Carlos o de Doña
Isabel, sino que trata de fundir las dos ramas, como
antaño se mezclaron la sangre de Don Pedro con la de Don
Enrique el Bastardo, mediante el casamiento de Don
Enrique el Doliente con Catalina de Lancaster.
Pero la cuestión tenía dos obstáculos muy poderosos:
Don Carlos y Doña Cristina. Era necesario que Don Carlos
hiciera la cesión de sus derechos -por cuya defensa
habían peleado miles de españoles- a favor de su hijo.
Era también necesario que Doña Cristina desapareciese
de la escena política, pues además de arrastrar al
Gobierno a resucitar rencores, apoyaba la candidatura de
su hermano el Conde de Trapani -lanzada por Donoso
Cortes53- y a la que pulverizó Balmes en un artículo
publicado en «El Pensamiento de la Nación» de 13 de
julio de 1845, bajo el título de «Reunión Pacheco»54.
Allí hizo pública una reunión celebrada en casa del
notable político ecijano, el 21 de junio anterior, para
concertar a los asistentes contra dicha candidatura, lo
que vino a constituir un germen de división en el
partido moderado.
El Carlismo aceptó y puso en ejecución el plan de
Balmes, quien lo abordó con un esfuerzo verdaderamente
sobrehumano. Escribe, viaja, sostiene entrevistas en
España y en el extranjero, funda un nuevo periódico
«El Conciliador», que pone bajo la dirección de José
María Cuadrado con ánimo de atraerse al ala derecha del
partido moderado, y llega incluso a formular las bases
con arreglo a las cuales se celebraría el matrimonio.
Comentando esta campaña Azorín55, en mayo de 1946,
decía: «Jamás en la prensa española se había
producido un hecho como éste, de tan fina comprensión,
de tanta constancia, de tanta perseverancia, de tanto
fervor, de tanto entusiasmo. Se estaba desarrollando en
España a la vista de todos uno de los más admirables
dramas de sensibilidad que tan poco se había repetido en
nuestra Historia. Se trataba nada menos que de encauzar
el curso de la Historia de España, para que no quedase
torcida; con el matrimonio que encarecía Balmes se
resolvían múltiples problemas. Hoy, cuando leemos los
artículos de Balmes, nos admira la previsión del
escritor, que en estos artículos le había señalado
todo; lo que había de hacerse antes del matrimonio y lo
que había de hacerse después. Un verdadero programa de
Gobierno».
Ante este proyecto, Don Carlos, siguiendo el consejo de
los políticos ingleses simpatizantes con su causa, el de
Metternich, el de Nicolás I de Rusia y, sobre todo, el
de Gregorio XVI, -con el que había estado en contacto
por conducto de Fray Fermín Alcaraz, amigo y
corresponsal de Balmes en Roma-, renunció a favor de su
hijo Carlos Luis, Conde de Montemolín, todos sus
derechos a la Corona de España, adoptando el título de
Conde de Molina. En igual fecha Carlos Luis acepta los
derechos que le transmite la voluntad de su padre y
publica un manifiesto dirigido a los españoles y
redactado por Balmes56, en el que expone en apretada
síntesis su doctrina que no era otra -como dijo
Menéndez Pelayo57- que el pensamiento de su «Nación».
José María García Escudero58 entiende que hubo
excesiva insistencia por parte de Montemolín en no
aceptar la condición de rey consorte, conducta que
recuerda a la del pretendiente francés, Conde de
Chambord, cuando pudo haberse sentado en el Trono de sus
mayores, con sólo aceptar la bandera tricolor: conducta
noble, pero impolítica, que Francia pagó con la Tercera
República.
Aunque Doña Cristina, Narváez y su equipo rechazaban el
matrimonio, lo decisivo fue una conjura diplomática, a
la que no fue ajeno Luis Felipe. De esta suerte, el 28 de
agosto de 1846 se anunciaba el desdichado matrimonio de
Doña Isabel con su primo Don Francisco de Asís. Ante
ello, Balmes se convence de que no había nada que hacer
por esos medios; que la cuestión de fondo del problema
político español no tenía solución pacífica posible,
razón por la cual decide suspender «El Pensamiento de
la Nación» y retirarse por completo de la vida
política. El triste reinado isabelino dio la razón a
Balmes.
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