Hacia la avenida Stalin

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Hacia la avenida Stalin

Por Angel Maestro

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Hacia la avenida Stalin

A finales del pasado enero, el ministro de Sanidad del gobierno Popular, inauguraba un hospital en los alrededores de Madrid. Dicho centro se ha denominado «Rosa Luxemburgo».

Rosa Luxemburgo, marxista de origen polaco aunque su actividad revolucionaria se desarrollase en Alemania, nacida de familia judía no practicante en Zamosc, provincia de Lublin. Ciudad con un importantísimo porcentaje judío -generalmente no ortodoxo- que superaba la tercera parte de la población, el más alto de Polonia.

Rosa Luxemburgo es una figura de primer orden el el marxismo revolucionario moderno. No en el marxismo teorizante de un Kautsky o de un Bernstein, sino en la acción violenta para la conquista del poder. Poco acorde desde luego con ideas centristas. «La batalla por el socialismo sólo pueden librarla las masas, directamente contra el capitalismo, en cada fábrica, cada proletario contra su patrón…» «Precisamente allí donde los proletarios están encadenados al capital es donde debe romperse la cadena». Es difícil que un centrismo asuma estas consignas de la revolucionaria que da nombre al hospital.

Fue el alma, junto con Karl Liebknecht, del movimiento «Spartakus». Los espartaquistas, considerando traidores a los socialistas que se habían hecho cargo de Berlín caótico de noviembre de 1918 tras la abdicación del Kaiser Guillermo II, preconizan la toma revolucionaria del poder. Los motines de marineros y soldados, la declaración de armar a las masas, la deposición de los «socialistas traidores» Ebert y Scheidemann, la ocupación del poder, es alentada por el órgano de los espartaquistas «Rote Fahne» («Bandera Roja»). La Luxemburgo y Liebknecht provocan prematuramente la revolución, contra el consejo incluso de uno de los hombres más inteligentes del comunismo, Radek, posteriormente eliminado por Stalin.

Las tropas gubernamentales a las órdenes de Noske vencen a los espartaquistas. Ya en la derrota, Rosa Luxemburgo dirá «¡Estúpidos lacayos!» Ese orden está edificado sobre arena. Mañana la revolución avanzará nuevamente y se anunciará por horror vuestro, con el estruendo de las trompetas». El 15 de enero, Liebknecth y Luxemburgo, ya presos, serían ejecutados por tropas de los «Cuerpos francos», antiguos miembros del Ejército.

Esta revolucionaria de acción hasta las últimas consecuencias, ha querido ser presentada por los que nunca ven realizado el comunismo ideal, como contrapunto de Lenin, Son los que pretenden que el verdadero comunismo nunca se ha hecho posible. Excrecencias sin cuento lo han adulterado, llámense Lenin, Stalin, Mao, Pol Pot, etc. Nunca se ha logrado; esperan un mesías.

Las diferencias entre Lenin y la Luxemburgo eran de mero procedimiento. Más hábil y pragmático Lenin, y más utópica la Luxemburgo. La revolucionaria cifraba el éxito de la revolución en la espontaneidad del proletariado y en las dificultades de toda organización. Visionaria utópica, frente al pragmatismo leninista sostenía que la acción revolucionaria debería venir a través de un movimiento natural de las masas y no por el control ejercido por el aparato del partido. Pero tanto a un Lenin triunfante como a una Luxemburgo derrotada, se les daba un ardite la libertad y, desde luego, la partitocracia; despreciaban ambas profundamente.

Valores de la revolución: destrucción de la sociedad «burguesa», lucha de clases, materialismo dialéctico. Las mismas esencias «democráticas» habrían sido homenajeadas si el hospital se hubiese llamado: Centro Hospitalario Stalin.



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Cuando el asombro no se había agotado ante la exaltación de una figura como la Luxemburgo, desconocida del 99 por 100 de la opinión pública, otra anécdota supera a la anterior.

El pasado 6 de febrero el Presidente de la Comunidad de Madrid visitó Alcobendas para, en compañía de los regidores locales, inaugurar la conversión en vía urbana de la antigua carretera nacional I a su paso por la localidad. La nueva avenida lleva el nombre de Salvador Allende. En la inauguración de un centro cívico con el mismo nombre, el presidente de la Comunidad elogió las virtudes democráticas del personaje. Poco importa que ese «demócrata», preconizase medidas como la ocupación de fincas y de fábricas, la creación de «soviets» y milicias populares, ignorase al Congreso, se burlase del poder Judicial y, auxiliado por la URSS y por Castro, crease las condiciones para la implantación de una dictadura marxista-leninista.

Si en España hubiesen triunfado los sistemas preconizados por Luxemburgo y Allende, los señores Romay y Ruiz-Gallardón habrían sido liquidados. Porque el socialismo real, a quién se desvíe un ápice de sus proyectos, por muchas concesiones que haga, seguirá aplicándole el calificativo de fascista.

Se borran de los callejeros los nombres de Franco, Calvo Sotelo, Primo de Rivera, Moscardó, Maeztu y tantas otras figuras gloriosas de nuestra reciente historia. Pero se inaugura en Las Palmas una broncínea estatua al macabro Negrín. ¿Para cuándo la Avenida Stalin? ¿Para cuándo el monumento a los chekistas levantado frente a la sede de la Comunidad madrileña, el antiguo Ministerio de la Gobernación en cuyos calabozos se ejecutó a centenares por el crimen de creer en Dios y en España?.




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