El reformismo
Un
político que aspire a estar o esté en el poder, no
puede ignorar la historia de España, por lo menos, la
del siglo XX. Lo normal es que conozca no solo la
historia contemporánea, sino toda ella; pero acaso
resulte pedir demasiado en una época presidida por la
orfandad de ideas y el pragmatismo político más vacío
de bagaje intelectual.
Quien no sepa lo que representó Melquiades Alvarez y su
Partido Reformista -fundado en 1912 en la práctica- no
se encuentra en condiciones de comprender lo que
pretendió aquel asturiano nacido en Gijón en mayo de
1864 y asesinado en la Cárcel Modelo de Madrid el 22 de
agosto de 1936. El 23 de octubre del ya citado año 1912,
en el Hotel Palace, ante 1.919 comensales, Melquiades
esboza lo que sería su Partido Reformista, que años
más tarde denominaría Liberal Demócrata.
Entonces manifestó: «Aspiro a gobernar para que el
poder público sirva de instrumento a las ideas, pero sin
esperar jamás el poder como una merced de la Corona. Hay
en el Partido Reformista dos matices: uno representado
por el señor Azcárate, que comprende a todos aquellos
correligionarios que por su historia, por sus
compromisos, jamás gobernarán con la monarquía; pero
fuera de esto, no sólo colaborarán con entusiasmo a
nuestra obra, sino que nos impulsan, en bien del país, a
realizarla».
Y, Melquiades Alvarez, agregó: «Hay otro matiz del que
temporalmente, por efecto de las circunstancias, yo soy
el verbo, y a nombre de este matiz, a nombre de esta
fuerza, yo declaro ante el país: representamos en la
política una fuerza que aún no se ha movido de su
sitio, pero una fuerza que no vacila en declarar que para
ella las formas de gobierno son accidentales y
transitorias; que por encima de las formas de Gobierno
coloca y colocará siempre el progreso de la Patria, el
afianzamiento de la libertad, el imperio de la
democracia. Y si la monarquía no es obstáculo para el
triunfo de estos ideales, nosotros gobernaremos con la
monarquía, porque al hacerlo tenemos la convicción de
servir en primer término la causa del progreso y el
interés supremo de la Nación».
Melquiades Alvarez, un gran orador para el gusto de
aquella época, reune a figuras muy diferentes, pero
intelectualmente significativas: García Morente,
Fernando de los Ríos, Américo Castro, José Ortega y
Gasset, Teofilo Hernando, Alfredo Martínez -un gran
médico asturiano asesinado por el marxismo antes del
Alzamiento-, Federico de Onis, Augusto Barcia, Adolfo
González-Posada, Pedro de Répide, Ricardo de Orueta,
Gustavo Pittaluga, Azcárate, Víctor Ruiz Albéniz
(abuelo de Ruiz Gallardón), Pérez-Galdós, Enrique de
Mesa, Enrique Diez Canedo, Filiberto Villalobos, Rafael
Mariz de Labra, Miguel Moya, José Zulueta, Simarro y
Manuel Azaña, quien en 1924 abandonó el Reformismo tras
fracasar dos o tres veces en las elecciones.
Melquiades Alvarez se confiesa republicano, pero su
accidentalismo termina por hacerle fracasar. Y lo digo
con el respeto que me merece su valiosa personalidad.
En Oviedo, por ejemplo, el dato es importante, todos los
reformistas, sin excepción, se suman al Alzamiento del
19 de julio de 1936, acaudillado en la plaza por el
coronel Aranda. Se trataba de gente de orden, de ideas
templadas, alejadas del marxismo y el radicalismo.
Melquiades Alvarez, poco después de la llegada de la II
República, se muestra decepcionado, como Ortega y
Gasset, Unamuno, Maura... También desea una
rectificación de la República, y declara en el teatro
de la Comedia, en diciembre de 1931, que «son peligrosos
los derroteros de la Constitución». Y critica
abiertamente, aunque no lo cite, a Manuel Azaña: «Mucha
gente ve en los preceptos constitucionales una ofensa
sacrílega a sus creencias y el origen de futuras
persecuciones. En la atmósfera de una cámara exacerbada
por el fanatismo político, la voz de la razón y de la
templanza no era ni podía ser atendida». Y manifiesta
que se siente identificado con Ortega y Gasset. Este,
como es sabido, concitó siempre el odio de Azaña, que
le llamaba el filosofazo, como si el desdichado alcalaino
hubiera sido, en algún momento, un intelectual
comparable al catedrático de Metafísica.
Ser admirador de Azaña y, al mismo tiempo, pretender un
centrismo sin ideología, es una incoherencia. Un hombre
honesto, Otero Novas despreciado por Suárez, dijo en su
libro Nuestra democracia puede morir (1987): «El
centrismo no puede ser una alternativa al PSOE, porque no
aporta nada positivo y consistente. Ese partido si quiere
ser alternativa, ha de contar con una ideología
definida. Algo distinto a lo centrista. Porque ser
centrista es no ser nada». ¿Cómo se puede mezclar al
frentepopulista Azaña con el reformista Melquiades
Alvarez y, a la par, padecer tal sentimiento de
inferioridad ante la izquierda que se expulsa de un
puesto oficial a un afiliado por haber citado a José
Antonio Primo de Rivera? Cuando no hay coherencia
ideológica, prolifera el absurdo.
José Antonio Cepeda
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