El reformismo

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El reformismo

Por José Antonio Cepeda

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El reformismo

Un político que aspire a estar o esté en el poder, no puede ignorar la historia de España, por lo menos, la del siglo XX. Lo normal es que conozca no solo la historia contemporánea, sino toda ella; pero acaso resulte pedir demasiado en una época presidida por la orfandad de ideas y el pragmatismo político más vacío de bagaje intelectual.

Quien no sepa lo que representó Melquiades Alvarez y su Partido Reformista -fundado en 1912 en la práctica- no se encuentra en condiciones de comprender lo que pretendió aquel asturiano nacido en Gijón en mayo de 1864 y asesinado en la Cárcel Modelo de Madrid el 22 de agosto de 1936. El 23 de octubre del ya citado año 1912, en el Hotel Palace, ante 1.919 comensales, Melquiades esboza lo que sería su Partido Reformista, que años más tarde denominaría Liberal Demócrata.

Entonces manifestó: «Aspiro a gobernar para que el poder público sirva de instrumento a las ideas, pero sin esperar jamás el poder como una merced de la Corona. Hay en el Partido Reformista dos matices: uno representado por el señor Azcárate, que comprende a todos aquellos correligionarios que por su historia, por sus compromisos, jamás gobernarán con la monarquía; pero fuera de esto, no sólo colaborarán con entusiasmo a nuestra obra, sino que nos impulsan, en bien del país, a realizarla».

Y, Melquiades Alvarez, agregó: «Hay otro matiz del que temporalmente, por efecto de las circunstancias, yo soy el verbo, y a nombre de este matiz, a nombre de esta fuerza, yo declaro ante el país: representamos en la política una fuerza que aún no se ha movido de su sitio, pero una fuerza que no vacila en declarar que para ella las formas de gobierno son accidentales y transitorias; que por encima de las formas de Gobierno coloca y colocará siempre el progreso de la Patria, el afianzamiento de la libertad, el imperio de la democracia. Y si la monarquía no es obstáculo para el triunfo de estos ideales, nosotros gobernaremos con la monarquía, porque al hacerlo tenemos la convicción de servir en primer término la causa del progreso y el interés supremo de la Nación».

Melquiades Alvarez, un gran orador para el gusto de aquella época, reune a figuras muy diferentes, pero intelectualmente significativas: García Morente, Fernando de los Ríos, Américo Castro, José Ortega y Gasset, Teofilo Hernando, Alfredo Martínez -un gran médico asturiano asesinado por el marxismo antes del Alzamiento-, Federico de Onis, Augusto Barcia, Adolfo González-Posada, Pedro de Répide, Ricardo de Orueta, Gustavo Pittaluga, Azcárate, Víctor Ruiz Albéniz (abuelo de Ruiz Gallardón), Pérez-Galdós, Enrique de Mesa, Enrique Diez Canedo, Filiberto Villalobos, Rafael Mariz de Labra, Miguel Moya, José Zulueta, Simarro y Manuel Azaña, quien en 1924 abandonó el Reformismo tras fracasar dos o tres veces en las elecciones.

Melquiades Alvarez se confiesa republicano, pero su accidentalismo termina por hacerle fracasar. Y lo digo con el respeto que me merece su valiosa personalidad.

En Oviedo, por ejemplo, el dato es importante, todos los reformistas, sin excepción, se suman al Alzamiento del 19 de julio de 1936, acaudillado en la plaza por el coronel Aranda. Se trataba de gente de orden, de ideas templadas, alejadas del marxismo y el radicalismo.

Melquiades Alvarez, poco después de la llegada de la II República, se muestra decepcionado, como Ortega y Gasset, Unamuno, Maura... También desea una rectificación de la República, y declara en el teatro de la Comedia, en diciembre de 1931, que «son peligrosos los derroteros de la Constitución». Y critica abiertamente, aunque no lo cite, a Manuel Azaña: «Mucha gente ve en los preceptos constitucionales una ofensa sacrílega a sus creencias y el origen de futuras persecuciones. En la atmósfera de una cámara exacerbada por el fanatismo político, la voz de la razón y de la templanza no era ni podía ser atendida». Y manifiesta que se siente identificado con Ortega y Gasset. Este, como es sabido, concitó siempre el odio de Azaña, que le llamaba el filosofazo, como si el desdichado alcalaino hubiera sido, en algún momento, un intelectual comparable al catedrático de Metafísica.

Ser admirador de Azaña y, al mismo tiempo, pretender un centrismo sin ideología, es una incoherencia. Un hombre honesto, Otero Novas despreciado por Suárez, dijo en su libro Nuestra democracia puede morir (1987): «El centrismo no puede ser una alternativa al PSOE, porque no aporta nada positivo y consistente. Ese partido si quiere ser alternativa, ha de contar con una ideología definida. Algo distinto a lo centrista. Porque ser centrista es no ser nada». ¿Cómo se puede mezclar al frentepopulista Azaña con el reformista Melquiades Alvarez y, a la par, padecer tal sentimiento de inferioridad ante la izquierda que se expulsa de un puesto oficial a un afiliado por haber citado a José Antonio Primo de Rivera? Cuando no hay coherencia ideológica, prolifera el absurdo.



José Antonio Cepeda




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