LIBROS:
¿Fascismo o Estado católico?
Andrés-Gallego,
José: ¿Fascismo o Estado católico?, ed. Encuentro,
Madrid 1997, 284 págs.
El título es inadecuado porque en el libro ni siquiera
se aborda la cuestión sustancial, la del sentido
religioso de nuestra guerra1. El alzamiento se inició
para restaurar el orden frente a la anarquía
republicana, preparatoria de una revolución marxista, no
para recristianizar a los españoles. Pero la feroz
persecución desencadenada en la zona roja contra el
catolicismo, más sangrienta que las clásicas, dio al
alzamiento un profundo sentido religioso. Lo dijo Franco
el 25 de julio de 1936: «Estamos ante una guerra que
reviste cada día más el carácter de cruzada». Y el 23
de agosto afirmaría el obispo de Pamplona: «No es una
guerra, es una cruzada». Le seguirán otros prelados,
con el cardenal Gomá a la cabeza. Pasa, pues, a segundo
término la cuestión semántica de si la guerra debe
calificarse de «civil», de «liberación», de
«cruzada» o de las tres cosas a la vez. Las memorias de
Eisenhower sobre su campaña en la II guerra mundial se
titulan Cruzada en Europa, y ningún comentarista aliado
puso en cuestión el rótulo.
En realidad, este libro es un análisis de la actuación
de la Delegación de Prensa y Propaganda de Falange entre
1937 y 1941 bajo la dirección, primero, del sacerdote F.
Yzurdiaga y, luego, del equipo P. Laín, D. Ridruejo y A.
Tovar, principalmente.
Al Padre Yzurdiaga trataron de derribarlo algunos obispos
que sólo lograron que le sucediera el equipo Laín y que
el llamado «cura azul» fuera nombrado canónigo
magistral de Pamplona hasta su fallecimiento en 1981. El
gran reproche eclesial era que se había preconizado la
fusión del tradicionalista semanario infantil
«Pelayos» con el falangista «Flechas». A esta
anécdota se dedica un capítulo. Otro reproche era que
al Calendario del Corazón de Jesús y al Devocionario
del jesuíta R. Vilariño se le habían censurado algunas
palabras. También a tan mínima anécdota se le dedica
gran parte de otro capítulo. Y quejas de que tuvieran
que cerrar los confesionales «Diario de la Rioja»
(30-IX-38), «La Gaceta de Tenerife» (2-X-38), «El
Castellano» (3-VIII-41) y el «Defensor de Córdoba»
(2-X-41) que eran casi hojas parroquiales para las que se
pedía ayuda.
La parte mayor y más sustancial del libro está dedicada
a exponer la evolución ideológica y política del
equipo Laín. La relectura de los viejos textos ahora
exhumados resulta cruel. Para Laín, la Restauración
canovista es «el enredo del 70», «los secuaces de la
Institución Libre de Enseñanza eran dóciles a los
tirones del cordelillo masónico», «lo malo del 14 de
abril era el Estado republicano», una «revolución de
la que ha de ser Franco seguro ductor», denuncia «la
penetración del liberalismo», «la salvación de
España ha tenido que ser ineludiblemente obra
violenta», «maestros y sabios traidores: Unamuno,
Ortega, Marañón, Castro», «la Residencia de
Estudiantes y el Instituto Escuela donde los jóvenes
recibían en vaso elegante suave veneno», «vacuidad
sucia del Parlamento», «después de 1934 ya no había
otra cosa que la guerra», «la santa violencia»,
«liberal, esto es, afecto de vejez», «el gesto
imperial de Mussolini arrumbó el chirimbolo inútil del
liberalismo político», «el Nacionalsindicalismo ha de
recrear en España una cultura perdida», etc. Esto es lo
que escribía Laín.
De pasada, el autor evoca el rigor que la Iglesia
española exigía a la censura porque se reeditaban
«folletos y libros que deberían a estas alturas
quemarse» como el de Ledesma Ramos, y la constante
denuncia del «abuso carnal». Se pide la retirada de El
viaje del joven Tobías de Torrente Ballester. Se demanda
intervención contra «el descoco en el vestir», contra
«el cine y la playa» y el «ridículo maquillaje»,
contra la «libertad de los chicos pensionistas
(colegiales) desde el sábado al lunes», y contra el
himno de Falange porque acude a metáforas paganas como
«caídos», «ausente» y «luceros». A las autoridades
sevillanas el cardenal Segura las amenaza de excomunión
y prohibe el baile. Se condena «los intercambios
culturales pactados por nuestros poderes públicos con
otras naciones oficialmente distanciadas de la fe
católica». También se alerta contra «el
cinematógrafo». Un alegato general contra los
«intelectuales» fue la pastoral del obispo de Salamanca
Los delitos del pensamiento (1938). A estos ejemplos se
podría añadir otros que llegan a la comicidad. Y no se
puede olvidar que la mayoría de los censores eran
clérigos. A esta luz resulta un sarcasmo que algunos
eclesiásticos actuales reprochen a la era de Franco un
exceso de puritanismo.
Que el equipo de Laín adoptó en 1936 una postura
pronazi, totalitaria, antiliberal y de problemática
ortodoxia católica es la tesis principal de este libro.
Pero, a partir de 1938 esa operación fracasó y, como
escribe el autor, «el franquismo comienza a ser desde
ese día un movimiento nacionalista monárquico y
autoritario, no un totalitarismo, ni nazi, ni fascista ni
de ningún otro apellido» (p. 133). Es cierto que el
Estado nacido de la victoria no fue un fascismo; pero el
autor, que detiene su narración en 1941, no narra el
retorno del equipo de Laín, gracias al apoyo del
ministro J. Ruiz Jiménez, y su intensa operación de
vuelta al liberalismo anterior a la guerra sin otra
oposición que la del equipo tradicionalista de F. Pérez
Embid, destacado intelectual del Opus Dei. Un panfleto
próximo a Don Florentino y titulado «El Yalta de la
cultura» denunció la maniobra que acabaría triunfando
hasta desembocar en la Constitución de 1978 contra la
que sólo alzó la voz el cardenal de Toledo, González
Martín.
Laín empezó siendo democristiano, luego falangista,
enseguida totalitario y pronazi, más tarde liberal, se
pasó al monarquismo dinástico, y, finalmente, coqueteó
con el partido socialista, cambios oportunistas porque se
hicieron a favor de la corriente. Las ideas políticas
formuladas desde tal planteamiento carecen de valor
doctrinal, son simples tácticas personales, y el autor
del libro les da demasiada importancia.
Obra muy documentada en las hemerotecas y en algún
archivo sobre todo eclesiástico; pero centrada en
minianécdotas, lo que priva de una perspectiva general.
Angel Maestro
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