¿Fascismo o Estado católico?

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LIBROS: ¿Fascismo o Estado católico?. nº 94

Comentarios de Angel Maestro al libro de J. Andrés-Gallego .

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LIBROS: ¿Fascismo o Estado católico?

Andrés-Gallego, José: ¿Fascismo o Estado católico?, ed. Encuentro, Madrid 1997, 284 págs.



El título es inadecuado porque en el libro ni siquiera se aborda la cuestión sustancial, la del sentido religioso de nuestra guerra1. El alzamiento se inició para restaurar el orden frente a la anarquía republicana, preparatoria de una revolución marxista, no para recristianizar a los españoles. Pero la feroz persecución desencadenada en la zona roja contra el catolicismo, más sangrienta que las clásicas, dio al alzamiento un profundo sentido religioso. Lo dijo Franco el 25 de julio de 1936: «Estamos ante una guerra que reviste cada día más el carácter de cruzada». Y el 23 de agosto afirmaría el obispo de Pamplona: «No es una guerra, es una cruzada». Le seguirán otros prelados, con el cardenal Gomá a la cabeza. Pasa, pues, a segundo término la cuestión semántica de si la guerra debe calificarse de «civil», de «liberación», de «cruzada» o de las tres cosas a la vez. Las memorias de Eisenhower sobre su campaña en la II guerra mundial se titulan Cruzada en Europa, y ningún comentarista aliado puso en cuestión el rótulo.

En realidad, este libro es un análisis de la actuación de la Delegación de Prensa y Propaganda de Falange entre 1937 y 1941 bajo la dirección, primero, del sacerdote F. Yzurdiaga y, luego, del equipo P. Laín, D. Ridruejo y A. Tovar, principalmente.

Al Padre Yzurdiaga trataron de derribarlo algunos obispos que sólo lograron que le sucediera el equipo Laín y que el llamado «cura azul» fuera nombrado canónigo magistral de Pamplona hasta su fallecimiento en 1981. El gran reproche eclesial era que se había preconizado la fusión del tradicionalista semanario infantil «Pelayos» con el falangista «Flechas». A esta anécdota se dedica un capítulo. Otro reproche era que al Calendario del Corazón de Jesús y al Devocionario del jesuíta R. Vilariño se le habían censurado algunas palabras. También a tan mínima anécdota se le dedica gran parte de otro capítulo. Y quejas de que tuvieran que cerrar los confesionales «Diario de la Rioja» (30-IX-38), «La Gaceta de Tenerife» (2-X-38), «El Castellano» (3-VIII-41) y el «Defensor de Córdoba» (2-X-41) que eran casi hojas parroquiales para las que se pedía ayuda.

La parte mayor y más sustancial del libro está dedicada a exponer la evolución ideológica y política del equipo Laín. La relectura de los viejos textos ahora exhumados resulta cruel. Para Laín, la Restauración canovista es «el enredo del 70», «los secuaces de la Institución Libre de Enseñanza eran dóciles a los tirones del cordelillo masónico», «lo malo del 14 de abril era el Estado republicano», una «revolución de la que ha de ser Franco seguro ductor», denuncia «la penetración del liberalismo», «la salvación de España ha tenido que ser ineludiblemente obra violenta», «maestros y sabios traidores: Unamuno, Ortega, Marañón, Castro», «la Residencia de Estudiantes y el Instituto Escuela donde los jóvenes recibían en vaso elegante suave veneno», «vacuidad sucia del Parlamento», «después de 1934 ya no había otra cosa que la guerra», «la santa violencia», «liberal, esto es, afecto de vejez», «el gesto imperial de Mussolini arrumbó el chirimbolo inútil del liberalismo político», «el Nacionalsindicalismo ha de recrear en España una cultura perdida», etc. Esto es lo que escribía Laín.

De pasada, el autor evoca el rigor que la Iglesia española exigía a la censura porque se reeditaban «folletos y libros que deberían a estas alturas quemarse» como el de Ledesma Ramos, y la constante denuncia del «abuso carnal». Se pide la retirada de El viaje del joven Tobías de Torrente Ballester. Se demanda intervención contra «el descoco en el vestir», contra «el cine y la playa» y el «ridículo maquillaje», contra la «libertad de los chicos pensionistas (colegiales) desde el sábado al lunes», y contra el himno de Falange porque acude a metáforas paganas como «caídos», «ausente» y «luceros». A las autoridades sevillanas el cardenal Segura las amenaza de excomunión y prohibe el baile. Se condena «los intercambios culturales pactados por nuestros poderes públicos con otras naciones oficialmente distanciadas de la fe católica». También se alerta contra «el cinematógrafo». Un alegato general contra los «intelectuales» fue la pastoral del obispo de Salamanca Los delitos del pensamiento (1938). A estos ejemplos se podría añadir otros que llegan a la comicidad. Y no se puede olvidar que la mayoría de los censores eran clérigos. A esta luz resulta un sarcasmo que algunos eclesiásticos actuales reprochen a la era de Franco un exceso de puritanismo.

Que el equipo de Laín adoptó en 1936 una postura pronazi, totalitaria, antiliberal y de problemática ortodoxia católica es la tesis principal de este libro. Pero, a partir de 1938 esa operación fracasó y, como escribe el autor, «el franquismo comienza a ser desde ese día un movimiento nacionalista monárquico y autoritario, no un totalitarismo, ni nazi, ni fascista ni de ningún otro apellido» (p. 133). Es cierto que el Estado nacido de la victoria no fue un fascismo; pero el autor, que detiene su narración en 1941, no narra el retorno del equipo de Laín, gracias al apoyo del ministro J. Ruiz Jiménez, y su intensa operación de vuelta al liberalismo anterior a la guerra sin otra oposición que la del equipo tradicionalista de F. Pérez Embid, destacado intelectual del Opus Dei. Un panfleto próximo a Don Florentino y titulado «El Yalta de la cultura» denunció la maniobra que acabaría triunfando hasta desembocar en la Constitución de 1978 contra la que sólo alzó la voz el cardenal de Toledo, González Martín.

Laín empezó siendo democristiano, luego falangista, enseguida totalitario y pronazi, más tarde liberal, se pasó al monarquismo dinástico, y, finalmente, coqueteó con el partido socialista, cambios oportunistas porque se hicieron a favor de la corriente. Las ideas políticas formuladas desde tal planteamiento carecen de valor doctrinal, son simples tácticas personales, y el autor del libro les da demasiada importancia.

Obra muy documentada en las hemerotecas y en algún archivo sobre todo eclesiástico; pero centrada en minianécdotas, lo que priva de una perspectiva general.



Angel Maestro




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