Falacias
En el
n.º 6 del suplemento cultural de un recién nacido
diario madrileño, aparece una entrevista al periodista
Manuel Rivas (Coruña 1957) que conocí por «El Bonsai
del Atlántico» y otros artículos. Espigo varias perlas
dignas de resalte. Una, obsesiva en él, contra el
personaje gallego más célebre de todos los tiempos:
«Si pudiera, -dice sin pestañear- borraría la gran
estatua ecuestre de Franco que deprime Ferrol. Mientras
no la quiten, la ciudad no levantará cabeza». Le queda
la esperanza, quizá algún día improbable alcance el
Ferrol del Caudillo, la altura que logró cuando se
botaban allí petroleros de 300.000 toneladas.
En su anarquismo de pub añade que algo le revuelve las
vísceras en su patria chica: que haya en Galicia calles
y muchos colegios públicos que llevan el nombre de
«Francisco Franco».
Como otros escritores de su cuerda, sigue escribiendo en
el seudo vernáculo de hoy, el gallego batúa ahora en
fabricación; pero, para ser leído, publica en la lengua
de Pardo Bazán y Valle Inclán, que es la de la fama y
el dinero. Es lo que ha hecho al verter al español su
última obra, El lápiz del carpintero. Consta de
poquísimas páginas, letra grande y generosos espacios.
Y sobre el lado más feo de nuestra guerra civil. Según
la novela, un conflicto sangriento entre buenos y
malísimos, con el triunfo de los segundos (hasta la
última Restauración en que se invertirá la victoria).
Un relato ultrasesgado de Galicia desde el principio de
la guerra civil hasta el inicio de los años cuarenta,
cuando el mundo se debatía en el fragor de la segunda
guerra mundial y España se construía al socaire de una
paz laboriosa.
Vista desde la izquierda, la geografía galaica presenta
atractivo singular para el desahogo de los autores
militantes en el flanco siniestro pues fue la única
región sin acciones de violencia roja que registrar. Y
con muy poca guarnición y contra la oposición de los
mandos superiores, fuerzas regulares y voluntarias,
secundaron el alzamiento, acaudilladas por un coronel,
Martín Alonso, que controló la región con un mínimo
de fuerza. Hubo choques en el casco urbano de La Coruña,
capitanía general de Galicia, una operación militar
pura en la base naval de El Ferrol, e incidentes en Vigo.
Y como en octubre del 34, se enviaron tropas para liberar
a Oviedo del cerco marxista.
Al inicio del alzamiento ¿Galicia vivía una era de
armonía y progreso republicano, como dice el autor? En
modo alguno. En el caso particular de las ciudades
gallegas, aparte de que la tensión política era tan
notable como en cualquier otra parte del país, actuó
como potente detonante la noticia del asesinato en Madrid
del líder de la derecha española, Calvo Sotelo, que era
de Tuy, responsabilizándose del crimen al jefe del
gobierno, Casares Quiroga que era coruñés. Si las malas
noticias nunca vienen solas, pésimas fueron las que
dieron cuenta de la masacre en alta mar de los mandos de
la flota con base en El Ferrol, a manos de la marinería,
arrojados sus cadáveres a las aguas por orden del
Ministerio del ramo, controlado por Benjamín Balboa, un
radiotelegrafista vigués.
En cuanto a la depuración gallega me remito al fiable
cómputo de Ramón Salas Larrazábal, quien al referirse
a las provincias gallegas, informa que presentan «cifras
muy moderadas en relación a la mayoría de las
provincias estudiadas, entre las que ocupa el último
lugar». Pero el imaginativo novelista teje un relato
infernal de horrores en Santiago y La Coruña. Todos
sádicos y psicópatas. Para componer el cuadro, figuran,
anónimos, mudos e invisibles, los supuestos
«paseadores». Una novela estructurada como un auto
sacramental ateo. Representado el mal en la autoridad de
un guardia civil oligofrénico, domiciliado no en un
cuartel sino en un burdel de carretera. Nada menos.
Entre tanto horror, serpentea por todo el texto el idilio
del doctor da Barca, condenado a muerte varias veces, un
personaje al que en tiempos de San Francisco le hubieran
elevado a los altares por vía de urgencia. Prometido con
una señorita, otro mirlo blanco, en realidad rojo. Una
damisela guapa, rica, y de izquierdas por añadidura.
Pero fin feliz: el doctor da Barca, ido y vuelto del
extranjero, con hijos y nietos. Aquí el autor no quiere
seguir cargando la mano para aliviar a los lectores. Se
acusaba al doctor de ser dirigente del Frente Popular, de
tendencia «separatista», y uno de los cerebros del
comité revolucionario de 1936. ¿Cómo cree el autor que
hubiera podido salir vivo en la zona roja un dirigente de
Falange Española, coalición política antimarxista,
propagandista contra la autonomía gallega, y cerebro del
comité contrarrevolucionario que organizó el apoyo al
Movimiento de 1936?
Hay procedimientos para, sin salir de la literatura,
conocer lo ocurrido en la zona republicana. De cuantos
conozco ninguno más revelador que los capítulos finales
de la novela Los cipreses creen en Dios de J.M.
Gironella. Una obra escrita en París y publicada en
España en 1953 con éxito fenomenal y traducida a
numerosos idiomas. Páginas hace mucho leídas. Evoco de
memoria el relato de la represión republicana en Gerona
durante las primeras semanas del 36. En una localidad,
centro de una zona feraz, de propiedad razonablemente
repartida, con un nivel cultural aceptable y una de las
pocas costas nuestras favorecidas entonces por un
incipiente turismo. No fue un estallido de indignación
de un buen pueblo por una insoportable injusticia social.
Víctimas y verdugos no comparecen como entes alegóricos
o simbólicos, emblemas de ideologías irreconciliables,
como en El lapicero. En Los cipreses matan y mueren seres
de carne y hueso, con nombres y apellidos, novelescos,
pero con especificación de sus profesiones, odios,
devociones y credos. Relatada la tragedia por un escritor
que fue testigo presencial. Y, entre otros muchos
ejemplos literarios, Cristo en los infiernos de Ricardo
León, Madrid de corte a checa de Foxá, y Checas de
Borrás.
Víctimas del exterminio radical de la plana mayor
derechista, caídos bajo las balas marxistas perecieron
José Calvo Sotelo, Víctor Pradera, Ramiro de Maeztu,
José Antonio Primo de Rivera, Ramiro Ledesma Ramos,
Onésimo Redondo, el Dr. Albiñana, Ruiz de Alda, y
tantos otros. Sin contrapartida en el victimario de los
del «Resistir es vencer». Con checas, asaltos de
cárceles, Paracuellos, (el Katyn español), y un
gigantesco holocausto de religiosos en su haber, pero sin
un Alcázar, un Belchite, un cuartel de Simancas, o una
Santa María de la Cabeza que glorificar, en aquel final
de la República. Huidos a Francia, sin intención de
volver a suelo español, cruzaron los Pirineos, Azaña y
Martínez Barrio, presidentes de la República y del
Congreso republicano respectivamente. Cobardía total. La
aún poderosa escuadra republicana, anclada en Cartagena,
preparaba su fuga a Túnez, de vacío. Jornada en la que
del aeródromo de Monóvar, y en vuelo de ida, despegaron
tres modernos bimotores Douglas, transportando rumbo a
París a la «crème de la crème» filocomunista: el Dr.
Negrín, por descontado, Alvarez del Vayo y, como
Líster, la mayoría de los super mandos milicianos
abandonando a sus hombres, el matrimonio Alberti, y la
Pasionaria. Y, sin Carrillo, quien ya había escapado a
París dejando a la familia detrás. Y maletas de oro y
joyas. Por exceso de peso tuvieron que dejar algunas y
muchos frascos de valioso mercurio.
Dice el novelista a su entrevistador: «la Historia, con
mayúscula, es una gran mentira». No creo que la
aproximación a la verdad sea cuestión del tamaño de
letra. Depende más bien de narrar los hechos con
información correcta y un mínimo de honestidad
intelectual. Elementos que en este pequeño y sectario
libelo visceral no aparecen por parte alguna.
Luis Lavaur
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