El futuro inmediato del catolicismo en España

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El futuro inmediato del catolicismo en España

por su Eminencia Marcelo González Martín.

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El futuro inmediato del catolicismo en España

1. Juicio de Pablo VI. Creo que el mejor diagnóstico sobre la situación religiosa y moral de nuestra época, aplicable también a España, lo hizo Pablo VI, dirigiéndose al Episcopado: «La concepción teocéntrica y teológica del hombre y del universo, como desafiando la acusación de anacronismo y extranjería, se ha levantado con este Concilio en medio de la humanidad». Y ¿qué ha pasado? La respuesta la da Pablo VI: «El humanismo laico profano ha aparecido finalmente en su terrible estatura y en cierto modo ha desafiado al Concilio. La religión del Dios que se ha hecho hombre se ha encontrado con la religión (porque tal es) del hombre que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, un anatema? Podría ser. Pero no ha sido así.»

«La fe está asediada por las corrientes más subversivas del pensamiento moderno. La desconfianza, que, incluso en los ambientes católicos se ha difundido acerca de la validez de los principios fundamentales de la razón, o sea, de nuestra philosophia perennis, nos ha desarmado frente a los asaltos, no raramente radicales y capciosos, de pensadores de moda; el vacuum producido en nuestras escuelas filosóficas por el abandono de la confianza en los grandes maestros del pensamiento cristiano, es ocupado frecuentemente por una superficial y casi servil aceptación de filosofías de moda, muchas veces tan simplistas como confusas, y éstas han sacudido nuestro arte normal, humano y sabio de pensar la verdad; estamos tentados de historicismo, de relativismo, de subjetivismo, de neopositivismo, que en el campo de la fe crean un espíritu de crítica subversiva, una falsa persuasión de que para atraer y evangelizar a los hombres de nuestro tiempo tenemos que renunciar al patrimonio doctrinal, acumulado durante siglos por el magisterio de la Iglesia, y de que podemos modelar, no en virtud de una mejor claridad de expresión, sino de un cambio de contenido dogmático, un cristianismo nuevo, a medida de la auténtica Palabra de Dios.»

El Papa actual, Juan Pablo II, no ha pronunciado nunca palabras tan doloridas como las de Pablo VI. Creo que ello es debido a una distinta psicología. Pablo VI es el que ve a un hombre que se ahoga en un pozo y lanza gritos de dolor para indicarle lo que debe hacer si quiere salir de allí.

Juan Pablo II viene de Polonia, donde ha luchado mucho contra el comunismo soviético y es consciente de que para despertar el amor y el entusiasmo hacia el evangelio de Cristo es mejor exaltar la grandeza del mensaje con hechos y palabras. De ahí, sus miles de discursos y exhortaciones calurosas, sus visitas y bajadas al pozo para ayudar a salir a los que están ahogándose, sus impresionantes concentraciones de jóvenes y adultos para hablarles del heroísmo del seguimiento de Cristo y de los aspectos positivos que encierra la fe en Él y el amor a su doctrina y su cruz.



2. Disminución del número de sacerdotes y religiosos. Somos muchos menos que cuando se inauguró el Concilio. Han abandonado el sacerdocio más de ochenta mil, lo que supone una herida demasiado lacerante para el cuerpo de la Iglesia. ¿Por qué tantos, y por tan poco? Generalmente una mujer. O una ambición secreta. O un anhelo de libertad egoísta. En un estudio sobre la multiplicación de vocaciones a la vida consagrada entre los años 1940-1964, el número de seminaristas mayores pasó de 2.000 a 8.000, cifra muy superior a la media de Europa y en el mundo. Los seminaristas menores pasaron de menos de 5.000 a cerca de 14.000. El número total de seminaristas en 1964 había crecido respecto a 1934 un 300%. Los sacerdotes diocesanos eran, en 1964, 26.000; los sacerdotes religiosos, 10.000, con un aumento del 60%. Total de religiosos en 150 institutos, más del 38.000 (aumento del 170%). Religiosas en 260 institutos (unos 60 creados en España estos años), 109.000 (aumento del 60%). Incluidos los institutos seculares, había en España más de 200.000 personas dedicadas por consagración al servicio de la misión de la Iglesia -de ellas unas 30.000 fuera del país. Hoy la situación es muy distinta.

La causa de esta disminución, no única, pero sí principal, es un hecho que no se ha dado nunca hasta ahora: la carencia de hijos, sistemáticamente buscada y técnicamente conseguida. Y, aunque se dijera que podría suprimirse el celibato y así evitar un obstáculo serio para abrazar el estado sacerdotal, la realidad impide discurrir así: en confesiones cristianas, no católicas, no existe el celibato, pero se da el mismo fenómeno de carencia de sacerdotes.



3. Indisciplina en el interior de la iglesia. Empezó a aparecer durante el Concilio. Pero fue en los años setenta al ochenta cuando se manifestó incontenible. Abusos litúrgicos escandalosos, desatención al sacramento de la Penitencia, predicación insustancial y terrestre, comunión eucarística sin preparación adecuada, crítica demoledora contra la Jerarquía de la Iglesia... Los Nuncios informaban a Roma, y el Papa en las llamadas visitas ad limina advertía a los obispos y señalaba la necesidad de corregir ciertos defectos y desórdenes. Poco a poco ha ido mejorando todo, también los seminarios y casas de formación, y han sido los mismos jóvenes que van ingresando estos últimos años los que exigen seriedad y conversión.



4. Influjo negativo de la Constitución. Debo referirme también a lo que la constitución trajo a nuestra sociedad. Los españoles habíamos estado viviendo en un régimen nacido de una guerra civil espantosa, que nos dejó aislados y divididos entre nosotros. La nueva Constitución y otros factores que se dieron trataron de hacer que se alejase de los ánimos de unos y de otros toda confrontación posible. La Conferencia Episcopal publicó alguna nota en que pedía que el pueblo votase libremente en el referéndum que se anunciaba.

Nos parecía a algunos Obispos que no cumplíamos bien nuestro deber si no indicábamos las razones que existían para votar sí o votar no. El pueblo pedía orientación desde el punto de vista de la conciencia cristiana. Y como ya se habían dado razones para votar sí, era necesario señalar los fallos que a nuestro juicio existían en el proyecto, y sólo así que se votase libremente.

Mons, Guerra Campos, desgraciadamente fallecido, y un servidor redactamos un escrito que firmaron también algunos Obispos y se difundió mucho, pero enseguida se produjeron las descalificaciones. Señalábamos como defectos graves la omisión real y no sólo nominal de toda referencia a Dios, muy grave en una nación de bautizados, cuya inmensa mayoría no consta que hayan renunciado a su fe.

No veíamos cómo se conciliaba esto con «el deber moral de las sociedades con la verdadera religión», tal como lo afirmaba el Concilio Vaticano II. Eran otros serios defectos la falta de referencia a los principios supremos de la ley natural o divina; la falta de garantía suficiente sobre libertad de enseñanza y la igualdad de oportunidades, la falta de garantías contra la pretensión de aquellos docentes que quieran proyectar sobre los alumnos su personal visión o falta de visión moral y religiosa, violando con una mal entendida libertad de cátedra el derecho inviolable de los padres y los educadores. Hablábamos también de que la Constitución no tutelaba los valores morales de la familia y se abría la puerta a una ley del divorcio, fábrica ingente de matrimonios rotos y de huérfanos con padre y madre; y en cuanto al aborto, no se habían conseguido la claridad y seguridad necesarias. La fórmula del art. 15 «todos tienen derecho a la vida», supone, para su recta intelección, una concepción del hombre que diversos sectores parlamentarios no comparten.

Terminaba la nota diciendo: «Lamentamos que muchos católicos se vean coaccionados a votar globalmente un texto, algunos de cuyos artículos debieran de haber sido considerados aparte. Hay muchos creyentes que, con toda honradez y con la misma elevación de miras que invocan los demás, sienten repugnancia en el interior de su espíritu a votar a favor de un texto que muy fundamentalmente se teme que abra las puertas a legislaciones en pugna con su concepto cristiano de vida. Su repugnancia nace de motivos religiosos, no políticos. Decirles simplemente que es después de la Constitución cuando tienen que luchar democráticamente para impedir el mal que puede producirse, y negarles que también ahora democráticamente tengan derecho a intentar evitarlo, es una contradicción y un abuso.

Cuando por todas partes se perciben las funestas consecuencias a que está llevando a los hombres y a los pueblos el olvido de Dios y el desprecio de la ley natural, es triste que nuestros ciudadanos católicos se vean obligados a tener una opción que, en cualquier hipótesis, pueda dejar intranquila su conciencia hasta el punto de que si votan en un sentido, otros católicos los tachen de intolerantes, y si votan en sentido diferente hayan de hacerlo con disgusto de sí mismo. A aquellos precisamente me dirijo para decirles que hagan su opción con toda libertad, según se la dicta su conciencia cristiana y sepan contestar, a los que les atacan con su actitud negativa, si es que piensan adoptarla, que la división no la introducen ellos, sino el texto presentado a referéndum. Es sólo su conciencia, rectamente formada con suficientes elementos de juicio, la que debe decidir, sin aceptar coacciones ni de unos ni de otros.

Deseamos de todo corazón que la intervención de los católicos en la próxima votación sea tan consciente y elevada que atraiga sobre España las bendiciones de Dios y que nuestra Patria «disfrute de los bienes que dimanan de la fidelidad de los hombres a Dios y a su santa voluntad» (DH 6).

Los resultados positivos del sí al referéndum que se hizo son conocidos; creo que los negativos también.



5. La ley del divorcio. Se promulgó tras una propaganda oral y escrita a favor de dicha ley, muy intensa. La Conferencia Episcopal publicó un documento sereno y grave, indicando las consecuencias dañosas que se derivarían para la familia y la sociedad, y aludiendo también a lo que la autoridad podía permitir en determinadas circunstancias por razón del bien común. Bastantes Obispos escribimos también pastorales propias, que trataban de frenar la torrencial propaganda que se hacía a su favor.



6. Conclusión. La Constitución ha contribuido a crear una mentalidad permisiva en el orden moral que causa y causará daños evidentes a la población española (la juventud y sus libertades, la televisión, la blasfemia, el sexualismo desbordado, la familia deshecha, la ambición desatada, los intentos de ampliar la legislación sobre el aborto, las dificultades para la enseñanza de la religión, el abuso de la libertad de cátedra).

Pienso que en España, en un futuro inmediato, va a suceder lo que viene sucediendo en Europa: muchas y hermosas catedrales, pero vacías; parroquias sin pastores; fiestas para adultos y viejos; cristianismo sin Cristo; penitencia sacramental, nula.

Cada día serán menos los alumnos que quieran recibir la clase de Religión; cada día serán más los centros de enseñanza media estatales, en que no existirá ningún interés por fomentar la enseñanza de la religión; el número de familias rotas y matrimonios sin sentido de lo sagrado crecerá sin cesar; la torpe satisfacción de los sentidos, insaciable en su apetito de lujuria, matará las energías y el idealismo de la juventud, como ya lo está haciendo.



Marcelo González Martín




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