El futuro
inmediato del catolicismo en España
1.
Juicio de Pablo VI. Creo que el mejor diagnóstico sobre
la situación religiosa y moral de nuestra época,
aplicable también a España, lo hizo Pablo VI,
dirigiéndose al Episcopado: «La concepción
teocéntrica y teológica del hombre y del universo, como
desafiando la acusación de anacronismo y extranjería,
se ha levantado con este Concilio en medio de la
humanidad». Y ¿qué ha pasado? La respuesta la da Pablo
VI: «El humanismo laico profano ha aparecido finalmente
en su terrible estatura y en cierto modo ha desafiado al
Concilio. La religión del Dios que se ha hecho hombre se
ha encontrado con la religión (porque tal es) del hombre
que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una
lucha, un anatema? Podría ser. Pero no ha sido así.»
«La fe está asediada por las corrientes más
subversivas del pensamiento moderno. La desconfianza,
que, incluso en los ambientes católicos se ha difundido
acerca de la validez de los principios fundamentales de
la razón, o sea, de nuestra philosophia perennis, nos ha
desarmado frente a los asaltos, no raramente radicales y
capciosos, de pensadores de moda; el vacuum producido en
nuestras escuelas filosóficas por el abandono de la
confianza en los grandes maestros del pensamiento
cristiano, es ocupado frecuentemente por una superficial
y casi servil aceptación de filosofías de moda, muchas
veces tan simplistas como confusas, y éstas han sacudido
nuestro arte normal, humano y sabio de pensar la verdad;
estamos tentados de historicismo, de relativismo, de
subjetivismo, de neopositivismo, que en el campo de la fe
crean un espíritu de crítica subversiva, una falsa
persuasión de que para atraer y evangelizar a los
hombres de nuestro tiempo tenemos que renunciar al
patrimonio doctrinal, acumulado durante siglos por el
magisterio de la Iglesia, y de que podemos modelar, no en
virtud de una mejor claridad de expresión, sino de un
cambio de contenido dogmático, un cristianismo nuevo, a
medida de la auténtica Palabra de Dios.»
El Papa actual, Juan Pablo II, no ha pronunciado nunca
palabras tan doloridas como las de Pablo VI. Creo que
ello es debido a una distinta psicología. Pablo VI es el
que ve a un hombre que se ahoga en un pozo y lanza gritos
de dolor para indicarle lo que debe hacer si quiere salir
de allí.
Juan Pablo II viene de Polonia, donde ha luchado mucho
contra el comunismo soviético y es consciente de que
para despertar el amor y el entusiasmo hacia el evangelio
de Cristo es mejor exaltar la grandeza del mensaje con
hechos y palabras. De ahí, sus miles de discursos y
exhortaciones calurosas, sus visitas y bajadas al pozo
para ayudar a salir a los que están ahogándose, sus
impresionantes concentraciones de jóvenes y adultos para
hablarles del heroísmo del seguimiento de Cristo y de
los aspectos positivos que encierra la fe en Él y el
amor a su doctrina y su cruz.
2. Disminución del número de sacerdotes y religiosos.
Somos muchos menos que cuando se inauguró el Concilio.
Han abandonado el sacerdocio más de ochenta mil, lo que
supone una herida demasiado lacerante para el cuerpo de
la Iglesia. ¿Por qué tantos, y por tan poco?
Generalmente una mujer. O una ambición secreta. O un
anhelo de libertad egoísta. En un estudio sobre la
multiplicación de vocaciones a la vida consagrada entre
los años 1940-1964, el número de seminaristas mayores
pasó de 2.000 a 8.000, cifra muy superior a la media de
Europa y en el mundo. Los seminaristas menores pasaron de
menos de 5.000 a cerca de 14.000. El número total de
seminaristas en 1964 había crecido respecto a 1934 un
300%. Los sacerdotes diocesanos eran, en 1964, 26.000;
los sacerdotes religiosos, 10.000, con un aumento del
60%. Total de religiosos en 150 institutos, más del
38.000 (aumento del 170%). Religiosas en 260 institutos
(unos 60 creados en España estos años), 109.000
(aumento del 60%). Incluidos los institutos seculares,
había en España más de 200.000 personas dedicadas por
consagración al servicio de la misión de la Iglesia -de
ellas unas 30.000 fuera del país. Hoy la situación es
muy distinta.
La causa de esta disminución, no única, pero sí
principal, es un hecho que no se ha dado nunca hasta
ahora: la carencia de hijos, sistemáticamente buscada y
técnicamente conseguida. Y, aunque se dijera que podría
suprimirse el celibato y así evitar un obstáculo serio
para abrazar el estado sacerdotal, la realidad impide
discurrir así: en confesiones cristianas, no católicas,
no existe el celibato, pero se da el mismo fenómeno de
carencia de sacerdotes.
3. Indisciplina en el interior de la iglesia. Empezó a
aparecer durante el Concilio. Pero fue en los años
setenta al ochenta cuando se manifestó incontenible.
Abusos litúrgicos escandalosos, desatención al
sacramento de la Penitencia, predicación insustancial y
terrestre, comunión eucarística sin preparación
adecuada, crítica demoledora contra la Jerarquía de la
Iglesia... Los Nuncios informaban a Roma, y el Papa en
las llamadas visitas ad limina advertía a los obispos y
señalaba la necesidad de corregir ciertos defectos y
desórdenes. Poco a poco ha ido mejorando todo, también
los seminarios y casas de formación, y han sido los
mismos jóvenes que van ingresando estos últimos años
los que exigen seriedad y conversión.
4. Influjo negativo de la Constitución. Debo referirme
también a lo que la constitución trajo a nuestra
sociedad. Los españoles habíamos estado viviendo en un
régimen nacido de una guerra civil espantosa, que nos
dejó aislados y divididos entre nosotros. La nueva
Constitución y otros factores que se dieron trataron de
hacer que se alejase de los ánimos de unos y de otros
toda confrontación posible. La Conferencia Episcopal
publicó alguna nota en que pedía que el pueblo votase
libremente en el referéndum que se anunciaba.
Nos parecía a algunos Obispos que no cumplíamos bien
nuestro deber si no indicábamos las razones que
existían para votar sí o votar no. El pueblo pedía
orientación desde el punto de vista de la conciencia
cristiana. Y como ya se habían dado razones para votar
sí, era necesario señalar los fallos que a nuestro
juicio existían en el proyecto, y sólo así que se
votase libremente.
Mons, Guerra Campos, desgraciadamente fallecido, y un
servidor redactamos un escrito que firmaron también
algunos Obispos y se difundió mucho, pero enseguida se
produjeron las descalificaciones. Señalábamos como
defectos graves la omisión real y no sólo nominal de
toda referencia a Dios, muy grave en una nación de
bautizados, cuya inmensa mayoría no consta que hayan
renunciado a su fe.
No veíamos cómo se conciliaba esto con «el deber moral
de las sociedades con la verdadera religión», tal como
lo afirmaba el Concilio Vaticano II. Eran otros serios
defectos la falta de referencia a los principios supremos
de la ley natural o divina; la falta de garantía
suficiente sobre libertad de enseñanza y la igualdad de
oportunidades, la falta de garantías contra la
pretensión de aquellos docentes que quieran proyectar
sobre los alumnos su personal visión o falta de visión
moral y religiosa, violando con una mal entendida
libertad de cátedra el derecho inviolable de los padres
y los educadores. Hablábamos también de que la
Constitución no tutelaba los valores morales de la
familia y se abría la puerta a una ley del divorcio,
fábrica ingente de matrimonios rotos y de huérfanos con
padre y madre; y en cuanto al aborto, no se habían
conseguido la claridad y seguridad necesarias. La
fórmula del art. 15 «todos tienen derecho a la vida»,
supone, para su recta intelección, una concepción del
hombre que diversos sectores parlamentarios no comparten.
Terminaba la nota diciendo: «Lamentamos que muchos
católicos se vean coaccionados a votar globalmente un
texto, algunos de cuyos artículos debieran de haber sido
considerados aparte. Hay muchos creyentes que, con toda
honradez y con la misma elevación de miras que invocan
los demás, sienten repugnancia en el interior de su
espíritu a votar a favor de un texto que muy
fundamentalmente se teme que abra las puertas a
legislaciones en pugna con su concepto cristiano de vida.
Su repugnancia nace de motivos religiosos, no políticos.
Decirles simplemente que es después de la Constitución
cuando tienen que luchar democráticamente para impedir
el mal que puede producirse, y negarles que también
ahora democráticamente tengan derecho a intentar
evitarlo, es una contradicción y un abuso.
Cuando por todas partes se perciben las funestas
consecuencias a que está llevando a los hombres y a los
pueblos el olvido de Dios y el desprecio de la ley
natural, es triste que nuestros ciudadanos católicos se
vean obligados a tener una opción que, en cualquier
hipótesis, pueda dejar intranquila su conciencia hasta
el punto de que si votan en un sentido, otros católicos
los tachen de intolerantes, y si votan en sentido
diferente hayan de hacerlo con disgusto de sí mismo. A
aquellos precisamente me dirijo para decirles que hagan
su opción con toda libertad, según se la dicta su
conciencia cristiana y sepan contestar, a los que les
atacan con su actitud negativa, si es que piensan
adoptarla, que la división no la introducen ellos, sino
el texto presentado a referéndum. Es sólo su
conciencia, rectamente formada con suficientes elementos
de juicio, la que debe decidir, sin aceptar coacciones ni
de unos ni de otros.
Deseamos de todo corazón que la intervención de los
católicos en la próxima votación sea tan consciente y
elevada que atraiga sobre España las bendiciones de Dios
y que nuestra Patria «disfrute de los bienes que dimanan
de la fidelidad de los hombres a Dios y a su santa
voluntad» (DH 6).
Los resultados positivos del sí al referéndum que se
hizo son conocidos; creo que los negativos también.
5. La ley del divorcio. Se promulgó tras una propaganda
oral y escrita a favor de dicha ley, muy intensa. La
Conferencia Episcopal publicó un documento sereno y
grave, indicando las consecuencias dañosas que se
derivarían para la familia y la sociedad, y aludiendo
también a lo que la autoridad podía permitir en
determinadas circunstancias por razón del bien común.
Bastantes Obispos escribimos también pastorales propias,
que trataban de frenar la torrencial propaganda que se
hacía a su favor.
6. Conclusión. La Constitución ha contribuido a crear
una mentalidad permisiva en el orden moral que causa y
causará daños evidentes a la población española (la
juventud y sus libertades, la televisión, la blasfemia,
el sexualismo desbordado, la familia deshecha, la
ambición desatada, los intentos de ampliar la
legislación sobre el aborto, las dificultades para la
enseñanza de la religión, el abuso de la libertad de
cátedra).
Pienso que en España, en un futuro inmediato, va a
suceder lo que viene sucediendo en Europa: muchas y
hermosas catedrales, pero vacías; parroquias sin
pastores; fiestas para adultos y viejos; cristianismo sin
Cristo; penitencia sacramental, nula.
Cada día serán menos los alumnos que quieran recibir la
clase de Religión; cada día serán más los centros de
enseñanza media estatales, en que no existirá ningún
interés por fomentar la enseñanza de la religión; el
número de familias rotas y matrimonios sin sentido de lo
sagrado crecerá sin cesar; la torpe satisfacción de los
sentidos, insaciable en su apetito de lujuria, matará
las energías y el idealismo de la juventud, como ya lo
está haciendo.
Marcelo González Martín
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