Editorial:
Razón y erudición
En un
sentido lato, erudito es el informado, pero esta
significación, a causa de su generalidad, sólo sirve
como punto de partida. Inmediatamente surge la pregunta:
informado ¿de qué? A estas alturas de los conocimientos
humanos es imposible estar bien informado de todo. Si la
erudición ha de tener una significación realista y
útil, ha de restringirse a un área del saber
susceptible de ser dominada.
En las disciplinas estrictamente científicas es erudito
quien conoce los datos básicos que han sido descubiertos
y las leyes o correlaciones que han sido establecidas
para condensar y sistematizar múltiples experiencias. En
Física ¿cómo ignorar las teorías de la gravitación,
del campo electromagnético, de la relatividad, de la
mecánica cuántica, o de las partículas elementales? En
Biología ¿cómo ignorar la estructura cromosómica o la
hipótesis evolucionista? Pero se puede ser un gran
físico habiendo olvidado el nombre del descubridor del
neutrino, y un gran biólogo desconociendo quién aisló
el primer gen. Cada ciencia pura tiene su historia; pero
no es preciso conocerla para hacerla avanzar, basta con
asimilar el nivel último de conocimientos,
independientemente de las circunstancias de su
averiguación. La historia de la química es un
complemento, no un conocimiento esencial para el
cultivador de la disciplina.
En los saberes humanísticos la situación es muy
distinta. La Historia, por ejemplo, es básicamente
información, erudición de sucesos; es dar razón de lo
acontecido, memoria selectiva y explicativa. El mejor
historiador es el más documentado y más lúcido
intérprete. La erudición es la sustancia misma de la
Historia, conocimiento que depende de las fuentes
directas e indirectas; no se inventa nada, se desentierra
del olvido.
La Filosofía no se ha desarrollado acumulativamente. Hay
excepciones sectoriales, o sea, sistemas, como el
aristotélico, que han ido perfeccionándose a lo largo
de los siglos; pero frente a él han ido siendo
formulados sistemas muy dispares, con axiomas distintos y
conclusiones diferentes. Por eso, aunque contrapuestos,
son igualmente filósofos Parménides y Heráclito, Hume
y Schelling. La filosofía, si bien menos que el arte, es
difícilmente separable de su historia. Esta dosis de
personalismo, arbitrariedad y contradicciones es, sin
duda, la dramática tara de la Filosofía, y esa es la
causa de que no se deba filosofar ahistóricamente.
Hay problemas fundamentales y comunes cuyo tratamiento
puede seguirse desde las más remotas sabidurías
orientales hasta hoy. Esto implica que una aproximación
rigurosa a las cuestiones filosóficas exija un análisis
de las opiniones pasadas. En la Suma tomista, la
enunciación de cualquier tesis viene precedida de una
exposición y análisis del debate precedente, o estado
de la cuestión. Para no caer en la ingenua flaqueza de
descubrir mediterráneos, la erudición ha sido, y ahora
lo es más que nunca, consustancial a la filosofía. No
se puede, por ejemplo, abordar el problema del mal sin
revivir una milenaria controversia desde los estoicos
hasta los neopositivistas.
El gran peligro es identificar la Filosofía con su
historia. Tal reduccionismo a lo meramente narrativo o
inconclusivo es una invitación al escepticismo. Es
suicida equiparar la verdad filosófica con la
enumeración de múltiples «verdades» contrapuestas. En
tal caso no estaríamos ante la muerte de la Filosofía
como conocimiento de lo real, sino ante su
autoinmolación. La Filosofía es inseparable de su
memoria; pero no es sólo memoria.
Cada año, pese a la supuesta muerte de la disciplina, se
publican millares de libros y centenares de revistas
filosóficas. Quien siga con cierta aproximación tal
piélago de letra impresa comprobará que domina la
erudición: más estudios sobre filósofos y más ensayos
recargados de aparato bibliográfico. Y del mismo modo
que la exageración masorética desembocó en la cábala
bíblica, la Filosofía actual está degenerando en una,
más o menos circense, manipulación de citas (cuando no
en verbalismo que es otra cuestión).
El actual desarrollo de la informática aminora el
esfuerzo de documentarse, al mismo tiempo que devalúa la
erudición. Desde un terminal bien conectado, se obtiene
en pocos minutos no ya una inmensa bibliografía sobre el
tema inquirido, sino incluso el acceso al más remoto
artículo de revista. Las exhibiciones de erudición
filosófica no sólo carecen ya de mérito, sino que
resultan nocivas. Lo que el lector exige al filósofo es
que, después de que haya dado por concluida su
excursión al pasado, resuma el estado de la cuestión en
un mínimo de líneas y aporte su personal solución al
problema planteado. Todo escrito filosófico que no
responda a este imperativo es ejercicio escolar.
El estudiante de Filosofía tiene que aprender su
historia y demostrar que está preparado para explorarla.
En la etapa de formación hay que dar cuenta ante los
examinadores de que se es capaz de documentarse y de
acceder a las bibliotecas. Este criterio es también
válido para los doctorandos a los que no siempre se
puede pedir que hayan inventado la piedra filosofal. Pero
el método no debe prolongarse mucho más allá del
período postdoctoral. Salvo para aquel que se clausura
en la mera historia del pensamiento, el acopio de citas
filosóficas es un síntoma de grave inmadurez.
A estas alturas de la informática hay que desconfiar de
la erudición filosófica expresa y exigir que sea
tácita. Es inútil buscar en Kant al erudito porque
citaba muy poco. Y lo mismo habría que decir de todos
los grandes desde Aristóteles hasta hoy pasando por
Hegel. Entre nosotros, la ostentación bibliográfica de
d'Ors, Ortega o Zubiri es mínima, seguramente porque
tenían algo personal que decir.
En un libro actual de Filosofía, que no sea simplemente
histórico, la erudición bibliográfica es una
presunción de vacuidad asertórica, una nota
inicialmente negativa.
«No me recites una entrecortada selección de tus
lecturas, dime cuál es el problema y a qué conclusión
has llegado». Esa sería la regla racional entre
pensadores adultos.
Razón
Española
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