Carta a los
chilenos
Impedido
de regresar a mi país, y viviendo la experiencia más
dura e injusta de mi vida, quiero agradecer a mis
compatriotas todas las nobles muestras de cariño y de
apoyo que me han dado, sin las cuales estas horas de
prueba y soledad serían incomparablemente más tristes
para mí y mi familia. Mi gratitud quisiera expresarla
con algunas reflexiones venidas a mi mente en estos
penosos días, que pueden ayudar a descubrir la verdad y
la justicia de la historia que se juzga.
El país sabe que nunca busqué el poder. Por eso cuando
lo ejercía jamás me aferré a él y cuando llegó el
momento de entregarlo, de acuerdo a nuestra
Constitución, lo hice lealmente. Ningún historiador, ni
aun el más sesgado y poco objetivo, puede ni podrá
mañana sostener de buena fe, que mis actuaciones
públicas respondieron a una supuesta ambición personal
o a cualquier otro motivo que no fuera el bien de Chile.
Al contrario, siempre pensé que debía orientar el
llamado a servir a mi Patria, que desde pequeño latía
en mi corazón, a través de la carrera militar. Siempre
supe que el juramento que un día hice ante Dios y ante
nuestra bandera, siendo apenas un adolescente, lo iba a
cumplir.
Precisamente por nuestra sólida formación moral, los
soldados aprendemos a descubrir tempranamente cuánto
dolor y pérdidas irreparables provocan las guerras. De
allí que, como gobernante, haya sido infatigable e
irreductible en mi afán por evitar los conflictos
armados, por buscar en todo momento la paz para Chile,
aun cuando se hayan cernido sobre nosotros todo género
de amenazas.
Frente a la dramática encrucijada en que fue puesto
nuestro país por el gobierno de la Unidad Popular me
resistí a actuar hasta el final, no obstante el clamor
ciudadano que golpeaba las puertas de los cuarteles
pidiendo nuestra intervención. Esperé, no por temor
sino por una secreta esperanza de que se pudiera superar
pacíficamente aquella extrema situación de crisis
institucional, que fuera denunciada por la Excelentísima
Corte Suprema de Justicia, la Honorable Cámara de
Diputados y otros órganos de nuestra institucionalidad.
Nadie mejor que un soldado sabe cuán incontrolables son
los enfrentamientos armados cuando no se combate contra
un ejército regular. No fue posible evitarlo y,
finalmente, tuvimos que asumir la conducción del país
aquel histórico 11 de septiembre, no sin antes
encomendar el éxito de nuestra misión a Dios y a la
Santísima Virgen del Carmen, Patrona de nuestras Fuerzas
Armadas y Reina de Chile. Siempre he tenido y tendré en
lo más profundo de mi corazón el recuerdo y un
sentimiento de gratitud y admiración hacia esa
generación de soldados, marinos, aviadores y
carabineros, que participaron en esa jornada patriótica
y realizaron tantos sacrificios heroicos.
Sobre aquella gesta, valga solamente una reflexión. Las
Fuerzas Armadas y de Orden no destruyeron una democracia
ejemplar, ni interrumpieron un proceso de desarrollo y de
bienestar, ni era Chile en ese momento un modelo de
libertad y de justicia. Todo se había destruido y los
hombres de armas actuamos como reserva moral de un país
que se desintegraba, en manos de quienes lo querían
someter a la órbita soviética.
Creo firmemente en la unidad del país. Todo lo que he
hecho a lo largo de mi vida no ha tenido otra razón de
ser que producir el reencuentro de los chilenos con su
común destino superior. Estoy profundamente convencido
de que nunca han tenido ni tendrán futuro los países
que no logran descubrir la misión histórica que están
llamados a cumplir. Tengo la certeza de que nunca han
podido ni podrán entender los desafíos que les depara
el porvenir aquellas naciones que olvidan o reniegan de
su historia. Que jamás serán felices ni tendrán un
buen porvenir los pueblos que son fácilmente seducidos
por la prédica del odio, la venganza o la división.
Soy un hombre que pertenece a un tiempo histórico y a
unas circunstancias muy concretas. El siglo que ya
termina bien podría ser definido como uno de los más
crueles que la humanidad haya conocido. Dos atroces
guerras mundiales y una guerra ideológica que sojuzgó a
más de media humanidad lo han marcado profundamente al
confrontarse dos visiones absolutamente opuestas. El
dilema era: o vencía la concepción cristiana occidental
de la existencia para que primara en el mundo el respeto
a la dignidad humana y la vigencia de los valores
fundamentales de nuestra civilización; o se imponía la
visión materialista y atea del hombre y la sociedad, con
un sistema implacablemente opresor de sus libertades y de
sus derechos.
En el transcurso de este siglo se llegó a buscar el
exterminio de toda una nación, bajo el pretexto de
supuestos ideales étnicos.
El comunismo, por su parte, esa verdadera antireligión,
le costó a la humanidad las vidas de millones de seres
humanos en toda Europa, y de otras decenas de millones de
niños, mujeres y hombres en los diferentes países de
Asia. También en América el marxismo sembró la muerte
y la destrucción. No sólo en sus intentos
revolucionarios sino con la prédica universal del odio y
la lucha de clases, y con la exportación de la guerrilla
y el terrorismo. Por ese gigantesco genocidio, por los
sistemas más brutales de opresión, los peores que
recuerde la humanidad, nadie pide justicia y
probablemente nunca la habrá. Al contrario, quienes
provocaron esos males, quienes dispusieron en nuestros
países de armas y financiamiento soviéticos para
realizarlos, quienes promovieron y predicaron a nuestros
pueblos la siniestra ideología del socialismo marxista,
son los que se levantan hoy como mis jueces.
Todo lo que hice como soldado y como gobernante lo hice
pensando en la libertad de los chilenos, en su bienestar
y en la unidad nacional, objetivos superiores al logro de
los cuales, quienes actuamos el 11 de septiembre
consagramos todos nuestros desvelos. No hicimos promesas.
Sólo nos propusimos transformar a Chile en una sociedad
de hombres libres y democrática, donde a sus ciudadanos
se les respetara el derecho a crear y emprender
libremente sus iniciativas, para que se hicieran dueños
de sus propios destinos y no esclavos del Estado y menos
de otras naciones. Nos propusimos hacer de Chile una gran
nación y creemos firmemente haber contribuido a
lograrlo, sin perjuicio de que algunos países en el
mundo aún no lo valoran, como no valoran que después de
una transición pacífica nuestro país tenga hoy un
verdadero régimen democrático, en el que todas sus
instituciones funcionan plenamente.
Los tiempos, sin embargo, cambiaron. Se derrumbó el
comunismo. Quedaron al descubierto los «socialismos
reales» y la humanidad pudo conocer una historia de
crímenes, injusticias, explotaciones humanas, fracasos y
mentiras como jamás ni el más acérrimo adversario pudo
imaginar. En Chile, el resultado de nuestra historia es
que este desconocido y lejano país pudo superar con
éxito la prueba más grande que haya tenido que
enfrentar en este siglo. En una verdadera hazaña, que
sus agentes nunca nos perdonarán, pudimos demostrar
antes que nadie que era posible derrotar al poderoso
«imperio de la mentira y del odio». Aseguramos nuestra
libertad y emprendimos temprana y visionariamente el
arduo y difícil camino de la reconstrucción nacional y
el establecimiento de una sociedad moderna y libre. En
casi dos décadas, y gracias al sacrificio de todo un
pueblo que recuperó la fe en sus ideales de progreso y
de justicia, se construyó un país distinto. Nadie puede
desconocer hoy que el 11 de septiembre abrió caminos de
esperanza y de oportunidades para todos, que sólo
depende de los chilenos conservarlos y hacerlos
plenamente fecundos en el tiempo.
Chile es hoy un país distinto de aquél que los jóvenes
de muchas generaciones tuvieron que enfrentar cuando
tenía una existencia oscura, pesimista y fracasada. Con
nuestro gobierno, los pobres y los postergados comenzaron
a tener verdaderas oportunidades para progresar. Siempre
supimos que esa prioridad social debía ser nuestro
principal compromiso moral. Hoy, no puedo ocultar la
satisfacción que me produce saber que, para retroceder
al pasado, tendrían que sucederse muchas generaciones
antes que los chilenos vuelvan a ser un pueblo perdedor,
fatalista, deprimido y sin valor, como lo llegamos a ser
a comienzos de los años setenta. Gente ideológicamente
enceguecida quiso destruir nuestro país. No lo pudieron
lograr. No contaron con la reserva espiritual y la
dignidad natural de un pueblo pacífico y acogedor que,
sin embargo, jamás ha permitido ser sometido ni
doblegado por nadie.
Cometería una injusticia si en estas líneas no
destinara un reconocimiento especial, como testimonio de
mi mayor gratitud, a quienes compartieron la epopeya de
la reconstrucción del país; a esa generación de
soldados y civiles, hombres y mujeres, que han terminado
consagrando sus vidas al servicio del país y que
diariamente dan testimonio de fidelidad a sus
patrióticos ideales; a la juventud de Chile, que ha
heredado un país fortalecido con un destino de grandeza
que deberá seguir construyendo con voluntad y verdadera
responsabilidad patriótica.
Agradezco también a quienes no formaron parte de mi
gobierno y, siendo incluso sus adversarios, han sabido
valorar en esta hora, sobre cualquier diferencia, la
defensa de la soberanía y la dignidad del país.
Es probable que los misteriosos caminos que el Señor
reserva a cada pueblo puedan llevar a que muchos chilenos
tarden en descubrir la verdad de lo que ha vivido nuestra
Patria. Yo les digo que nada podrá impedir que un día,
tal vez no tan lejano, vuelvan la paz y la sensatez a
esos espíritus que todavía permanecen cegados por la
pasión, y en la serenidad de otros tiempos, cuando la
historia reivindique nuestra obra común, terminen
reconociendo el valor y los méritos de ella. En ese
momento, es probable que yo ya no esté. Será sin
embargo, la hora de la victoria, la hora en que los
ideales que iluminaron nuestros sueños terminen siendo
comunes a todos los chilenos.
Hoy, siento que el destino ha vuelto a poner sobre mis
hombros la enorme responsabilidad de contribuir a sembrar
semillas de paz que hagan posible la grandeza y la unidad
de mi Patria.
Más allá de mis dolores y de las heridas que llevo en
el alma por las injustas vejaciones de que he sido
objeto, y de la indignación que me produce ver a mi
país agredido en su condición de Estado soberano e
independiente y sin ser respetado como lo merece, quiero
señalar que acepto esta nueva cruz, con la humildad de
un cristiano y el temple de un soldado, si con ello
presto un servicio a Chile y a los chilenos. Nada deseo
más que ver superadas las divisiones y los rencores
estériles entre nosotros.
Al final ya de mi vida, no obstante el cansancio y los
sufrimientos que me han provocado tantas injusticias y
tantas incomprensiones, quiero decirles que aun cuando
todavía tuviera que enfrentar mayores adversidades,
jamás mi espíritu se sentirá derrotado. Nada
doblegará mis convicciones ni mi firme voluntad de
servir a mi Patria, tal como lo juré el día que me
incorporé al Ejército de Chile. Mi más profundo anhelo
en esta hora es impedir que en nuestra entrañable tierra
siga habiendo más víctimas, más dolor del que
ideologías foráneas ya provocaron en la familia
chilena. Ojalá el mío fuera el último sacrificio.
Ojalá mis dolores y los agravios de que soy víctima
pudieran satisfacer los siempre insaciables sentimientos
de venganza, y sirvieran para que quienes aún siguen
anclados al rencor, puedan encontrar la paz para sus
conciencias. Ojalá pudieran ellos dejar de vivir tan
perturbados, y nunca más se escuchen en nuestra Patria
las prédicas revolucionarias que sembraron tanta
violencia y división entre los chilenos.
Quienes creemos en el perdón y en la reconciliación
verdadera, tenemos que seguir trabajando duramente por el
futuro. No está lejano el día en que una nueva
generación de compatriotas, al poner sus ojos en la
historia de su país, descubra la verdad de la gesta que
permitió la construcción de una sociedad de chilenos
libres y dignos, de una Patria mejor para todos y no para
un sector o para un partido, como estuvimos a punto de
vivir.
He sido objeto de una maquinación político-judicial,
artera y cobarde, que no tiene ningún valor moral.
Mientras en este continente, y específicamente en los
países que me condenan mediante juicios espurios, el
comunismo ha asesinado a muchos millones de seres humanos
durante este siglo, a mí se me persigue por haberlo
derrotado en Chile, salvando al país de una virtual
guerra civil. Ello significó tres mil muertos, de los
cuales casi un tercio son uniformados y civiles que
cayeron víctimas del terrorismo extremista.
Soy falsamente juzgado en numerosos países europeos, en
una operación dirigida por quienes se dicen mis
enemigos, sin que exista por lo mismo la más remota
posibilidad de que quienes me prejuzgan y condenan
lleguen a comprender nuestra historia y a entender el
espíritu de lo que hicimos. Soy absolutamente inocente
de todos los crímenes y de los hechos que
irracionalmente se me imputan. Sin embargo, temo que
quienes lo hacen nunca estuvieron ni estarán dispuestos
a darse a la razón y aceptar la verdad.
Frente a una aberración semejante, y no obstante mi
sufrimiento y mi impotencia, quisiera entregar una
palabra de aliento a mis compatriotas. No os desaniméis
ni rindáis nunca ante las adversidades y el infortunio.
Nunca dejéis de luchar por la grandeza y el poderío de
Chile. Ojalá superemos pronto nuestra actual condición
de país débil, pequeño y lejano, para que nunca más
un chileno, cualquiera sea su condición, vuelva a sufrir
las vejaciones y las humillaciones que hoy sufro,
precisamente porque no tenemos fuerza en el concierto de
las naciones para hacernos respetar. Yo no desfalleceré
nunca. No lo he hecho en este difícil trance, ni nunca
lo hice a lo largo de mi vida, cuando tuve que enfrentar
otras horas de prueba; por ello quiero expresarles a mis
camaradas uniformados y en particular a los del
Ejército, mi disposición, mi confianza y profundo
reconocimiento por su forma de actuar en estas difíciles
circunstancias.
Conservo intacta mi fe en Dios y en los principios que
han guiado mi existencia. Guardo la firme esperanza de
que el Señor en su infinita misericordia aplique mis
más íntimos sufrimientos por quienes murieron
injustamente en esos años de enfrentamiento. Están
equivocados quienes creen o sostienen que el dolor por la
sangre derramada en nuestra Patria, es monopolio de un
bando. Todos hemos sufrido por las víctimas. Me consta
que es especialmente grande el sufrimiento de quienes no
provocaron el enfrentamiento, de quienes no lo buscaron
ni mucho menos lo desearon, y terminaron siendo sus
víctimas inocentes. El soldado siempre busca proteger a
sus compatriotas. Nunca he deseado la muerte de nadie y
siento un sincero dolor por todos los chilenos que en
estos años han perdido la vida.
Le he pedido humildemente a Dios que hasta el último
segundo de mi vida me dé la conformidad y la lucidez
para entender y aceptar esta cruz y que este dolor que
llevo en lo más profundo del espíritu, llegue a ser una
buena semilla en el alma de la nación chilena. Si con mi
sufrimiento se puede poner fin al odio que se ha sembrado
en nuestro país, quiero decirles que estoy dispuesto a
aceptar todos los designios del destino con la más
absoluta confianza de que Dios, en su infinito amor,
sabrá hacer fecundo este sacrificio que le ofrezco para
que triunfe la paz, y en el amanecer ya del nuevo siglo,
sean los chilenos un pueblo unido y reconciliado como el
que siempre soñé alcanzar a ver.
Amo a Chile por sobre todas las cosas y ni aun las más
dolorosas circunstancias que deba enfrentar impedirán
que, con toda la fuerza de mi espíritu, a la distancia,
repita siempre una y mil veces, Viva Chile.
Augusto Pinochet
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