Valió la pena. Memorias

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LIBROS: Valió la pena. Memorias. nº 94

Comentarios de G. Fernández de la Mora al libro de Licinio de la Fuente.

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LIBROS: Valió la pena. Memorias

Fuente, Licinio de la: Valió la pena. Memorias. ed. Edaf, Madrid 1998. 318 págs.



Licinio de la Fuente, nacido en 1923, fue ministro de Trabajo en el último Gobierno de Franco, en el único de Carrero-Blanco, y en el primero de Arias hasta su dimisión en febrero de 1975 por discrepancias sobre la ley de la huelga. Casi un lustro de eficacísima labor en un departamento fundamental, ya que la política social y el desarrollo fueron, después de la unidad nacional, el objetivo capital de la era de Franco. Y las metas se alcanzaron puesto que en 1975 España presentaba el siguiente balance en los tres campos citados: la unión solidaria de los hombres y las tierras de España, la mayor convergencia real con la renta media de Europa, y lo que hoy algunos columnistas orgánicos denominan «conquistas sociales», pero que fueron extraordinarias realizaciones políticas hoy perdidas (pleno empleo, contratos de trabajo indefinido, penalización del despido, universidades laborales, etc.). Protagonista de esta gran tarea, De la Fuente puede afirmar, con razón, que «valió la pena» y los españoles con honor deberíamos añadir: «gracias sean dadas a aquellos eficaces y honestos gobernantes, hoy políticamente proscritos por no haber abdicado de sus lealtades y por negarse al falseamiento de nuestra reciente historia».

Los primeros capítulos de estas memorias no pueden ser leídos sin emoción. Nacimiento en Noez, un pequeño pueblo toledano, muy pobre. Desde pequeño ayudaba a sus padres, cristianos viejos, en las faenas del campo y alternaba la escuela con la trilla y el pastoreo. El pueblo cayó en zona roja, y el primer recuerdo bélico del autor es el asesinato por milicianos, que no eran vecinos, de dos sacerdotes, «buenísimas personas» cuyos cadáveres aparecieron en una cuneta. La iglesia de Noez fue convertida en almacén y sus altares quemados. El padre del autor, que había sido alcalde del pueblo, se refugió en un escondite en el granero del abuelo. «En los pueblos cercanos de Polán, Puebla y Guadamur se contaban por docenas los asesinatos». Una noche de febrero de 1937 cercaron al pueblo unos milicianos para hacer detenciones. Los que intentaron escabullirse fueron acribillados a tiros en las calles. El padre del autor, después de pasar por el calabozo, salvó de momento la vida; otros la perdieron y aparecieron muertos en una carretera a la mañana siguiente. «Eran personas corrientes consideradas de derechas y católicos, y eso bastó para matarlas». Llegó un comisario rojo que quiso llevarse al joven Licino de 14 años a la URSS porque era un muchacho listo. Ante el horror en que vivían, algunos vecinos pensaron en huir a la zona nacional con grave riesgo de sus vidas. De noche y con llovizna, veinte kms. de marcha campo a traviesa hasta cruzar el Tajo que era la línea del frente. A los niños se les tapaba la boca para silenciar sus llantos. «Cuando lo recuerdo me parece increible», confiesa el autor. En el Toledo liberado, linotipista y estudiante gracias a numerosas ayudas del párroco, de antiguos maestros, de personas de bien. El Instituto, la Universidad y Abogado del Estado a los 26 años. El autor consigna nominalmente sus gratitudes con noble ánimo. Un lustro después, gobernador civil de Cáceres. De este periodo el autor evoca su acción en las Hurdes, luego negada y cínicamente presentada como reciente cuando, hace poco, don Juan Carlos I visitó aquella comarca (la falsificación histórica al uso).

El 5 de noviembre de 1969, primer despacho con Franco como Ministro. «Cuando yo lo traté era comprensivo y en cierto modo paternal..., sus juicios eran siempre mesurados, tranquilizadores..., muchas veces impuso su moderación frente a los radicalismos de algunos». «Era el hombre de más sentido común que he conocido... y llevaba la discusión a la realidad pura y dura, más allá de discusiones teóricas y a veces utópicas». «Tenía Franco un profundo sentido del deber que le hacía asumir las responsabilidades que ese deber le imponía, con la máxima firmeza, por encima de sus propios sentimientos». Respecto a los últimos días del Generalísimo escribe: «Hablaba cada vez menos. Pero seguía pendiente de todos los asuntos. Y su excepcional memoria lo acompañó hasta el final». El fiel retrato que el autor ofrece de Franco es un testimonio capital contra los carroñeros que se ensañan sin haber hablado jamás con el personaje.

De pasada, el autor aborda el tema del puritanismo y de la censura, ahora reprochados incluso por algunos desmemoriados eclesiásticos. «Yo soy testigo personal -escribe- de muchas presiones de la Iglesia y no precisamente en el sentido de apertura».

Cita la pastoral del obispo de Canarias en 1964: «Atacaba durísimamente a lo que llamaba “libertinaje de los criminales de la pluma” y pedía expresamente que quedara prohibido difundir en España los libros prohibidos por la Santa Sede».

El autor mantiene su postura de partidario de la ley de la reforma política y de la Constitución de 1978. Esta última parte del libro no resulta convincente a la vista, entre otras muchas, de la subversión de valores y de las consecuencias del título VIII sobre unas autonomías que no cesan de aproximarnos a la desintegración de la unidad nacional.

Estas son las memorias de un testigo veraz, de un gobernante honesto y eficaz, de un hombre de honor, y de un patriota de España como totalidad. El estilo narrativo es cortés y moderado, pero no esquiva la rotundidad en las ocasiones donde el comedimiento pudiera interpretarse como cobardía u oportunismo.



G. Fernández de la Mora




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