LIBROS: Valió
la pena. Memorias
Fuente,
Licinio de la: Valió la pena. Memorias. ed. Edaf, Madrid
1998. 318 págs.
Licinio de la Fuente, nacido en 1923, fue ministro de
Trabajo en el último Gobierno de Franco, en el único de
Carrero-Blanco, y en el primero de Arias hasta su
dimisión en febrero de 1975 por discrepancias sobre la
ley de la huelga. Casi un lustro de eficacísima labor en
un departamento fundamental, ya que la política social y
el desarrollo fueron, después de la unidad nacional, el
objetivo capital de la era de Franco. Y las metas se
alcanzaron puesto que en 1975 España presentaba el
siguiente balance en los tres campos citados: la unión
solidaria de los hombres y las tierras de España, la
mayor convergencia real con la renta media de Europa, y
lo que hoy algunos columnistas orgánicos denominan
«conquistas sociales», pero que fueron extraordinarias
realizaciones políticas hoy perdidas (pleno empleo,
contratos de trabajo indefinido, penalización del
despido, universidades laborales, etc.). Protagonista de
esta gran tarea, De la Fuente puede afirmar, con razón,
que «valió la pena» y los españoles con honor
deberíamos añadir: «gracias sean dadas a aquellos
eficaces y honestos gobernantes, hoy políticamente
proscritos por no haber abdicado de sus lealtades y por
negarse al falseamiento de nuestra reciente historia».
Los primeros capítulos de estas memorias no pueden ser
leídos sin emoción. Nacimiento en Noez, un pequeño
pueblo toledano, muy pobre. Desde pequeño ayudaba a sus
padres, cristianos viejos, en las faenas del campo y
alternaba la escuela con la trilla y el pastoreo. El
pueblo cayó en zona roja, y el primer recuerdo bélico
del autor es el asesinato por milicianos, que no eran
vecinos, de dos sacerdotes, «buenísimas personas»
cuyos cadáveres aparecieron en una cuneta. La iglesia de
Noez fue convertida en almacén y sus altares quemados.
El padre del autor, que había sido alcalde del pueblo,
se refugió en un escondite en el granero del abuelo.
«En los pueblos cercanos de Polán, Puebla y Guadamur se
contaban por docenas los asesinatos». Una noche de
febrero de 1937 cercaron al pueblo unos milicianos para
hacer detenciones. Los que intentaron escabullirse fueron
acribillados a tiros en las calles. El padre del autor,
después de pasar por el calabozo, salvó de momento la
vida; otros la perdieron y aparecieron muertos en una
carretera a la mañana siguiente. «Eran personas
corrientes consideradas de derechas y católicos, y eso
bastó para matarlas». Llegó un comisario rojo que
quiso llevarse al joven Licino de 14 años a la URSS
porque era un muchacho listo. Ante el horror en que
vivían, algunos vecinos pensaron en huir a la zona
nacional con grave riesgo de sus vidas. De noche y con
llovizna, veinte kms. de marcha campo a traviesa hasta
cruzar el Tajo que era la línea del frente. A los niños
se les tapaba la boca para silenciar sus llantos.
«Cuando lo recuerdo me parece increible», confiesa el
autor. En el Toledo liberado, linotipista y estudiante
gracias a numerosas ayudas del párroco, de antiguos
maestros, de personas de bien. El Instituto, la
Universidad y Abogado del Estado a los 26 años. El autor
consigna nominalmente sus gratitudes con noble ánimo. Un
lustro después, gobernador civil de Cáceres. De este
periodo el autor evoca su acción en las Hurdes, luego
negada y cínicamente presentada como reciente cuando,
hace poco, don Juan Carlos I visitó aquella comarca (la
falsificación histórica al uso).
El 5 de noviembre de 1969, primer despacho con Franco
como Ministro. «Cuando yo lo traté era comprensivo y en
cierto modo paternal..., sus juicios eran siempre
mesurados, tranquilizadores..., muchas veces impuso su
moderación frente a los radicalismos de algunos». «Era
el hombre de más sentido común que he conocido... y
llevaba la discusión a la realidad pura y dura, más
allá de discusiones teóricas y a veces utópicas».
«Tenía Franco un profundo sentido del deber que le
hacía asumir las responsabilidades que ese deber le
imponía, con la máxima firmeza, por encima de sus
propios sentimientos». Respecto a los últimos días del
Generalísimo escribe: «Hablaba cada vez menos. Pero
seguía pendiente de todos los asuntos. Y su excepcional
memoria lo acompañó hasta el final». El fiel retrato
que el autor ofrece de Franco es un testimonio capital
contra los carroñeros que se ensañan sin haber hablado
jamás con el personaje.
De pasada, el autor aborda el tema del puritanismo y de
la censura, ahora reprochados incluso por algunos
desmemoriados eclesiásticos. «Yo soy testigo personal
-escribe- de muchas presiones de la Iglesia y no
precisamente en el sentido de apertura».
Cita la pastoral del obispo de Canarias en 1964:
«Atacaba durísimamente a lo que llamaba libertinaje
de los criminales de la pluma y pedía expresamente
que quedara prohibido difundir en España los libros
prohibidos por la Santa Sede».
El autor mantiene su postura de partidario de la ley de
la reforma política y de la Constitución de 1978. Esta
última parte del libro no resulta convincente a la
vista, entre otras muchas, de la subversión de valores y
de las consecuencias del título VIII sobre unas
autonomías que no cesan de aproximarnos a la
desintegración de la unidad nacional.
Estas son las memorias de un testigo veraz, de un
gobernante honesto y eficaz, de un hombre de honor, y de
un patriota de España como totalidad. El estilo
narrativo es cortés y moderado, pero no esquiva la
rotundidad en las ocasiones donde el comedimiento pudiera
interpretarse como cobardía u oportunismo.
G. Fernández de la Mora
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