Recópolis y la
unidad nacional
Recópolis
es una de las dos ciudades fundadas por los godos en
España. La otra es Victoriacum, en Alava, origen, al
parecer, de Vitoria. De Recópolis quedan ruinas en un
bello paisaje, a orillas del Tajo, cerca de Zorita de los
Canes. Las ruinas ocupan un amplio cerro, con restos de
grandes murallas y edificios que demuestran que fue un
importante centro urbano. No se sabe cómo acabó la
ciudad, aunque probablemente fue a consecuencia de la
invasión árabe. Gran parte de sus piedras fueron
empleadas en el cercano castillo de Zorita, cuyas
impresionantes ruinas destacan en el paisaje.
Recópolis es la «Ciudad de Recaredo», y fue edificada
por Leovigildo en honor de su hijo, como sede de éste en
su condición de rey asociado. Por esta razón puede
considerarse a la ciudad como un símbolo de la segunda
fundación de España.
Leovigildo no solo unificó políticamente la Península
Ibérica, sino que identificó, ideológica y
políticamente, a la minoría goda con Hispania, y
promovió su integración con los hispanorromanos. Marca
una etapa nueva en la historia de Hispania, que no debe
presentarse, contra lo que a menudo se hace, como
continuación del periodo anterior y bajo la etiqueta
superficial del poder visigodo común a ambos. Hasta
entonces el poder godo había sido solo la dominación de
una minoría militar más o menos latinizada pero
básicamente ajena a la tradición y a la cultura del
pueblo en que se asentaba y que, en principio, lo mismo
hubiera podido trasladarse, si las condiciones le fueran
propicias, a cualquier otro país en que imponerse a su
vez. Con Leovigildo, la aristocracia goda pasa de
minoría dominante a capa dirigente, que se ve a sí
misma como tal y así es aceptada, en unión cada vez
más estrecha con la capa superior hispanorromana. El
cambio, desde el punto de vista histórico, es radical
con respecto a la anterior etapa de poder visigótico.
La identificación de los godos con Hispania culminó con
Recaredo, cuando aquellos hubieron de renunciar a uno de
sus signos de identidad más fuertes, el arrianismo, para
integrarse en la religión católica de los
hispanorromanos. Este acontecimiento integra a los godos
por completo en la tradición latina del país. En este
sentido, por reunir la unificación política y cultural,
y anunciar la religiosa, hablamos de Recópolis como un
símbolo originario de España.
Otro rasgo peculiar de la ciudad es su denominación,
quizá la única población española cuyo nombre integra
la palabra griega «polis», cosa en verdad curiosa,
hallándose Recópolis en plena meseta, a cientos de
kilómetros de las zonas mediterráneas de influencia
griega. La causa es la identificación ideológica -que
no política, pues Leovigildo expulsó de las costas
ibéricas a los últimos restos de poder bizantino- del
nuevo Estado hispanogodo con el imperio romano de
Constantinopla, otro triunfo, aunque por vías
indirectas, de la esencial tradición de Roma,
vertebradora de lo fundamental de nuestra cultura.
La identificación de los godos con Hispania no impide
que la aristocracia goda permaneciera orgullosa de sus
orígenes y con un fuerte sentimiento de casta, incluso
cuando sus restos hubieron de subsistir bajo poder
musulmán. Ese orgullo es común a todas las
aristocracias, que incluso hoy día siguen aireando
orígenes remotos. En cuanto a la población visigoda, en
su mayoría pobre, debió de ser progresivamente
absorbida por la hispánica, no solo mucho más numerosa,
sino de superior cultura. Según otra teoría, el pueblo
godo, asentado en el valle del Duero, habría sido
trasladado a Galicia durante la Reconquista, donde
acabaría de fundirse con la población local. Se trata
de conjeturas.
Entendemos mejor lo que entonces ocurrió mediante una
referencia a la España invertebrada, de Ortega y Gasset.
El filósofo, cuando descendía a los terrenos de la
historia o de la política no solía estar en su mejor
forma, y así pretende que los godos cumplieron en
España una misión parecida a la de los ingleses en la
India, vertebrando un Estado. Pero no era Hispania, como
la India, un conglomerado de culturas, etnias, religiones
e idiomas, ni llegaron los godos con una fuerte cultura y
tradición política, como llegaron los ingleses a la
India. Al revés, los godos eran mucho más primitivos
que los hispanos. Su idioma -si lo conservaban-, no pudo
servir como «lingua franca». Su capacidad organizadora
era mínima, y solo pudo sostenerse sobre las
instituciones y la organización hispanorromanas. Lo que
sí aportaron, desde Leovigildo, fue la visión y la
voluntad de formar un conjunto político, algo parecido a
una nación; pero sólo pudieron hacerlo renunciando a su
propia tradición y romanizándose profundamente. Al
revés que los ingleses en la India, los godos terminaron
identificados con el país. Si acaso podría verse un
paralelismo, ciertamente remoto y parcial, con la
organización de la Rus de Kíef por grupos de varegos
que pronto se eslavizaron, y con la salvedad de que
aquellos vikingos suecos no eran culturalmente inferiores
a los eslavos sobre los que se asentaron, como lo eran
los godos con respecto a los hispanos.
Fue, pues, en la tradición latina y no en la germánica,
aunque con contribución significativa de ésta, donde se
forjaron las condiciones culturales de un Estado hispano,
sobre la rotura de los lazos del Imperio Romano. Muy al
contrario que la India, Hispania era ya entonces un
conjunto cultural, religiosa, étnica y
lingüísticamente homogéneo, con algunas excepciones en
las montañas del norte1. Ello no niega el valor de la
aportación goda, pero la sitúa en su verdadero marco.
En todo caso, la unión de ambos elementos tuvo tal
potencia espiritual que sin ella no se entendería
Covadonga ni el inmenso esfuerzo de siglos por la
«recuperación de España», ni la España actual.
Hemos hablado de segunda fundación de España.
Naturalmente, hablar de un «acto de fundación» tiene
algo de arbitrario. Una realidad histórica tiene muchas
raíces. Pero también es cierto que en algunos
acontecimientos especiales concurren una serie de
circunstancias que, vistas en retrospectiva, parecen
concentrar los elementos que posteriormente se
desarrollarían, aunque, desde luego, nadie pudiera
preverlo en aquel momento, como los fundadores de Roma no
podían imaginar siquiera lo que su ciudad representaría
en la historia humana.
La fundación inicial de España ocurrió fuera de
nuestra península, como ha ocurrido con otros muchos
países, nacidos de oscuras iniciativas de pueblos
migrantes cuando decidieron establecerse en una tierra
precisa, cuya evolución determinaron luego: así
Inglaterra y otros. En cuanto a España, la decisión fue
inconsciente, pero no oscura: ocurrió cuando, en una de
las horas más bajas de Roma en su confrontación con
Cartago, Escipión, llamado más tarde «El africano»,
decidió venir a Hispania, donde su padre y su tío
habían sido derrotados y muertos por los cartagineses.
Este hecho merece más atención de la que comúnmente ha
recibido, pues marca un momento crucial del ser o no ser
de España.
La situación estratégica era la siguiente: con la
derrota de los parientes de Escipión parecía
consolidarse la tendencia, iniciada mucho antes, a que la
península quedara definitivamente bajo la influencia
cartaginesa. Y como Hispania representaba para Cartago
una fuente inagotable de tropas y recursos económicos,
en especial metales preciosos, eran muy grandes las
posibilidades cartaginesas de vencer a Roma o, al menos,
de reducirla a una posición inferior en el Mediterráneo
occidental. Entonces la Península Ibérica hubiera
conocido un destino completamente distinto del que
efectivamente ha tenido. El elemento unificador, en el
grado en que se desarrollase, habría correspondido a una
cultura afro-oriental.
La empresa de Escipión no estaba predestinada al éxito.
Este llegó, en condiciones difíciles gracias a su genio
militar, sin duda uno de los más notables de la
Historia, al privar a Aníbal de su principal base de
apoyo, obligó al caudillo cartaginés a abandonar Italia
y pudo batirlo finalmente en la misma tierra cartaginesa.
Así, Roma logró imponerse en occidente, y el conjunto
de tribus que vivían en la Península Ibérica, con
culturas e idiomas varios, políticamente dispersos y
enfrentados, y sin conciencia ni sentimientos de unidad,
fue tomando la forma que conocemos y que fundamenta
nuestra cultura. Hoy, veintidós siglos más tarde,
hablamos, pensamos, escribimos y soñamos
fundamentalmente en variedades del latín, sobre todo
una, la castellana, el español por antonomasia; nuestro
Derecho se asienta en concepciones romanas. La religión
vastamente mayoritaria, y que tanto ha contribuido a
moldear nuestra historia, fue recibida a través de las
rutas romanas y está fuertemente marcada por el sello
del Lacio; nuestras costumbres y modos de ver las cosas,
siguen siendo en gran medida latinas. Estos hechos
trascendentales encuentran su origen en la decisión, muy
azarosa, de un personaje que, pese a su genio, no podía
ni imaginar las consecuencias remotas de ella.
A su vez, la política de Leovigildo representó una
continuidad con el fundamento latino. La invasión
árabe, en cambio, fue una completa ruptura con esa
tradición, que pudo haber supuesto algo muy parecido a
lo que hubiera representado la victoria de Cartago sobre
Roma: una evolución política y cultural esencialmente
diferente de la anterior, Al Andalus y no España, con
inclusión en la civilización islámica, y un desarrollo
similar al del Magreb, donde la herencia latina quedó
reducida a mera arqueología. La derrota militar
hispanogoda fue entonces tan completa que pudo haber
sellado esa transformación. No obstante, las raíces
culturales y políticas hispanogodas resultaron tan
robustas y profundas que permitieron la inversión, lenta
y trabajosa, de esa tendencia, que por largo tiempo
pareció la decisiva. Y aun teniendo éxito la
Reconquista, las circunstancias en que inevitablemente se
produjo debieran abocar, como salida más probable, a la
balcanización de la península en una diversidad de
Estados rivales. Era muy improbable la reunificación
frente a las tensiones disgregadoras, pero a pesar de
ello se consiguió en lo esencial, y eso testimonia, una
vez más, la densidad de aquella herencia cultural y
política de la que podemos encontrar un símbolo en
Recópolis.
¿Qué objetivo tiene una asociación de amigos de
Recópolis?En un sentido general, hoy vivimos una época
de crisis de la unidad española, que se arrastra como la
herencia más difícil del 98 del siglo pasado, cuando la
pérdida de los restos del Imperio español se acompañó
de una dura crisis de conciencia y de identidad en la
misma España. No sabemos cuál será el resultado de las
fuertes tensiones balcanizadoras que sufre el país.
Pero, en todo caso, algunos que creemos en la cultura y
tradición hispánicas y sentimos un íntimo
reconocimiento por el legado de tantas generaciones,
deseamos que esta tradición continúe y se enriquezca.
Podemos entonces, yo creo que debemos, hacer algo más
que esperar pasivamente a que los políticos acierten o
nos lleven a una catástrofe. Una asociación que, en la
medida de sus fuerzas, defienda con la palabra oral y
escrita estos valores, contribuirá a clarificar el
porvenir de España.
Pío Moa
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