La Era de Franco
1. LA
FALSIFICACION DE LA HISTORIA
El pueblo español despidió a Franco con dolor o con
respeto, no como un pueblo «oprimido» que celebra su
«liberación» con alborotadas muestras de entusiasmo,
como habría ocurrido si fueran ciertas las cosas que se
dicen ahora. Han sido necesarios veinte años de
falsificación de la Historia, de intoxicación
permanente a través de los más diversos medios, de
propaganda subliminal, introducida machaconamente por
medio de frases, alusiones, comentarios, calificativos,
incluso en temas que nada tenían que ver con el
franquismo, para llegar a crear la «leyenda negra», la
versión «literaria» y «política» de un Franco cruel
y despótico al que odiaba su pueblo oprimido. Una
«leyenda» que no tiene nada que ver con la realidad.
Franco era un hombre con sus virtudes y sus defectos, sus
aciertos y sus errores, pesando mucho más en el balance
final de su vida y su obra los primeros que los segundos.
Pero sus detractores se empeñan en desvirtuar todo lo
positivo y resaltar sólo aspectos negativos de su figura
y su labor de gobernante. Empiezan por negarle su
indudable heroísmo y capacidad militar (¡no sé cómo
ganó la guerra!) y acaban negándole también
inteligencia, dotes políticas, cultura, valores humanos
No le reconocen el menor mérito en la reconstrucción de
un país en ruinas, en preservar España de la Segunda
Guerra Mundial, o en llevarla a las cotas de desarrollo
social y económico que alcanzó, gobernándolo en paz
durante cuarenta años y preparando con habilidad y
realismo la sucesión, para que la prosperidad, la
convivencia y la paz continuasen después de su muerte.
Para ellos sólo hubo «estrecheces», «oscuridad»,
«intrigas políticas» y «opresión»,
Cuando se lee muchos de estos libros y artículos, no se
entiende que se pueda sostener sin rubor que un hombre
tan mediocre, tan torpe y tan escaso de capacidades y
valores humanos, como ellos dicen, lograra dirigir y
suscitar el entusiasmo de un pueblo como el español
durante cuarenta años, superando las circunstancias más
difíciles, hasta acabar muriendo ro-deado del respeto y
el afecto de la gran mayoría de su pueblo. Y
consiguiendo que las leyes e instituciones por él
creadas le sobrevivieran a su muerte durante tres largos
años y sirvieran de apoyo al nuevo régimen, algo
insólito en el desenlace de cualquier dictadura
«opresora y cruel», como se la califica ahora.
Algo hay en todo esto que no encaja. Y sus detractores
deberían comprenderlo si no les cegaran la pasión, sus
propios prejuicios o el espíritu de venganza, según los
casos.
Tal vez sus mayores enemigos son los que no le perdonan
haber ganado la Guerra civil. Y su rencor y afán de
revancha están resucitando enfrentamientos y enturbiando
una convivencia que a la muerte de Franco había superado
aquella guerra, y había llegado a ser tan fuerte que
está superando todos los intentos posteriores de
reavivar sus rescoldos.
Si nos metiéramos ahora en el laberinto de las causas de
la Guerra civil, de quiénes tienen mayores
responsabilidades en el sangriento enfrentamiento entre
españoles que duró tres años y en sus dramáticas
consecuencias, perderíamos el tono y el sentido de este
relato. Lo cierto es que, desgraciadamente, la Guerra se
produjo, con su trágica secuela de muerte y
destrucción, que seguramente nadie quería pero nadie
supo evitar. Y la mayoría de los historiadores están de
acuerdo en que no fue precisamente Franco el primero en
alentarla y organizarla. Luego, llegó a tomar el mando
de la Guerra y del Estado porque era, sin duda, el
general más prestigioso y mejor dotado para esa misión.
Su figura surgió como surgen los caudillos en las
guerras, porque lo eligen y encumbran sus compañeros de
armas y luego el pueblo. Y el Ejército de Franco y el
pueblo que lo seguía ganaron la Guerra, no obstante
haber quedado del otro lado las tropas más numerosas, la
mayor parte de la marina y la aviación y las regiones
más ricas y pobladas de España, además de los recursos
financieros y el oro del Banco de España, como dijo por
entonces Prieto en un discurso.
Tampoco puedo extenderme a fondo en las razones por las
que Franco y el Ejército y el pueblo que las seguía
ganaron la guerra. Creo que ganaron porque supieron
llevarla mejor en el orden militar y en el orden
político. Porque desde el principio tenían moral de
victoria, y esa moral no se perdió nunca. Porque
supieron mantener el orden, la unidad y el espíritu de
trabajo. Y también porque la razón estaba de su parte,
aunque eso no decide muchas veces las batallas, y muchos
opinen lo contrario. En último término, porque Dios lo
quiso, como decimos los que tenemos fe.
Lo que sí quiero es negar que fuera una victoria de los
ricos sobre los pobres, del capitalismo sobre el
proletariado, de los malos sobre los buenos, de los
rebeldes sobre los leales
, así como que la Guerra
se hiciera para defender los privilegios de clase, como
se ha dicho. Lo que se defendía eran valores y
principios. Y en una y otra zona, en uno y otro bando,
había ricos y pobres, buenos y malos, gentes que
actuaron con heroísmo y desinterés, y gentes que se
aprovecharon para desatar sus sentimientos de rencor y
venganza. Yo vivía y padecí más directamente los
crímenes y abusos de la llamada zona roja, pero sé,
que, aunque en menor cuantía y gravedad, también los
hubo en la zona nacional. Una guerra civil es una
verdadera maldición para un pueblo, y Dios quiera que
nunca más caiga sobre el nuestro.
Y en cuanto a lealtades, cada bando tenía las suyas. Y
si las analizáramos, no iba a ser tan fácil, como se
pretende ahora, deslindar quienes eran los leales y
quienes eran los rebeldes. Habría que ponerlo en
relación con los ideales que unos y otros defendían. Y,
sobre todo, con la situación y los intereses superiores
de España y los españoles. Y en ese sentido, creo que
queda bastante claro cuál es mi opinión. Desde luego,
la mayoría de los historiadores tiene que reconocer que
ni el Gobierno de Madrid, ni el ejército rojo eran
leales a la República constitucional del 14 de abril de
1931. Esa República había sido subvertida y
desnaturalizada. Aquélla era una República liberal; la
defendida en la Guerra era una República marxista y
pro-soviética, así que vamos a dejar de llamar al
ejército rojo ejército leal a la República, aunque en
él militaran sinceros republicanos. Como también
conviene recordar que, antes que Franco, los socialistas
se habían alzado contra la República en 1934. Y ciertos
nacionalistas catalanes también. Alguien tan poco
«franquista» como Stanley G. Payne reconoce
expresamente en su último libro que, cuando estalló la
Guerra en 1936, el orden constitucional ya no existía en
España.
Sobre el carácter de nuestra guerra y las razones y la
significación de la victoria de Franco, no me resisto a
transcribir unos párrafos de un artículo del doctor
Marañón, publicado en «La Nación» de Buenos Aires en
marzo de 1939, cuando esa victoria era ya un hecho. Son
especialmente esclarecedores por lo que en ellos se dice,
por quien lo dice y por el momento en que se dice:
Ahora todo se ve como es. No se trata de un pueblo
esclavizado por una aristocracia militar, de una
democracia derrotada por una dictadura, sino de una
guerra y una revolución en la que han luchado comunistas
y anticomunistas, y en la que éstos han vencido de una
manera total
Hay en nuestra guerra un hecho que debe tener para la
conducta futura de los españoles y de todos los hombres
civilizados un valor histórico
Este hecho
fundamental es la incapacidad absoluta del método
marxista para poner en marcha un país. El gobierno de
Madrid, Valencia y Barcelona tuvo en sus manos todas las
ventajas materiales para triunfar
Al gobierno
marxista le ha vencido su absoluta incapacidad
Los pueblos de Europa y América deben reflexionar sobre
esta realidad incuestionable de lo sucedido en España.
Deben fijarse y no olvidar el hecho fundamental de que, a
pesar de los largos años de propaganda propicia, el
pueblo español no es marxista, y aun parte del que lo
fue momentáneamente, ha estado desde el principio de la
guerra del lado del sentido nacional que representaba el
general Franco.
Sería absurdo suponer que un puñado de hombres, que
penosamente pasaban el estrecho de Gibraltar en julio de
1936, hubiera podido conquistar, paso a paso, a toda
España contra la organización oficial del Estado,
contra el apoyo material y las simpatías de las inmensas
democracias del mundo, y en estas circunstancias crear en
pocos meses un Estado nuevo, y gran ejército, si no
hubieran tenido un pueblo entusiasta detrás. Cuando
salí de España, en diciembre de 1936, públicamente
dije en todas las partes que la mayoría de la población
de Madrid -y de toda España- era nacionalista.
Ha sido el pueblo, el pueblo español, el que ha crea-do
la victoria contra los partidos marxistas, precariamente
ayudados por algunos liberales y regionalistas que se
prestaron a la ficción. De ese pueblo formamos parte
muchos que habíamos estado tiempo atrás del otro lado
de la barricada, pero que no quisimos prestarnos a la
descomunal mentira
La casi totalidad de la inmensa
fuerza que ha sabido conducir el general Franco es la de
los jóvenes
, los mismos que nos seguían a
nosotros en las universidades y que un día vimos de
repente alineados frente a nosotros. Esta actitud
repentina de la juventud española -o gran parte de ella-
es otro de los hechos ejemplares de la revolución y de
la guerra que acaba de terminar.
La autoridad moral y el prestigio del doctor Marañón,
una de las personalidades que más contribuyó a la
Segunda República y mejor conocía la situación y los
entresijos de la política de entonces, y que tuvo que
exiliarse de la España roja, me parece que constituye el
mejor testimonio sobre la falsificación de nuestra
guerra a que estamos asistiendo, y evidencia la
«descomunal mentira» (repitiendo sus palabras), que se
ha impuesto a la opinión pública, con complicidades
incomprensibles, similares a las que él denunciara.
2. LA HERENCIA DE LA GUERRA
El 1.º de abril de 1939 terminó la Guerra civil, y
Franco se encontró con un país deshecho, económica y
humanamente. Se habían destruido fábricas y ciudades, y
asolado campos y cosechas. La economía y la producción
en todos sus sectores quedaron por los suelos y había
muerto en la contienda una parte sustancial de las clases
dirigentes españolas y de la juventud mejor preparada
que pudiera levantar y reconstruir el país. Lo único
que abundaba era el hambre y la miseria, a veces no sólo
física, sino también moral, en sectores importantes de
la población; y heridas sangrantes por los asesinatos,
por las muertes, por los exilios. Y sobre ello, y como
era natural, vinieron las plagas y las epidemias. Este
fue el país que teníamos en el año 39; con los
rescoldos, además, de odios y crímenes, muertes y
venganzas, enfrentamientos a unos y otros.
Cuando se enjuicia ahora la labor del Régimen de Franco
se olvida el punto de partida. Y se olvida que no
contamos, además, con ninguna ayuda externa para nuestra
reconstrucción, porque a los pocos meses de terminar
nuestra Guerra empezó la Segunda Guerra Mundial, y de
ella sólo problemas añadidos nos llegaron. Pero los
españoles, con un esfuerzo impresionante, entre hambres
y escaseces, fuimos levantando el país. La paz y el
trabajo fueron la base. Y, sin duda, una dirección
acertada del Régimen de Franco que potenció todo eso,
que evitó nuestra entrada en la Segunda Guerra Mundial y
fue restañando las heridas de nuestra guerra y superando
los enfrentamientos entre españoles, que era inevitable
que se prolongaran y tuvieran sus secuelas durante
bastantes años; pero que al final del Régimen se
habían olvidado o convertido en un mal recuerdo, y la
convivencia en paz y el respeto eran la tónica general.
Y el Régimen de Franco fue levantando nuestra economía
al mismo tiempo que mejoraba las condiciones sociales de
nuestro pueblo. Porque, para desvirtuar las engañosas
versiones que presentan al Régimen como la gran victoria
del capitalismo y su dominio abrumador sobre los
trabajadores y los sectores más débiles, conviene
recordar que el Fuero del Trabajo, primer instrumento de
defensa de los derechos de los trabajadores, se dictó en
1938, en plena Guerra, incluso antes que el Fuero de los
Españoles; que en los primeros años de la posguerra se
creó el Seguro de Enfermedad, los subsidios familiares,
el Seguro de Vejez e Invalidez, y el Mutualismo Laboral.
La justicia social fue desde el comienzo una de las
banderas del Régimen. Y fue uno de los ideales que
invocó Franco en su testamento poco antes de morir.
El 23 de noviembre de 1975 se enterraba a Franco en el
Valle de los Caídos, y con ello se cerraba un periodo de
casi cuarenta años de la Historia de España. Sería
inútil negar que durante ellos se cometieron errores.
Incluso errores importantes. Pero lo es más aún
intentar negar o desconocer que durante ellos España no
sólo se reconstruyó y recuperó su convivencia y su
paz, sino que se desarrolló y prosperó social y
económicamente, realizando una transformación que la
situó entre los países industrializados del mundo,
lejos de las zonas de subdesarrollo, y cambió el nivel
cultural y cívico de España y los españoles.
3. EL «MILAGRO ESPAÑOL»
Todos los especialistas en materia coinciden en señalar
que costó más de quince años de dificultades, penurias
y esfuerzos superar las consecuencias de la Guerra.
Fueron los años del hambre, del estraperlo, del
pluriempleo. Pero en 1951 se inicia realmente el periodo
más importante de nuestro desarrollo. El periodo
1959-1975 permitió dar el gran salto económico a la
sociedad española, abandonando el subdesarrollo para
incorporarse el grupo de países industrializados y
desarrollados donde llegamos a alcanzar una posición muy
superior a la que teníamos en los años treinta.
Hay algunos datos especialmente indicativos, como han
resaltado economistas prestigiosos. Entre 1960 y 1974, la
Renta Nacional de España en términos de precios
constantes creció el 155%, equivalente a una tasa anual
acumulativa del 6,9%, crecimiento excepcional, sólo
superado por Japón en sus años buenos, entre los
países de la OCDE. Entre 1960 y 1975, el producto
interior bruto creció siempre por encima del crecimiento
de los países europeos y de Estados Unidos. A veces
hasta doblándolo. (A partir de 1975 siempre crecimos por
debajo de Europa y la OCDE, salvo el corto periodo de
1987-1990, en que nuestro crecimiento fue superior, cosa
que afortunadamente también parece que ha sucedido en
1996 y 1997).
El crecimiento económico era tan espectacular, ¿por
qué no decirlo?, que se llamó el «milagro español» a
nivel internacional. Ya nadie quiere acordarse de ello, y
muchos españoles de hoy ni siquiera recordarán haberlo
oído nunca, pero otros seguro que lo recuerdan. ¿Y en
qué consistió el milagro? Sencillamente, en potenciar
el ahorro y el trabajo, en crear ilusión y confianza, en
estimular nuevas industrias y fuentes de riqueza, en no
gastar más de lo que podíamos. El gasto público
suponía sólo el 25 por 100 del PIB, mientras ahora pasa
del 50 por 100. La diferencia iba al ahorro y a la
inversión privados, a la creación de puestos de
trabajo, lo que a su vez producía más riqueza y mayor
empleo
Este crecimiento permitió el incremento del nivel de
vida de los españoles, acercándose con creciente
rapidez a ese grupo reducido de países que forman el
mundo desarrollado. Nuestro nivel de convergencia con la
Comunidad Europea en capacidad de compra de los
españoles, alcanzó el punto más alto de nuestra
Historia en 1975, en que se acercó al 80 por 100, nivel
que no se pudo mantener en los años siguientes. Son
datos estadísticos recogidos en estudios científicos
imparciales de técnicos y organismos nacionales e
internacionales. En un libro publicado precisamente por
el Instituto de Estudios de Prospectiva del Ministerio de
Economía y Hacienda en 1990, es decir, en pleno período
socialista, pueden leerse algunos de estos datos, que
luego pueden ampliarse en los Cuadernos de Información
Económica, que publican las Cajas de Ahorro, bajo la
dirección de Fuentes Quintana, o en los estudios del
Banco de Bilbao Vizcaya. Los estudios económicos de Juan
Velarde, uno de los más prestigiosos economistas de
España, son especialmente expresivos de la evolución de
la economía española en este periodo.
En el último estudio de la Fundación del BBV se
reconoce que nuestro nivel de renta, comparado con la
media europea había descendido en 1995 dos puntos en
relación con 1975, y que en el período 1960-75, el PIB
creció en España a una media del 6,7 por 100, mientras
el de 1975-85 fue del 2,5 por 100, y el de 1985-96 del
3,1 por 100. Actualmente, parece que estamos creciendo
por encima del 3 por 100, porcentaje satisfactorio. Por
encima de Europa, a cuyo nivel medio de convergencia
volvemos a acercarnos.
En 1960 todavía la agricultura y la pesca incorporaban
el 44,7 por 100 de la población ocupada española, dato
que va unido siempre a un retraso en el desarrollo
económico. En 1974 ese porcentaje era ya del 24 por 100,
lo que evidencia que estábamos entrando en el modelo
económico de los países desarrollados y pone de
manifiesto el impresionante esfuerzo que hubo que hacer
en inversiones y formación profesional para conseguirlo.
La sensible elevación del nivel de vida y de la
capacidad adquisitiva de amplios sectores de la
población, conjugada con la concentración de la
actividad productiva en la industria y los servicios, el
correlativo incremento de la población urbana y la nueva
estructura ocupacional, con incrementos considerables del
personal asalariado de nivel superior, determinaron una
alteración sustancial de la estructura social de nuestro
país, con un importante crecimiento de las llamadas
clases medias que se convirtieron en elemento capital del
equilibrio de nuestro sistema sociopolítico.
La considerable estabilidad de fondo con que España se
adentró en los cambios de los años setenta, las
posibilidades evolutivas para su convergencia con las
sociedades europeas más avanzadas, y la incorporación
de los más amplios sistemas representativos sin traumas,
se apoyaron, en parte, sobre esa amplia clase media que
vino a llenar el vacío de la revolución burguesa que,
al no realizarse en la mayor parte de España cuando en
Europa, tanto condicionó luego nuestra historia
contemporánea. Tal vez fuera éste, de la creación de
una amplia clase media, el legado más valioso, cara al
futuro, del Régimen de Franco. Junto con la creación de
un profundo sentido nacional y una ilusión colectiva,
motores formidables de la reconstrucción y el
desarrollo.
El nivel de empleo es otro dato que no conviene olvidar,
y no sólo por su significación económica, sino por su
trascendencia social. El crecimiento económico supuso,
por encima de todo, empleo, y empleo estable para los
españoles. En mi tiempo de Ministro el paro no llegó
nunca al 3 por 100 de la población activa, mientras que
no hace falta recordar el porcentaje actual. Se dice que
ello era por la emigración, y no es verdad, aunque no
dejara de influir. Como también influía que la mujer
tenía todavía poco peso en la población activa.
Pero era, sobre todo, porque entre 1960 y 1975 se crearon
en España más de un millón y medio de empleos netos,
mientras que en 1995, según los estudios antes
mencionados y a pesar del incremento total de población
española, teníamos menos población ocupada que en
1975. La población ocupada en 1975 era de 13.128.000
personas y en 1995 era solo de 12.859.000. Pero valdría
la pena no quedarse sólo en estas cifras absolutas. Si
se desciende un poco más al detalle, en las series
estadísticas, se ve, por ejemplo, que en 1975 había
7.327.000 asalariados en el sector privado y 1.289.000
empleados públicos, mientras en 1995 había sólo
6.895.000 asalariados en el sector privado (500.000 menos
que veinte años antes) y 2.134.000 empleados públicos
(casi un millón más). Es decir, medio millón menos en
la economía productiva y un millón más en la
Administración pública. Que cada uno saque sus propias
conclusiones.
Algo han mejorado estas cifras en 1996 y 1997, pero sin
que la mejora sea todavía suficiente. Se dice que a
final de 1997 tenemos, por fin, la misma cifra de
«población ocupada» que teníamos a la muerte de
Franco. No se tiene en cuenta el incremento de población
total y del PIB que deberían haber elevado a la
«población ocupada» a una cifra sustancialmente mayor
para que pudiera equipararse a la de 1975. Ni se tiene en
cuenta el excesivo y desproporcionado incremento de
«población ocupada» en las Administraciones públicas,
con lo que en la economía privada seguimos por debajo.
4. AVANCES ECONOMICOS Y SOCIALES
El crecimiento económico fue acompañado de avances
sociales en todos los órdenes. Fueron los años de las
Ordenanzas y Reglamentaciones Laborales, de la mejora de
la ayuda familiar, que llegó a suponer una parte
importante del salario, de la creación de una auténtica
Seguridad Social comparable con cualquiera de las
europeas, que cubría al final del período el 87,8 por
ciento de la población total española. Fueron los años
de la modernización de la Sanidad española y la
creación de los modernos hospitales por toda la
geografía nacional. Y fueron también los años de la
formación profesional a través del PPO de la
Organización Sindical y las Universidades Laborales. El
esfuerzo que en política de protección social se hizo
en el Régimen de Franco lo pone de manifiesto el dato de
que los gastos sociales, que en 1960 representaban en 22
por 100 del gasto público total, pasaron a representar
el 50 por 100 en 1975.
Y en el orden laboral, la protección, garantía y
seguridad del trabajo y el salario fueron un objetivo
permanente. Ahora se dice que llegamos demasiado lejos,
pero para nosotros el trabajo era un valor fundamental,
básico para la economía, pero sobre todo para cada
hombre y para cada familia. El empleo estable no sólo
fue un bien para el trabajador, sino también para la
economía; y a la vista están los resultados que
obtuvimos. Ahora parece que la panacea (no sólo en
España, sino en el mundo) está en la inestabilidad y la
precariedad de la relación laboral. Dios quiera que
algún día no tengamos que arrepentirnos, incluso
económicamente; pero sobre todo social y humanamente. La
Unión Europea parece que ha empezado a comprenderlo en
el Tratado de Amsterdam de 1997, que pretende darle un
enfoque más social.
El esfuerzo que hizo España en aquellos años en
reconstrucción y modernización de nuestra red de
carreteras, en incremento de embalses y regadíos, en
repoblación forestal, en construcción de viviendas
sociales, en hospitales y ambulatorios, no tiene
parangón por su volumen proporcional y porque además se
hizo con un potencial y una riqueza nacional muy inferior
a la que tenemos ahora. Y se hizo, además, sin
endeudarnos excesivamente, porque recuerdo que mientras
yo fui Ministro, el equilibrio presupuestario constituía
uno de los dogmas del Gobierno. Vale la pena comparar
algunas cifras de entonces con las de ahora.
Nuestros Presupuestos eran austeros y equilibrados: los
del último año en que yo fui Ministro ascendieron a
poco más de 650.000 millones de pesetas y poco más de
500.000 millones para la Seguridad Social. Los aprobados
para 1998 ascienden a más de 36 billones, incluida la
Seguridad Social, aprobándose además gastos de más de
4 billones para amortización de deuda pública. Todo
ello sin contar los Presupuestos de las Comunidades
Autónomas (que en nuestro tiempo no existían) y que
suman cerca de otros 9 billones. La deuda pública del
Estado era de menos de 1 billón en 1975 y se acercó a
los 48 billones en 1997. Si se incluyen las
administraciones territoriales, la deuda de las
Administraciones públicas sobrepasó el 68 por 100 del
PIB en 1997, más de 55 billones de pesetas. Se trata,
por supuesto, de cifras nominales, pero su conversión a
valores constantes sigue arrojando incrementos
espectaculares sobre la situación a la muerte de Franco.
Con aquellos Presupuestos, y sin hipotecar al país para
el futuro con una deuda como la que tenemos ahora, que va
a pesar sobre la próxima generación de forma
impresionante, el Régimen de Franco hizo lo que hizo, y
que está ahí como testimonio real que podrá ser
ocultado y silenciado, pero no destruido por la
propaganda actual.
Por supuesto que no sólo se hizo un desarrollo
económico-social. Fue muy importante también el
desarrollo político en relación con las instituciones y
las libertades y con la sucesión y reinstauración de la
monarquía, preparando y haciendo posible el gran saldo
que se dio luego en la transición. Es cierto que hubo
restricciones en las libertades políticas y sindicales
hasta el final, pero se abrieron cauces de participación
cada vez más amplios y los españoles corrientes se
sentían en el desarrollo de su vida libres y seguros.
Y España entera se transformó. Se transformó de una
sociedad subdesarrollada, predominantemente agraria y
rural, en una sociedad desarrollada predominantemente
urbana, industrial y de servicios. De una sociedad
cerrada y descompensada e inestable por las diferencias
entre una minoría y la gran masa asalariada y campesina,
en una sociedad más igualitaria y abierta, estabilizada
por la creación de una amplia clase media y el
acortamiento de las diferencias sociales, así como por
la mayor igualdad en la protección de las necesidades
básicas y en las posibilidades de promoción de todos.
La España de 1975 en nada se parecía a la de 1936. Ni
económica, ni social, ni culturalmente. Ni, gracias a
Dios, en cuanto a nivel de convivencia.
5. FRANCO EN LA PRENSA
Invito, a quien de verdad quiera conocer o recordar el
mayoritario sentir y la opinión pública en el momento
de la muerte de Franco, sobre su persona y su obra, a que
lea los periódicos de aquellos días. Comentaré sólo
los más importantes.
ABC encargó la tercera página de su edición del día
21 de noviembre a Gonzalo Fernández de la Mora, quien
hace en ella el riguroso juicio de Franco que corresponde
a su alta categoría intelectual y a su lealtad. Y en
ése, y en los días siguientes, recoge encuestas a nivel
de calle y docenas de artículos de las personalidades
más relevantes. La relación de los juicios recogidos y
resaltados por ABC en honor y elogio de Franco sería
interminable.
El periódico mismo definía su propia posición en un
editorial que reprodujo en tres ediciones seguidas y en
que decía entre otras cosas. «Ha desaparecido de
nuestro ámbito el hombre que fue cerca de cuarenta años
guía firme y estímulo infatigable de la sociedad
española; a quien somos acreedores (debe querer decir
deudores) de tan patrióticos y memorables actos de
gobierno; el hombre que supo labrar el mejoramiento de
las condiciones de vida y defender nuestra independencia
amenazada por unos y por otros; desde el exterior y
también desde el interior. Francisco Franco -y la
Historia lo ha reconocido ya lo mismo que las naciones
extranjeras- fue el estadista que en pleno asedio furioso
durante la más cruel de las guerras entabladas en el
mundo, supo con astucia y el más acentuado patriotismo,
librar a España de una catástrofe que hubiera sido
imparable
»
Ya, que no quedó atrás en la recogida de testimonios
gráficos y escritos, decía en su editorial: «El hueco
que deja Francisco Franco en la vida española y el
espacio que pasa a ocupar en la Historia es tan grande
que cualquier superlativo no haría más que
empequeñecerlo
Ganó una guerra iniciada en
condiciones prácticamente desesperadas. Durante la
Segunda Guerra Mundial salvó la neutralidad de nuestra
patria en circunstancias junto a las cuales palidece
incluso la hazaña de la guerra civil. Sostuvo impávido
el cerco internacional hasta que nos incorporamos al
concierto de las naciones. Y en cuanto a la evolución
interior, a la vista están los avances decisivos frente
a las grandes lacras de nuestra historia contemporánea:
la pobreza y la ignorancia
La sociedad española
que ha dejado Franco es una sociedad nueva, completamente
diferente de la que encontró cuando inició su mandato y
mucho más adecuada para la culminación de la gran obra
política que él mismo inició cuando empezó a
desprenderse de la plenitud de poderes que pusieron en
sus manos el 1 de octubre de 1936. Con todo merecimiento
puede decirse de él que ha sido la gran figura española
del siglo XX. »
Por su parte, La Vanguardia, además de las emocionadas
reseñas de Pombo Angulo sobre el fervor popular en torno
a Franco muerto, recogía testimonios de muchas
personalidades. Garrigues, por ejemplo, decía que Franco
había conseguido tres grandes victorias:«Victoria sobre
el comunismo, que se había infiltrado poderosamente en
el corazón del ejército derrotado. Victoria de no
dejarse arrastrar a la guerra por el nazismo. Victoria
del desarrollo económico al que llevó el país». Yo
añadiría una cuarta victoria no menos importante que
las otras, la victoria de la Justicia Social.
Pero el propio periódico daba su opinión en un
comentario editorial en el que resaltaba el espíritu de
convivencia conseguido, y terminaba diciendo: «Si Franco
ha sido, como a veces se ha dicho, lo mejor del
"franquismo", se comprende bien que el hombre
que ha dado a éste nombre y sentido superara con su
visión de futuro el inmovilismo
de quienes sin la
clarividencia de su Jefe, quisieran acaso quedarse para
siempre en un momento de la Historia de España
Superando los enfrentamientos de la guerra, el esfuerzo
de los mejores en el Régimen que surgió de la victoria
militar ha estado en integrar a todos los españoles en
una unidad de vida y derechos
La previsión y el
deseo de Franco fue que todos los españoles
aprendiéramos a pasar del Régimen al Estado
».
Estos periódicos, y otros muchos que sería imposible
citar, reflejaron la opinión pública mayoritaria sobre
Franco y su obra, y el espíritu y las circunstancias
socioeconómicas en que España quedó a su muerte. Y no
se diga que todo esto se decía y se escribía por
imposición, coacción o adulación. Todo esto se
escribía y se decía cuando Franco ya estaba muerto.
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