La Era de Franco

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La Era de Franco

Por Licinio de la Fuente

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La Era de Franco

1. LA FALSIFICACION DE LA HISTORIA



El pueblo español despidió a Franco con dolor o con respeto, no como un pueblo «oprimido» que celebra su «liberación» con alborotadas muestras de entusiasmo, como habría ocurrido si fueran ciertas las cosas que se dicen ahora. Han sido necesarios veinte años de falsificación de la Historia, de intoxicación permanente a través de los más diversos medios, de propaganda subliminal, introducida machaconamente por medio de frases, alusiones, comentarios, calificativos, incluso en temas que nada tenían que ver con el franquismo, para llegar a crear la «leyenda negra», la versión «literaria» y «política» de un Franco cruel y despótico al que odiaba su pueblo oprimido. Una «leyenda» que no tiene nada que ver con la realidad.

Franco era un hombre con sus virtudes y sus defectos, sus aciertos y sus errores, pesando mucho más en el balance final de su vida y su obra los primeros que los segundos. Pero sus detractores se empeñan en desvirtuar todo lo positivo y resaltar sólo aspectos negativos de su figura y su labor de gobernante. Empiezan por negarle su indudable heroísmo y capacidad militar (¡no sé cómo ganó la guerra!) y acaban negándole también inteligencia, dotes políticas, cultura, valores humanos… No le reconocen el menor mérito en la reconstrucción de un país en ruinas, en preservar España de la Segunda Guerra Mundial, o en llevarla a las cotas de desarrollo social y económico que alcanzó, gobernándolo en paz durante cuarenta años y preparando con habilidad y realismo la sucesión, para que la prosperidad, la convivencia y la paz continuasen después de su muerte. Para ellos sólo hubo «estrecheces», «oscuridad», «intrigas políticas» y «opresión»,

Cuando se lee muchos de estos libros y artículos, no se entiende que se pueda sostener sin rubor que un hombre tan mediocre, tan torpe y tan escaso de capacidades y valores humanos, como ellos dicen, lograra dirigir y suscitar el entusiasmo de un pueblo como el español durante cuarenta años, superando las circunstancias más difíciles, hasta acabar muriendo ro-deado del respeto y el afecto de la gran mayoría de su pueblo. Y consiguiendo que las leyes e instituciones por él creadas le sobrevivieran a su muerte durante tres largos años y sirvieran de apoyo al nuevo régimen, algo insólito en el desenlace de cualquier dictadura «opresora y cruel», como se la califica ahora.

Algo hay en todo esto que no encaja. Y sus detractores deberían comprenderlo si no les cegaran la pasión, sus propios prejuicios o el espíritu de venganza, según los casos.

Tal vez sus mayores enemigos son los que no le perdonan haber ganado la Guerra civil. Y su rencor y afán de revancha están resucitando enfrentamientos y enturbiando una convivencia que a la muerte de Franco había superado aquella guerra, y había llegado a ser tan fuerte que está superando todos los intentos posteriores de reavivar sus rescoldos.

Si nos metiéramos ahora en el laberinto de las causas de la Guerra civil, de quiénes tienen mayores responsabilidades en el sangriento enfrentamiento entre españoles que duró tres años y en sus dramáticas consecuencias, perderíamos el tono y el sentido de este relato. Lo cierto es que, desgraciadamente, la Guerra se produjo, con su trágica secuela de muerte y destrucción, que seguramente nadie quería pero nadie supo evitar. Y la mayoría de los historiadores están de acuerdo en que no fue precisamente Franco el primero en alentarla y organizarla. Luego, llegó a tomar el mando de la Guerra y del Estado porque era, sin duda, el general más prestigioso y mejor dotado para esa misión. Su figura surgió como surgen los caudillos en las guerras, porque lo eligen y encumbran sus compañeros de armas y luego el pueblo. Y el Ejército de Franco y el pueblo que lo seguía ganaron la Guerra, no obstante haber quedado del otro lado las tropas más numerosas, la mayor parte de la marina y la aviación y las regiones más ricas y pobladas de España, además de los recursos financieros y el oro del Banco de España, como dijo por entonces Prieto en un discurso.

Tampoco puedo extenderme a fondo en las razones por las que Franco y el Ejército y el pueblo que las seguía ganaron la guerra. Creo que ganaron porque supieron llevarla mejor en el orden militar y en el orden político. Porque desde el principio tenían moral de victoria, y esa moral no se perdió nunca. Porque supieron mantener el orden, la unidad y el espíritu de trabajo. Y también porque la razón estaba de su parte, aunque eso no decide muchas veces las batallas, y muchos opinen lo contrario. En último término, porque Dios lo quiso, como decimos los que tenemos fe.

Lo que sí quiero es negar que fuera una victoria de los ricos sobre los pobres, del capitalismo sobre el proletariado, de los malos sobre los buenos, de los rebeldes sobre los leales…, así como que la Guerra se hiciera para defender los privilegios de clase, como se ha dicho. Lo que se defendía eran valores y principios. Y en una y otra zona, en uno y otro bando, había ricos y pobres, buenos y malos, gentes que actuaron con heroísmo y desinterés, y gentes que se aprovecharon para desatar sus sentimientos de rencor y venganza. Yo vivía y padecí más directamente los crímenes y abusos de la llamada zona roja, pero sé, que, aunque en menor cuantía y gravedad, también los hubo en la zona nacional. Una guerra civil es una verdadera maldición para un pueblo, y Dios quiera que nunca más caiga sobre el nuestro.

Y en cuanto a lealtades, cada bando tenía las suyas. Y si las analizáramos, no iba a ser tan fácil, como se pretende ahora, deslindar quienes eran los leales y quienes eran los rebeldes. Habría que ponerlo en relación con los ideales que unos y otros defendían. Y, sobre todo, con la situación y los intereses superiores de España y los españoles. Y en ese sentido, creo que queda bastante claro cuál es mi opinión. Desde luego, la mayoría de los historiadores tiene que reconocer que ni el Gobierno de Madrid, ni el ejército rojo eran leales a la República constitucional del 14 de abril de 1931. Esa República había sido subvertida y desnaturalizada. Aquélla era una República liberal; la defendida en la Guerra era una República marxista y pro-soviética, así que vamos a dejar de llamar al ejército rojo ejército leal a la República, aunque en él militaran sinceros republicanos. Como también conviene recordar que, antes que Franco, los socialistas se habían alzado contra la República en 1934. Y ciertos nacionalistas catalanes también. Alguien tan poco «franquista» como Stanley G. Payne reconoce expresamente en su último libro que, cuando estalló la Guerra en 1936, el orden constitucional ya no existía en España.

Sobre el carácter de nuestra guerra y las razones y la significación de la victoria de Franco, no me resisto a transcribir unos párrafos de un artículo del doctor Marañón, publicado en «La Nación» de Buenos Aires en marzo de 1939, cuando esa victoria era ya un hecho. Son especialmente esclarecedores por lo que en ellos se dice, por quien lo dice y por el momento en que se dice:



Ahora todo se ve como es. No se trata de un pueblo esclavizado por una aristocracia militar, de una democracia derrotada por una dictadura, sino de una guerra y una revolución en la que han luchado comunistas y anticomunistas, y en la que éstos han vencido de una manera total…

Hay en nuestra guerra un hecho que debe tener para la conducta futura de los españoles y de todos los hombres civilizados un valor histórico… Este hecho fundamental es la incapacidad absoluta del método marxista para poner en marcha un país. El gobierno de Madrid, Valencia y Barcelona tuvo en sus manos todas las ventajas materiales para triunfar… Al gobierno marxista le ha vencido su absoluta incapacidad…

Los pueblos de Europa y América deben reflexionar sobre esta realidad incuestionable de lo sucedido en España. Deben fijarse y no olvidar el hecho fundamental de que, a pesar de los largos años de propaganda propicia, el pueblo español no es marxista, y aun parte del que lo fue momentáneamente, ha estado desde el principio de la guerra del lado del sentido nacional que representaba el general Franco.

Sería absurdo suponer que un puñado de hombres, que penosamente pasaban el estrecho de Gibraltar en julio de 1936, hubiera podido conquistar, paso a paso, a toda España contra la organización oficial del Estado, contra el apoyo material y las simpatías de las inmensas democracias del mundo, y en estas circunstancias crear en pocos meses un Estado nuevo, y gran ejército, si no hubieran tenido un pueblo entusiasta detrás. Cuando salí de España, en diciembre de 1936, públicamente dije en todas las partes que la mayoría de la población de Madrid -y de toda España- era nacionalista.

Ha sido el pueblo, el pueblo español, el que ha crea-do la victoria contra los partidos marxistas, precariamente ayudados por algunos liberales y regionalistas que se prestaron a la ficción. De ese pueblo formamos parte muchos que habíamos estado tiempo atrás del otro lado de la barricada, pero que no quisimos prestarnos a la descomunal mentira… La casi totalidad de la inmensa fuerza que ha sabido conducir el general Franco es la de los jóvenes…, los mismos que nos seguían a nosotros en las universidades y que un día vimos de repente alineados frente a nosotros. Esta actitud repentina de la juventud española -o gran parte de ella- es otro de los hechos ejemplares de la revolución y de la guerra que acaba de terminar.



La autoridad moral y el prestigio del doctor Marañón, una de las personalidades que más contribuyó a la Segunda República y mejor conocía la situación y los entresijos de la política de entonces, y que tuvo que exiliarse de la España roja, me parece que constituye el mejor testimonio sobre la falsificación de nuestra guerra a que estamos asistiendo, y evidencia la «descomunal mentira» (repitiendo sus palabras), que se ha impuesto a la opinión pública, con complicidades incomprensibles, similares a las que él denunciara.





2. LA HERENCIA DE LA GUERRA



El 1.º de abril de 1939 terminó la Guerra civil, y Franco se encontró con un país deshecho, económica y humanamente. Se habían destruido fábricas y ciudades, y asolado campos y cosechas. La economía y la producción en todos sus sectores quedaron por los suelos y había muerto en la contienda una parte sustancial de las clases dirigentes españolas y de la juventud mejor preparada que pudiera levantar y reconstruir el país. Lo único que abundaba era el hambre y la miseria, a veces no sólo física, sino también moral, en sectores importantes de la población; y heridas sangrantes por los asesinatos, por las muertes, por los exilios. Y sobre ello, y como era natural, vinieron las plagas y las epidemias. Este fue el país que teníamos en el año 39; con los rescoldos, además, de odios y crímenes, muertes y venganzas, enfrentamientos a unos y otros.

Cuando se enjuicia ahora la labor del Régimen de Franco se olvida el punto de partida. Y se olvida que no contamos, además, con ninguna ayuda externa para nuestra reconstrucción, porque a los pocos meses de terminar nuestra Guerra empezó la Segunda Guerra Mundial, y de ella sólo problemas añadidos nos llegaron. Pero los españoles, con un esfuerzo impresionante, entre hambres y escaseces, fuimos levantando el país. La paz y el trabajo fueron la base. Y, sin duda, una dirección acertada del Régimen de Franco que potenció todo eso, que evitó nuestra entrada en la Segunda Guerra Mundial y fue restañando las heridas de nuestra guerra y superando los enfrentamientos entre españoles, que era inevitable que se prolongaran y tuvieran sus secuelas durante bastantes años; pero que al final del Régimen se habían olvidado o convertido en un mal recuerdo, y la convivencia en paz y el respeto eran la tónica general.

Y el Régimen de Franco fue levantando nuestra economía al mismo tiempo que mejoraba las condiciones sociales de nuestro pueblo. Porque, para desvirtuar las engañosas versiones que presentan al Régimen como la gran victoria del capitalismo y su dominio abrumador sobre los trabajadores y los sectores más débiles, conviene recordar que el Fuero del Trabajo, primer instrumento de defensa de los derechos de los trabajadores, se dictó en 1938, en plena Guerra, incluso antes que el Fuero de los Españoles; que en los primeros años de la posguerra se creó el Seguro de Enfermedad, los subsidios familiares, el Seguro de Vejez e Invalidez, y el Mutualismo Laboral. La justicia social fue desde el comienzo una de las banderas del Régimen. Y fue uno de los ideales que invocó Franco en su testamento poco antes de morir.

El 23 de noviembre de 1975 se enterraba a Franco en el Valle de los Caídos, y con ello se cerraba un periodo de casi cuarenta años de la Historia de España. Sería inútil negar que durante ellos se cometieron errores. Incluso errores importantes. Pero lo es más aún intentar negar o desconocer que durante ellos España no sólo se reconstruyó y recuperó su convivencia y su paz, sino que se desarrolló y prosperó social y económicamente, realizando una transformación que la situó entre los países industrializados del mundo, lejos de las zonas de subdesarrollo, y cambió el nivel cultural y cívico de España y los españoles.





3. EL «MILAGRO ESPAÑOL»



Todos los especialistas en materia coinciden en señalar que costó más de quince años de dificultades, penurias y esfuerzos superar las consecuencias de la Guerra. Fueron los años del hambre, del estraperlo, del pluriempleo. Pero en 1951 se inicia realmente el periodo más importante de nuestro desarrollo. El periodo 1959-1975 permitió dar el gran salto económico a la sociedad española, abandonando el subdesarrollo para incorporarse el grupo de países industrializados y desarrollados donde llegamos a alcanzar una posición muy superior a la que teníamos en los años treinta.

Hay algunos datos especialmente indicativos, como han resaltado economistas prestigiosos. Entre 1960 y 1974, la Renta Nacional de España en términos de precios constantes creció el 155%, equivalente a una tasa anual acumulativa del 6,9%, crecimiento excepcional, sólo superado por Japón en sus años buenos, entre los países de la OCDE. Entre 1960 y 1975, el producto interior bruto creció siempre por encima del crecimiento de los países europeos y de Estados Unidos. A veces hasta doblándolo. (A partir de 1975 siempre crecimos por debajo de Europa y la OCDE, salvo el corto periodo de 1987-1990, en que nuestro crecimiento fue superior, cosa que afortunadamente también parece que ha sucedido en 1996 y 1997).

El crecimiento económico era tan espectacular, ¿por qué no decirlo?, que se llamó el «milagro español» a nivel internacional. Ya nadie quiere acordarse de ello, y muchos españoles de hoy ni siquiera recordarán haberlo oído nunca, pero otros seguro que lo recuerdan. ¿Y en qué consistió el milagro? Sencillamente, en potenciar el ahorro y el trabajo, en crear ilusión y confianza, en estimular nuevas industrias y fuentes de riqueza, en no gastar más de lo que podíamos. El gasto público suponía sólo el 25 por 100 del PIB, mientras ahora pasa del 50 por 100. La diferencia iba al ahorro y a la inversión privados, a la creación de puestos de trabajo, lo que a su vez producía más riqueza y mayor empleo…

Este crecimiento permitió el incremento del nivel de vida de los españoles, acercándose con creciente rapidez a ese grupo reducido de países que forman el mundo desarrollado. Nuestro nivel de convergencia con la Comunidad Europea en capacidad de compra de los españoles, alcanzó el punto más alto de nuestra Historia en 1975, en que se acercó al 80 por 100, nivel que no se pudo mantener en los años siguientes. Son datos estadísticos recogidos en estudios científicos imparciales de técnicos y organismos nacionales e internacionales. En un libro publicado precisamente por el Instituto de Estudios de Prospectiva del Ministerio de Economía y Hacienda en 1990, es decir, en pleno período socialista, pueden leerse algunos de estos datos, que luego pueden ampliarse en los Cuadernos de Información Económica, que publican las Cajas de Ahorro, bajo la dirección de Fuentes Quintana, o en los estudios del Banco de Bilbao Vizcaya. Los estudios económicos de Juan Velarde, uno de los más prestigiosos economistas de España, son especialmente expresivos de la evolución de la economía española en este periodo.

En el último estudio de la Fundación del BBV se reconoce que nuestro nivel de renta, comparado con la media europea había descendido en 1995 dos puntos en relación con 1975, y que en el período 1960-75, el PIB creció en España a una media del 6,7 por 100, mientras el de 1975-85 fue del 2,5 por 100, y el de 1985-96 del 3,1 por 100. Actualmente, parece que estamos creciendo por encima del 3 por 100, porcentaje satisfactorio. Por encima de Europa, a cuyo nivel medio de convergencia volvemos a acercarnos.

En 1960 todavía la agricultura y la pesca incorporaban el 44,7 por 100 de la población ocupada española, dato que va unido siempre a un retraso en el desarrollo económico. En 1974 ese porcentaje era ya del 24 por 100, lo que evidencia que estábamos entrando en el modelo económico de los países desarrollados y pone de manifiesto el impresionante esfuerzo que hubo que hacer en inversiones y formación profesional para conseguirlo.

La sensible elevación del nivel de vida y de la capacidad adquisitiva de amplios sectores de la población, conjugada con la concentración de la actividad productiva en la industria y los servicios, el correlativo incremento de la población urbana y la nueva estructura ocupacional, con incrementos considerables del personal asalariado de nivel superior, determinaron una alteración sustancial de la estructura social de nuestro país, con un importante crecimiento de las llamadas clases medias que se convirtieron en elemento capital del equilibrio de nuestro sistema sociopolítico.

La considerable estabilidad de fondo con que España se adentró en los cambios de los años setenta, las posibilidades evolutivas para su convergencia con las sociedades europeas más avanzadas, y la incorporación de los más amplios sistemas representativos sin traumas, se apoyaron, en parte, sobre esa amplia clase media que vino a llenar el vacío de la revolución burguesa que, al no realizarse en la mayor parte de España cuando en Europa, tanto condicionó luego nuestra historia contemporánea. Tal vez fuera éste, de la creación de una amplia clase media, el legado más valioso, cara al futuro, del Régimen de Franco. Junto con la creación de un profundo sentido nacional y una ilusión colectiva, motores formidables de la reconstrucción y el desarrollo.

El nivel de empleo es otro dato que no conviene olvidar, y no sólo por su significación económica, sino por su trascendencia social. El crecimiento económico supuso, por encima de todo, empleo, y empleo estable para los españoles. En mi tiempo de Ministro el paro no llegó nunca al 3 por 100 de la población activa, mientras que no hace falta recordar el porcentaje actual. Se dice que ello era por la emigración, y no es verdad, aunque no dejara de influir. Como también influía que la mujer tenía todavía poco peso en la población activa.

Pero era, sobre todo, porque entre 1960 y 1975 se crearon en España más de un millón y medio de empleos netos, mientras que en 1995, según los estudios antes mencionados y a pesar del incremento total de población española, teníamos menos población ocupada que en 1975. La población ocupada en 1975 era de 13.128.000 personas y en 1995 era solo de 12.859.000. Pero valdría la pena no quedarse sólo en estas cifras absolutas. Si se desciende un poco más al detalle, en las series estadísticas, se ve, por ejemplo, que en 1975 había 7.327.000 asalariados en el sector privado y 1.289.000 empleados públicos, mientras en 1995 había sólo 6.895.000 asalariados en el sector privado (500.000 menos que veinte años antes) y 2.134.000 empleados públicos (casi un millón más). Es decir, medio millón menos en la economía productiva y un millón más en la Administración pública. Que cada uno saque sus propias conclusiones.

Algo han mejorado estas cifras en 1996 y 1997, pero sin que la mejora sea todavía suficiente. Se dice que a final de 1997 tenemos, por fin, la misma cifra de «población ocupada» que teníamos a la muerte de Franco. No se tiene en cuenta el incremento de población total y del PIB que deberían haber elevado a la «población ocupada» a una cifra sustancialmente mayor para que pudiera equipararse a la de 1975. Ni se tiene en cuenta el excesivo y desproporcionado incremento de «población ocupada» en las Administraciones públicas, con lo que en la economía privada seguimos por debajo.





4. AVANCES ECONOMICOS Y SOCIALES



El crecimiento económico fue acompañado de avances sociales en todos los órdenes. Fueron los años de las Ordenanzas y Reglamentaciones Laborales, de la mejora de la ayuda familiar, que llegó a suponer una parte importante del salario, de la creación de una auténtica Seguridad Social comparable con cualquiera de las europeas, que cubría al final del período el 87,8 por ciento de la población total española. Fueron los años de la modernización de la Sanidad española y la creación de los modernos hospitales por toda la geografía nacional. Y fueron también los años de la formación profesional a través del PPO de la Organización Sindical y las Universidades Laborales. El esfuerzo que en política de protección social se hizo en el Régimen de Franco lo pone de manifiesto el dato de que los gastos sociales, que en 1960 representaban en 22 por 100 del gasto público total, pasaron a representar el 50 por 100 en 1975.

Y en el orden laboral, la protección, garantía y seguridad del trabajo y el salario fueron un objetivo permanente. Ahora se dice que llegamos demasiado lejos, pero para nosotros el trabajo era un valor fundamental, básico para la economía, pero sobre todo para cada hombre y para cada familia. El empleo estable no sólo fue un bien para el trabajador, sino también para la economía; y a la vista están los resultados que obtuvimos. Ahora parece que la panacea (no sólo en España, sino en el mundo) está en la inestabilidad y la precariedad de la relación laboral. Dios quiera que algún día no tengamos que arrepentirnos, incluso económicamente; pero sobre todo social y humanamente. La Unión Europea parece que ha empezado a comprenderlo en el Tratado de Amsterdam de 1997, que pretende darle un enfoque más social.

El esfuerzo que hizo España en aquellos años en reconstrucción y modernización de nuestra red de carreteras, en incremento de embalses y regadíos, en repoblación forestal, en construcción de viviendas sociales, en hospitales y ambulatorios, no tiene parangón por su volumen proporcional y porque además se hizo con un potencial y una riqueza nacional muy inferior a la que tenemos ahora. Y se hizo, además, sin endeudarnos excesivamente, porque recuerdo que mientras yo fui Ministro, el equilibrio presupuestario constituía uno de los dogmas del Gobierno. Vale la pena comparar algunas cifras de entonces con las de ahora.

Nuestros Presupuestos eran austeros y equilibrados: los del último año en que yo fui Ministro ascendieron a poco más de 650.000 millones de pesetas y poco más de 500.000 millones para la Seguridad Social. Los aprobados para 1998 ascienden a más de 36 billones, incluida la Seguridad Social, aprobándose además gastos de más de 4 billones para amortización de deuda pública. Todo ello sin contar los Presupuestos de las Comunidades Autónomas (que en nuestro tiempo no existían) y que suman cerca de otros 9 billones. La deuda pública del Estado era de menos de 1 billón en 1975 y se acercó a los 48 billones en 1997. Si se incluyen las administraciones territoriales, la deuda de las Administraciones públicas sobrepasó el 68 por 100 del PIB en 1997, más de 55 billones de pesetas. Se trata, por supuesto, de cifras nominales, pero su conversión a valores constantes sigue arrojando incrementos espectaculares sobre la situación a la muerte de Franco.

Con aquellos Presupuestos, y sin hipotecar al país para el futuro con una deuda como la que tenemos ahora, que va a pesar sobre la próxima generación de forma impresionante, el Régimen de Franco hizo lo que hizo, y que está ahí como testimonio real que podrá ser ocultado y silenciado, pero no destruido por la propaganda actual.

Por supuesto que no sólo se hizo un desarrollo económico-social. Fue muy importante también el desarrollo político en relación con las instituciones y las libertades y con la sucesión y reinstauración de la monarquía, preparando y haciendo posible el gran saldo que se dio luego en la transición. Es cierto que hubo restricciones en las libertades políticas y sindicales hasta el final, pero se abrieron cauces de participación cada vez más amplios y los españoles corrientes se sentían en el desarrollo de su vida libres y seguros.

Y España entera se transformó. Se transformó de una sociedad subdesarrollada, predominantemente agraria y rural, en una sociedad desarrollada predominantemente urbana, industrial y de servicios. De una sociedad cerrada y descompensada e inestable por las diferencias entre una minoría y la gran masa asalariada y campesina, en una sociedad más igualitaria y abierta, estabilizada por la creación de una amplia clase media y el acortamiento de las diferencias sociales, así como por la mayor igualdad en la protección de las necesidades básicas y en las posibilidades de promoción de todos. La España de 1975 en nada se parecía a la de 1936. Ni económica, ni social, ni culturalmente. Ni, gracias a Dios, en cuanto a nivel de convivencia.





5. FRANCO EN LA PRENSA



Invito, a quien de verdad quiera conocer o recordar el mayoritario sentir y la opinión pública en el momento de la muerte de Franco, sobre su persona y su obra, a que lea los periódicos de aquellos días. Comentaré sólo los más importantes.

ABC encargó la tercera página de su edición del día 21 de noviembre a Gonzalo Fernández de la Mora, quien hace en ella el riguroso juicio de Franco que corresponde a su alta categoría intelectual y a su lealtad. Y en ése, y en los días siguientes, recoge encuestas a nivel de calle y docenas de artículos de las personalidades más relevantes. La relación de los juicios recogidos y resaltados por ABC en honor y elogio de Franco sería interminable.

El periódico mismo definía su propia posición en un editorial que reprodujo en tres ediciones seguidas y en que decía entre otras cosas. «Ha desaparecido de nuestro ámbito el hombre que fue cerca de cuarenta años guía firme y estímulo infatigable de la sociedad española; a quien somos acreedores (debe querer decir deudores) de tan patrióticos y memorables actos de gobierno; el hombre que supo labrar el mejoramiento de las condiciones de vida y defender nuestra independencia amenazada por unos y por otros; desde el exterior y también desde el interior. Francisco Franco -y la Historia lo ha reconocido ya lo mismo que las naciones extranjeras- fue el estadista que en pleno asedio furioso durante la más cruel de las guerras entabladas en el mundo, supo con astucia y el más acentuado patriotismo, librar a España de una catástrofe que hubiera sido imparable…»

Ya, que no quedó atrás en la recogida de testimonios gráficos y escritos, decía en su editorial: «El hueco que deja Francisco Franco en la vida española y el espacio que pasa a ocupar en la Historia es tan grande que cualquier superlativo no haría más que empequeñecerlo… Ganó una guerra iniciada en condiciones prácticamente desesperadas. Durante la Segunda Guerra Mundial salvó la neutralidad de nuestra patria en circunstancias junto a las cuales palidece incluso la hazaña de la guerra civil. Sostuvo impávido el cerco internacional hasta que nos incorporamos al concierto de las naciones. Y en cuanto a la evolución interior, a la vista están los avances decisivos frente a las grandes lacras de nuestra historia contemporánea: la pobreza y la ignorancia… La sociedad española que ha dejado Franco es una sociedad nueva, completamente diferente de la que encontró cuando inició su mandato y mucho más adecuada para la culminación de la gran obra política que él mismo inició cuando empezó a desprenderse de la plenitud de poderes que pusieron en sus manos el 1 de octubre de 1936. Con todo merecimiento puede decirse de él que ha sido la gran figura española del siglo XX. »

Por su parte, La Vanguardia, además de las emocionadas reseñas de Pombo Angulo sobre el fervor popular en torno a Franco muerto, recogía testimonios de muchas personalidades. Garrigues, por ejemplo, decía que Franco había conseguido tres grandes victorias:«Victoria sobre el comunismo, que se había infiltrado poderosamente en el corazón del ejército derrotado. Victoria de no dejarse arrastrar a la guerra por el nazismo. Victoria del desarrollo económico al que llevó el país». Yo añadiría una cuarta victoria no menos importante que las otras, la victoria de la Justicia Social.

Pero el propio periódico daba su opinión en un comentario editorial en el que resaltaba el espíritu de convivencia conseguido, y terminaba diciendo: «Si Franco ha sido, como a veces se ha dicho, lo mejor del "franquismo", se comprende bien que el hombre que ha dado a éste nombre y sentido superara con su visión de futuro el inmovilismo… de quienes sin la clarividencia de su Jefe, quisieran acaso quedarse para siempre en un momento de la Historia de España… Superando los enfrentamientos de la guerra, el esfuerzo de los mejores en el Régimen que surgió de la victoria militar ha estado en integrar a todos los españoles en una unidad de vida y derechos… La previsión y el deseo de Franco fue que todos los españoles aprendiéramos a pasar del Régimen al Estado…».

Estos periódicos, y otros muchos que sería imposible citar, reflejaron la opinión pública mayoritaria sobre Franco y su obra, y el espíritu y las circunstancias socioeconómicas en que España quedó a su muerte. Y no se diga que todo esto se decía y se escribía por imposición, coacción o adulación. Todo esto se escribía y se decía cuando Franco ya estaba muerto.



Licinio de la Fuente




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