LIBROS:
Francisco Franco
Chamorro, Eduardo: Francisco Franco, ed. Plaza &
Janés, Barcelona 1998, 236 págs.
No es una biografía más de Franco, sino una colección
de ensayos, la mayoría de los cuales apenas tiene
relación con el personaje, así los que rehacen la
crónica de la Dictadura de Primo de Rivera o de la II
República. Hay también un capítulo sobre Acción
Española donde el autor sigue la monografía de Morodo y
no la reciente de González Cuevas (Vid. reseña en
«Razón Española», núm. 89, págs. 360-364) y, por
tanto, incurre en errores.
Franco es presentado como un monárquico, pero leal
colaborador del Gobierno republicano y contrario a todos
los golpes militares que van siendo concebidos o
realizados, hasta que el asesinato de Calvo Sotelo le
decide a sumarse al alzamiento que capitanea Sanjurjo y
dirige Mola. El autor interpreta incorrectamente la carta
de Franco al ministro S. Casares Quiroga (23-VI-1936) que
no es, como afirma, la «busca de un hueco bajo el sol
republicano», sino, evidentemente, una última
advertencia para frenar la radicalización
frentepopulista y evitar la guerra civil.
En los capítulos finales el autor, apoyándose en un
texto de Cassirer traido por los pelos, incluye un
ensayo, entre culterano y conceptista, para presentar a
Franco como un «mito» político sin que se acabe de
entender si se trata de un elogio o de una objección,
aunque más bien parece lo primero: Franco como
encarnación españolista del humanismo cristiano en
lucha contra la rusófila barbarie comunista.
En las páginas finales, el autor reproduce alguno de los
más falsos tópicos del antifranquismo. Por ejemplo, que
el ejército de Africa practicaba la «aniquilación»
cuando, como se le ha reprochado, la táctica de Franco
era avanzar con lentitud para evitar destrucciones y
bajas; que carecía de «teoría política» cuando antes
el autor afirma que dependía de la doctrina de Acción
Española; que «contemplaba con manga ancha la
corrupción administrativa» cuando la era de Franco es
la más honesta de la España contemporánea; que no
tenía «escrúpulos» cuando el proverbial
prudencialismo de Franco era la traducción de una
conciencia moral y nacional muy estricta; que tenía la
«ilusión autárquica» cuando la autarquía económica
fue la consecuencia del bloqueo y fue abandonada en
cuanto el contexto mundial lo hizo posible; que la
«prosperidad» de España fue ajena a Franco cuando era
él quien nombraba a los ministros y quien les daba la
base de poder para actuar (desde que murió, no hemos
cesado de alejarnos de la convergencia real con Europa);
etc. Además, el autor se hace eco de desinformaciones
tan absurdas que resultan cómicas. Por ejemplo, que en
los Presupuestos del Estado las fuerzas armadas y del
orden absorbían el 45 por 100; la realidad es muy otra,
(en 1950 2,6 por 100; 1960 1,7 por 100; 1970 1,6 por 100;
1975 1,5 por 100 del Pib). Otro divertido ejemplo es que
Franco consumía seis mil cartuchos en una jornada de
caza, lo que supone mil doscientos por hora, o sea,
veinte por minuto, uno cada tres segundos (habría que
usar decenas de escopetas repetidoras, criar y soltar
unas diez mil perdices, y ni el hombro de Hércules
podría resistirlo).
Hay un breve apéndice con opiniones sobre Franco donde
apenas se selecciona alguna de los que fueron sus
colaboradores próximos (Vid. el testimonial volumen
colectivo Franco visto por sus ministros, ed. Planeta,
Barcelona 1981) y se prefiere a críticos que no le
trataron.
Que después de obras fundamentales como las de los
profesores Ricardo de la Cierva o Luis Suárez, se
escriban páginas como éstas sin un sólo dato inédito,
no resulta intelectualmente justificable. No es un libro
de historia, sino de columnismo periodístico.
Quien pretenda conocer la vida y la obra de Franco
tendrá que acudir a otras fuentes.
A. Landa
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