Identidad
iberoamericana y globalización
Son
éstos tiempos de agudísima crisis. La revolución
industrial ha provocado desde hace unos tres lustros, una
revolución dentro de sí. Se la ha bautizado como la
Globalización. De momento, cuando surge una situación
revolucionaria como ésta, lo que contemplamos es, por
doquier, inestabilidad. Caben tres actitudes. La de los
que se regodean de tal manera con lo nuevo que no ven
más allá de lo recién aparecido. Se convierten así en
adictos de lo que ha surgido y, entusiasmados, estos
novatores, progresistas, o como quiera que se les
denomine, se lanzan a una casi alegre destrucción de
todo lo pasado. Frente a ellos surgen, también con mucha
fuerza, los que defienden este pasado. Es preciso detener
el carro de Faetón, y, después hacerlo retroceder; y
más fuertes que Josué convertir el orto en amanecer.
Estas tareas son siempre imposibles. El sol no retrocede,
y la historia tampoco. Pero estos reaccionarios, o como
se les quiera llamar, procuran que el milagro surja.
Los pueblos no pueden ser conducidos, ni por los unos,
porque brincan alegres entre las ruinas, ni por los
otros, porque enmohecen lo que tocan, lo convierten en
viejo, en desagradable. Afortunadamente, los pueblos
ricos, enérgicos, que juegan un papel en la historia,
saben sintetizar lo nuevo que parece avasallador, y lo
viejo que parece petrificado. Los que hacen esto
-¿necesito recordar, entre tales pensadores a
Tocqueville, a Burke, a nuestro Jovellanos, o entre los
políticos a un Guizot en Francia, a un Disraeli en Gran
Bretaña, a un Bismarck en Alemania, o a un Maura en
España?- se les suele denominar moderados,
conservadores.
El libro de Raúl Puigbó, La identidad nacional
argentina y la identidad iberoamericana1 pertenece a
alguien de esa estirpe. Su gran interrogación en estos
momentos, cuando da la impresión, para emplear una frase
de Berdiaef, de que «nos hemos salido del cuadro de la
historia», es conocer si esto es una catástrofe. Es
decir, señala Puigbó, «en este mundo empequeñecido y
globalizado, en el que el tiempo y el espacio se
comprimen como los chips de la informática, que nos
desconcierta, desacomoda y desasosiega, los argentinos,
que venimos de una determinada identidad cultural y
nacional, tenemos que preguntarnos, con no poca angustia:
¿qué somos?; ¿qué queremos ser?; ¿qué papel nos
toca asumir en el mundo y en la historia cuyos cambios
son tan rápidos que siempre nos toman de sorpresa y nos
generan incertidumbre?».
El libro, además, está inmerso en una especie, para
recoger una frase de Azorín, de feroz análisis de todo.
Porque Argentina daba la impresión de tener, como se nos
expone en ese formidable ensayo de la historia de la
patria de Puigbó que son sus capítulos II, III y IV,
voluntad de gran potencia. El proceso se inició el 2 de
mayo de 1808, como se recoge en el capítulo II, a partir
de una afirmación de José Luis de Imaz en Sobre la
identidad iberoamericana (Editorial Sudamericana, 1984):
«Más que independizarnos de España, España se nos
fue».
La independencia en el capítulo II; la «lucha
encarnizada entre unitarios y federales», con la salida
que encuentra la generación del 37 hasta culminar con la
Constitución de 1853, y a continuación, la que denomina
«la era aluvial», tomándola de la obra de José Luis
Romero, Las ideas políticas en Argentina (Fondo de
Cultura Económica, 1975), todo conduce a esa realidad
gozosa que va de 1880 a 1930. Parecía, pues, que este
progreso hacia la creación de una gran potencia
económica y política iba a dar un sentido a la
Argentina.
Hasta ahora vemos palpitar en las páginas de este libro
cómo se asienta la idea de la grandeza de la joven
nación. Un economista de fama indudable, Colin Clark, en
1942 señalará esto cuando escribe su ensayo La
economía de 1960. Para él era evidente que Argentina se
iba a convertir en una de las pocas grandes potencias
económicas mundiales.
De pronto, se provocó en la Argentina, «un fenómeno
98». Es esto normal en todos los pueblos con historia.
Siempre surge con una derrota militar, que acongoja, e
incluso que avergüenza al conjunto de la nación. En el
Reino Unido, esto, a partir de 1784, lo produjo la
separación de los Estados Unidos. Fue el momento en que
apareció así una literatura de análisis de lo que
había sucedido. Lo mismo sucedió en Francia tras
Sedán, en 1870. No digamos en el fraterno Portugal, tras
el ultimátum de lord Palmerston de 1890. El nuestro
acaba de tener su centenario... No es preciso seguir.
Para Argentina, el 98 ha sido la derrota de las Malvinas,
que inmediatamente se unió a otra derrota que expuso en
paralelo Aldo Ferrer: la económica. La hiperinflación y
la crisis de la deuda externa terminaron por conformar la
conciencia de la derrota en todos los niños que habían
leído en Billiken, al pie de cada página, como se
recoge en este libro, «Las Malvinas son argentinas», y
que al reflexionar sobre lo que había traído a la
República del Plata a sus padres, o a mil otros
inmigrantes, comenzaban a dudar si era cierto lo de la
opulencia innata del país. «Nos creíamos ricos y sin
problemas» se lee en la pág. 21. En la 16 había
señalado que la frustración del retorno de las Malvinas
se unía a «la primera derrota de nuestra historia».
Yo, como amigo de Argentina, he escudriñado también
estos años con mis luces de economista y me he
encontrado con que todo comenzó en 1930, porque
Argentina se desconectó de la economía mundial llevada
del nacionalismo político inmerso, de modo clarísimo,
en el régimen del general Uriburu. El patriotismo
argentino combatió a sangre y fuego el Tratado
Roca-Runciman, y abominó de Pineda. En el fondo,
decidía que era posible «vivir con lo nuestro», como
después sostuvo Aldo Ferrer, y como se susurraba desde
la CEPAL, a partir del mensaje de ese otro gran
economista argentino que fue Raúl Prebisch. El célebre
profesor de Chicago, Jacob Viner, en unas conferencias en
la Fundación Getulio Vargas, en julio y agosto de 1950,
denunciaba que Argentina era captada por el señuelo de
«fantasías maliciosas e historia conceptual o falseada
o, en el mejor de los casos, (de) meras hipótesis
referidas a períodos especiales y necesitadas de una
comprobación seria y objetiva.
De eso también es de lo que pretende escaparse este
libro, al escabullirse de algo que, si no, atenazaría
para siempre a un país que ha entrado en decadencia.
Leamos en la pág. 126: «Antes -hasta no hace mucho-
sentíamos el orgullo de ser la avanzada de
Latinoamérica, nos creíamos los europeos de América
Latina y que Buenos Aires, como nos llamara Rubén Darro,
era la Atenas del Río de la Plata. Hasta un escritor
ecuménico como Borges podrá proclamar, sin rubor, que
éramos europeos en el exilio. Ahora, que hemos sido
relegados por otros países en el liderazgo
iberoamericano y que aceptamos resignados una posición
de retaguardia, tras otros países hermanos como Brasil,
Chile, México y Perú, que nos aventajan en el ritmo de
desarrollo, parecemos entregados a una resignación
fatalista
(propia) de los pueblos decadentes».
Nada digamos si la actual crisis económica se le entra
de rondón a la Argentina por la ventana del Brasil.
Por eso, el libro se articula, tras estos capítulos de
exordio, sobre cómo salvar a Argentina como tal,
aceptando la globalización y si es obligado resolver,
además, la gran pregunta de si es posible hacerlo
«iberoamericarizando» el país.
Para seguir avanzando era necesario aclarar cuál es la
identidad, la mismidad me atrevería a decir, de
Argentina. La respuesta es ese bloque de los Eurindia V y
Vl en los que se recoge todo lo que hay escrito de
interés sobre la materia. Desde El mito gaucho de Carlos
Astrada, a Ricardo Rojas y su Eurindia. Esta síntesis, y
la indagación que la sustenta, madura, perfecta, será
consultada en adelante como fuente obligada de todos los
que quieran enterarse de qué es lo que caracteriza a la
Argentina como algo singular, diferente, en el mundo.
Pero tal identidad, ¿tiene posibilidad de resistir en
solitario el formidable choque de la globalización?
Echemos mano de España. Desde 1947, con los trabajos
iniciales de Larraz y Manuel de Torres, o desde 1962 con
la Carta de Castiella, hasta culminar el 2 de mayo de
1998, al constituirse en uno de los once pueblos
fundadores de la Eurozona, nuestra patria decidió que
necesitaba, para mantener su ser, vincularse por un lado,
pero con mucha fuerza, a Europa. Ello significaba,
adicionalmente, alterar toda la economía castiza
española. También España decidió relacionarse
intensamente con Iberoamérica, porque así recibía
importantes ventajas culturales, políticas, económicas.
Teníamos sentido como nación en Europa, pero no
podíamos prescindir de las «economías externas» del
ámbito iberoamericano. Europa pasó a ser para España
lo que la tierra para Anteo. Sólo pisándola adquiría
fuerza. Pero ésta la proyectó sobre Iberoamérica. No
en balde es ya uno de los países de la Unión Europea
con mayor inversión en la región y, muy especialmente
en Mercosur y en su casi adherido Chile, donde ocupa ya
el primer puesto entre los países europeos.España,
pues, lo tiene claro.
Argentina tiene las cosas más complicadas porque en el
continente americano siempre rivalizó con los Estados
Unidos. Aparte de ello, efectivamente Norteamérica ha
desarrollado algún proyecto de área de librecambio -el
NAFTA o TLC, desde el Yukón al Yucatán- y no es
imaginable que le interese ir más allá de algún
programa de este tipo. Es importante la existencia de un
área de librecambio, pero ésta no es un mercado común,
ni tiene la proyección futura unitiva de un mercado
común, como, en cambio históricamente se contempla en
la configuración de Italia y, sobre todo en la de
Alemania, y ahora en la creación de Europa. Además el
conjunto europeo constituye un mercado unido formidable
en cuanto a su potencia económica.
Pero formar parte de un área de librecambio es sólo
parte de las posibilidades. Argentina, en primer lugar,
tiene ante sí el reto de consolidar el Mercosur junto
con Brasil y, al mismo tiempo, el de actuar como el gran
adelantado de Iberoamérica, junto con México. La
respuesta de Raúl Puigbó a si tiene futuro Argentina
es, por tanto, positiva. Argentina tiene la suerte de
estar en la operación del Mercosur que, como se lee en
las págs. 223-249, constituye «la cuarta zona de
prosperidad emergente del mundo, en estos momentos, con
200 millones de habitantes (en 1997) y un PIB superior a
los 600.000 millones (de dólares). Su población
representa el 50% de la población total de América
Latina y, asimismo, absorbe el 50% del PIB de América
Latina». Por otro lado, el Acuerdo Marco Interregional
de Madrid, firmado en diciembre de 1995 entre Mercosur y
la Unión Europea crea posibilidades crecientes para
jugar de otro modo al que se creía ya inexorable en el
ámbito argentino. La irritación norteamericana fue
visible de modo inmediato. Recuerdo una reunión de la
Asociación Bancaria de la República Argentina, en la
que se borró todo eufemismo respecto a una radical
oposición frente a la opción europea. Raúl Puigbó no
disimula en su libro que (pág. 249) «la opción europea
nos otorgó una mayor seguridad de mantener los
tradicionales lazos culturales e históricos con Europa
y, a la vez, asegurar nuestra identidad como región y
como naciones que reconocen sus orígenes en la
civilización occidental forjada de la conjunción de
tres herencias históricas; el derecho, legado por Roma;
el sentido de la libertad, legado por los pueblos
germánicos, y la concepción religiosa del cristianismo,
que introdujo la unidad de todos los hombres cualquiera
que sea su color u origen».
Es evidente que dentro de este nuevo sueño, se afianza
la idea tradicional argentina de liderar un espacio
original, opuesto al norteamericano, al que se le cede
México -y probablemente, Centroamérica y el Caribe-,
con lo cual surge, como futuro del Mercosur, una Unión
del Sur, o Unión Iberoamericana que pasaría, de acuerdo
con el ensayo de Abel Posse, Del bastión de Mercosur a
la Unión Iberoamericana, publicado en «Fundación.
Política y Letras», en septiembre, de 1996, de «una
alianza fundada en las ventajas económicas recíprocas,
a una unidad política y estratégica de proyección
universal». Al decir de Posse, debe ser este proyecto,
«una gran empresa de naciones y no de gobiernos». Pero
el permanente telón de fondo, es el iberoamericano que,
(pág. 267), «nos convoca inexorablemente a la unidad
que se alcanzará en tanto y en cuanto se afirme y
consolide la identidad Iberoamericana». Esta es
radicalmente opuesta a la norteamericana, pues Puigbó se
solidariza con lo que sostiene Vintila Horia en su libro
póstumo Reconquista del Descubrimiento (Siglo XXI,
1992): «Las dos Américas son dos razas, dos paisajes,
dos idiomas, dos culturas, dos historias y dos religiones
diferentes, antagónicas desde un principio. El Sur no
completa a la del Norte, ni ésta a aquélla. Sus pasados
constituyen en el fondo dos bases para dos futuros,
también diferentes», porque ambos mundos «se han
formado dentro de una visión religiosa de la vida, la
cató1ica y la puritana, y en ella seguirán sus
derroteros; y es lo que determinará sus futuras
idiosincrasias», de donde se nutrirá un conflicto
«hasta el fin de los tiempos».
Es natural que Puigbó en este libro comulgue con las
aportaciones de Vintila Horia, pues en aquel mismo
volumen éste escribió que «cada uno de los miembros de
la comunidad hispánica de naciones, desde el más
pequeño hasta el de más peso, desde la Nicaragua de
Rubén Darío hasta la Argentina de Borges, y el México
de Rulfo y de Vasconcelos, han contribuido con algo
sumamente importante en el salto eidético, que aquella
parte del mundo está dando en nombre de su propia unidad
y en el de las esperanzas del hombre».
Por otro lado, era 1ógico que existiese desde finales
del siglo XIX una reacción muy clara frente a
Norteamérica en todo el ámbito iberoamericano. En las
páginas 388-389 recogerá Puigbó del libro de José
Luis Rubio, La rebelión mestiza (ZYX, 1966), esta
confesión del presidente Taft expuesta en 1912: «No
está lejos el día en que tres banderas estrelladas
señalarán, en tres puntos equidistantes, la extensión
de nuestro territorio: una en el Polo Norte; otra en el
Canal de Panamá, y la tercera en el Polo Sur. Todo el
hemisferio será nuestro de hecho, como lo es ya
moralmente en virtud de nuestra superioridad de raza».
El contenido de esa originalidad iberoamericana es
expuesto con acierto en el capítulo IX «Mestizaje
étnico» y, todo hay que decirlo, con garbo, como al
mostrarnos cómo fue exactamente la «guerra del fin del
mundo». También se desarrolla en el X «Aculturación o
integración cultural» y en el XI «Obra misional y
aculturación», llenos ambos, como sabe hacer muy bien
Puigbó, de detalles significativos que, en vez de
dispersar por su abundancia, ayudan a comprender el
fenómeno.
El final tiene también un sentido que intenta explicar
desde Iberoamérica, a la que había diferenciado en la
pág. 338, al señalar: «Iberoamérica no es igual a
América Latina, que abarca a los pueblos antillanos, con
los que no tenemos afinidad cultural, ni histórica, ni
lingüística, ni religiosa. Cuando hablamos de
Iberoamérica pensamos en los pueblos surgidos de las
antiguos civilizaciones precolombinas y que fueron
fecundados por el aporte étnico, cultural, lingüístico
y religioso de las naciones ibéricas: España y
Portugal. Estamos refiriéndonos a una región con
identidad propia, a la que José Vasconcelos llamó raza
cósmica, Pedro Henríquez Ureña llamó magna patria,
Bolívar llamó nación de repúblicas, Ricardo Rojas
llamó euroindia y que nosotros preferimos, como José
Luis de Imaz, llamar Iberoamérica, porque en suma, su
identidad se fundamenta en un común ethos, un código
moral único, una Weltanchauung peculiar; un modo
particular de ser, de estar y de vivir y, por último y
consecuentemente, un destino común. Para expresarlo con
palabras de Víctor Massuh -en El llamado de la Patria
Grande (Editorial Sudamericana, 1983)-, la «patria
grande» de Iberoamérica posee la conciencia de la
unidad histórica, la comunidad de ideales y la
autonomía de una cultura».
Para coronar el libro, aparecen, en primer lugar, en el
capítulo XII, «Los precursores de la integración
iberoamericana», donde vemos desfilar, en lógica
vanguardia, a los libertadores, donde inequívocamente se
inclina Puigbó más por la idea de San Martín -quien,
según Máximo Etchecopar en El fin del Nuevo Mundo
(Edición corregida, 1984) era «más español que
americano»-, que por la de Bolívar, porque está de
acuerdo Puigbó con la tesis de Etchecopar de que «a
Bolívar le movía
su antiespañolismo y su
desmedida anglofilia; su finalidad era unir las dos
Américas, la del sur y la del norte». Tras ellos vemos
aparecer a la que denomina la generación
antiimperialista, esa que Antonio Lago ha unido tan
sagazmente a nuestras peripecias intelectuales tras 1898,
esto es, la generación del argentino Manuel Ugarte,
aquél que, como acertó a señalar Nieves Pinillos, en
su biografía en Ediciones Cultura Hispánica, 1985,
«salió argentino y vuelve hispanoamericano» tras sus
numerosos viajes, y el que con Leopoldo Lugones y José
Ingenieros estuvo entre los fundadores del Partido
Socialista Argentino, con el que rompió porque en el
órgano bonaerense de éste, «La Vanguardia», se habló
despectivamente de las repúblicas hispanoamericanas.
También es la generación del mexicano José
Vasconcelos, quien, como recoge Puigbó en la pág. 377,
«consideraba que en el futuro se llegaría a plasmar una
forma política que lograse la unidad económica,
mediante la supresión de las aduanas y la reunificación
de la enseñanza». Es la generación igualmente
antipositivista del dominicano Pedro Henríquez Ureña,
quien según Ernesto Sábato, combatió «contra las
fórmulas comtiana y spenceriana del positivismo y, por
tanto, contra las groseras metafísicas del naturalismo
científico», desde, dice también Sabato, aquella
«silueta ligeramente encorvada y pensativa, con su traje
oscuro y su sombrero siempre negro, con aquella sonrisa
señorial y ya un poco melancó1ica». No olvida Puigbó,
en la página 38, -con un complemento en la 389- incluir
en esta generación al uruguayo José Enrique Rodó,
quien en su Ariel «alertó sobre el peligro de seguir a
Calibán, el genio del utilitarismo, que amenazaba ahogar
nuestra vida espiritual y desnaturalizar el ideal de la
magna patria, la América española». También relaciona
con ella al peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, el
fundador junto a Luis Alberto Sánchez, de la Alianza
Popular Revolucionaria Americana (APRA), quien difundió,
como nos recuerda Puigbó en la pág. 386, la idea de
constituir «una Federación Iberoamericana, que debía
sustentarse en una unión económica y aduanera, como
único medio para frenar la expansión imperialista de
América del Norte». Cierran la marcha los que llama
Puigbó los «otros precursores», entre los que destaca
al nicaragüense Rubén Darío, convertido, subraya, «en
voz iberoamericana.... en su extraordinaria Oda a
Roosevelt..., en su Salutación del optimista», con lo
que como dice Julio Ycaza Tigerino, se convirtió «en el
vate profético de la Hispanidad».
Para que no quede ningún cabo suelto en sus puntos de
vista, dedica el capítulo Xlll a una crítica implacable
contra el indigenismo, esa «utopía arcaica», como la
definió Mario Vargas Llosa, expresión que glosa así
Puigbó en la pág. 392: «Es utopía porque no tiene
fundamento en la realidad y resulta arcaica -o quizá
deberíamos llamarla anacrónica- porque es como poner en
marcha al revés el reloj de la historia». La serie de
pensadores indigenistas podría decirse que es la
iniciada por el peruano Manuel González Prada, de quien
fue discípulo José Carlos Mariátegui, el cual unió el
marxismo al indigenismo, y por donde andan José
Frisancho, el siempre importante José Marra Arguedas, el
mexicano Moisés Saez
Servidores todos de las
palabras con las que Puigbó cierra este libro: «la
utopía arcaica ya fue, pero nunca más será».
Es este un libro que un español acabará leyendo de modo
apasionado. Es una obra, además, que se citará, en
adelante, una y otra vez, en cada ocasión en que se
exponga el iberoamericanismo. Es en fin, un colosal
intento, en medio de una globalización inexorable que es
capaz de anegar nuestra cultura hispana, de recuperar
nuestras señales de identidad para que no se disuelvan
en un magma masivo y apestoso.
Juan Velarde Fuertes
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