Neohabla y totalitarismo

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Neohabla y totalitarismo

Por L. Sanchez de Novellán

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Neohabla y totalitarismo

El lenguaje se ha de utilizar con propiedad y precisión, ya que el idioma es la expresión del pensamiento. En la celebérrima novela 1984 de Orwell, el inquietante «doblepensar» va unido al uso de la «neohabla», la cual dificulta o imposibilita la crítica de lo establecido. La vinculación entre la política y la lengua, la expresó Orwell conectando el caos político con la decadencia del idioma.


En la novela de Orwell1 se plantean y adelantan temas de plena vigencia en la actualidad: la amenaza de los totalitarismos taimados y encubiertos, la supresión de la volundad individual, el establecimiento sutil de un sistema de pensar que elimina la libre decisión, la manipulación de la verdad, etc.


La corrupción de la lengua hablada y de la memoria es un síntoma de la sumisión de quienes son manipulados y dirigidos, no sólo por el poder, sino también, y de forma más perversa, por los medios de comunicación de masas. Vivimos en una sociedad peligrosamente permisiva, pero también vigilada y mediatizada por la propaganda y por la censura subliminal de los «mass media», lo cual nos convierte cada días más en autómatas uniformes. Existen «Grandes Hermanos» que nos dominan sutilmente, y por ello podríamos preguntarnos: ¿No es posible que la pobreza de vocabulario, especialmente de muchos jóvenes, no sea una variante de la «neohabla», con su maligna simplicidad? Orwell captó que la tendencia al totalitarismo y a la uniformidad simplificadora no era solo un problema institucional o estructural, sino también un problema gnoseológico.
En la minimización de la memoria histórica, en la simplificación y degradación del idioma, en la reducción del pensamiento crítico, en la eliminación de los matices, podemos observar algunos trazos que caracterizan a la sociedad de masas, en la cual la permanencia y subsistencia de una cultura humanista, con contenido axiológico y ligada a la herencia de una tradición elevada y crítica, parecen heroicidades. La cultura refinada se apoya y fundamenta en una larga tradición humanista, en una secular batalla por la expresión libre de la verdad.


La simplificación del lenguaje, hasta casi convertirlo en caricatura, y manipulación sistemática de la memoria histórica hacen progresar la mentira política. La ficción, lo irreal, el engaño, se han generalizado de tal modo en el campo de la política que la reacción social que se ha producido frente a la mendacidad sistemática, es la del general escepticismo y la de la desconfianza2.


Los nuevos medios de comunicación han creado una «neohabla» que ha venido a permeabilizar a toda la sociedad controlando, manipulando, e incluso creando la opinión pública. El contenido estético de la telepantalla se convierte en modelo ideal, en arquetipo; y ciertos usos del lenguaje o ciertos giros de la «neohabla» mediática devienen en pautas culturales o patrones de comportamiento.


Los eslóganes de los medios audiovisuales convertidos en máximas universales se ha producido como consecuencia de haber desterrado el concepto de privacidad. La modernidad ha supuesto la anemia de la vida interior, la uniformidad homogeneizadora de la conducta y un exterior que invade la interioridad de cada invididuo3.


Deleuze insiste: «El poder oculto se confunde con sus efectos, sus soportes, sus medios de comunicación de masas, sus radios, sus televisiones, sus micrófonos: no actúa más que por la reproducción mecánica de las imágenes y de los sonidos»4.


Las pretensiones no confesables del poder pretenden codificar la vida en un número determinado de acciones permitidas, donde no haya lugar a los efectos, a los sentimientos, a las improvisaciones, al diálogo con los otros, donde el individuo sea aparato receptor, y no emisor.


Más no es suficiente el empobrecimiento paulatino y calculado del lenguaje tradicional, sino que se hace necesaria la creación de una «neohabla» que evite el peligro del desarrollo del pensamiento, del desarrollo personal del discurso5. Se simplifica la lengua tradicional, se eliminan los sinónimos, se construyen neoantónimos, se pretende reducir la lengua a la mínima expresión, dejarla en el chasis6.


La «neohabla» es el lenguaje de los ordenadores trasplantado a la mente humana, la cual se pretende organizar como la de aquéllos, eliminando cualquier indicio de humanidad. Hombres dóciles y maleables, moldeados por la técnica y dirigidos desde el poder, los cuales responderán en términos automáticos, sin brechas ni fisuras por donde pueda alumbrarse el «logos» individual.


El infierno orwelliano está en camino. Los individuos empiezan a expresarse en la jerga políticamente ortodoxa, en la «neohabla» alienante; la comunicación ha muerto, el diálogo se ha extinguido, la lectura y la escritura se sustituyen por la imagen. Son pasos hacia una civilización errada, en la cual bajo apariencia de libertades las dimensiones de la represión adquieren enorme dimensión.


La utopía negativa o antiutopía se ha hecho realidad, corrompiendo y empobreciendo el lenguaje, reduciéndolo a un mero código más capaz de transmitir simplemente órdenes que de ser utilizado como elemento de comunicación. Estamos digeriendo grandes dosis de nihilismo. El postpensamiento no será pensamiento tal como hasta ahora se ha entendido; lo ortodoxo, lo políticamente correcto (political correctness), será «nopensar».


Luis Sánchez de Movellan




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