Cinismo
Puede
que Pinochet sea finalmente extraditado y juzgado en
España o no, pero los argumentos de la izquierda en este
asunto -que son los que aquí interesan- han sido
reiterados en estos días hasta la saciedad.
Se trata exactamente del tipo de razones que,
previamente, la izquierda occidental (conmocionada sin
duda por la lectura del Libro negro del comunismo)
descalificó como sinónimos de empecinamiento en la
guerra fría y revanchismo en el caso de que se planteara
su aplicación a los países del centro y del este
europeos, resucitados a la explotación capitalista tras
la implosión del régimen más solidario que hayan visto
los siglos. Conocemos muy bien, por tanto, la muy
distinta receta de la izquierda occidental para estos
casos: travestimiento de los antiguos comunistas en
socialdemócratas, abundantes créditos a fondo perdido
de los países capitalistas, empezando por los del
imperialismo norteamericano, unas gotitas de mercado,
pero preservación a ultranza de las que siguen llamando
conquistas de la revolución.
Ha dado exactamente igual que en los países en que se ha
seguido esta receta, Rumania y Bulgaria hasta hace poco
tiempo, o en los que se vuelve a ellas, como la Rusia de
Yevgueni Primakov y antes la de Viktor Cherdomirdyn, el
resultado haya sido desastroso. Lo malo eran las
«terapias de choque» y el «capitalismo salvaje» a lo
polaco y, en menor medida, a lo húngaro o a lo checo, y
ese juicio no se ha rectificado, sino que se insiste en
él a la menor oportunidad.
En el caso de Cuba incluso los dos rusos citados
representarían una provocación intolerable, pues es
evidente que la izquierda occidental no piensa hacer otra
cosa que tolerar a Fidel Castro en el poder hasta su
muerte, jaleando cualquier concesión graciosa del
dirigente cubano, que no dictador, y oponiéndose con
uñas y dientes a cualquier presión, no digamos a un
juicio por violación de derechos humanos, que sería
tachado de fascista sin ambages. (Si bien los cubanos
harían muy bien en desempolvar sus informes sobre
violación de derechos humanos y traérselos al juez
Garzón, a ver que pasa). En todo este griterío anti
Pinochet existen, además, otros aspectos que llaman la
atención. La total descontextualización política de
Salvador Allende, por ejemplo. Este era un demócrata,
sufrió un golpe militar salvaje y punto. ¿Le interesa a
alguien de la izquierda recordar que, entre 1970 y 1973,
la discusión política en el Chile de Allende, dentro de
la izquierda, giraba alrededor de si era más eficaz
neutralizar el Estado burgués desde la legalidad o
asaltándolo desde fuera mediante el armamento de las
organizaciones obreras? ¿Quién se ha molestado en
recordar desde la izquierda que el famoso compromiso
histórico lo planteó el Partido Comunista italiano a la
Democracia Cristiana de aquel país por haber concluido
de la experiencia chilena que, por la vía democrática,
los cambios que quería introducir Allende requerían, al
menos el apoyo del 60 por 100 de la opinión y del
parlamento y no del 36 por 100, como fue el caso de
Chile?
Al compromiso histórico no tardó mucho en seguirle,
viviendo todavía Berlinguer, no sólo la aceptación de
la OTAN por los comunistas italianos, sino otra
conclusión no menos relevante: que la economía
estatizada formaba parte necesaria del régimen
totalitario a la soviética; esto es, que nunca hubo vía
democrática al socialismo, porque uno y otra son
incompatibles, al menos cuando el socialismo significa
colectivización económica, y eso fue lo que significó
el socialismo de Allende, junto con la hiperinflación.
Es decir, que a Massimo D'Alema ningún Pinochet le dará
un golpe, pero no porque no haya alguno dispuesto, sino
porque D'Alema, Blair, Jospin, Schroeder y González
saben perfectamente que un programa como el de Allende no
puede resistirlo ninguna democracia en el mundo sin
perecer, por obra de un Allende o por la de un Pinochet.
Se habla ahora de la tercera vía a propósito de si la
izquierda europea será capaz, siguiendo los pasos del
laborista Tony Blair, de poner algo sobre las ruinas de
lo que fueron el modelo soviético y el sueco. Tal vez
sí, tal vez no. Pero es desolador comprobar hasta qué
punto señorea en la izquierda una cultura política
puramente ideológica, sin auténticos valores morales
que conlleven la rectificación doctrinal o la derrota
política cuando la defensa de esos valores así lo
exija, que está volcada siempre en una dialéctica
mediocre y capciosa de amigo-enemigo y argumentando al
grito limpio una moralidad de geometría variable según
el tipo de dictadura de que se trate.
No parece, en definitiva, que se esté dispuesto a poner
fin a la ambigüedad política y moral del antifascismo,
que fue muy real, y asumir de una vez que, entre otras
muchas cosas, la pertenencia de Stalin a la coalición
antihitleriana no convirtió a éste en el campeón de la
democracia del siglo XX, ni altera un ápice la
naturaleza criminal de su régimen. Como tampoco ser
antifranquista equivalía por definición a credenciales
de coherencia democrática y no digamos a una especial
aptitud para restablecer la libertad política de
España. Ni, finalmente, los crímenes atribuidos a
Pinochet hacen de Castro un benefactor del pueblo cubano,
aunque sólo sea por la duración en el poder de uno y de
otro. Pero claro, todo esto es lo que se llama, en los
muñecos de Canal Plus «el rollo de Fidel Castro». (Por
cierto, ¿se han fijado ustedes en que, para la
izquierda, España tiene intereses empresariales
indeclinables que defender en Cuba, pero no en Chile?)
Luis Arranz Notario
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