El Mal Menor

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El Mal Menor

por J. Nagore

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El Mal Menor

Característica de tiempos en que flaquea la firmeza doctrinal es la llamada doctrina del mal menor=bien posible; es decir, del todo da lo mismo, y todos somos iguales: personas y familias; municipios y regiones; nacionalidades y Nación; patrias y Patria. No fue así, en la reciente historia de España, ni lo es en la actualidad aunque vuelva a predicarse en todos los tonos «la necesaria adaptación al mal menor para intentar el bien posible», o la conveniencia de la igualdad tolerante de principios, de doctrinas y de prácticas. Y esto en todos los campos: el familiar y el social, el jurídico y el moral; y, por supuesto, en el campo político.
Precisamente con el título, El fracaso de una táctica y el camino de la restauración, un insigne religioso, el Padre Vélez, escribió un libro, editado en julio de 1936, que era una crítica de la táctica de la CEDA, en los años anteriores al Alzamiento; y a los principios democrata-cristianos que la inspiraron. Autor y libro desaparecieron. El Padre Vélez asesinado en la zona roja; su libro, raído de las linotipias; la preconizada táctica de colaboración a ultranza, fracasó rotundamente. Con las mismas palabras de Gil Robles, fundador y jefe de la CEDA: «No fue posible la paz».
¿Con qué y con quiénes se postulaba entonces la colaboración? Pues con las gentes, con los partidos, y con las concepciones ideológicas diametralmente opuestas a las cristianas, y a las hispánicas. Y esta colaboración se preconizó, distorsionando incluso la doctrina pontificia, en favor de la que Rafael Gambra llamó: «Táctica adhesionista y paralizadora».
Víctor Pradera, asesinado casi al mismo tiempo que el Padre Vélez, escribió el prólogo al libro de éste. Resumió en él lo antinacional de la táctica cedista con estas palabras: «Elevar a normal las excepciones, que la prudencia circunstancial puede aconsejar, es subvertir los fundamentos de la moral. El mal menor no es apetecido por la voluntad, porque ningún mal puede serlo. El mal menor, como todos los males, se soporta. Sólo por aberración puede ser proclamado como fin de una política, como algo que ha de ser querido y alcanzado. El bien posible quedaría reducido a aquél que la buena voluntad del enemigo nos permitiera alcanzar. Tal doctrina se redujo a esto: siendo los católicos incapaces de alcanzar el bien por sus esfuerzos, finalidad de ellos ha de ser un mal menos grave, o el bien, en su caso, que el enemigo quiera tolerarles. Una política inspirada en tal subversión de valores no podía dar otros resultados que los que nos punzan en nuestra carne y en nuestro espíritu».
Desde 1977 se vuelve a predicar, y no sólo políticamente, la misma doctrina. Por un gobierno de católicos como el de UCD, ¿debió aceptarse la excusa de que las leyes y las conductas descomprometidas con sus creencias cierran el paso a otras leyes y a otras conductas, a otras doctrinas peores? La reforma de las leyes sobre la familia, junto con sus derivaciones (ley del aborto, leyes sobre la enseñanza religiosa, etc.) contestaron ya al interrogante. Ganó, pues, aquella táctica. Los que se autoproclamaron católicos abrieron el paso a una política anticristiana. Fue así, y sigue siendo así; pues después del gobierno del PSOE, con su táctica a estos efectos del mal mayor, el gobierno del PP parece reanudar el camino de UCD, y aunque sin tanta extremosidad, el de antaño la CEDA.
No es este el camino. En todos los campos, aun en el de mínimas implicaciones morales, la táctica del mal menor debe rechazarse. No hay mal menor ni bien posible en unos consensos o pactos al margen o en contra del bien común -que no es el bien de la mitad más uno- que podrían traer la división de España; y que, en cambio, hacen posible y dan la razón a irracionales racismos vueltos hacia una oscuridad de siglos muertos.
Mirar hacia atrás ha de valer como lección para no sumergirnos en el pasado. Recordemos que el separatismo catalán no obtuvo de aquella católica república del 31 al 36, la carta semiestatal del Estatuto, semillero de sediciones. Recordemos que una minoría parlamentaria vasco-navarra argumentó la persecución anticatólica en el resto de España y la conveniencia de poner un «dique autonomista para preservar la religiosidad del país». Una postura combatida enérgicamente por Pradera: «Soy -decía- enemigo de un estatuto que nos conceda un régimen (el republicano) anticantólico. El deber español y católico es robustecer la unidad patria para que España salga del caos con fuerza para reconstruirse».
Años antes que Pradera, el vizcaíno, diplomático y poeta Ramón de Basterra sabía también lo que le separaba de aquellas tácticas. Hoy lo saben asimismo muchos españoles otra vez desengañados de los políticos del mal menor y del bien posible. Entonces se experimentó lo que ahora se vuelve a recordar, que «cuando el pasado nos está cerrado como un muro de piedra y hay tan violentas fuerzas contenidas como en nosotros se revuelven, no hay otro cauce de escape que lo venidero». Esto se llama unidad nacional en torno a unos principios que tienden al bien común seguro y no al posible, y que repudian no ya el mal menor, sino el mal a secas.
En 1931 se pactó con el error. En 1977 hubo consenso con él. En 1998 tal consenso permanece. Olvidamos así la lección de que los pactos con el error, al someter a la verdad y al bien, son pactos de desunión y no de unión; envilecen a los buenos y alegran a los que no lo son.

Javier Nagore Yárnoz




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