nº 93 Editorial. Razón y razonadores

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Razón y razonadores

Editorial. nº 93

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Editorial: Razón y razonadores

Lo exclusivo y propio del hombre actual es la razón y, privado de ella, se convertiría en una bestia aunque conservara la columna vertebral erguida y las manos libres. Ciertos disminuidos psíquicos demuestran que el factor hominizador es el logos y no los demás caracteres somáticos. La razón es la frontera más decisiva de todo el árbol de la vida: a un lado los inferiores y dominados, del otro el superior y dominador.



Pero en el área racional no impera la homogeneidad igualitaria, sino diferencias estratificadoras. Unos razonan poco y mal, mientras que otros razonan más y mejor. Dentro de nuestra especie lo que cualifica a cada individuo es su quantum de logos, su densidad razonadora. Todos humanos; pero unos más que otros.



La función de la razón es el conocimiento de la realidad mediante el establecimiento de relaciones entre las partes y el todo. Y porque el pensamiento racional va unido a la palabra, el logos es capaz de objetivar el conocimiento, acumularlo y conservarlo a pesar de la muerte de los individuos. Así la gran prótesis cultural con que se robustece la especie humana trasciende a la caducidad de las generaciones y logra permanecer y perfeccionarse. Pero esta capitalización de conocimientos, que es lo más valioso de la Historia, no es una labor colectiva y popular, sino individual y selecta.



La vanguardia razonadora es una exigua minoría. Entre centenares de millones de seres, sólo unos pocos han incrementado verdaderamente el caudal de conocimientos. El proceso de los saberes, desde la física hasta la lógica, se apoya en unos pocos nombres. La ingente muchedumbre que permanece como espectadora o usuaria de ajenas invenciones constituye una especie de gran comparsa colectiva en la ejecución de la Historia. Demasiados figuramos en esa grey anónima y gris cuya racionalidad es más pasiva que activa. Todos los hombres normales somos constitutivamente racionales, pero sólo ciertos egregios son estrictamente razonadores.



Es vana la pretensión de interpretar los comportamientos de los hombres desde la perspectiva de la razón porque la inmensa mayoría, ni piensa ni obra razonablemente. Por eso, la mentira es políticamente más eficaz que la verdad, el mito más popular que el argumento, y el sentimiento más compartido que el raciocinio y la verificación experimental.



La división más decisiva de la Humanidad no es entre blancos y de color, ni entre explotadores y explotados, ni entre varones y mujeres, ni entre genios y mediocres, sino entre razonadores y sentidores. Ningún hombre encarnado puede ser un razonador puro, pero cabe aproximarse a ese ideal. El prototipo es el científico, el que incrementa el acervo de conocimientos respetando el principio de no contradicción y depurando y sistematizando los datos experimentales. A lo largo de milenios, millones de individuos en las zonas más primitivas de nuestro planeta no han enriquecido ni en un adarme el capital cognoscitivo de la Humanidad. Unos cuantos en momentos estelares han protagonizado los grandes saltos, por ejemplo, ciertos griegos del siglo IV a C.



Los sofistas y demagogos tienden a calificar de cultura cualquier ocurrencia humana. Pero una cosa es lo folklórico y otra lo estrictamente científico, una cosa es lo pintoresco y otra la innovación verdadera. El número de razonadores se ha incrementado en proporción casi geométrica durante el siglo que ahora expira, y hay áreas de la vida humana, como la salud, que no han cesado de racionalizarse y de progresar; pero restan campos inmensos apenas roturados por el logos, como la política práctica porque modelos institucionales y prejuicios ideológicos lo impiden tenazmente. Estamos aún lejísimos del sapiente soberano de los diálogos platónicos, de la política positiva comtiana, o de la logoarquía que deberá sustituir al arbitrismo.



Desde el Renacimiento, la razón pura avanza mucho más velozmente que la razón práctica, estacionada y, en nuestro tiempo, incluso regresiva. Ese profundo desajuste, esa divergencia, esa parcial involución es el gran problema intelectual del siglo XXI. Superávit empírico y déficit ético. Hay un extraño y suicida pudor de la élite razonadora para ocuparse del deber. Pero el objeto de la razón es el ser y también el bien.



¿En qué proporción soy sentidor o razonador? La respuesta da la medida de la hominidad. Un número quizá aún más importante que el cociente intelectual porque no es el del logos en potencia, sino en ejercicio. Valoremos según la genuina pauta del hombre.

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