Editorial:
Razón y razonadores
Lo
exclusivo y propio del hombre actual es la razón y,
privado de ella, se convertiría en una bestia aunque
conservara la columna vertebral erguida y las manos
libres. Ciertos disminuidos psíquicos demuestran que el
factor hominizador es el logos y no los demás caracteres
somáticos. La razón es la frontera más decisiva de
todo el árbol de la vida: a un lado los inferiores y
dominados, del otro el superior y dominador.
Pero en el área racional no impera la homogeneidad
igualitaria, sino diferencias estratificadoras. Unos
razonan poco y mal, mientras que otros razonan más y
mejor. Dentro de nuestra especie lo que cualifica a cada
individuo es su quantum de logos, su densidad razonadora.
Todos humanos; pero unos más que otros.
La función de la razón es el conocimiento de la
realidad mediante el establecimiento de relaciones entre
las partes y el todo. Y porque el pensamiento racional va
unido a la palabra, el logos es capaz de objetivar el
conocimiento, acumularlo y conservarlo a pesar de la
muerte de los individuos. Así la gran prótesis cultural
con que se robustece la especie humana trasciende a la
caducidad de las generaciones y logra permanecer y
perfeccionarse. Pero esta capitalización de
conocimientos, que es lo más valioso de la Historia, no
es una labor colectiva y popular, sino individual y
selecta.
La vanguardia razonadora es una exigua minoría. Entre
centenares de millones de seres, sólo unos pocos han
incrementado verdaderamente el caudal de conocimientos.
El proceso de los saberes, desde la física hasta la
lógica, se apoya en unos pocos nombres. La ingente
muchedumbre que permanece como espectadora o usuaria de
ajenas invenciones constituye una especie de gran
comparsa colectiva en la ejecución de la Historia.
Demasiados figuramos en esa grey anónima y gris cuya
racionalidad es más pasiva que activa. Todos los hombres
normales somos constitutivamente racionales, pero sólo
ciertos egregios son estrictamente razonadores.
Es vana la pretensión de interpretar los comportamientos
de los hombres desde la perspectiva de la razón porque
la inmensa mayoría, ni piensa ni obra razonablemente.
Por eso, la mentira es políticamente más eficaz que la
verdad, el mito más popular que el argumento, y el
sentimiento más compartido que el raciocinio y la
verificación experimental.
La división más decisiva de la Humanidad no es entre
blancos y de color, ni entre explotadores y explotados,
ni entre varones y mujeres, ni entre genios y mediocres,
sino entre razonadores y sentidores. Ningún hombre
encarnado puede ser un razonador puro, pero cabe
aproximarse a ese ideal. El prototipo es el científico,
el que incrementa el acervo de conocimientos respetando
el principio de no contradicción y depurando y
sistematizando los datos experimentales. A lo largo de
milenios, millones de individuos en las zonas más
primitivas de nuestro planeta no han enriquecido ni en un
adarme el capital cognoscitivo de la Humanidad. Unos
cuantos en momentos estelares han protagonizado los
grandes saltos, por ejemplo, ciertos griegos del siglo IV
a C.
Los sofistas y demagogos tienden a calificar de cultura
cualquier ocurrencia humana. Pero una cosa es lo
folklórico y otra lo estrictamente científico, una cosa
es lo pintoresco y otra la innovación verdadera. El
número de razonadores se ha incrementado en proporción
casi geométrica durante el siglo que ahora expira, y hay
áreas de la vida humana, como la salud, que no han
cesado de racionalizarse y de progresar; pero restan
campos inmensos apenas roturados por el logos, como la
política práctica porque modelos institucionales y
prejuicios ideológicos lo impiden tenazmente. Estamos
aún lejísimos del sapiente soberano de los diálogos
platónicos, de la política positiva comtiana, o de la
logoarquía que deberá sustituir al arbitrismo.
Desde el Renacimiento, la razón pura avanza mucho más
velozmente que la razón práctica, estacionada y, en
nuestro tiempo, incluso regresiva. Ese profundo
desajuste, esa divergencia, esa parcial involución es el
gran problema intelectual del siglo XXI. Superávit
empírico y déficit ético. Hay un extraño y suicida
pudor de la élite razonadora para ocuparse del deber.
Pero el objeto de la razón es el ser y también el bien.
¿En qué proporción soy sentidor o razonador? La
respuesta da la medida de la hominidad. Un número quizá
aún más importante que el cociente intelectual porque
no es el del logos en potencia, sino en ejercicio.
Valoremos según la genuina pauta del hombre.
Razón
Española
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