Pinochet y la derrota marxista

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Pinochet y la derrota marxista

Por Sergio de Castro

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Pinochet y la derrota marxista

Marxismo. La revolución de 1917 llevó al comunismo al poder en Rusia a través de una serie de actos que se transformaron en un patrón clásico para la toma del poder por los marxistas de cualquier país: la ocupación de las calles por bandas organizadas, armadas de garrotes y de otros instrumentos disuasivos; el asesinato friamente calculado de los opositores políticos, académicos, militares, religiosos, sindicales y empresariales que se constituyeran en un peligro para sus objetivos de dominio total de la sociedad. La infiltración ideológica en los medios de comunicación, en las instituciones religiosas y militares, en las universidades y en las agrupaciones artísticas.
El avance más rápido del marxismo se produjo después de la Segunda Guerra Mundial cuando Stalin logró engañar a Roosevelt y apoderarse -uno a uno- de los países de Europa Oriental. El método fue siempre igual siguiendo los pasos clásicos antes enunciados y que pueden resumirse en el asesinato de cualquier opositor. De esta manera, empezaron a sumarse los más de cien millones de personas que el marxismo asesinó en su loca carrera por el poder total sobre todos los países del mundo para establecer la dictadura del proletariado.
A nuestro vecindario, el marxismo llegó, como realidad posible, en 1959, con el ascenso al poder de fidel Castro, ayudado por los medios de comunicacióin estadounidenses que lo alabaron como un revolucionario romántico que impondría la democracia en Cuba. Pero la careta democrática de Castro no tardó en caer, pues no pudo seguir ocultando su marxismo. Instalado en el poder, tuvo que hacer evidentes sus intenciones ante sus compañeros de la revolución y entró en conflicto con muchos de ellos que habían creído luchar por la democratización de Cuba. Sobrevinieron, entonces, los asesinatos de todos los que se atrevieron a oponerse. La trágica debilidad de Kennedy permitió y liquidó la invasión de Bahía Cochinos con lo que Fidel salió fortalecido y se constituyó en el ejemplo anhelado por todos los partidos marxistas de Latinoamérica.

Allende y la revolución armada. En 1967, con Cuba como modelo e inspiración, se funda en La Habana la Organización Latinoamericana de solidaridad (OLAS), con el fin declarado de dar los pasos necesarios para conquistar todo el continente. ¿Cómo? ¡Con el patrón clásico, por supuesto! Los partidos marxistas chilenos declaran, ya en 1965, que la única forma de hacerse con el poder en las sociedades burguesas es por la fuerza; señalan que ésta es legítima e inician la organización de fuerzas paramilitares para ejercer la violencia necesaria a sus fines.
Allende es una figura importante en OLAS y, obviamente, comparte los métodos diseñados para acceder al poder. A fines de los 60 empiezan los robos armados a los bancos, realizados por quienes Allende tildaría de «jóvenes idealistas» al concederles el indulto después de ser elegido Presidente en 1970.
El marxismo mundial estaba exultante: la elección democrática de Allende les abría las puertas para apoderarse de Argentina, Uruguay, Brasil, Perú... y el resto de Latinoamérica con proyecciones halagüeñas para el mundo.
Electo Allende, se inician en Chile (patrón clásico) los crímenes políticos. Cae asesinado Edmundo Pérez Zujovic a manos de un entusiasta grupo llamado Vanguadia Organizada del Pueblo (VOP). No alcanzaron a entender que se habían adelantado en el libreto y que con ello podrían poner en peligro los planes futuros de la jerarquía marxista: fueron rápidamente identificados y, más rápidamente aún, eliminados por la Policía de Investigaciones, que «lamentablemente» no puedo apresar a ninguno para que sirviera de testigo e informara acerca de los autores intelectuales del delito. Un último integrante de la VOP no detectado entró en el cuartel de Investigaciones forrado en cartuchos de dinamita que hizo explotar en una ensordecedora acusación de la traición de que sentía, se les había hecho víctimas.
La formación de «cordones industriales» que rodeaban no sólo Santiago, sino todas las ciudades de Chile, fueron el primer paso en la creación de las milicias populares; también lo fueron la importación de revolucionarios, procedentes de Argentina, Uruguay, Brasil, Perú, Cuba y casi todos los países de la Cortina de Hierro. La importación de armamento de toda el área marxista y, principalmente, de la isla caribeña alcanzó magnitudes sorprendentes y fue la base para el Plan Z, que se pondría en ejecución el 19 de septiembre de 1973. En dicha ocasión se procedería a «la eliminación física» de generales, almirantes y otros rangos de oficiales para reemplazarlos por elementos infiltrados.
Mientras tanto, continuaba la guerra política contra el Congreso y el Poder Judicial, que trataban de restablecer el orden constitucional gravemente atropellado por el gobierno, que pretendía estatizar la economía nacional por medio de tomas ilegales de los campos y de las industrias. Los fallos de los tribunales no eran acatados por el Ejecutivo, el cual, además, desafiante, los conminaba a abstenerse de hacer justicia contrariando las resoluciones dictadas por el Poder Judicial. Ello llevó a que la Cámara de Diputados y la Corte Suprema declararan, en agosto de 1973, que el gobierno se había tornado en ilegítimo por sus constantes atropellos a la Constitución.
Pero, además, el descalabro económico, social y político engendrado por la Unidad Popular había alienado al gobienro con la inmensa mayoría de la ciudadanía, que pedía a gritos la intervención de las Fuerzas Armadas y de Orden. los marxistas decian «no» a la guerra civil mientras se preparaban activa y diligentemente para desatarla, pero a iniciativa de ellos.
Los dirigentes de todos los partidos democráticos -incluyendo a la Democracia Cristiana- insistían en que la única posibilidad de salvar a Chile del yugo marxista era a través de la intervención de las FF.AA. y de Orden y la pedían antes de que fuera demasiado tarde. Ya se habían descubierto las maniobras de infiltración en las filas de la Armada para eliminar físicamente a los oficiales no sometibles. Finalmente, se produjo la ansiada intervención y, para la inmensa mayoría de los que hoy tenemos más de cuarenta y tres años, fue evidente que nos habíamos salvado de una dictadura totalitaria marxista a imagen y semejanza de la cubana, rusa y de los países de Europa oriental.

La mano militar. Paralelamente y ajeno a los acontecimientos políticos descritos, el soldado Augusto Pinochet había ido ascendiendo en el Ejército producto de su inteligencia, capacidad de trabajo, esfuerzo, acendrado amor por la patria y entrega total a su vocación militar. El destino lo ubicó como Comandante en Jefe del Ejército y ese 11 de septiembre de 1973 no vaciló en arriesgar su vida, y la de su familia, al encabezar al Ejército en el movimiento que salvó a Chile de las garras del marxismo.
Con enormes sacrificios personales y familiares, el ex Presidente lideró un gobierno que entre 1973 y 1990 transformó profundamente al país: creó una institucionalidad que situó a Chile en la vanguardia del desarrollo económico y social y restableció la democracia sobre bases sólidas y coherentes. En 1990, voluntaria y disciplinadamente, traspasó la banda presidencial al elegido en elecciones apacibles y transparentes. ¿Caso único en la historia?
La reacción del marxismo mundial fue proporcional al golpe recibido. Se había derrumbado el adorable castillo de naipes con que éste pensaba conquistar al resto de Latinoamérica. Pero no sólo eso, sino que además Pinochet demostraba que la libertad económica y la competencia eran la vía para el desarrollo económico y social y la única esperanza de derrotar la pobreza.
El efecto demostración en América Latina fue poderoso y tuvo también repercusiones en EE.UU., Europa e incluso en los propios países marxistas. Ahí empezó la feroz campaña internacional, aún no concluida para destruir la imagen del Presidente Pinochet. Su verdadero pecado es haber destruido el sueño de hegemonía marxista, al menos en Latinoamérica, en las puertas del horno.
En 1979 es elegida Margaret Thatcher en Gran Bretaña y ella también aplica, profunda y coherentemente, los principios de libertad económica y competencia. Su éxito también se constituye como ejemplo para el mundo en desarrollo y ocasiona mayor descrédito para el modelo marxista. En 1980 es elegido Ronald Reagan en EE.UU., también paladín de la libertad y de la competencia, quien desafía abiertamente a rusia a competir. En el terreno espiritual, el Papa Juan Pablo II inicia su campaña por la liberacion de conciencia de los países europeos sojuzgados por el marxismo ateo. Sobrevive el patrón clásico marxista, que encarga su asesinato a Ali Agca; pero proporciona fuertes golpes morales y espirituales que terminan por doblegar al cada vez más débil totalitarismo del siglo XX. El muro de Berlín se derrumba en 1989.

El odio cultivado. Los marxistas, incluso aquellos partidos socialistas que por estrategia política eliminaron dicho enunciado de sus declaraciones doctrinarias, no han podido perdonar ni perdonarán jamás al ex Presidente Pinochet por lo que hizo: detrozar su ambición de poder total en nuestro continente y contribuir a su derrota en el mundo. Salvar a su patria y caer en la estigmatización mundial han sido el sino de Pinochet.
Detenido en Gran Bretaña a pesar de su pasaporte diplomático, de estar en misión especial nombrado por el Gobierno chileno, de haber sido invitado por una institución de la defensa del Reino Unido y de contar, según el gobierno chileno, con inmunidad, no cabe duda que ha caído en una celada de incierto desenlace. El gobierno español ha considerado lícito arrebatar a Chile su soberanía y agredir su dignidad, autodeclarándose habilitado para que su Poder Judicial juzgue en España presuntos delitos cometidos en Chile durante 1973-1990 por el entonces Presidente Pinochet.
No cabe duda alguna del altísimo costo personal y familiar que nuevamente recae en el ex mandatario. Agravado, en este caso, por encontrarse físicamente disminuido por una operación en la espalda.
Los ex miembros de la Unidad Popular no han ocultado su alegría y tampoco el odio que sienten por el ex Jefe de Estado a pesar de que todos ellos siempre declararon que se habían reconciliado y que no sentían odio. A tal punto llega éste, que no tiemblan al aceptar y justificar la ofensa que se ha inferido al país al desconocer su soberanía y la capacidad y calidad de su Poder Judicial. En el extranjero es imposible un juicio imparcial, pues Pinochet ya ha sido juzgado y condenado: sólo resta ejecutar el castigo.

Un sacrificio revelador. Nuevamente, la patria le ha exigido un sacrificio al ex Presidente Pinochet. Este consiste en haber sido instrumento para desvelar la verdadera posición de los marxistas criollos de cara a la elección presidencial del próximo año. Pues si bien han caído las caretas revelando las verdaderas odiosidades de los falsamente autoproclamados reconciliados y renovados, también han caído infinitas vendas de los ojos de los que sí creíamos en dicha reconciliación y renovación.
Los que estamos en la galería y en la platea tenemos el derecho a nuestras emociones y pasiones y también a exteriorizarlas. Pero los dirigentes y los que aspiran a serlo, no tienen igual derecho. Es más, tienen la obligación de doblegarlas en beneficio general del país. Con este tipo de decisiones validan su calidad de dirigentes en vez de dirigidos. Aceptar y, peor aún, buscar la vejación del país para satisfacer pasiones de venganza demuestra lo inconveniente que para éste sería que estos partidos alcancen el gobierno.
Es de esperar que esta trágica circunstancia logre el acuerdo de voluntades necesarias para asegurar la unidad del centro-derecha, que así tendrá posibilidades de ganar la contienda electoral del próximo año o, al menos, impedir el triunfo de los que aún están inmaduros para gobernar.
Si así ocurriere, podemos estar seguros de que el ex Presidente Pinochet daría por bien empleado su sacrificio y aceptaría con «resignación» los sinsabores que dicho acto le puedan significar. Servir a la patria, aunque duela, es el sino de Pinochet.

Sergio de Castro




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