Pinochet y la
derrota marxista
Marxismo.
La revolución de 1917 llevó al comunismo al poder en
Rusia a través de una serie de actos que se
transformaron en un patrón clásico para la toma del
poder por los marxistas de cualquier país: la ocupación
de las calles por bandas organizadas, armadas de garrotes
y de otros instrumentos disuasivos; el asesinato
friamente calculado de los opositores políticos,
académicos, militares, religiosos, sindicales y
empresariales que se constituyeran en un peligro para sus
objetivos de dominio total de la sociedad. La
infiltración ideológica en los medios de comunicación,
en las instituciones religiosas y militares, en las
universidades y en las agrupaciones artísticas.
El avance más rápido del marxismo se produjo después
de la Segunda Guerra Mundial cuando Stalin logró
engañar a Roosevelt y apoderarse -uno a uno- de los
países de Europa Oriental. El método fue siempre igual
siguiendo los pasos clásicos antes enunciados y que
pueden resumirse en el asesinato de cualquier opositor.
De esta manera, empezaron a sumarse los más de cien
millones de personas que el marxismo asesinó en su loca
carrera por el poder total sobre todos los países del
mundo para establecer la dictadura del proletariado.
A nuestro vecindario, el marxismo llegó, como realidad
posible, en 1959, con el ascenso al poder de fidel
Castro, ayudado por los medios de comunicacióin
estadounidenses que lo alabaron como un revolucionario
romántico que impondría la democracia en Cuba. Pero la
careta democrática de Castro no tardó en caer, pues no
pudo seguir ocultando su marxismo. Instalado en el poder,
tuvo que hacer evidentes sus intenciones ante sus
compañeros de la revolución y entró en conflicto con
muchos de ellos que habían creído luchar por la
democratización de Cuba. Sobrevinieron, entonces, los
asesinatos de todos los que se atrevieron a oponerse. La
trágica debilidad de Kennedy permitió y liquidó la
invasión de Bahía Cochinos con lo que Fidel salió
fortalecido y se constituyó en el ejemplo anhelado por
todos los partidos marxistas de Latinoamérica.
Allende y la revolución armada. En 1967, con Cuba como
modelo e inspiración, se funda en La Habana la
Organización Latinoamericana de solidaridad (OLAS), con
el fin declarado de dar los pasos necesarios para
conquistar todo el continente. ¿Cómo? ¡Con el patrón
clásico, por supuesto! Los partidos marxistas chilenos
declaran, ya en 1965, que la única forma de hacerse con
el poder en las sociedades burguesas es por la fuerza;
señalan que ésta es legítima e inician la
organización de fuerzas paramilitares para ejercer la
violencia necesaria a sus fines.
Allende es una figura importante en OLAS y, obviamente,
comparte los métodos diseñados para acceder al poder. A
fines de los 60 empiezan los robos armados a los bancos,
realizados por quienes Allende tildaría de «jóvenes
idealistas» al concederles el indulto después de ser
elegido Presidente en 1970.
El marxismo mundial estaba exultante: la elección
democrática de Allende les abría las puertas para
apoderarse de Argentina, Uruguay, Brasil, Perú... y el
resto de Latinoamérica con proyecciones halagüeñas
para el mundo.
Electo Allende, se inician en Chile (patrón clásico)
los crímenes políticos. Cae asesinado Edmundo Pérez
Zujovic a manos de un entusiasta grupo llamado Vanguadia
Organizada del Pueblo (VOP). No alcanzaron a entender que
se habían adelantado en el libreto y que con ello
podrían poner en peligro los planes futuros de la
jerarquía marxista: fueron rápidamente identificados y,
más rápidamente aún, eliminados por la Policía de
Investigaciones, que «lamentablemente» no puedo apresar
a ninguno para que sirviera de testigo e informara acerca
de los autores intelectuales del delito. Un último
integrante de la VOP no detectado entró en el cuartel de
Investigaciones forrado en cartuchos de dinamita que hizo
explotar en una ensordecedora acusación de la traición
de que sentía, se les había hecho víctimas.
La formación de «cordones industriales» que rodeaban
no sólo Santiago, sino todas las ciudades de Chile,
fueron el primer paso en la creación de las milicias
populares; también lo fueron la importación de
revolucionarios, procedentes de Argentina, Uruguay,
Brasil, Perú, Cuba y casi todos los países de la
Cortina de Hierro. La importación de armamento de toda
el área marxista y, principalmente, de la isla caribeña
alcanzó magnitudes sorprendentes y fue la base para el
Plan Z, que se pondría en ejecución el 19 de septiembre
de 1973. En dicha ocasión se procedería a «la
eliminación física» de generales, almirantes y otros
rangos de oficiales para reemplazarlos por elementos
infiltrados.
Mientras tanto, continuaba la guerra política contra el
Congreso y el Poder Judicial, que trataban de restablecer
el orden constitucional gravemente atropellado por el
gobierno, que pretendía estatizar la economía nacional
por medio de tomas ilegales de los campos y de las
industrias. Los fallos de los tribunales no eran acatados
por el Ejecutivo, el cual, además, desafiante, los
conminaba a abstenerse de hacer justicia contrariando las
resoluciones dictadas por el Poder Judicial. Ello llevó
a que la Cámara de Diputados y la Corte Suprema
declararan, en agosto de 1973, que el gobierno se había
tornado en ilegítimo por sus constantes atropellos a la
Constitución.
Pero, además, el descalabro económico, social y
político engendrado por la Unidad Popular había
alienado al gobienro con la inmensa mayoría de la
ciudadanía, que pedía a gritos la intervención de las
Fuerzas Armadas y de Orden. los marxistas decian «no» a
la guerra civil mientras se preparaban activa y
diligentemente para desatarla, pero a iniciativa de
ellos.
Los dirigentes de todos los partidos democráticos
-incluyendo a la Democracia Cristiana- insistían en que
la única posibilidad de salvar a Chile del yugo marxista
era a través de la intervención de las FF.AA. y de
Orden y la pedían antes de que fuera demasiado tarde. Ya
se habían descubierto las maniobras de infiltración en
las filas de la Armada para eliminar físicamente a los
oficiales no sometibles. Finalmente, se produjo la
ansiada intervención y, para la inmensa mayoría de los
que hoy tenemos más de cuarenta y tres años, fue
evidente que nos habíamos salvado de una dictadura
totalitaria marxista a imagen y semejanza de la cubana,
rusa y de los países de Europa oriental.
La mano militar. Paralelamente y ajeno a los
acontecimientos políticos descritos, el soldado Augusto
Pinochet había ido ascendiendo en el Ejército producto
de su inteligencia, capacidad de trabajo, esfuerzo,
acendrado amor por la patria y entrega total a su
vocación militar. El destino lo ubicó como Comandante
en Jefe del Ejército y ese 11 de septiembre de 1973 no
vaciló en arriesgar su vida, y la de su familia, al
encabezar al Ejército en el movimiento que salvó a
Chile de las garras del marxismo.
Con enormes sacrificios personales y familiares, el ex
Presidente lideró un gobierno que entre 1973 y 1990
transformó profundamente al país: creó una
institucionalidad que situó a Chile en la vanguardia del
desarrollo económico y social y restableció la
democracia sobre bases sólidas y coherentes. En 1990,
voluntaria y disciplinadamente, traspasó la banda
presidencial al elegido en elecciones apacibles y
transparentes. ¿Caso único en la historia?
La reacción del marxismo mundial fue proporcional al
golpe recibido. Se había derrumbado el adorable castillo
de naipes con que éste pensaba conquistar al resto de
Latinoamérica. Pero no sólo eso, sino que además
Pinochet demostraba que la libertad económica y la
competencia eran la vía para el desarrollo económico y
social y la única esperanza de derrotar la pobreza.
El efecto demostración en América Latina fue poderoso y
tuvo también repercusiones en EE.UU., Europa e incluso
en los propios países marxistas. Ahí empezó la feroz
campaña internacional, aún no concluida para destruir
la imagen del Presidente Pinochet. Su verdadero pecado es
haber destruido el sueño de hegemonía marxista, al
menos en Latinoamérica, en las puertas del horno.
En 1979 es elegida Margaret Thatcher en Gran Bretaña y
ella también aplica, profunda y coherentemente, los
principios de libertad económica y competencia. Su
éxito también se constituye como ejemplo para el mundo
en desarrollo y ocasiona mayor descrédito para el modelo
marxista. En 1980 es elegido Ronald Reagan en EE.UU.,
también paladín de la libertad y de la competencia,
quien desafía abiertamente a rusia a competir. En el
terreno espiritual, el Papa Juan Pablo II inicia su
campaña por la liberacion de conciencia de los países
europeos sojuzgados por el marxismo ateo. Sobrevive el
patrón clásico marxista, que encarga su asesinato a Ali
Agca; pero proporciona fuertes golpes morales y
espirituales que terminan por doblegar al cada vez más
débil totalitarismo del siglo XX. El muro de Berlín se
derrumba en 1989.
El odio cultivado. Los marxistas, incluso aquellos
partidos socialistas que por estrategia política
eliminaron dicho enunciado de sus declaraciones
doctrinarias, no han podido perdonar ni perdonarán
jamás al ex Presidente Pinochet por lo que hizo:
detrozar su ambición de poder total en nuestro
continente y contribuir a su derrota en el mundo. Salvar
a su patria y caer en la estigmatización mundial han
sido el sino de Pinochet.
Detenido en Gran Bretaña a pesar de su pasaporte
diplomático, de estar en misión especial nombrado por
el Gobierno chileno, de haber sido invitado por una
institución de la defensa del Reino Unido y de contar,
según el gobierno chileno, con inmunidad, no cabe duda
que ha caído en una celada de incierto desenlace. El
gobierno español ha considerado lícito arrebatar a
Chile su soberanía y agredir su dignidad,
autodeclarándose habilitado para que su Poder Judicial
juzgue en España presuntos delitos cometidos en Chile
durante 1973-1990 por el entonces Presidente Pinochet.
No cabe duda alguna del altísimo costo personal y
familiar que nuevamente recae en el ex mandatario.
Agravado, en este caso, por encontrarse físicamente
disminuido por una operación en la espalda.
Los ex miembros de la Unidad Popular no han ocultado su
alegría y tampoco el odio que sienten por el ex Jefe de
Estado a pesar de que todos ellos siempre declararon que
se habían reconciliado y que no sentían odio. A tal
punto llega éste, que no tiemblan al aceptar y
justificar la ofensa que se ha inferido al país al
desconocer su soberanía y la capacidad y calidad de su
Poder Judicial. En el extranjero es imposible un juicio
imparcial, pues Pinochet ya ha sido juzgado y condenado:
sólo resta ejecutar el castigo.
Un sacrificio revelador. Nuevamente, la patria le ha
exigido un sacrificio al ex Presidente Pinochet. Este
consiste en haber sido instrumento para desvelar la
verdadera posición de los marxistas criollos de cara a
la elección presidencial del próximo año. Pues si bien
han caído las caretas revelando las verdaderas
odiosidades de los falsamente autoproclamados
reconciliados y renovados, también han caído infinitas
vendas de los ojos de los que sí creíamos en dicha
reconciliación y renovación.
Los que estamos en la galería y en la platea tenemos el
derecho a nuestras emociones y pasiones y también a
exteriorizarlas. Pero los dirigentes y los que aspiran a
serlo, no tienen igual derecho. Es más, tienen la
obligación de doblegarlas en beneficio general del
país. Con este tipo de decisiones validan su calidad de
dirigentes en vez de dirigidos. Aceptar y, peor aún,
buscar la vejación del país para satisfacer pasiones de
venganza demuestra lo inconveniente que para éste sería
que estos partidos alcancen el gobierno.
Es de esperar que esta trágica circunstancia logre el
acuerdo de voluntades necesarias para asegurar la unidad
del centro-derecha, que así tendrá posibilidades de
ganar la contienda electoral del próximo año o, al
menos, impedir el triunfo de los que aún están
inmaduros para gobernar.
Si así ocurriere, podemos estar seguros de que el ex
Presidente Pinochet daría por bien empleado su
sacrificio y aceptaría con «resignación» los
sinsabores que dicho acto le puedan significar. Servir a
la patria, aunque duela, es el sino de Pinochet.
Sergio de Castro
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