Pio Baroja y el Congreso de la República

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Pio Baroja y el Congreso de la República

Por J.A. Cepeda

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Pio Baroja y el Congreso de la República

La prensa, durante la II República, estuvo maniatada en la práctica, como hicimos ver en reciente artículo, pero no hasta el punto de que escritores como Ortega y Gasset, Baroja y Unamuno, ya desengañados, aceptasen la mordaza. Las mentes inteligentes, lejos de cualquier sectarismo o de un progresismo de cartón, cual sucede hoy con tipos siempre dispuestos a expedir certificados intelectuales o patentes democráticas, veían en la República del 14 de abril, que muchos recibieron con esperanza, todo un sistema adulterado. En «La Voz» o en «Abc» o en periódicos de provincias, sin olvidar «El Debate», aparecían comentarios que reflejaban la triste realidad en que vivía España. Existía el peligro de que Casares Quiroga, el peor Ministro de la Gobernación que se recuerda desde la época de Romero Robledo, cerrase por capricho una publicación, pero los directores procuraban forzar al «señorito de La Coruña» a transigir so pena de pasar por un dictador de opereta, que lo era.
Pío Baroja, un vasco cabal y español hasta su más profunda entraña, juzgó al parlamento republicano como se merecía. Y así, en 1932, escribe: «El Congreso, en este momento, no representa a la masa social española. Si la representara, sería un conglomerado desgarrado de opiniones contradictorias, de rencores y de furias. El Congreso actual es más bien apacible y mediocre, es una creación artificiosa y falsa. No puede ser otra cosa. Parece ser que está hecho pensando no en el país, sino en la ubicación del Palacio del Congreso de la Carrera de San Jerónimo. Está hecho también con la idea preconcebida de dar la impresión de que España es un país en su mayor parte socialista, lo que es falso».
Los socialistas, merced a los buenos servicios del alcalaino, gozaban de una prepotencia indeseable, pero salvo Besteiro que era hombre bondadoso y equilibrado, esperaban hacerse con el Poder en cuanto tuvieran ocasión, como sucedió en el dramático y sangriento octubre de 1934, modelo socialista de una acción antidemocrática. El resto de los diputados, exceptuando figuras que están en la mente de todos, poseía un perfil bajísimo. Eran el producto más vulgar de unas masas acostumbradas a la verborrea, a una grandilocuencia plagada de tópicos y a un desparpajo barriobajero. ¿Qué persona egregia estaba en condiciones de hablar en el caserón de los leones? El mismo José Antonio Primo de Rivera, alma selecta, tuvo un día que saltar varios escaños para hacer callar a un grosero que había llegado a juzgar con impudicia al general, su padre.
Pío Baroja, en otro artículo, pone el dedo en una llaga que comienza a ser purulenta y acabaría por dividir a España. Dice a últimos del citado año 1932: «El Parlamento no queda más que como una de tantas ceremonias de la democracia. Sin el altavoz de la prensa, el Parlamento tendría la misma resonancia que un congreso de turistas, de veterinarios o de dentistas. Nosotros, la mayoría, que no estamos dentro de la política, esperamos y deseamos que los políticos lo hagan bien, pero es difícil creer que lo torpe es hábil y lo desgraciado es afortunado. Este Congreso, con sus sabios leguleyos, ha dado a los españoles una serie de fórmulas que nadie apetece. Han asegurado que somos una República de trabajadores, a pesar de que cada español sospecha que somos un país donde abundan los vagos».
No le falta razón a Baroja. Asegurar, en una Constitución, que España es una República de trabajadores entra, de lleno, en una utopía propia de cerebros ajenos al rigor y al sentido lógico. El caso es usar una terminología que suene a un pueblo embobado por prédicas gratuitas. Torcuato Luca de Tena, en sus memorias, recuerda la mala impresión que le causó contemplar en las calles madrileñas gentes que, ante una manta abierta, pedían ayuda. Se trataba de braceros quemados por el sol y el cierzo, que sólo deseaban comer y hacer otro tanto con sus familias. Los braceros a quienes la supuesta República de trabajadores no fue capaz de ofrecerles una reforma agraria justa y ponderada, los braceros que a principios de 1933 son ametrallados por las fuerzas del Orden, enviadas desde Madrid para acabar con ellos en Casas Viejas, abrasándoles en una choza o fusilándoles sin piedad. Curiosa República de trabajadores. «Sucedió lo que tenía que suceder», manifestó cínicamente en el Congreso el autor de El jardín de los frailes.
En aquella República ¿dónde estaba la representación parlamentaria de la familia, del municipio, del trabajo, de la economía, de la cultura, de las profesiones? El Congreso se nutría de una partitocracia dispuesta a conseguir votos a cualquier precio, aunque hubiera de caer en actitudes de belitres, truchimanes y patrañeros. ¿No produce repugnancia la diputada que dice ser dueña de su cuerpo y, por tanto, puede matar a quien lleva en las entrañas cuando le venga en gana? ¿No se cae en el fango al pedir la legalización de las parejas de hecho, del sexo que sea, o en la pretensión de que el aborto sea libre, cuando éticamente es repudiable porque es tanto como legalizar el asesinato de inocentes criaturas incapaces de defenderse?
Finalmente, Pío Baroja muestra un acierto insuperable: «Con la Constitución íntegra pasa lo mismo. Nadie cree en ella. En España se han hecho ya trece Constituciones después de la Constitución de Cádiz, y se harán catorce, dieciséis, y todas ellas seran muy perfectas, pero no influirán en la vida. Todas esas reformas son en el papel, pero no en la realidad. Nuestros republicanos, unidos a los socialistas, han amenazado y no han dado, con lo cual han conseguido que los capitalistas estén asustados y los obreros exasperados. Respecto a represiones y violencias, los meses que llevamos de República han producido más muertos en las calles que cuarenta años de Monarquía».

José Antonio Cepeda




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