El ruido de las nueces

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El ruido de las nueces

Por Aquilino Duque

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El ruido de las nueces

Tuve yo un amigo, natural de Cartagena, que al concluir nuestra guerra pasó a Francia con las tropas derrotadas y, al producirse la invasión alemana, logró, después de mil peripecias, pasar de la Francia ocupada, a la de Vichy. Cuando aún estaba en un campo de prisioneros, tuvo un cruce de palabras con un suboficial alemán que cortó la conversación diciendo: «Estamos en guerra y sobran las palabras. Las armas hablan por nosotros». Algo de eso es lo que ocurre en nuestras provincias vascongadas. A la hora de las decisiones, son las armas las que tienen la última palabra, tanto si se utilizan como si se guardan para mejor ocasión. En el guirigay confuso con que se pretende contrarrestar el plomo y la metralla, hay quien pretende salvar el mobiliario parlamentario trazando una distinción entre los «violentos» y los «demócratas», o sea, entre los que sacuden el árbol y los que recogen las nueces, feliz tropo forestal de uno de los políticos españoles que mejor manejan en público la lengua de su paisano Ignacio de Loyola. Las nueces de que habla nuestro entrañable compatriota Arzallus se recogen en urnas de cristal o de plástico, lo cual explica que el árbol deje de sacudirse mientras las nueces se insaculan, no vaya a ser que alguna caiga sobre la cabeza de los pacíficos demócratas que las recogen en los colegios electorales. En el reparto de papeles del separatismo, como ya he dicho en otra ocasión, unos tiran la piedra y otros esconden la mano, o como dice el susodicho excorreligionario del P. Escobar, unos sacuden el árbol y otros cogen las nueces, pero hay pecados, y el de lesa patria es uno de ellos, en los que la Compañía siempre negó parvedad de materia.
A raíz de la revolución de los claveles andaba yo por Lisboa y vi un cartel que cruzaba una calle de balcón a balcón: «Associação dos deficientes das foças armadas». Pensé que por qué no se le proponía a Carandell que incluyera ese lema en su Celtiberia Show. No era oportuno ridiculizar a los soldados que habían hecho una revolución obturando con flores los cañones de los fusiles. El trabajo de Carandell tenía por objeto destacar lo esperpéntico de un país que a primera vista había dejado de parecerlo. Hoy se han invertido las proporciones, y lo que entonces podía ser una que otra excepción pintoresca, es la regla general, y buena prueba de ello son los breviarios del pensamiento de Sabino Arana1. La sindéresis y la ortografía de Sabino puede que fueran detonantes en su día. Hoy las deja en pañales las de cualquier sujeto de derechos humanos, por no hablar de la explosiva elocuencia de las armas. El peor defecto de Sabino es el mismo de Unamuno: la falta de sentido del humor. Con una pizca de humor, la lectura de sus máximas y jaculatorias sería tan divertida como la de las barbaridades de Baroja en El tablado de Arlequín. Sobre la persona de Sabino poco es lo que cabe añadir a la etopeya que de él traza Juaristi en El bucle melancólico. Esa etopeya, como ya dije, burilada al aguafuerte, contrastaba con otras, como la de Joseba Elósegui, otro elemento, trazada al pastel. Con ellos podría hacer juego un óleo, el de Zuloaga por Gregorio el Botero. ¡Qué triptico de la raza! Pura pata negra los tres. Siempre digo que lo único genuinamente ibérico que queda en España es el euskera y el pata negra.
Prologa el libro cuya lectura recomiendo un prohombre vizcaíno, Adolfo Careaga, miembro de la Fundación Sabino Arana. Con la autoridad que le da ser miembro de esa Fundación, Careaga alude al presunto testamento de Sabino antes de su muerte, no ya en el seno de la Santa Madre Iglesia por supuesto, del que nunca se salió, sino en el seno de la Madre España, con la que tuvo tiempo de reconciliarse. Prueba de ello, el artículo titulado Grave y Trascendental, publicado el 22 de junio de 1902 en su periódico «La Patria» y del que salió la llamada Liga de Vascos Españolistas.
Lo mejor que puede decirse de Sabino es calificar su locura de quijotesca, y nada tan genuinamente español como esa forma de locura. Nada tan genuinamente español y quijotesco como su retorno a la cordura, su recuperación de la razón perdida, si no como Don Quijote, en el lecho de muerte, al menos cuando ya sentía cerca la hora de la verdad.

Aquilino Duque




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