Los Estados confederados de España

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Los Estados confederados de España

Por L Bernaldo de Quiros

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Los Estados confederados de España

La denominada «Declaración de Barcelona» supone la creación de un frente nacionalista cuyo objetivo final es la desaparición del concepto de España y del modelo de Estado consagrados por la Constitución de 1978. Otra cosa es abogar por la creación de una Confederación. Desde una parte de la opinión, este hecho se contemplará como un exceso verbal más de los nacionalismos, sin incidencia práctica alguna; desde otra, la declaración programática conjunta del PNV, BNG y de CiU hay que tomársela en serio y actuar en consecuencia; sólo ver reunidos al burgués Pujol y al antiguo aliado electoral de HB, Beiras, es la mejor muestra de como la solidaridad es capaz de producir las más extrañas compañías.
Dentro del marco constitucional es posible defender cualquier cosa, incluidas iniciativas dirigidas a destruirlo, como la de convertir España en una confederación. Ahora bien, eso no implica sentarse a esperar como unas minorías dinamitan el Estado constitucional. Es imprescindible tomar en serio a los nacionalistas, porque todo lo que dicen se lo toman muy en serio. Una gran parte de los problemas actuales se debe al olvido de esta elemental cuestión. La materialización del proyecto confederal se traduciría en la desaparición de España no ya como una cierta unidad histórica, sociológica o cultural, forjada a lo largo de los siglos, sino como realidad estatal. Supone negar la existencia del Estado español, término franquista utilizado por los nacionalistas para eludir el uso de la palabra España.
Como enseña la Teoría del Estado, la confederación entraña puramente una relación de Derecho Internacional. Es pues un tratado de entidades estatales independientes. En consecuencia no crea ninguna personalidad nueva. Los Estados confederados conservan vida política y jurídica propia y la confederación actúa a través de una estructura muy rudimentaria, simbolizada en una Asamblea o Dieta cuyos miembros actúan como diplomáticos o embajadores, no quedando obligados por ningún acuerdo al que no hayan dado su voto. Por último, los miembros de la confederación tienen el derecho de secesión, es decir, la posibilidad de abandonarla cuando deseen.
En la práctica, este tipo de fórmulas confederadas siempre han tenido vida precaria y han dado paso bien a Estados federales (EEUU) o andaduras estatales en solitario de sus integrantes (el Imperio austro-húngaro). Nunca estado unitario alguno o federal se ha transformado en una confederación y, doscientos años después, los argumentos contra la confederación, esgrimidos en El federalista por Madison, Jay y Hamilton gozan de plena actualidad.
Como es obvio, esos rasgos no son asépticos; tienen un calado político de primerísima magnitud. El enfoque confederal de los nacionalistas tiene dos derivadas básicas: en primer lugar, supone negar que la fuente de la soberanía sea la nación española, como dice el Preámbulo Constitucional. En segundo lugar, implica aceptar la existencia de estados soberanos, es decir, independientes, dentro de España. La combinación de esos elementos es incompatible con la existencia de un Estado legitimado por el poder constituyente, el pueblo español y sus representantes en el momento de votar la Constitución, y con la existencia de un parlamento que represente algo más que a los miembros de la confederación. Lo que queda del Estado es una especie de entidad supranacional cuya única legitimidad sólo procede del beneplácito de los miembros. Los autores de la «Declaración de Barcelona» son escrupulosos y dicen que formulan sus planes confederales dentro del sistema de reforma de la vigente Constitución. Sin embargo, eso no es posible. La facultad de reformar la ley de leyes española significa que una o varias disposiciones legal-constitucionales pueden ser sustituidas por otras, pero sólo bajo el supuesto de que quedan garantizadas la identidad y la continuidad de la carta magna, considerada como un todo. Pues bien, una constitución basada en el poder constituyente de la nación española no puede ser sustituida por otra de principio confederal a través de la reforma de las leyes constitucionales. Esto no sería una reforma de la constitución, sino la destrucción de la constitución (ver Giovanni Sartori, Teoría de la Democracia, Alianza Editorial, 1988).
Pero hay más. El Estado español tiene la obligación de velar por el mantenimiento de un principio básico: todos los españoles son iguales ante la ley y tienen derechos que deben ser respetados. Eso no sucede en partes muy concretas de la geografía española, y no existen garantías no ya de que la situación mejore en el futuro, sino de que no empeore. El componente tribal, reductor de la libertad individual, ya presente en numerosas políticas desplegadas por los gobiernos nacionalistas del País Vasco y de Cataluña, abocaría casi con toda probabilidad en un modelo confederal. ¿Qué pasaría con los derechos de la población que se siente y quiere ser española en una Cataluña, un País Vasco o en una Galicia convertidas en Estados confederados, sometidas al control de partidos de corte nacionalista?
Lo importante no es la autodeterminación nacional, sino la auto-determinación de los individuos dentro de una nación o Estado. Pues bien, ese último elemento, clave de una sociedad civilizada, está más protegido en una patria constitucional común, simbolizada en derechos y deberes comunes a todos los ciudadanos, que en una patria tejida con los inquietantes mimbres de la raza, del idioma, de la falsificación de la historia o de otros símbolos de identidad preconstitucional, esculpidos además en el alma de los ciudadanos a través del poder coercitivo del gobierno.
Los dos grandes partidos nacionales tienen la obligación de llegar a algún tipo de acuerdo si creen que esa realidad histórica a la que llamamos España tiene alguna virtualidad, como proyecto común, a finales del siglo XX. La política es un proceso complejo de pesos y contrapesos y, hasta ahora, el PSOE y el PP han mostrado una especie de santo temor a enojar a los nacionalistas que sólo ha servido para darles más alas y radicalizar sus planteamientos.

L. Bernaldo de Quirós




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