Moral, razón y naturaleza

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LIBROS: Moral, razón y naturaleza. nº 93

Comentarios de G. F. M. al libro de Ana María González.

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LIBROS: Moral, razón y naturaleza.

González, Ana María: Moral, razón y naturaleza, ed. Eunsa, Pamplona 1998, 552 págs.



El dominante propósito de esta extensa y documentada monografía es demostrar que si bien el conocimiento exclusivamente filosófico sin la fé es insuficiente, cabe llegar con el simple análisis racional a las mismas conclusiones éticas que Tomás de Aquino, en gran parte coincidentes con las aristotélicas.

La tesis fundamental es que la «naturaleza es teleológica, o sea, está orientada a fines. La prueba es que «lo más natural a una cosa en su fin». Por eso, actuar según la naturaleza es actuar hacia ese fin.

Pero ¿qué se entiende por naturaleza? Hay dos acepciones principales. La primera sería todo lo dado no artifical. La segunda, que es la válida para la argumentación de la autora, sería «la diferencia específica que informa cualquier cosa», algo así como la esencia. de ahí que la perfección de cualquier cosa consista en la plena realización de su naturaleza o esencia. «Es bueno el acto que conviene a la naturaleza del agente, y es malo el que no conviene a su naturaleza».

Este esquema metafísico universal, aplicado al hombre arroja el siguiente resultado. Lo específico del hombre es la racionalidad. Luego lo que por naturaleza conviene al hombre es que actúe según la razón, aunque también hay en el hombre unas inclinaciones naturales que deben ser tenidas en cuenta.

Esta teoría plantea radicales cuestiones filosóficas. La primera de ellas es la idea misma de fin: ¿es aplicable a toda la naturaleza o sólo es una noción psicológica de la conciencia humana? Si el fin es una visión humana de las cosas y no algo intrínseco a cada una de ellas resulta problemática la afirmación tomista de que todo lo natural es finalista en sí mismo, independientemente de que exista un hombre que lo contemple y lo interprete. En el punto de partida de toda la argumentación tomista está la ardua cuestión de la finalidad, el postulado de que todo tiene un fin.

En segundo lugar, si lo específico del hombre es actuar según la razón, si su naturaleza es racionalidad, y si la naturaleza nunca se equivoca ¿cómo se explica que los hombres se comporten mal? Tomás de Aquino recurre a la pérdida del estado de inocencia por el pecado original, argumento no racional, sino dogmático. Además subsiste la cuestión principal: ¿cómo Adán en estado de inocencia pudo pecar? ¿falló su naturaleza?

En tercer lugar, literalmente «vivir según la naturaleza» sería plegarse al curso natural de las cosas; pero la existencia y la historia humanas son progresivas porque consisten en ejercer una constante violencia sobre lo natural adaptándolo a deseos. Lo natural resulta más hostil que propicio y los convertimos en artificial, o sea, en cultura.

En cuarto lugar, aun siendo racional su naturaleza, el hombre con harta frecuencia no se comporta racionalmente. En tal caso, una naturaleza finalista renegaría de su finalidad, se desnaturalizaría, lo que parece contradictorio.

La autora sugiere que apartarse de la argumentación tomista implica la caída en el relativismo moral, en las éticas situacionistas, etc. Esta polémica afirmación no está demostrada. Por otro lado, la autora niega que la ética tomista sea absolutista porque otorga capital importancia a la prudencia y a la consideración de las circunstancias. Incluso admite una cierta historicidad de derecho natural. Y reinterpreta las tesis aristotélica de «que toda justicia es variable» (EN 1134B 30). Y no queda explícito el concepto de lo «intrínsecamente malo» en el breve capítulo final.

A lo largo de su investigación, la autora trata de superar las diferencias entre Tomás de Aquino y Aristóteles. También intenta explicar la defensa tomista de la pena de muerte, de la esclavitud, de la inferioridad de la mujer, etc. Y hay glosas muy valiosas sobre la legítima defensa, la mentira, el aborto, la fecundación artifical, el homosexualismo, etc. Pero todo ello es marginal a la argumentación axial.

Los grandes problemas de la ética no los dejaron resueltos ni el gran Aristóteles, ni el eminente Aquinate, aunque los plantearon de forma genial y aportaron construcciones teóricas que han prevalecido durante siglos y que aún conservan parte de su validez. Esto último lo confirma la investigación de la autora que agota las fuentes, las sistematiza y concuerda, y lleva la exégesis, más formal que material, a notables niveles de acuidad. Es una tesis doctoral excelente y prometedora.



G.F.M




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