Políticamente
incorrecto
En
primer lugar, quisiera expresar mi satisfacción por
haber sido invitado a presentar el libro de Fernando
Alonso Barahona Políticamente incorrecto, cuyo grado de
incorrección política es el suficiente para salvar su
reputación -por ejemplo, yo soy citado o aludido de
manera encomiástica cinco veces-, pero que no desborda
los límites que pondrían en peligro su supervivencia-
Luis Alberto de Cuenca, aquí copresentador, es citado
sólo una- en la amenazadora selva pública en la que
casi todos los reunidos en esta sala tenemos nuestro
inestable nicho ecológico.
El libro es una animosa crítica desde una perspectiva
española de un fenómeno iniciado en los Estados Unidos
en los años sesenta y que ha calado con gran éxito a la
izquierda bienpensante europea. El pensador/la pensadora,
el político/la política, el periodista/la ídem, el
sacerdote/la sacerdotisa, o el juez/la jueza
políticamente correctos derivan de lugar común en lugar
común y de indefinición en indefinición hacia la nada
desvaída de la renuncia a la verdad. Nadie,
absolutamente nadie, ni los más encumbrados ni los más
poderosos se libran de las servidumbres semánticas y de
conducta de este exigente código. Todavía recuerdo el
azoramiento de un Jordi Pujol deshecho en excusas porque
una vez, aludiendo a su legendaria habilidad regateadora,
se le ocurrió decir que a él no le gustaba «hacer el
gitano». La reacción indignada de la progresía en pie
de guerra le obligó a rectificar públicamente y a
asegurar que no había sido en absoluto su intención
ofender a la comunidad calé por la que siente, sin duda,
el mismo respeto que le inspiran los niños de primaria
de familias castellano-hablantes a los que somete a
atención individualizada.
La correción política, tal como el libro revela
despiadamente, es una mezcla equilibrada de pereza mental
y cobardía intelectual adobada con dosis suficientes de
idiotez. De hecho, si el socialismo es la idealización
de la envidia, la corrección política es su
materialización oligofrénica. Así, por utilizar
ejemplos de moda, es políticamente correcto, además de
repugnante, llamar «lucha armada» al terrorismo,
«conflicto vasco» a la subversión de un grupo criminal
contra el Estado democrático, nacionalismos
«moderados» a fuerzas políticas dedicadas a tiempo
completo a liquidar la Constitución más auténticamente
moderada de nuestra Historia, «unidad de los demócratas
frente a la violencia» a las amistosas conversaciones
del Partido Nacionalista Vasco con los colaboradores de
los asesinos mientras los votantes de los dos grandes
partidos nacionales aprietan los dientes, y
«ofrecimiento de diálogo a España» a la amenaza,
después de un respiro táctico, de volver a las bombas
si no se fragmentan los dos primeros artículos de la
Constitución en cuatro trozos a gusto de los etarras y
sus protectores. Como una imagen vale más que mil
palabras, si tuviéramos que resumir icónicamente la
corrección política en su faceta más blandamente
estulta, bastaría con repartir fotos dedicadas de Javier
Madrazo. No se puede negar que en el terreno del lenguaje
políticamente correcto los españoles hemos superado de
largo a sus inventores norteamericanos. Al lado de la
denominación «organización con fines políticos» para
referirse a ETA, tal como paternalmente nos ilustra
Xabier Arzalluz, hablar de «alcanzar un insuficiente»
para describir un suspenso, o de «usuario del sistema
correccional» para señalar a un convicto, resulta casi
humorísticamente aceptable.
Fernando Alonso Barahona recorre infatigable todos los
vericuetos de la corrección política para poner al
descubierto su insustancialidad. Este afán de
exhaustividad quizá constituye una fragilidad del libro,
puestos a poner alguna pega para fomentar la humildad del
autor y demostrar que el afecto no es incompatible con la
objetividad. El arte, la historia, la religión, la
sexualidad, tema esencial, por cierto, para la
estabilidad del orden geoestratégico mundial según
hemos aprendido no sin cierto asombro, la partitocracia,
la idea de España -ese dulce recuerdo-, la educación,
la defensa nacional, la función pública, hasta el pacto
local es analizado a la búsqueda de trazas de ominosa
corrección política. Al querer abarcar tanto, resulta
inevitable que algunas cuestiones sean, más que
tratadas, mencionadas, pero la insatisfacción que estas
visitas excesivamente breves producen en el lector, son
ampliamente compensadas por la profundidad de la visión
y la originalidad del abordaje en otros muchos temas de
indudable interés.
La enciclopédica cultura cinematográfica del autor
sólo es comparable a la magnitud de su cultura sin
adjetivos, por lo que resulta de lo más refrescante en
un libro de pensamiento social y político ver utilizados
como argumento de autoridad a Charlton Heston o a Cecil
B. de Mille junto a Ortega, Zubiri, d'Ors, Husserl,
Scheler o Rodríguez Lafuente. Además, la incorreción,
yo casi me atrevería a decir que la audacia política
llega al peligroso punto de acudir para ilustrar y
reforzar sus argumentos a nombres cuya sola mención
eriza el vello de la intelligentsia al uso. Menéndez
Pelayo, Balmes, Maeztu, Donoso Cortés y otros que, como
en el poema de Paul Eluard, no nombro por temor, aparecen
con toda naturalidad en las páginas de Políticamente
incorrecto y son glosados en términos elogiosos. Con
decir que en un momento de inspirado arrebato el autor
reivindica a Campoamor y se queja de que no se le ha
hecho justicia, creo que queda claro que hoy presentamos
la obra de un hombre política y líricamente intrépido.
Fernando Alonso Barahona sabe, en su calidad de
empedernido cinéfilo, que los diálogos de los guiones
de no pocas películas, como sucede con los libretos de
bastantes óperas, son una fuente impagable de hallazgos
literarios y filosóficos, y no tiene empacho en
demostrarlo. Su cita de una frase de John Wayne en «El
Álamo» así lo demuestra cuando Davy Crockett (Wayne)
dice: «Y eso es lo importante, sentirse útil. Alzarse
en contra de lo malo y defender una causa justa, aunque
pueda costarnos caro». Sin pretender emular su
erudición en lo que a Hollywood atañe, me parece
pertinente recordar la respuesta que Lestat (Tom Cruise)
en su papel protagonista de «Entrevista con el vampiro»
le da a un vampirizado Louis (Brad Pitt) que le pregunta
sobre la verdadera naturaleza del mal. «El mal»,
responde el oscuro príncipe de la noche, «es sólo un
punto de vista».
Ahora que los representantes del Mal en este mundo han
guardado temporalmente las pistolas para que aceptemos
entre agradecidos y atemorizados sus puntos de vista, es
indispensable tener presente, como nos recuerda Alonso
Barahona en su libro, que cuando las armas callan pueden
oírse los argumentos y que, por tanto, ha llegado el
momento de aparcar la corrección política para entrar
en la política auténtica, la que se enfrenta al Mal que
todo lo relativiza y lo confunde, con la capacidad de
convicción, la firmeza y el valor que únicamente
proporcionan, más allá y por encima de cualquier
fugitivo estado de opinión, las causas irrebatiblemente
justas.
Por su decidido compromiso con ellas en su último libro,
mi felicitación y mis sinceros deseos de éxito.
Aleix Vidal-Quadras
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