LIBROS: Nuevo
Testamento griego-español
O'CALLAGHAN,
José: Nuevo Testamento griego-español, ed. BAC, Madrid
1997, 1488 págs.
El autor es uno de los más eminentes biblistas no ya
españoles, sino mundiales. Su aportación más
sensacional fue la interpretación de un pequeño
fragmento de los manuscritos del Mar Muerto que retrotrae
la redacción del evangelio de Marcos a una fecha
anterior al año 70, sólo unos veinticinco años
después de la muerte de Cristo, es decir, décadas antes
de lo que solía admitir la moderna crítica. Esta tesis,
que ha ido cobrando adhesiones, aún cuenta con tenaces
adversarios (Vid. «Razón Española», núm. 82, págs.
253-255).
O'Callaghan, en colaboración con el gran escriturista
J.M. Bover, había publicado una edición trilingüe
(griego, latín y español) del Nuevo Testamento (3ª ed.
1994) que es la que ahora sirve de base. La novedad es
que tanto el texto griego como la traducción han sido
cuidadosamente revisados y actualizados, por lo que esta
bilingüe sustituye a la trilingüe salvo en la omisión
de la versión latina de la llamada Vulgata. Y en lugar
de las notas exegéticas de Bover, se utilizan como punto
de partida las de G. Bravo.
En los márgenes de las páginas españolas figuran los
paralelos y las citas; en cambio, las referencias se han
insertado al pie. Una de las aportaciones más útiles de
esta excelente traducción es que, en notas, el autor
compara su versión con otras siete españolas. Las
diferencias suelen ser sólo estilísticas ya que el
autor prefiere la traducción literal aunque sea menos
fluida y elegante. Este criterio permite establecer muy
fácilmente el paralelismo con el correspondiente pasaje
griego. En lugares polémicos (como Mt. 5, 32 y 19, 9) se
inclina por la lectura restrictiva.
Con la Biblia políglota complutense (1514-1517),
patrocinada por el cardenal Cisneros y la primera
impresa, España se puso a la cabeza de los estudios
bíblicos. Le siguió la Biblia de Amberes, patrocinada
por Felipe II; la de París no se publicó hasta 1645, y
la de Londres hasta 1654-7. Los estudios bíblicos
españoles decayeron en el siglo XVIII y renacieron en la
era de Franco como consecuencia de la confesionalidad del
Estado y el fomento de las lenguas antiguas. Muy
claramente impresa, esta valiosa edición de O'Callaghan,
que no puede faltar en la biblioteca de un humanista, es
un digno eco de aquel periodo de esplendor de la
escriturística y de la filología clásica.
Sería un acierto editar separadamente cada sección:
Marcos, por ejemplo, ocuparía sólo 112 páginas de
bolsillo.
A. LANDA
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