LIBROS: Felipe
II y su tiempo
FERNÁNDEZ
ALVAREZ, Manuel: Felipe II y su tiempo, ed. Espasa Calpe,
Madrid 1998, 984 págs.
El autor, nacido en 1921, ha consagrado su larga vida de
historiador a Carlos V y a Felipe II. Numerosos estudios
monográficos, colecciones de documentos, y obras de
síntesis avalan la trayectoria del especialista. Como
culminación de su carrera ha dedicado casi un lustro a
redactar este libro que aparece en el cuarto centenario
de la muerte del Rey Prudente.
El tomo se inicia con una visión panorámica y crítica
sobre la bibliografía disponible entre la que se destaca
al Philip II of Spain (1975) del norteamericano P.
Pierson.
La primera parte describe el marco del reinado con
especial consideración de la hacienda pública. Hay
también un interesante capítulo sobre los mendigos,
bandoleros, conversos, gitanos y moriscos. Estos últimos
no eran considerados tanto como amenza a la unidad
religiosa cuanto como agentes infiltrados en la lucha
contra el turco y sus aliados. El capítulo sobre la
cultura es demasiado enjuto, y no trata
proporcionadamente las diferentes facetas.
La segunda parte aborda la historia externa del reinado
con cuadros sobre momentos capitales, no siempre
siguiendo la cronológica continuidad de los sucesos. El
autor cree que Felipe II debería haber abandonado los
Países Bajos en lugar de afrontar la rebelión, y le
acusa de «doble juego» y de «vulnerar el espíritu
caballeresco» al intervenir personalmente en la
ejecución de los dos Condes traidores. Las páginas que
el autor emplea en justificar la orden regia de
encarcelar a su contrahecho y neurótico hijo Carlos son
muy convincentes.
El nombramiento de Medina Sidonia, inexperto en el mar,
para mandar la Armada, le parece al autor decisión
«peregrina» y «desatinada» y no alcanza a explicarla.
Es una incógnita historiográfica de primera magnitud.
Pero no duda en atribuir a Felipe II la culpabilidad de
la derrota naval (p. 574).
Antonio Pérez, asesino de Juan Escobedo y «Felipe II
cómplice del asesinato» (p. 590). Así enjuicia el
autor un episodio de pura razón de Estado. ¿No era el
monarca el titular del poder judicial? ¿Cómo puede ser
asesinato una condena a muerte dictada por un soberano
absoluto? Y acusa a Felipe II de «procedimientos
tortuosos» (p. 593), y de ser rey «imprudente» (p.
607).
La tercera y última parte de la obra, la más extensa,
es una etopeya del personaje y la descripción de un
proceso: «por qué extraños caminos un príncipe
risueño y afectuoso se convierte en un rey duro e
implacable?» (p. 651). Pero, a continuación aparecen
numerosos rasgos que desmienten esta tesis inicial: el
galán inexperto - su título es Príncipe de España,
recuperado por Franco para Juan Carlos de Borbón- ante
su primera esposa, el hijo respetuoso y obediente, la
pena ante la muerte del consejero y amigo Juan de
Zúñiga, el viajero conmiserativo de las desgracias
populares que descubre en sus viajes, la religiosidad
devota, la entrañable correspondencia familiar, la
consternación ante la progresiva autodescalificación
del hijo, la pasión moza por Isabel de Osorio, las
amantes británicas y flamencas, el gran amor maduro por
la dulce Isabel de Valois, la debilidad por la mujer
fatal de la época, princesa de Eboli, y tantas
anécdotas de conmovedora humanidad hasta llegar a las
estremecedoras de la agonía cuando reclama el crucifijo
de su madre, el mismo con que había muerto el Emperador.
En la segunda y tercera parte de esta obra, que son las
propiamente biográficas, el autor reune más
documentación que cuantos le precedieron en la tarea.
Este es su principal mérito. Pero la figura de Felipe II
suele aparecer reflejada con la ideológica preocupación
de no caer en lo que, con impropiedad, Fernández Alvarez
denomina «la historiografía triunfalista de los tiempos
franquistas» (P. 474). ¿Franquistas los anglosajones
D.L. Merriman o W. T. Walsh, el galo F. Braudel, o el
germano Pfandl? ¿Franquista y oficialista (P. 475) A.
Bellesteros Beretta que inicia su monumental Historia en
1918? Este injustificado complejo de no parecer
apologista del más grande monarca español y de uno de
los más eximios gobernantes europeos no lo tiene, por
ejemplo, Henry Kamen cuyo espléndido Felipe II de
España se publicó el pasado año.
Obra erudita, un útil arsenal de datos.
A. LANDA
|