Amarás a tu patria

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LIBROS:Amarás a tu patria . nº 92

Comentarios de G.F.M al libro de A. Vidal-Quadras.

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LIBROS: Amarás a tu patria

VIDAL-QUADRAS, Alexis: Amarás a tu patria. ed. Planeta, Barcelona 1998, 232 págs.

Alejandro Vidal-Quadras es un catedrático de Física que en los años ochenta sintió la vocación política y, en 1989, asumió la presidencia del Partido Popular en Cataluña. Recientemente, su cabeza, como la del Bautista, fue entregada por Aznar a Pujol. Esa decisión ha acelerado el separatismo catalán y, en las próximas elecciones autonómicas veremos si, además, debilita al PP en la región.
En este tomo, que es el primer libro del autor, se recogen diez textos de desigual densidad y extensión que datan del periodo comprendido entre noviembre de 1994 y mayo de 1998. Tal origen disperso explica reiteraciones, asistematismo, y alguna paradoja. En casi todos ellos predomina la intención política sobre la pretensión doctrinaria. Arrancaré de lo anecdótico para progresar hacia lo más general.
Hay, en primer lugar, un severo retrato de don Jorge Pujol, caracterizado por su «rencor vengativo y mezquino», que se «recrea en la mezquindad». «Iluminado ebrio de poder», practica el «capricho feroz y tiránico», pretende convertirse en «supremo pontífice de una religión absorbente y excluyente». En un apólogo final se le presenta satíricamente como el «Gran Timonel vitalicio», casi idéntico al Ubú de una excelente diatriba teatral que con gran éxito recorrió los escenarios.
Hay, en segundo lugar, una descalificación rotunda del nacionalismo pujolista, definido como «identitario», como un «micronacionalismo», «liliputiense», «primitivo y tribal», «ombliguista», «estrecho», de «naturaleza patológica social, moral y política» y, sobre todo, «explotador desaprensivo de componentes de irracionalidad», afectado de «impermeabilidad a la razón» (pág. 122).
Hay, en tercer lugar, una disección que resume la retórica pujolista en lo que, según el autor, es su verdadero contenido: la reducción progresiva del Estado español a un «papel de fumar», «desgajar a Cataluña de la común matriz española multisecular» y, finalmente, proclamar a la región «Estado independiente» (pág. 85). El envoltorio de este propósito fundamental son maniobras, y «coartadas».
Hay, en cuarto lugar, un análisis de ese nacionalismo pujolista en el que el autor no encuentra sino manipulación histórica, argumentaciones circulares y nulo fundamento teórico. En ese separatismo supuestamente liberador de la opresión del resto de España, el autor denuncia «totalitarismo» para lograr la «homogeneización más férrea e inmisericorde» o «gran unanimidad», lo cual entraña negación de las libertades y «violación flagrante de los derechos fundamentales de los individuos» (pág. 24).
Hay, en quinto lugar, una alusión a la monarquía en ese proyecto inmediato de los nacionalismos desgajadores. El autor cree que sobre los mínimos restos del Estado español «planearía estratosféricamente la Corona».
Hay, en sexto lugar, alusiones muy críticas a la actitud del Gobierno Aznar ante la presión pujolista: «mira pudorosamente hacia otro lado ante las tropelías nacionalistas», «pasividad o pragmatismo cortoplacista», «sordera intelectual acomodaticia», y propugna «no confundir la gobernabilidad con el silencio ideológico». De estas censuras no se libra el partido socialista: «Lamentablemente, las dos grandes fuerzas políticas nacionales no parecen sentir la urgencia de colocarse a la altura de España y de no dar la espalda a su verdadera magnitud».
Y hay, en último lugar, propuestas para evitar la liquidación de España. Una es general, «plantear serena y democráticamente la batalla de las ideas» predicando un patriotismo español y refutando los sofismas nacionalistas. Otra es concreta, «un acuerdo estructural entre los dos grandes partidos nacionales» consistente en que «el gran partido nacional que ganase las elecciones por mayoría suficiente tuviese asegurada, vía abstención, la investidura por parte del otro sobre la base de trazar conjuntamente las líneas básicas de las políticas del Estado», o sea, una especie de canovismo «sin caciquismos y sin tongos electorales».
Este es el testimonio de un catalán cualificadísimo para describir el problema con que se enfrenta España en su Cataluña. Es un mensaje patético ante el que no caben sorderas inocentes, sólo complicidades por acción o por omisión.
El diagnóstico es globalmente acertado; pero adolece de una ambigüedad esencial: el autor critica el artículo 2 de la Constitución y el título VIII; pero no se atreve a censurar ese invento del Estado de las autono-mías al que dedica elogios y que supone que está «en la mente y el corazón de la gran mayoría de los españoles» (pág. 143). Esta es la básica flaqueza del razonamiento. Vidal-Quadras no reconoce que la Constitución de 1978 lleva a la liquidación de la unidad nacional española, quiere salvar una norma casi imposible de salvar. Quiere la ley, pero no sus consecuencias prácticamente necesarias. El Estado de las autonomías proyectado en 1978 es un dislate. Se podría haber aplicado menos mal, atenuando o aplazando el desenlace, no más. Ya conocemos el resultado de la operación de Stalin: comunismo más puro para salvar a Lenin. El confuso y laxo modelo constitucional de Estado de las autonomías es un error jurídico y un horror histórico. El cáncer no se cura con cataplasmas.
El neocanovismo más o menos turnista que propone Vidal-Quadras para evitar la disolución de España fue tácitamente propuesto por Almunia y tajantemente rechazado por Aznar quien se mostró plenamente satisfecho de la firma y de la ejecución de sus pactos con los nacionalistas catalanes y vascos. Las concesiones se han sucedido sin pausa y se anuncia que proseguirán para llevar la legislatura a su término. Es preciso recordar que el corrupto Gobierno socialista, que llevaba el Estado a la quiebra, anticipó las elecciones generales y perdió el poder por negarse a los chantajes pujolistas. Aunque a los liberales nos resulte ingrato, hemos de reconocer que, en ese momento crítico, el Psoe fue leal a su título de «español».
Persuadir al nacionalismo pujolista y al arzallista de su radical equivocación es empresa enteramente inútil porque, como proclama el autor en el más importante de sus análisis, esos nacionalismos son impermeables a la razón. Cabe librar la batalla de las ideas para persuadir a las gentes aún no fanatizadas; esa batalla la da ahora en solitario alguna pluma; pero no el Gobierno. En condiciones tan desiguales es una batalla perdida para los patriotas de la españolidad.
Los últimos actos, verdaderamente patéticos, fueron la decisión gubernamental de no plantear el recurso de anticonstitucionalidad por la expulsión de la lengua española en Cataluña, y su concordancia con el ya justamente llamado «Indefensor del Pueblo», quien, declarando su personal convicción de anticonstitucionalidad, decidió dar libre vía legal a la desespañolización de Cataluña. La responsabilidad del Gobierno es enorme.
Si el Gobierno popular pensase como el autor y, en vez de interpretar laxamente la equívoca y tarada Constitución, la reinterpretase restrictivamente acaso cabría frenar la descomposición. Pero lo cierto es lo contrario. El PP ha liquidado políticamente a Vidal-Quadras y, prácticamente, ha puesto a Pujol en su lugar. Avanzamos, pues, hacia la desnacionalización y la desintegración de España.
Por cierto, esa Corona «estratosférica» ¿no sería más una coartada separatista que un testimonio de la unidad española? En tal caso resultaría un factor negativo.
Para la conceptuación de sus esquemas sugiero al autor la lectura de Etica del nacionalismo («Razón Española» núm. 65, mayo de 1994).
Textos dramáticos estos de Vidal-Quadras escritos en un buen español donde, a veces, el estilo arrastra al pensamiento. Libro muy triste por lo mucho que tiene de verdadero y desoído.

G.F.M.




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