LIBROS: Nearer
my God, an autobiography of Faith
BUCKLEY,
William F.: Nearer my God. An autobiography of Faith, ed.
Doubleday, Nueva York 1997, 313 págs.
Estamos ante la obra número 38 de este popular
intelectual conservador norteamericano, nacido en 1925 en
el seno de una familia de clase alta y culta, de origen
irlandés por su padre y alemán por su madre. El libro,
en parte autobiográfico, es una peregrinación a través
de su fe católica, siempre proclamada en su ya larga
vida pública como director de la muy difundida
«National Review» y en su programa televisivo «Línea
de fuego». Se recuerdan sus polémicas académicas, sus
campañas políticas incluso para presidente y para
alcalde de Nueva York. El autor es gran amigo de España,
buen conocedor de su cultura, y fue el español la
primera lengua que aprendió pues sus padres residieron
años en México.
La obra es muy pesimista ante la laicización progresiva
de los Estados Unidos. Relató Buckley en su primer
libro, El hombre y Dios en la universidad de Yale, el
laicismo de los 50 de esa prestigiosa institución
norteamericana que fue fundada por un gran puritano, pero
cuya capilla se enseña ahora como una curiosidad.
También se refirió a las decisiones del Tribunal
Supremo de los Estados Unidos contra la enseñanza de la
religión en la escuela pública, y a la prohibición de
una escuela interconfesional aprobada en una asamblea de
pastores protestantes y sacerdotes católicos.
Nos cuenta sus relaciones con su cuñado Brent Bozell,
otro gran intelectual católico desaparecido hace pocos
años, con Rusell Kirk, M. Muggeridge, y sus contactos
con líderes cristianos de diversas confesiones.
En una entrevista con un juez revela que resultó
imposible a este profesional del Derecho hacer comprender
a las personas por él sentenciadas que existe una moral.
Muchos de ellos, entre la pornografía, la escuela laica
y un pragmatismo feroz no comprendían lo que es la
moral, sólo lo que les divertía o molestaba. El
resultado es la población penal más grande del mundo,
tanto en términos relativos como absolutos; la frecuente
brutalidad policial; el consumo masivo de drogas; los
medios de difusión en estilo chabacano; y el
menosprecio, desde las alturas, de la religión. Buckley,
pasados ya los setenta, aunque lleno de vigor como gran
deportista, ve a Dios más cerca y se pregunta muchas
cosas sobre el destino ultraterreno.
Es un libro no exento de sentido del humor como el que
muestra al relatar una entrevista con Juan Pablo II en la
que iba con David Niven, Malcolm Muggeridge y Grace
Kelly. Al Papa no le habían explicado bien quienes le
visitaban y confundió a Buckley con un restaurador de
arte, a Muggeridge con un locutor de radio, y Niven y
Kelly, ya retirados del cine, no le sonaban nada más que
ella comoPrincesa de Mónaco aunque no sabía que fuera
una católica ferviente. El Papa se quedó boquiabierto
al saber que Buckley tenía capilla en su casa de
Connecticut y un capellán. La burocracia vaticana a
veces funciona mal.
Nos deja muy perplejo ante el cambio radical
experimentado en la Iglesia y, consiguientemente, en su
mundo personal. Desde sus días de niño, educado por los
jesuitas en Inglaterra, hasta los desastrosos resultados
del II Concilio Vaticano con un descenso espectacular en
los USA de la asistencia a misa. Pocas vocaciones
sacerdotales con muchos seminarios casi vacíos. No
obstante, Buckley ve el futuro con optimismo tras el
desplome del marxismo, aunque cree que el comunismo no
está muerto del todo.
Willian F. Buckley puede estar satisfecho porque ha
luchado como un león y porque su obra es respetada,
leída y hasta temida por sus muchos adversarios que
también lo son de una concepción ética de la vida.
A. FIGUEROA
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