nº 92 Editorial. Razón y malicia

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Razón y malicia

Editorial. nº 92

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Editorial: Razón y malicia

Lo distintivo de la especie humana es el potencial uso de la razón. El logos puede equivocarse cuando trata de averiguar la naturaleza de las cosas y sus correlaciones internas y externas. Estos fracasos se explican, no por constitutiva impotencia del logos, sino porque opera sobre información deficiente o insuficiente. La imposibilidad de manejar todos los datos convierte en ideal inalcanzable la pretensión de un conocimiento verdadero y cabal de toda la realidad. El cosmos se presenta como inagotable a la experiencia humana y, por tanto, siempre problemático y abierto para la razón. La historia de nuestra especie es un proceso de racionalización de los conocimientos, que ha ido alcanzando niveles cada año más elevados y a ritmo creciente.

Pero el logos no sólo puede equivocarse acerca del ser de las cosas, sino también acerca del deber de cada uno. La prueba de este fracaso es que por doquier unos hombres tienen la impresión de que otros les hacen mal. Es universal la convicción de que hay que regular las conductas mediante la educación persuasiva y la coacción colectiva a fin de posibilitar una convivencia ordenada y pacífica. Dejadas las razones personales a los dinamismos egoístas, desembocarían en una situación similar al supuesto estado de naturaleza.

¿No es contradictorio que el logos argumente a favor del mal?

En primer lugar, no se trata de un logos universal, sino de la razón de cada uno puesta al servicio de una personal voluntad egocéntrica. El mal que hacemos a otros o a nosotros mismos no nace de una razón incapaz de definir el deber, sino de una información parcial acerca de lo que estimamos nuestro personal bien. El logos no cesa de actuar razonablemente cuando el criminal planifica su fechoría. Lo que acontece es que no se le ha sometido la cuestión de qué es lo bueno en general, sino la de cómo alcanzar el objetivo que el agente estima que en aquel momento es bueno para uno mismo. La razón puede servir al mal porque está originariamente subordinada a la voluntad. Los fracasos del logos práctico no son una consecuencia de su propia incapacidad, sino de su dependencia del arbitrio personal. Cuando la actividad de la razón es imperada, su orientación depende del mandato recibido.

En la preparación tecnológica de una guerra moderna hay cantidades ingentes de razón invertida en útiles bélicos. En el despliegue de una contienda actual tambien hay enormes dosis de racionalidad estratégica. Incluso es verdad que los grandes enfrentamientos colectivos han sido estímulo de alguno de los mayores avances de la ciencia aplicada y aún de la ciencia pura; la energía nuclear es un obvio ejemplo. Y, sin embargo, la violencia colectiva es uno de los mayores males de la Humanidad.
El espectáculo de la Historia con sus organizadas crueldades masivas ¿no desahucia al logos? En modo alguno. Los artilugios que permitieron el triunfo de Occidente en la llamada «guerra fría» son auténticos monumentos de racionalidad. Pero la previa existencia del enfrentamiento colectivo no era la consecuencia de una ecuación mal desarrollada, ni de una errónea ley científica, ni de una falsa moral, sino de una voluntad de poder anterior y, de hecho, dominadora de cualquier argumentación lógica.

Lo que falla en el animal racional no es la racionalidad pensante, sino la animalidad volente. La malicia no está en el correcto raciocinio, sino, eventualmente, en el objetivo que previa y extrínsecamente se le ha impuesto.

El logos es astuto, pero no malvado. La malicia reside en la decisión de hacer prevalecer el supuesto bien personal pese al efectivo mal ajeno. La razón sólo es necesariamente moral cuando se le encomienda la genérica determinación del bien de la especie humana, tarea minoritaria y severa.

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