CRONICA: La
diplomacia
Gibraltar.
Ni siquiera en los momentos peores de la historia ha
adquirido tal virulencia la conducta de las autoridades
gibraltareñas. Ni siquiera cuando Castiella presionó,
al límite de lo posible, en busca de una solución al
viejísimo pleito, porque entonces no reaccionaron con
irritación los gobernadores y gobernados de Gibraltar.
Pero ahora, cuando se acerca el tercer centenario de la
usurpación de la Roca, sus dirigentes se lanzan a una
política agresiva, hiriente, hostigadora de las pacíficas
tareas de pesca de los españoles en aguas en que siempre
han pescado. Parece como si ahora hubieran descubierto el
espacio marítimo y de pesca reservado del Peñón, algo
en que no habían reparado antes. Como si, de repente,
sintieran que los pescadores de Algeciras y La Línea les
robaran unos peces que lucieran en sus lomos la bandera
británica. El peligroso hostigamiento a los indefensos
barquichuelos de pesca tiene mucho de aires de matón.
A fuerza de patrulleros, que nunca quisieron ver el
contrabando que abordaba a sus orillas en forma de
tabaco, alcohol o droga, empujan a inermes pescadores que
gritan pidiendo protección a España. Y el Palacio de
Santa Cruz se esfuerza en alertar a un único
interlocutor válido, el Foreign Office de lo que,
envueltos en la Union Jack, están llevando unos sujetos
que en nombre del gobierno británico acumulan
agresiones. Y Londres reconoce el desafuero. Pero sus
británicos súbditos gibraltareños se ríen de las
promesas londinenses y, a la hora de cerrar ésta crónica,
están dando pasos que pueden dar lugar a un incidente
luctuoso.
Y, si tal cosa sucede, ¿qué puede pasar? ¿Tenemos
medidas de retorsión? ¿Contra los ingleses o contra los
gibraltareños? Quizás el camino que nos quede abierto
sea el de la presión económica. Una plaza con unos
20.000 habitantes y que alberga a 53.000 empresas está
lejos de ser inexpugnable. La asfixia financiera es hoy,
con los modernos sistemas de comunicación, difícil de
conseguir, pero no imposible de debilitar, obstaculizar y
hacer inoperantes en sus canales de actividad. Sería una
sutil forma de asedio, después de que los ministros
Oreja y Morán abrieran la frontera en un inútil gesto
de debilidad y entrega.
Exponer razones, argumentos y documentos es vistoso y de
todo ello estamos cargados y rebosantes, dispuestos a
exhibirlos una y otra vez, en privado, en bilateral o
multilateral, en Londres o en el foro de la ONU, que ya
se sabe de lo poco que nos ha servido. Todo esto es música.
Buena, si se quiere, pero que no fuerza a cambiar de
conducta a los que han adoptado siempre una diplomática
sordera, que sólo da pie a un interminable rosario de
argumentos frente a gestos que ni oyen, ni quieren
escuchar.
Pero hay algo adicional en todo esto. Ni amigos, ni
aliados, ni hermanos parecen decididos a ayudarnos. Sí,
ha habido votaciones favorables, pero son serenatas a la
Luna, voces en el desierto que no se han traducido en
verdadera fuerza coercitiva para que una conducta
internacional indigna tenga que bajar la cabeza. España
se encuentra agredida, pero no hay nadie que nos preste
una mano para detener la acción delictiva, que llame a
los guardias antes de que se consuma el despojo -que
puede producirse- o reclame a los bomberos contemplando
como el pirómano se ejercita en jugar con fuego.
Los Reyes en Italia. Durante siglos, los españoles que
atravesaban nuestras fronteras iban a Italia. A ver sus
artes, a copiar sus vírgenes, santos y mitologías, a
empaparse de poesía, de música. O del placer del cielo
azul, o los vestigios de un pasado glorioso.
Italia, desde los aragoneses de Sicilia y Nápoles, desde
los tercios de Milán y los apostólicos recuerdos de
hazañas religiosas o militares, siempre fue el imán
irresistible que encandiló a los españoles empeñados
en hablar el musical idioma de raíz florentina, aunque
no pocas veces lo pisotearan horriblemente. No por aviesa
intención, sino porque creían infantilmente que
hablaban italiano sin más que terminar en i las palabras
españolas, dando muestra de una ignorancia
inconmesurable. Pero todos volvieron -muchos ni
volvieron- ganados por la droga de la italianidad, más
italianos que los italianos.
La visita real a Italia es un tributo debido de inclinación
a tan extraordinario cuanto cercano país, con el que más
intensa ha sido la simbiosis histórica y con el que más
se asemejan nuestras horas de fortunio o de infortunio.
Roma, acostumbrada a las visitas de los más encubrados
personajes, ha recibido a los Reyes con el despliegue de
su grandiosidad. Allí, el Padre Santo les ha acogido con
sencillas muestras de cariño. Allí el Campidoglio se ha
abierto para contemplar el mar de palacios romanos. En lo
alto del Janícolo, junto a la sede de la Embajada de
España, el Tempieto en reconstrucción les ha hablado de
la colaboración artística hispano-romana.
Luego fueron a Nápoles, indolente y bullanguera al pie
de la amenaza del Vesubio, una ciudad en que una de sus más
importantes calles recuerda el nombre de un virrey
-Toledo- y sus palacios hablan aún de Carlos VII,
nuestro Carlos III, un apasionado clasicista embriagado
de la suntuosidad que luego trajo a España. Y, para
remate, Palermo, la ciudad italiana más próxima a España,
de donde en su día salían las naves virreinales para
defender de berberiscos costas cristianas del Mediterráneo
y en donde se vive el recuerdo de don Juan de Austria.
Nación. Comunidad. Era lo que nos faltaba por oir. Y,
aunque el tema todavía carezca de dimensión
internacional parece oportuno aludirlo. No por
irracional, por ahistórico, por inaudito, sino por
engendro de megalomanía. Grande es Cataluña -¿Quién
lo puso nunca en duda?-, pero más grande en todos los
sentidos es España. Que no pretende nada, sino que es.
Pura y simplemente es. A despecho de quien se niegue a
entenderlo así. Por eso no precisa de definiciones, ni
de silogismos.
En el loco mundo que habitamos bueno será recordarlo. No
sea que un día -después de haber tolerado muchos pasos
más o menos resbaladizos- nos encontramos con que España
no existe. Que ha quedado reducida a una comunidad -o una
región administrativa- de alguna floreciente nación que
bien puede ser Cantabria o Murcia o La Rioja. O Cataluña,
por supuesto.
¿Se podría, entonces, hablar de España como sujeto de
Derecho Internacional? ¿Nos seguirán admitiendo en los
foros internacionales, en la UE, en la OSCE, en las
Naciones Unidas? Obviamente, no.
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