CRONICA: La diplomacia. Por E. Beladíez Navarro

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CRONICA: La diplomacia. nº 92

Por E. Beladíez Navarro

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CRONICA: La diplomacia

Gibraltar. Ni siquiera en los momentos peores de la historia ha adquirido tal virulencia la conducta de las autoridades gibraltareñas. Ni siquiera cuando Castiella presionó, al límite de lo posible, en busca de una solución al viejísimo pleito, porque entonces no reaccionaron con irritación los gobernadores y gobernados de Gibraltar. Pero ahora, cuando se acerca el tercer centenario de la usurpación de la Roca, sus dirigentes se lanzan a una política agresiva, hiriente, hostigadora de las pacíficas tareas de pesca de los españoles en aguas en que siempre han pescado. Parece como si ahora hubieran descubierto el espacio marítimo y de pesca reservado del Peñón, algo en que no habían reparado antes. Como si, de repente, sintieran que los pescadores de Algeciras y La Línea les robaran unos peces que lucieran en sus lomos la bandera británica. El peligroso hostigamiento a los indefensos barquichuelos de pesca tiene mucho de aires de matón.
A fuerza de patrulleros, que nunca quisieron ver el contrabando que abordaba a sus orillas en forma de tabaco, alcohol o droga, empujan a inermes pescadores que gritan pidiendo protección a España. Y el Palacio de Santa Cruz se esfuerza en alertar a un único interlocutor válido, el Foreign Office de lo que, envueltos en la Union Jack, están llevando unos sujetos que en nombre del gobierno británico acumulan agresiones. Y Londres reconoce el desafuero. Pero sus británicos súbditos gibraltareños se ríen de las promesas londinenses y, a la hora de cerrar ésta crónica, están dando pasos que pueden dar lugar a un incidente luctuoso.
Y, si tal cosa sucede, ¿qué puede pasar? ¿Tenemos medidas de retorsión? ¿Contra los ingleses o contra los gibraltareños? Quizás el camino que nos quede abierto sea el de la presión económica. Una plaza con unos 20.000 habitantes y que alberga a 53.000 empresas está lejos de ser inexpugnable. La asfixia financiera es hoy, con los modernos sistemas de comunicación, difícil de conseguir, pero no imposible de debilitar, obstaculizar y hacer inoperantes en sus canales de actividad. Sería una sutil forma de asedio, después de que los ministros Oreja y Morán abrieran la frontera en un inútil gesto de debilidad y entrega.
Exponer razones, argumentos y documentos es vistoso y de todo ello estamos cargados y rebosantes, dispuestos a exhibirlos una y otra vez, en privado, en bilateral o multilateral, en Londres o en el foro de la ONU, que ya se sabe de lo poco que nos ha servido. Todo esto es música. Buena, si se quiere, pero que no fuerza a cambiar de conducta a los que han adoptado siempre una diplomática sordera, que sólo da pie a un interminable rosario de argumentos frente a gestos que ni oyen, ni quieren escuchar.
Pero hay algo adicional en todo esto. Ni amigos, ni aliados, ni hermanos parecen decididos a ayudarnos. Sí, ha habido votaciones favorables, pero son serenatas a la Luna, voces en el desierto que no se han traducido en verdadera fuerza coercitiva para que una conducta internacional indigna tenga que bajar la cabeza. España se encuentra agredida, pero no hay nadie que nos preste una mano para detener la acción delictiva, que llame a los guardias antes de que se consuma el despojo -que puede producirse- o reclame a los bomberos contemplando como el pirómano se ejercita en jugar con fuego.

Los Reyes en Italia. Durante siglos, los españoles que atravesaban nuestras fronteras iban a Italia. A ver sus artes, a copiar sus vírgenes, santos y mitologías, a empaparse de poesía, de música. O del placer del cielo azul, o los vestigios de un pasado glorioso.
Italia, desde los aragoneses de Sicilia y Nápoles, desde los tercios de Milán y los apostólicos recuerdos de hazañas religiosas o militares, siempre fue el imán irresistible que encandiló a los españoles empeñados en hablar el musical idioma de raíz florentina, aunque no pocas veces lo pisotearan horriblemente. No por aviesa intención, sino porque creían infantilmente que hablaban italiano sin más que terminar en i las palabras españolas, dando muestra de una ignorancia inconmesurable. Pero todos volvieron -muchos ni volvieron- ganados por la droga de la italianidad, más italianos que los italianos.
La visita real a Italia es un tributo debido de inclinación a tan extraordinario cuanto cercano país, con el que más intensa ha sido la simbiosis histórica y con el que más se asemejan nuestras horas de fortunio o de infortunio. Roma, acostumbrada a las visitas de los más encubrados personajes, ha recibido a los Reyes con el despliegue de su grandiosidad. Allí, el Padre Santo les ha acogido con sencillas muestras de cariño. Allí el Campidoglio se ha abierto para contemplar el mar de palacios romanos. En lo alto del Janícolo, junto a la sede de la Embajada de España, el Tempieto en reconstrucción les ha hablado de la colaboración artística hispano-romana.
Luego fueron a Nápoles, indolente y bullanguera al pie de la amenaza del Vesubio, una ciudad en que una de sus más importantes calles recuerda el nombre de un virrey -Toledo- y sus palacios hablan aún de Carlos VII, nuestro Carlos III, un apasionado clasicista embriagado de la suntuosidad que luego trajo a España. Y, para remate, Palermo, la ciudad italiana más próxima a España, de donde en su día salían las naves virreinales para defender de berberiscos costas cristianas del Mediterráneo y en donde se vive el recuerdo de don Juan de Austria.

Nación. Comunidad. Era lo que nos faltaba por oir. Y, aunque el tema todavía carezca de dimensión internacional parece oportuno aludirlo. No por irracional, por ahistórico, por inaudito, sino por engendro de megalomanía. Grande es Cataluña -¿Quién lo puso nunca en duda?-, pero más grande en todos los sentidos es España. Que no pretende nada, sino que es. Pura y simplemente es. A despecho de quien se niegue a entenderlo así. Por eso no precisa de definiciones, ni de silogismos.
En el loco mundo que habitamos bueno será recordarlo. No sea que un día -después de haber tolerado muchos pasos más o menos resbaladizos- nos encontramos con que España no existe. Que ha quedado reducida a una comunidad -o una región administrativa- de alguna floreciente nación que bien puede ser Cantabria o Murcia o La Rioja. O Cataluña, por supuesto.
¿Se podría, entonces, hablar de España como sujeto de Derecho Internacional? ¿Nos seguirán admitiendo en los foros internacionales, en la UE, en la OSCE, en las Naciones Unidas? Obviamente, no.




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