Felipe II

pag. principal Razón Española

Felipe II

Por Covadonga

artículo anterior indice siguiente artículo

Felipe II

FELIPE II



Era un domingo, día 13 de septiembre de 1598, a las cinco de la mañana: Felipe II, rey de España y del más fabuloso imperio que los tiempos vieron, dejaba de existir. Con una vela consagrada a la Virgen de Montserrat en una mano y el mismo crucifijo con el que muriera su padre, el Emperador Carlos V, en la otra, dijo sus últimas palabras, en las que recordó que moría en la Fe católica y romana.

Su muerte dio paso a una avalancha de feroces ataques contra su persona y su legado: «Mientras su enemiga histórica, Isabel I de Inglaterra, o el príncipe Guillermo de Orange ascendían a los altares de la heroicidad internacional, en parte gracias a haber sido sus encarnizados adversarios, la memoria de Felipe II quedaba sepultada para siempre por el peso de una fabulosa maquinaria crítica puesta en marcha por los adversarios protestantes con la impagable ayuda de la imprenta» (El País, 11-V-97).

Felipe II no quiso que se redactasen biografías suyas en vida para huir de los aduladores, que detestaba. Despreciaba las cuestiones que podemos llamar «de imagen», y, en una de sus cartas, aseguraba a ese respecto que «la verdad se impondrá». Pero ha tardado -y quizás está tardando- mucho en imponerse.

El historiador Juan Carlos Elorza, presidente de la Sociedad Estatal del IV Centenario del Monarca, declaró como objetivo de su trabajo: «No queremos cambiar la Historia, queremos acercarnos a su verdad y la verdad está lejos de la leyenda negra», y añadirá acerca de aquel período que «es apasionante, crucial en todos los aspectos, España tiene entonces su máximo protagonismo en Europa y el mundo; su máxima presencia en América, cuando se remata la colonización y evangelización; y es uno de los
períodos más fértiles en las artes, cuando se fragua y alumbra el Siglo de Oro» (Abc, 16-XI-97).

En esta misma línea, le fue preguntado a Carmen Iglesias, miembro de la Real Academia de la Historia, por qué se ha valorado más la figura de Felipe II entre algunos hispanistas que entre los historiadores españoles, respondiendo: «En parte porque no tenían un prejuicio previo, mientras que nosotros hemos sentido cierta vergüenza. El siglo XVIII, unido más adelante a los mitos románticos, llevaron a interiorizar la idea de una España tenebrosa» (Abc, 4-I-98).

La tarea que recayó sobre los hombros de Felipe II de España era, sencillamente, descomunal: gobernó un imperio que llegó a ser hasta veinte veces mayor que el Imperio Romano, con posesiones en cuatro continentes. Empezó a regir España, en nombre de su padre ausente, en 1543, cuando contaba 16 años. Se convirtió en rey en 1556. Desde temprana edad determinó tomarse muy en serio su trabajo de gobernante, y salvar a su país de los problemas que otras naciones soportaban. Y muchos de esos problemas fueron muy serios, algunos de los cuales nunca pudo resolver. Así, en determinado momento de angustia, exclamó: «Cierto, no se puede más. Y quien viere lo que hoy he pasado lo vería. Estoy hecho mil pedazos. ¡Dios me dé fuerzas y paciencia!».

El investigador que más ha despuntado recientemente en los trabajos acerca de Felipe II ha sido el británico Henry Kamen. Autor de una biografía sobre el monarca, ha escrito últimamente muchos artículos y dado conferencias al respecto. Independientemente de los juicios que le merezca la figura y la actuación del rey Felipe, este historiador aporta gran cantidad de datos y de documentos, inéditos en muchos casos, que arrojan luz sobre Felipe II y desmienten muchos tópicos de la leyenda negra levantada contra él.

Durante un curso de la Universidad Menéndez Pelayo, de Santander, celebrado el pasado mes de agosto, Kamen comenzó poniendo de manifiesto que la idea de Felipe II es «una idea fraguada en el siglo XVI por intereses políticos». En sus trabajos muestra la faceta humana del rey, su amor por la familia y por sus hijos. Ha demostrado también la existencia de una corte alegre, con vida social, donde el Rey tenía interés en la música y en el entretenimiento, rebatiendo a los que pretenden mostrar una corte lúgubre. Pero al mismo tiempo era un hombre concienzudo, y entregado a su tarea de gobernante: se levantaba temprano y se encontraba ya con sus documentos antes de las ocho de la mañana. Una hora después, concedía algunas audiencias públicas; luego iba a misa, y después de misa desayunaba en público, concediendo luego unas audiencias más. El resto del día lo dedicaba a trabajar con los papeles o a obligaciones familiares.

Kamen ha dejado claro que no fue ningún asesino que mató a una de sus esposas, a su propio hijo don Carlos, y a uno de sus secretarios: «Ya que no se ha encontrado evidencia alguna que justifique estas acusaciones, deben tomarse como simplemente falsas. La supervivencia de la leyenda sobre don Carlos se debe a la popularidad de la ópera de Verdi» (El Mundo, 1-III-98).

Sobre la Inquisición, también revela datos interesantes. Felipe II era profundamente católico, como lo dejó bien claro en 1590, cuando dijo que «lo de la religión es mi principal fin». Fue auténtico partidario del Santo Oficio, teniéndole gran confianza pues consideraba que había evitado la amenaza del luteranismo en España. Kamen cita su afirmación al Papa en 1569: «Yo no puedo ni debo dejar de favorecer a la Inquisición, como lo haré siempre, todo el tiempo de mi vida». Pero no debemos imaginar que esto significaba un reinado de terror en España. Murió menos gente en la España de Felipe II por persecución religiosa que en cualquier otro de los principales países occidentales de la misma época: «en Inglaterra, la gran persecución de católicos sólo estaba empezando en 1572, en Francia las matanzas eran cosa de cada día, después de 1572 en los Países Bajos murieron más oponentes religiosos a manos de los calvinistas rebeldes que en todo el reinado de Felipe bajo la Inquisición» (El Mundo, 1-III-98). En una conferencia que dio en Málaga en enero de este año, Kamen dijo que en Inglaterra, en esta época, fueron ajusticiados cuatro veces más católicos por los protestantes que protestantes por la Inquisición española, y que la cifra de muertos se multiplica por cien en el caso de los Países Bajos en relación con los ajusticiados por la Inquisición (Sur, 13-I-98).

Hay otros aspectos de Felipe II que han sido también esclarecidos. Así, el hispanista Bartolomé Bennassar defendió en la Universidad de Lovaina, en Bélgica, la pluralidad de la Monarquía de este rey, rebatiendo la leyenda de «un rey centralista y ajeno a los pueblos de su reino» (Abc, 6-III-98). El ya referido Henry Kamen, residente en Cataluña y casado con una catalana, afirmó en una entrevista: «No hay evidencia anticatalana en él [Felipe II]. Si ha habido aquí leyenda negra y nos ha llegado ha sido gracias a la tradición liberal» (La Vanguardia, 4-VI-97).

Los investigadores también han proyectado luz acerca de la actividad cultural del Monarca: fue mecenas de varios artistas, muy interesado en la música y en la arquitectura. Creó la primera Academia de Matemáticas del mundo, poseía la mejor biblioteca de Europa, mandó estudiar la fauna y la flora mejicanas, elaboró la estadística y el mapa geodésico de la Península...

Con sus glorias y derrotas, con sus aciertos y sus fallos, ¿qué juicio merece Felipe II?

Menéndez y Pelayo, en el prólogo que escribió para la biografía de Felipe II, que realizara el investigador Valentín Gómez, escribe: «Como gobernante cometió verdaderos yerros, aunque no es suya toda la culpa. Pero ni fue tirano, ni opresor de su pueblo, ni matador de sus libertades, ni le negará nadie el título de grande hombre (...), a su modo, en su línea, en su oficio de rey llegó al summum de lo tenaz, laborioso y persistente: héroe de expedientes, y de gabinete, y aún mártir, porque puede decirse que no tuvo una hora de paz y sosiego en su largo reinado. Y para gloria suya debemos añadir que muy pocas veces se dejó llevar por mezquinos intereses o por vil razón de Estado y que su mente estuvo siempre al servicio de grandes ideas: la unidad de su pueblo y la lucha contra la Reforma».



Covadonga




artículo anterior indice siguiente artículo

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.