La gnosis moderna

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La gnosis moderna

Por A. Buela

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La gnosis moderna

LA GNOSIS MODERNA



En general se denomina gnóstico a aquel tipo de saber que privilegia el conocimiento intelectual como acceso a la vida del espíritu. Gnóstico y gnosis significan en griego conocimiento, instrucción. Pero este conocimiento no es de tipo popular sino más bien elitista, cultivado preferentemente por gente no vulgar (rara). Se trata de combinar las categorías del saber filosófico corriente con un fondo de aspiraciones religiosas indeterminadas denominadas primordiales.

Como introducción a la gnosis moderna digamos dos palabras sobre el desarrollo histórico del gnosticismo.

Sus antecedentes remotos son anteriores a la aparición del cristianismo, pero su pleno desarrollo se lleva a cabo en el siglo II d.C. Allí encontramos, en primer lugar, la gnosis samaritana que San Justino, San Irineo y San Hipólito atribuyen a Simón el Mago al que consideraron creador del gnosticismo. Luego, tenemos la gnosis siríaca donde se destaca Marción, quien extrema el antagonismo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. La gnosis alejandrina representada por Basílides, el cósmico, y por Carpócrates, el antijudío. La gnosis persa, también denominada maniqueísmo por Maní su fundador, en donde se mezclan elementos mazdeístas y cristianos. La gnosis itálica con Valentín, que es la figura más destacada del gnosticismo antiguo y que poseía una formación filosófica de fondo platónico. Finalmente, encontramos una infinidad de sectas gnósticas cuyo sello característico es la arbitrariedad. Los que adoran a la serpiente como los ofitas y los naasenos. Los setianos que siguen a Set. Los barbelitas que postulaban el principio femenino del universo. Los severianos que consideraban a Satanás como padre de la mujer. Los cainitas que adoraban a todos los que se habían revelado contra Dios, etc.

En general, los gnósticos tienen un concepto pesimista de la materia a la que consideran fuente del mal. En cuanto a la moral personal no existen normas, así algunos exageran el ascetismo (Simón) y otros desligan el espíritu de toda responsabilidad moral (Carpócrates) exaltando las aberraciones más abyectas. Tienen una pretensión aristocrática de elevarse sobre el vulgo, dividiendo a los hombres en materiales, psíquicos y pneumáticos. Estos últimos son de una naturaleza superior y participan del conocimiento (gnosis) del espíritu.

El gnosticismo, sea por los sinsentidos que sostuvo, sea por la denodada tarea de los Padres de la Iglesia, decayó rápidamente hasta desaparecer a mediados del siglo III.

El pensamiento gnóstico, aun cuando tiene manifestaciones esporádicas con Juan Scoto Eriúgena, reaparece con fuerza en el humanismo renacentista a través de autores como Pico de la Mirándola, Jordano Bruno, Jacobo Boehme, Joaquín de Fiore, Ramón Lulio, Lorenzo Valla, Paracelso, etc. En esta segunda etapa su gran contradictor va a ser el racionalismo continental europeo con Descartes, Espinosa, Leibniz y toda la Ilustración, y el empirismo inglés con Hume, Locke y compañía.

La tercera y última etapa de la gnosis es la actual, que surge cuando comienza a resquebrajarse el ideal ilustrado del hombre y la sociedad. El «escándalo de la razón» que fue la segunda guerra mundial, terminó con el ideal eurocéntrico de hombre, que no era otro que el hombre racional de la Ilustración. Y a partir de dos importantes autores René Guenón (1886-1951) y Julius Evola (1898-1974), con dos libros descollantes, Le regne de la quantité et les signes des temps (1945) y Rivolta contra il mondo moderno (1934) se desarrolla toda una escuela de pensamiento que se va a denominar «tradicional». La «Tradición» para esta escuela no es el concepto histórico de transmisión de algo valioso de una generación a otra y que uno recibe vitalmente, sino que es un concepto histórico, una categoría transfísica que se refiere a un saber primordial, accesible sólo a los iniciados en los estudios «tradicionales». En una palabra, a la tradición -y esta es su petitio principi- se accede a través de un estudio sobre la tradición. Esto es, se llega a través de un esfuerzo, de una accesis de la inteligencia al conocimiento de los resortes más profundos de la vida del espíritu. Así llegamos nuevamente -recuerdése la definición del comienzo: acceso intelectual a la vida del espíritu- a la gnosis. Esta escuela ha dado autores realmente significativos en lo que va de siglo. Entre otros se destacan: Frithjof Schüon, Mircea Eliade, Ananda K. Coomaraswamy, Marco Pallis, Gershom Scholem, Frithjof Capra y otros que no lo son tanto. A la desmitificación de estos últimos, a sus divulgadores, seguidores, comentaristas, tergiversadores, que son en definitiva los que escriben hoy por doquier «enturbiando las aguas para que parezcan más profundas» según gustaba afirmar Nietzsche, va dirigido este artículo.

Así tenemos ahora magos occidentales convertidos en maestros hindúes, judíos cabalistas, católicos sedevacantistas, neopaganos, iniciáticos, indoeuropeístas, aghartistas, indigenistas, astrales, horoscoperos, hiperbóreos, hiperaustros, teluristas, titanistas, atlantólogos, orientalistas teosóficos, vikinguistas, siuoxistas, yogas rúnicos, etc. etc. Todos unidos en una cruzada irracional en busca de una tradición primordial y apelando a una espiritualidad confusa en donde todo vale. Un verdadero caos en que como dice el tango: «lo mismo es un burro que un gran profesor». Es lo que denominamos «el atajo al saber». No existe, en estos miles de expositores, otro criterio de verdad que su «capricho subjetivo» camuflado de saber primordial. En donde cualquier cosa se afirma y cualquiera se niega. Así, autores renombrados pueden afirmar tranquilamente: «reemplazemos la tradición judeo-cristiana por nuestros héroes hiperbóreos», como si eso fuera soplar y hacer botellas. O «el Sur es el sexo de la tierra, de ahí nuestro complejo de inferioridad». O «los iberos son descendientes de los atlantes». O, «la civilización de América Latina es lunar y no solar, de ahí su poca potencia». Claro está, la luna es femenina y el sol es masculino, y como todo el mundo sabe los hombres tienen más fuerza que las mujeres.

Buscan un saber primordial sin desandar el camino que ha hecho el nous hasta el presente. Cuando Nietzsche se pone al borde del camino que viene llevando a cabo la historia espiritual de Occidente sospechando que es errado, no realiza la destrucción conceptual de la metafísica, no la desmonta con el pensar conceptual del ser; pero, eso sí, repudia el concepto, el racionalismo y opone un irracionalismo vital.

Nuestros gnósticos contemporáneos, pretendiendo seguir a Nieztsche, niegan toda metafísica occidental y dan un salto hacia atrás de tres mil años pero, sin siquiera tomarse el trabajo, al menos, de explicar sus proposiciones apodícticas como hizo Nietzsche con las suyas. Así, por ejemplo, sostienen que el Asgard de los Edda es la residencia de los Aswen y el de los reyes divinos primordiales. O, cuando tratan un tema histórico como de los templarios lo mitifican hasta hacerlos reaparecer en Guatemala.

Ni qué decir cuando esos «intelectuales» se meten con los clásicos. En general no saben ni latín y, menos aun, griego. Se copian unos a otros cuando ven un «término ocurrente». Utilizan la filología histórica, que tuvo su acmé en el romanticismo alemán del siglo XVIII, provista de los diccionarios etimológicos ad usum scholarum, ignorando supinamente los aportes que a partir de Wagner Jaeger (1923) ha hecho la filología genética y contextualista.

En orden a la vida espiritual se llenan la boca hablando de «lo sacro», pero su ascesis es, en realidad, sólo libresca. Recordemos la definición de gnosis como sólo acceso intelectual al espíritu. El ascetismo es declamativo y no virtuoso. Claro está, la práctica de la virtud supone un esfuerzo por crear una segunda naturaleza a través de la instauración de hábitos diferentes a la tendencia natural del ser humano. Así pues, su ascesis es sólo exterior, pues la mayoría se conforma con vestirse como excéntricos. Unos se presentan con una cruz szvástica, otros de capa y sombrero, otros con turbante, otros con la cabeza rapada, etc.

En cuanto a las propuestas de orden político sus tesis van desde el comunitarismo cósmico al comunitarismo pueblerino, y de la restauración del sacro imperio romano germánico al nacionalismo elitista de fronteras cerradas.

Ciertamente que nuestro adversario es la civilización moderno-mundialista que con su proyecto de one world, donde se homogeneizan todas las culturas y desaparecen las diferencias, nos extraña sustancialmente de nosotros mismos.

Ciertamente que el enfrentamiento a este modelo libero-racional-progresista-demócrata-consumista no puede hacerse «huyendo hacia atrás» como pretende la gnosis moderna, ni «huyendo hacia adelante» como pretende el utopismo progresista. La batalla hay que darla ahora y aquí -hic Rhodus hic saltus decía Hegel-. Aquí está Rodas, aquí hay que bailar con la mejor elaboración, y profundizando las categorías que nos permitan persuadir y disuadir el adversario. Debemos afectarlo, utilizando categorías que nos permitan la denuncia más clara de la dependencia, del extrañamiento, de la dominación a que estamos sometidos los pueblos que somos convidados de piedra de la historia moderna y contemporánea.

Esto supone el esfuerzo de estudiar seriamente, de quemarse las pestañas trabajando sistemáticamente, de no distraerse con «un pensamiento ocurrente» que puede deslumbrar al amigo, ejerciendo una fascinación estética, pero que es «insignificante» para los otros.

La gnosis moderna es un atajo al saber porque no significa ningún esfuerzo, ni intelectual ni moral, como lo exige el acceso a la verdadera sabiduría -la filosofía griega, el derecho romano, la teología mística cristiana, la música clásica, el arte gótico, la pintura como splendor veri, etc.- dado que es una colección de términos esotéricos de cierta resonancia y frases crípticas más o menos ocurrentes, que cada autor acomoda a su gusto y piaccere. Y la gnosis moderna es sobre todo, un atajo al saber, porque su pensamiento no significa nada para el moderno-mundialista a quien no afecta lo más mínimo. Es, en definitiva, un «sin sentido» filosófico-político.



Alberto Buela




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