Lorca destituido
La
Universidad Popular «José Hierro», del Ayuntamiento de
San Sebastián de los Reyes, publicó en 1992 un volumen
de veintisiete relatos breves de Jorge Campos
(1916-1983), Bombas, astros y otras lejanías, de
doscientas páginas, incluídas las treinta y tres de la
Semblanza biográfica de Pablo Beltrán de Heredia, que
lo inician, las cuatro del epílogo -Don Jorge- firmado
por José Hierro, amigo también de Campos, y huésped
con él y José Luis Hidalgo de la pensión de Dª
Esperanza en la Calle del Salvador, de Valencia en
1944-45, y las dos del índice. Por la portada y las
ilustraciones de Antonio Povedano, Antonio Mingote,
Adolfo Estrada y Ricardo Zamorano, y la calidad del
papel, hay que decir que está por encima de lo que se
suele considerar pulcramente editado.
Pero no son las narraciones lo que atrae ahora mi
atención, sino una breve noticia que el autor da sobre
García Lorca, de cuyo nacimiento se cumple este año un
siglo. Tanto se ha escrito sobre el infortunado poeta,
que me resisto a creer que pueda tratarse de nada
realmente nuevo. Lo más probable es que no se haya
difundido tanto como para llegar hasta mí. El dato, en
todo caso, se contiene en la página 15, dentro del
prólogo de Pablo Beltrán, del que reproduzco unos
cuantos fragmentos, así como del epílogo de Pepe
Hierro, para que conste clara la fuente y el crédito que
merece.
«Don Jorge -lo describe el poeta montañés- era menudo,
pálido, rubio, de vivísimos -ingenuos, inquisitivos,
irónicos, según las circunstancias- ojos azules.
Contagiaba, sobre todo, su capacidad irónica. Vivíamos
de milagro. Don Jorge (que no se apellidaba Campos, sino
Renales, cosa que supimos pasado bastante tiempo, no sé
por qué, aunque hacíamos como si no lo supiésemos)
estudiaba en la Universidad. Nunca supimos cuál era su
edad, nada que tuviese que ver con sus circunstancias
personales. Tenía una novia misteriosa, que no
conocíamos, que jamás la llevaba a la playa. Don Jorge
jamás hablaba de sí. Podríais verlo con pruebas de
imprenta de no sé qué publicaciones. Un día llegaba
con las de una edición de un clásico, con una
antología de poetas hispanoamericanos, cosas que le
ayudaban a sobrevivir y a hacer brillante y penosamente
sus estudios universitarios. A veces en la pensión
pasaba horas y horas escribiendo páginas sobre quién
sabe qué. Alguna vez don Jorge -que lo sabía todo-
escribía por encargo, como negro de excepción, trabajos
eruditos sobre cuestiones americanas (trabajos que, con
otro nombre, como tesis doctoral, han sido publicados por
personalidades hoy ilustres del otro lado del
Atlántico). Don Jorge estaba siempre detrás de los
otros, detrás de sí mismo.»
«Con el estallido de la guerra civil, en 1936, la vida
de Jorge Campos quedará truncada, como la de tantos
otros españoles, para proseguir luego por senderos
insospechados. No puede decirse que hubiera estado nunca
desentendido de los problemas sociales y políticos del
país. Por otra parte, era evidente su adscripción
ideológica a lo que por entonces se denominaba,
genéricamente, la izquierda». «Trabajaba, además, con
asiduidad en la FUE -Federación Universitaria Escolar-,
o más concretamente, y con mayor precisión, en la
Unión Federal de Estudiantes Hispanos (UFEH). Por cierto
que, en alguna ocasión le oí contar que una mañana de
comienzos de la primavera de 1936, encontrándose en el
despacho que tenía en aquella entidad, se enteró,
casualmente, de la destitución de García Lorca como
director del grupo de teatro La Barraca -relacionada,
administrativamente, con la UFEH-, por no fiarse
demasiado de sus relaciones políticas. Hizo allí
amistad perdurable con Félix Luengo, Pablo Uranga,
Manuel Tuñón de Lara y Miguel Alonso, que aún no se
había visto obligado a adoptar el seudónimo de Ramón
de Garciasol». (pág. 15).
«Algunos de los artículos de Jorge publicados en La
Hora fueron recogidos por él mismo, bajo el título de
Cincuenta fusiles -en original que permaneció inédito-
o incorporados, con los de otros varios autores, a un
libro colectivo -Héroes de Levante-, donde los suyos
aparecían firmados, simplemente, con una R». (págs. 15
y 16). «Compartía Campos, en Valencia sus actividades
periodísticas con el trabajo desempeñado en el
Comisariado Central de Fuerzas Blindadas, del que nos
quedaría un rarísimo testimonio literario. Se trata de
un libro de crónicas de guerra de "Jorge José
Renales", titulado Cinco días del tren blindado,
que publicó en Valencia, el año 1939».
Puedo añadir que yo también le conocí. Poquísimo, es
verdad; pero algunas veces nos vimos en el Instituto
Fernández de Oviedo, donde tenía una beca desde 1945,
gracias «al estímulo amistoso» del profesor Manuel
Ballesteros. Poco podría decir de él por mi cuenta,
pero al leer estos dos magistrales retratos, tan
diferentes y unánimes, no puedo por menos de expresar mi
coincidencia: Jorge Campos, en efecto, resultaba nada
transparente y poco protagonista, pero fino de espíritu.
Debía de ser por entonces cuando no se atrevía a vivir
en Ayala, en casa de sus padres, porque algún vecino
había dicho que lo iba a matar si se lo encontraba.
Pablo Beltrán, creo, juzga ahí con excesivo rigor:
«Irracionalidad ibérica», dice. A nadie entonces se le
ocurría pensar aún que en nuestra guerra éramos
«todos iguales, frailes y tamborileros». Todos habían
vivido su comienzo y su por qué: «Media España no se
resignaba a morir», como dijo Gil Robles, el de No fue
posible la paz. Por eso la copiosa emigración
intelectual de la zona roja, no en 1939, sino en 1936.
«El ochenta y ocho por ciento del profesorado de Madrid,
Valencia y Barcelona, concretaba el Dr. Marañón en
París al comenzar 1937, ha tenido que huir al
extranjero, abandonar España, escapar a quien más
pueda. ¿Y saben ustedes por qué? Sencillamente porque
temían ser asesinados por los rojos...». Era cuando en
Madrid, «los comunistas y sus afines obligaban, bajo las
más graves amenazas, a escritores y profesores a firmar
manifiestos, a hablar por radio, etc.», como ha dejado
escrito Ortega. «Cuando he tenido que decir por radio lo
que querían, a las 12 de la noche, entre fusiles, ...»
como escribía Marañón.
Estaba demasiado cerca y vivo el terror de las checas,
las brigadas del amanecer, los tribunales populares, la
mayor y más cruel persecución que el cristianismo y los
cristianos han padecido en su bimilenaria historia: mucho
peor que Roma, que la Revolución Francesa, que la
bolchevique. Quién sabe quién y cómo era el vecino, ni
qué le habría tocado ver y pasar entre 1936 y 1939. O
qué méritos acaso creía hacer, ni ante quién. Yo
vivía entonces en una casa de diez viviendas. Cuando
volví, aparte de un médico militar, habían sido
asesinados dos muchachos de Acción Católica, de 17 ó
18 años: uno, su hijo Enrique Fernández Lozano, el otro
hombre de la casa, por no dibujar algo que repugnaba a su
conciencia de cristiano. Su amigo Pepe Barber murió por
negarse a pisar un crucifijo durante un interrogatorio.
Volvió de él convencido del veredicto. Y no todos
reaccionaban con el ejemplar silencio cristiano de estas
dos familias, que no quisieron acusar, ni contribuir a
tratar de localizar, ni reconocer a nadie. Y no pocos
también se desahogaban con palabras, palabras, palabras.
En cuanto a Lorca, en principio, creo que cabe atenerse a
lo que dice José Luis Vila-San Juan, en García Lorca
asesinado. Toda la verdad, quien deja claro que rechazó
categóricamente más de una propuesta de huir de Granada
y pasarse a la zona gubernamental, así como su idea, que
comunicó a Luis Rosales, de escribir entre los dos un
Canto a los muertos de la Falange. Esto último, sobre
todo, porque se lo oí yo mismo a Luis hace mucho tiempo.
Que después no lo repitiera, no es -como entiende
Vila-San Juan- más que una muestra del servicio a la
amistad que pudimos apreciar en él cuantos tuvimos la
fortuna de tratarle.
José Artigas
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