La naturaleza del comunismo

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La Naturaleza del comunismo

Porr Luis Arranz Notario

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La naturaleza del comunismo

Si alguna crítica cabe hacer a El libro negro del comunismo (Planeta, 1998) y, en particular, a las controvertidas introducción y conclusiones de Stéphane Courtois, es su falta de referencia al largo debate historiográfico entre las tendencias que dividen a los historiadores sobre la naturaleza del fenómeno comunista: la llamada del totalitarismo, la marxista y la revisionista o socialdemócrata. El Libro negro pertenece de lleno a ese debate y la ruptura entre sus autores demostró que se encontraba a caballo entre la primera y la última de las interpretaciones citadas. Aun así, a juzgar por la entidad de algunas de las críticas que ha recibido, cabe suponer que, a medio plazo, acabarán por prevalecer los argumentos principales de Courtois, que son los de la escuela del totalitarismo, a saber: que los regímenes comunistas nunca han podido prescindir del terror ni de la mentira para mantenerse en el poder y lograr sus objetivos ideológicos y que, pese a sus diferencias, son evidentes y más relevantes los puntos de contacto entre los regímenes comunistas y los fascistas, y ambos deben estudiarse en paralelo. Un punto este en el que Courtois sigue los pasos de su compatriota François Furet en su última obra, El pasado de una ilusión (F.C.E. 1996).

En relación con el Libro negro ha sido una satisfacción comprobar que los hijos del mayo del 68, en la actualidad demócratas de toda la vida, siguen fieles al criterio de la práctica... La práctica, no de someter las teorías a la prueba de los hechos, sino la consabida y militante de segregar cuanta ideología protectora haga falta para evitar que los esquemas progresistas sufran. De esta forma, los crímenes del comunismo -que ya no se niegan- se achacan a supervivencias y contaminaciones del capitalismo o al brutal acoso exterior de un genérico imperialismo. El único libro negro a escribir, por tanto, debería referirse a esos dos incorregibles verdugos de pueblos (Carlos Taibo, El País, 23-06-98). Una sola curiosidad en todo esto, los representantes del comunismo ya no son Stalin, Mao o Castro, ni siquiera Lenin y Trotski, sino unos oscuros izquierdistas y anarquistas que se acercaron al comunismo entre 1917 y 1921 y acabaron huyendo de él ante la ausencia de pureza revolucionaria y exceso de autoritarismo del régimen soviético, de modo que Courtois se obstinaría en enjuiciar un pseudo-comunismo que, a pesar de los pesares, es mejor (seguramente por el testimonio de Albania) que cualquier clase de capitalismo. No menos asombroso resulta leer a la distinguida y veterana maoísta Rossana Rossanda que no fueron los bolcheviques los que instauraron el terror sino que este surgió «de un pueblo humillado y furioso, sin otra perspectiva que la revolución» (Claves, n.º 84), con lo cual la temprana y secreta creación por Lenin de la todopoderosa Cheka y su práctica del Terror Rojo respondería, en todo caso, a la indignación popular. Claro que si la camarada Rossanda es capaz de referirse a cosas tales como la «carga ética y subjetiva del maoísmo», poco es posible añadir ante la propietaria de una buena conciencia a prueba de bomba, que no parece haberse conmovido ni con relatos como el de La vida de Mao, de su médico personal Liu Zhisui (Planeta, 1995).

El enfoque políticamente correcto corresponde, sin embargo, a James Hughes (Revista de Libros, n.º 17), un ejemplo de la corriente revisionista o socialdemócrata. El planteamiento de Courtois es malo porque es conservador, viene a decir Hughes. Su conservadurismo consiste en que el autor francés se limita a la historia política y emplea una argumentación moral y jurídica explícita, centrada en el concepto de crímenes contra la Humanidad y estos son recursos arteros de la Guerra Fría. Lo moderno y lo progresista consiste, por el contrario, en hacer historia estructural y sociológica centrada en las masas y no en los dirigentes políticos. Entonces se descubre que el comunismo consistía en una estrategia de modernización social y económica y tuvo, por ese motivo, amplio respaldo popular (según épocas y países, claro), lo cual desdramatiza el terror y los crímenes que saca a relucir Courtois, pues se sobreentiende que todos los procesos de modernización han conocido revoluciones, crímenes y otros excesos y no hay, por tanto, excepcionalidad comunista.

Bastante más interés tienen las argumentaciones socio-filosóficas de Aguila y Vallespín, en la misma Revista de Libros, cuando, dando por bueno el balance sangriento de Courtois, tratan de averiguar qué factores hay en la modernidad capaces de producir el horror que Hughes asume con tanta desenvoltura. Para ello se apoyan en los autores de la Escuela de Francfort, Faucault y, lateralmente, en Popper. El tema es amplísimo y aquí caben, apenas, dos puntualizaciones. Una es que no hemos sabido de la naturaleza criminal del comunismo hasta después de 1989 y 1991. Sabíamos -sabían algunos verdaderamente lúcidos- desde el principio. Conviene recordar a este respecto el convincente resultado del ensayo de Víctor Pérez Díaz (junto con Angel Rojo en un libro sobre El marxismo, Alianza, 1984) sobre aquello en lo que se convertía la moral de Marx en el terreno político y social cuando se la desvestía de sus justificaciones históricas y económicas. Aparecía entonces un jacobinismo bárbaro y rencoroso, situado muy por debajo del constitucionalismo liberal y de los valores del individualismo capitalista.

El otro punto se refiere a que quienes encuentran una diferencia cualitativa entre el carácter racista del nazismo frente al universalismo emancipador de Marx ignoran un argumento decisivo de Courtois: la teoría y la práctica de la lucha de clases despojaba de la condición de personas a los miembros de las «clases explotadoras» y sus «agentes». La Humanidad no era la premisa del marxismo, sino, con suerte, el resultado. De momento, no obstante, mientras haya pánico a plantearse la ambigua naturaleza política del antifascismo y se crea que criticar el comunismo favorece a la extrema derecha (por no hablar de los convencidos de que el mundo necesita utopías), Lenin y Stalin seguirán siendo otra cosa que Hitler.



Luis Arranz Notario




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