¿España abolida?
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¿España abolida?

Por Arturo Robsy

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¿España abolida?

Se ha perdido en gran parte la noción de lo que es España; no sólo a causa de una educación programada para ese fin, es que hablamos muy poco de ella y, como consecuencia, tampoco pensamos en qué es eso de lo que ya no se habla, no se nombra: se ningunea.

Hay que partir de una evidencia sin discusión: España existe. Se puede añadir algo más: España existe "todavía", Y este todavía se nos presenta como esclarecedor: a pesar del trabajo de ciertos partidos; a pesar de una sociedad abúlica camino del caciquismo absoluto; a pesar de las diecisiete autonomías, de los cientos de manifiestos separatistas, de la influenciabilidad del Defensor del Pueblo; a pesar de intelectuales que declaran que no existe España y, caso de que existiera, no sabrían para qué puede servir; a pesar de la prensa, de la televisión y de la escuela, el concepto de España existe "todavía".

Algo debe querer decir. España aún no es un recuerdo; más bien se trata de una realidad herida o, quizá, de una razón en trance de enloquecer, pero ahí está, más allá de toda discusión y de todo euro. Cierto que hay españoles a los que no nos gusta España, y españoles a los que agradaría que España dejara de ser para convertirse en una segunda Francia o en una próxima URSS. También existen los que opinan que España es ahora lo que siempre debió de ser, pero estos son los comprometidos vía privilegios con el sistema y, por lo tanto, incapaces las más veces de comprender lo que España significa.

En otra esquina del mapa nos encontramos con los españoles que dicen ser otra cosa más pequeña: algunos catalanes, vascos, gallegos… Suelen tener una concepción materialista del hombre (la raza, por ejemplo) y geográfica de la nación: la tierra convertida en razón de comunidad y considerada como patrimonio cultural. Sería una manifestación de egoísmo si no lo fuera de falta de formación.

Pero amándola, odiándola, combatiéndola o defendiéndola, España sigue siendo vínculo —positivo o negativo— y sujeto al que atribuir la historia buena o mala. Tiene una vida y esa vida, tan difícil de definir, es la clave que nos explica por qué no somos como los franceses o como los alemanes o como los italianos: por qué somos españoles y compartimos, más aún que la tierra, una historia común, unos usos comunes, una fe, y problemas.

Hemos de hablar, pues, de España una y otra vez, puesto que es lo que compartimos con nuestros semejantes. Hemos de averiguar en qué consiste España: la parte que cambia con el tiempo y la que permanece; los aspectos que cada generación añade al patrimonio común y los que cada generación hace desaparecer.

Cuando alcancemos un conocimiento válido de España, comprenderemos la mitad, al menos, de nosotros mismos: esa mitad colectiva, adquirida por contagio y formación pero no por nacimiento, que nos permitirá, también, entender mejor la realidad en que nos movemos y, por fin, modificarla hacia lo mejor y terminar con esa tensión que tantos desaciertos históricos explicaría.

¿España sirve para algo? He aquí una pregunta práctica y algo irreverente, de esas que parece que está mal hacerse cuando se trata de asuntos elevados. ¿Acaso sirve para algo el cielo? ¿Acaso tiene que servir la Patria para algo? Pues sí.

Tengo la impresión, a veces, de colocar a la Patria apenas un escalón por debajo de lo divino, y no es así como pienso. Es cierto que afirmo que España imprime carácter y que es el camino para comunicarnos con nuestros semejantes y comprender el mundo. También insisto en que la Patria no se puede desviar ya de su destino: sólo se puede engrandecer o perjudicar. Pero la Patria es obra de los hombres; de muchísimos hombres que han ido acumulando en ella su fe, sus experiencias, su angustia y su voluntad. Pero obra de los hombres. De los de antes y de los de ahora, y rara vez hacen los hombres las cosas sin motivo, incluso los poetas y los locos. Hay que preguntarse por qué los hombres empezaron a hacer España y cómo. ¿Con qué objetivos? ¿Para cuánto tiempo? Y más aún: ¿para qué la hicieron?

España debe de tener una utilidad, se reconozca o no. España existe para cubrir unos objetivos, para solucionar unas necesidades. Y conste que esas necesidades, por ser de hombres, son a la vez espirituales y materiales, tienen que ver con lo que muere y con lo que sobrevive del hombre. Desde mi realidad de hombre libre, me pregunto para qué me sirve la Patria, España.

En principio hay algo relacionado con la persona, esa máscara griega que ha acabado por convertirse en la definición de la fusión de cuerpo y espíritu que es el hombre. El "yo" es el principio de atribución de mis acciones. Yo me equivoco y yo como: no digo que mi alma se equivoca y que mi cuerpo come. Soy yo en ambos casos.

España es, puede ser, otro principio de atribución más general. Por ella trascurre mi vida y en ella se mueve mi pensamiento: la parte que es exclusivamente mía de él y la parte de él que es exclusivamente de todos, lo que una vez J. Marías definió como ""lo consbido". Si mis acciones particulares las atribuyo a mi yo, ¿puedo atribuir mis acciones universales a España?

¿Qué soy yo? Un hombre, pero ¿soy un hombre a solas? Soy un hombre en el mundo. Lo diré de una vez: mi relación con el mundo es, precisamente, España. El principio de atribución de mis relaciones con el mundo es mi Patria.

Y eso me sirve de mucho: me sitúa en el Universo. España es mi carta de navegación y mi polar, mi brújula y mi sextante. Es la necesaria referencia para saber dónde estoy y, por lo tanto, hacia dónde voy y hacia donde puedo ir. Esa es su utilidad.Es tan práctica España que, sencillamente, sirve para complementarme, para hacerme hijo del tiempo que me ha tocado, para explicarme las posibilidades que tengo hacia adelante y, además para acercarme a otros como yo en la seguridad de que voy a ser entendido por ellos mejor que por cualesquiera otros seres humanos.

Otra cosa es que, aun entendiéndome, me acepten o al, menos, me toleren.

La "utilidad" de España sigue siendo preocupante. En un primer intento he dicho que España era el principio de atribución de mis relaciones con el mundo, y así se comprendía que España daba temporalidad al hombre y le proyectaba hacia el futuro al hacerle heredero de un pasado.

Sirve aún para muchas otras cosas, como para la unidad. Para la unidad de propósitos y para la unidad de acción. Es decir, para ofrecerme una mayor eficacia en mi elección de objetivos y en las acciones que emprenda.

Porque soy español — y no otra cosa— adonde voy no voy solo. Ya sé que en muchos casos uno avanza disputando con su otro vecino español, pero avanza… Llegados aquí, encontramos al juvenil José Antonio, que iluminó mi primer patriotismo con su atisbo de que España es una "unidad de destino en lo Universal". ¿Será que siempre se entiende algo más de esa frase formidable?

Como español no estoy sólo en la aventura de vivir; no dependo de mis únicas fuerzas ni de mis únicos pensamientos, pues ser español me integra en un destino que, desde luego, no he elegido, pero que puedo asumir aceptando algunos esfuerzos. Tampoco intervengo en la dirección hacia la que la tierra gira, ni en la luz que despide el sol, pero ahí están sin que yo pierda la libertad por ello.

España está ahí: es anterior a mí y sera posterior. No se interfiere en mi libertad: al contrario, me permite desarrollarla al hacer accesible para mí un mundo que no lo sería si yo hubiera nacido aislado, a solas. Me uno a una marcha, a una comitiva a la que puedo añadir mi voz y mis pensamientos. Me da una oportunidad: comprender lo que sucede y adivinar adónde voy.

España es como un río: nace en alguna parte y va a desembocar a otro lugar. Por el afluente de mi vida individual, llego y aumento el caudal de España, pues acabo sabiendo hacia dónde voy y conozco las marcas con que el tiempo ha señalado la edad que me tocará recorrer.

Mucha filosofía extranjera suele aturdirse por este problema, por el miedo del hombre a solas en el mundo, que no sabe muy bien de dónde viene e ignora adónde va. Esa dicen que es una clave de la angustia.

Y he aquí que España me protege de ella como una madre comprensiva. Me dice a veces bronca y a veces amable de donde vengo desde el fondo de los tiempos y me enseña un futuro amplio en una dirección que conozco.

Luego, claro, me carga con parte del peso: adonde voy, no voy solo pero tampoco descargado: dos mil años de ilusiones pesan, precisamente porque España me lleva de lo particular a lo universal, de lo pequeño a lo grande, de lo incomprensible a lo comprendido, mientras me quita las dudas más graves: sé de dónde vengo y quiero ir adonde voy.

Arturo Robsy




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