Canovas y su 98 (1)
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Canovas y su 98 (1)

Por Gonzalo F. de la Mora

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Canovas y su 98 (1)

I PROEMIO

Se están celebrando dos centenarios, el de la muerte de Antonio Cánovas del Castillo, y el del desastre militar que arrebató a España sus últimos territorios ultramarinos. El hecho de que el gobernante fuera asesinado antes de que se produjera el ataque norteamericano, ha permitido a algunos historiadores desligar a Cánovas de la derrota. La operación ha venido exigiendo dos maniobras historiográficas. La primera, pasar por alto las posiciones canovistas anteriores al golpe militar de Martínez Campos que llevó al malagueño hasta el poder. La segunda es narrar el conflicto hispanonorteamericano a partir de su último capítulo, ya con Sagasta en el gobierno. Esta doble amputación retrospectiva permite presentar a Cánovas sólo como realizador de un sistema político que, con sus fraudes, duraría más de un cuarto de siglo, lo que se presenta como suceso extraordinario en la convulsa España decimonónica.

Aquí se trata de subsanar tal planteamiento, a cuyo efecto se examina globalmente la política exterior canovista cuyos errores conducirían al desastre.

Además, se revela la patética reacción de la minoría intelectual ante unos acontecimientos que acababan con los últimos signos de un Imperio moribundo, y que situaban a la nación ante su propio espectáculo de decadencia y hundimiento. Esos testimonios son traidos a colación con su desgarradora fuerza. La Prensa, que insensatamente azuzó al Gobierno, acogió luego los impresionantes lamentos de cuantos tenían una pluma en la mano. Y se buscó responsables entre los más inocentes como los almirantes vencidos en Cavite y Santiago de Cuba.

La Historia al revés, podría titularse la versión dominante en este doble centenario. Exponer la realidad como fue es el tratamiento adecuado porque los pueblos que olvidan sus pasados errores se condenan a reincidir.

II. EL AISLACIONISMO

1. Aislamiento

Cánovas pensaba que España era uno de los países más pobres de Europa, que los latinos eran inferiores a los germanos, y que el breve periodo de apogeo hispano había sido una casualidad, seguido de una larga decadencia . Ese descenso histórico se había ido acentuando: "el siglo presente, sin duda el más infeliz de nuesetros anales", proclamó en 1882. En suma, Cánovas tenía una idea muy negativa del pueblo que gobernaba.

Como consecuencia de ese pesimismo, la política interior canovista siempre estuvo caracterizada, más que por la racional prudencia, por un conservatismo de corto vuelo: mantener, no arriesgar, estabilizar, repetir. Su ideal fue hacer del turnismo partitocrático un uso institucional definitivo, una cómoda rutina, una permanente vacuna contra la tentación golpista o revolucionaria.

Consecuentemente, la política exterior fue de inhibición y aislamiento. Este es el texto famoso: "Mientras nuestra palabra y nuestrra acción no puedan emplearse efica o decididamente, prefiero y preferiré siempre, hasta con exceso, la abstención y el silencio" (19-I-1885). Seis años después declaraba: "naciones como la nuestra no tienen más que una política a seguir... la del statu quo" (7-VIII-1891), o sea, la del inmovilismo por temor a que cualquier movimiento fuera hacia peor. Siempre que en el Parlamento se planteaba una cuestión diplomática todo se le presentaba como "aventuras exteriores" "política temeraria desproporcionadamente a nuestra fuerzas" (31-I-1888), (7-VIII-1896). Al final de la vida, sintetizó su criterio en otra sentencia, también famosa: "yo he sido siempre partidario de eso que se llama en las momentos actuales aislamiento" (7-VIII-l 896).


2. Cuba

a) Antecedentes. El 28 de abril de 1823, el plenipotenciario norteamericano en Madrid presentó al gobierno liberal de San Miguel (La Santa Alianza restableció a Fernando VII como rey absoluto unas semanas después) una nota en la que se aludía a la "anexión de Cuba como indispensable". La pretensión norteamericana era, pues, explícita y bien conocida; pero no pudo ser consumada mientras España contó con el apoyo de las grandes potencias.

En noviembre de 1845, Inglaterra se ofreció a España para evitar la independencia de Cuba y su anexión a EE.UU. Fue una excelente ocasión; pero el gobierno de Martínez de la Rosa declinó el ofrecimiento por entender que podría interpretarse como un reconocimiento de la debilidad propia.

Cuando en 1848 se produjeron los incidentes de Nueva Orleans contra ciudadanos españoles, las flotas de Inglaterra y de Francia se prestaron para colaborar con la española en el Caribe.

En abril de 1852, Francia e Inglaterra propusieron a los Estados Unidos un convenio para asegurar el "statu quo" en Cuba. Washington se negó, pero hubo de tomar nota de la posición francoinglesa favorable a España, y suspendió su acción imperialista.

Inmediatamente después de la revolución española de septiembre de 1868, se produjo un alzamiento separatista en Cuba, y los Estados Unidos anunciaron su plan de reconocer a los insurrectos como beligerantes y trataron de constituirse en mediadores. El apoyo de Inglaterra, Francia y Prusia frustró la maniobra norteamericana, y España pudo combatir a los insurgentes hasta la sumisión una década más tarde.

El 13 de octubre de 1873, un navío español apresó al vapor norteamericano "Viriginius" que llevaba refuerzos a los separatistas cubanos, y los EE.UU. amenazaron con serias represalias que no pudieron llevar a efecto porque Inglaterra intervino en favor de España. El 27 de febrero de 1875 se firmó el acuerdo hispano norteamericano sobre indemnizaciones.

Durante medio siglo, entre 1823 y 1873, España no estuvo sola frente a los EE.UU y contó con el respaldo de Inglaterra y otras potencias europeas, lo que imposibilitó una anexión que nuestra debilidad militar no habría podido impedir. La posterior automarginación, que el diario "la Epoca" calificó de "espantosa soledad" en un artículo de 24 de marzo de 1896, fue la consecuencia de la política aislacionista de Cánovas.

b) Cánovas ante la insurrección. Para recompensarle de su integración en la Unión Liberal, el general O’Donnell designó a Cánovas ministro de Ultramar (21-VI-1865 a l0-VIII-1866). Era un momento extraordinariamente favorable para preparar la defensa administrativa, diplomática y militar de Cuba puesto que los EE.UU. se encontraban restañando las profundas heridas de su guerra civil, llamada de secesión, concluida en mayo de 1865. Pero Cánovas se limitó a realizar una documentada y plural encuesta informativa, que resultó inoperante, y a promulgar una serie de disposiciones burocráticas de incidencia casi inapreciable en el ulterior desarrollo de la pretensión norteamericana. Fue una ocasión perdida.

Cánovas no vuelve al poder hasta que, como consecuencia del golpe de Estado del general Martínez Campos en Sagunto, asume la Presidencia del Gobiemo el 31 de diciembre de 1874, posición en la que permanecería, con dos breves interrupciones, hasta el 8 de febrero de 1881. Su política cubana se fundaba en dos postulados. Según el primero, la isla no era una colonia, sino una provincia española. Según el segundo, que era una lógica consecuencia, la isla era innegociable, y en su defensa se sacrificaría hasta el último soldado y el último peso. Para ejecutar tal programa, Cánovas concedió a Martínez Campos la jefatura del ejército de operaciones. Llegó a La Habana el 3 de noviembre de 1873. Con medidas conciliadoras y con eficaces operaciones militares logró el cese de las hostilidades en el Convenio de Zanjón (12-II-1878); pero Cánovas no sólo no satisfizo las esperanzas que los separatistas habían puesto en el Convenio, sino que radicalizó el centralismo, y en 1879 estalló una nueva insurrección a la que siguieron las de 1883 y 1885.

En marzo de 1895, Cánovas volvió a designar a Martínez Campos para dominar la rebelión y realizó el gran esfuerzo de poner bajo sus órdenes un ejército expedicionario de 125.000 hombres, pero el general entendió que su política conciliadora era ya inviable y pidió el relevo. Cánovas designó al enérgico Weyler (diciembre de 1895) que dominó la insurrección en tres provincias. La reacción norteamericana fue muy adversa: reconoció la beligerancia a los rebeldes, y el 26 de junio protestó contra el modo "inhumano" de llevar la guerra en la isla. En un discurso, que se hizo famoso, afirmó Sagasta el 19 de mayo de 1887: "Después de haber enviado 200.000 hmbres y de haber derramado tanta sangre no somos dueños en la isla de más terreno que el que pisan nuestros soldados". En completo aislamiento internacional y en tan deplorable estado dejó Cánovas la cuestión cubana cuando fue asesinado en agosto de 1897.

c) El deficiente rearme. Refiriéndose a la época de los Austrias, Cánovas había escrito: "La influencia de España en el mundo dependía de su poder marítimo. Desde la oposición había dicho a los liberales: "Para todo lo que sea aumentar el material de guerra y marina y los medios de defensa contad con nosotros". Y, desde el poder, afirmó en 1891: "lo primero que se necesitan son barcos de guerra". A pesar de estas declaraciones, la indefensión de España era palmaria.

El 31 de enero de 1881, el propio Cánovas confesaba en el Congreso "hoy tenemos un solo buque de guerra y un solo crucero de verdad que se encargaron al extranjero por el Gobierno que tuve la honra de presidir". Y como "barcos de semiguerra" definió al resto de la flota. Pero, inexplicablemente, el 7 de julio de 1891 se jactaba ante los diputados de poseer "una escuadra digna de España, buques que por su construcción, por su armamento, por sus medios son dignos de figurar al lado de los mejores de otras naciones. Paradójicamente, acusó, más tarde, desde la oposición: "No tenemos más que tres o cuatro buques de guerra" (27-VI-1894). Poco después, los hechos demostraron en Santiago de Cuba y en Cavite la realidad: la Armada española apenas pudo colocar algún impacto en los navíos norteamericanos cuya superioridad artillera en alcance, velocidad del navío y en calibre era inmensa. Esta insuperable inferioridad era perfectamente conocida por nuestros almirantes. El agregado naval en Washington enviaba puntualmente informes sobre la flota norteamericana con indicación de las características de cada uno de los buques. Los estadillos comparados son reveladores: los cuatro navíos mayores de la Armada española montaban cañones de 28 cm. mientras que los cinco principales de la escuadra americana montaban cañones de 32,5 cm.; éstos eran más modernos, superaban en un tercio el tonelaje, y casi duplicaban las corazas de los españoles.

El testimonio más apodíctico del suicidio anunciado es el del almirante Cervera. El 14 de marzo de 1896, es decir, dos años antes del conflicto, escribe el almirante a su primo Juan Spottorno: "No tenemos escuadra..., no envidio la triste gloria, si gloria puede haber en ser vencido a ciencia cierta... ; te suplico que no rompas esta carta, sino que la guardes por si conviniera alguna vez conocer mis opiniones de hoy".

La gestión del gobierno liberal de Sagasta en 1898 fue deplorable; pero no basta para atenuar el fracaso de Cánovas en la preparación militar para un eventual conflicto con los Estados Unidos. Carlos O’Donnell, que había sido ministro de Estado con Cánovas desde 1890 hasta 1897, publicó en 1902 unos Apuntes para la defensa de la política internacional del Gobierno liberal conservador y allí admite: "Barcos. No dejamos muchos, es verdad... En el mar desgraciadamente, en número y calidad de barcos éramos harto débiles, lo reconozco" (vol. I, págs. 129 y 131).

Los hechos no son favorables a Cánovas en la cuestión de Cuba. Un gobernante consciente de la decisiva importancia del poderío naval, que pensaba defender la isla hasta el último límite, que se permitía denunciar la debilidad de nuestra Armada, y a quien constaba la firme pretensión estadounidense, dejó a España sin barcos capaces de hacer frente a los norteamericanos. Desde el 31 de diciembre de 1874 hasta su asesinato, ocupó la presidencia del Consejo de ministros durante casi once años, y el resto de ese largo período fue el jefe de la oposición con casi tanta autoridad como desde el poder. Al cabo de esos veintitrés años, nuestra Armada sólo sirvió como inofensivo blanco en 1898.

La guerra en tierra, aunque más costosa que la naval para las tropas norteamericanas, no fue menos desastrosa. El 21 de junio de 1898, 16.000 soldados norteamericanos desembarcaron en donde no eran esperados, en Daiquiri. A pesar de la heroica resistencia de los destacamentos españoles en El Caney y en las lomas de San Juan, el ejército estadounidense avanzó sobre Santiago de Cuba, plaza sólo defendida por 8.000 hombres. Destruida la escuadra de Cervera el 3 de julio, la isla quedó bloqueada y al arbitrio de la artillería naval americana. Incomunicada, el 16 de julio se rindió la plaza y se decidió firmar la paz. Las bajas españolas en el campo de batalla apenas rebasaron el 5% de los numerosos efectivos enviados para la lucha contra los insurrectos; pero escasamente aptos para la guerra con una gran potencia y que, alejados del frente, no tuvieron ocasión de entrar en fuego. En La Habana, considerada inexpugnable por su comandante, el general Juan Arolas, no se disparó ni un tiro. Tambien en tierra la impreparación fue casi absoluta.

"A posteriori", resulta patético este incumplido pronóstico de Cánovas, casi en vísperas de la tragedia: "El ejército español jamás saldrá de Cuba vencido" (7-VIII-l896).

Si el rearme hubiera sido materialmente imposible ¿era prudente y honesto exigir hasta la vida del último soldado? No cabe absolver a Cánovas de tan gran error.


3. Marruecos

Cánovas en su juvenil estudio sobre Muley-Abd-en Rhaman (1852) escribió: "En el Atlas está nuestra frontera natural que no en el canal de estrecho que junta al Mediterráneo con el Atlántico". En 1854, reprochó a los Austrias españoles "desatender la conquista del Magreb". Y reiteró en sus Apuntes para la historia de Marruecos (1860): "La frontera naturral de España por la parte del mediodía no es el canal angostísimo que junta dos mares, sino la cordillera del Atlas. Pero al final de su vida rectificó ante las Cortes: "Me desdigo no porque no sea ese un gran pensamiento...; pero hoy los años me vedan esto" (21-VIII-1886).

La real política marroquí del Cánovas gobernante estuvo muy lejos de sus ideales primeros. Ya en 1860 elogió la "paz chica" que remató la "guerra grande" de Africa con la gran desilusión de que incluso devolviéramos el recién conquistado Tetuán. El criterio canovista respecto a Marruecos era respetar la "integridad territorial" (13-II-1880), es decir, no debilitar al vecino norteafricano y atenernos a los modestos términos del Tratado (20-XI-1861) tras la victoria de Wad-Ras. Consecuente con ese pesimismo acerca de las posibilidades de España, defendió la máxima internacionalización de la cuestión marroquí. A este efecto se ofreció como anfitrión y presidió la Conferencia Internacional instada por Inglaterra y celebrada en Madrid (l9-V a 3-VIII-1880). Comparecieron catorce países, algunos de los cuales, como los nórdicos, carecían de intereses en el norte de Africa. Los diversos tratados bilaterales con Marruecos y su interpretación planteaban polémicas y situaciones discriminatorias. La conferencia reguló con carácter general los derechos de los extranjeros en Marruecos, extendió la cláusula de nación más favorecida, y no otorgó privilegio alguno a España cuyos intereses se difuminaron en una internacionalización que, de hecho, la relegaba. Fue otra ocasión perdida porque los posteriores convenios internacionales sobre el Magreb tendría que negociarlos la España decaida tras el desastre de 1898.

La idea fija de Cánovas era mantener invariable la precaria situación de las plazas españolas: "El tiempo dirá si la política que yo he iniciado, política de mantenimiento del Imperio de Marruecos, política de statu quo en aquel Imperio, como la más favorable que podía tenerse por España en las actuales condiciones, era o no la más práctica" (15-XI-1881). Tal política no la había iniciado Cánovas, sino que era en gran parte la continuación de la seguida por España en un período de tanta debilidad interior como el comprendido entre 1868 y 1874. Y los hechos demostraron que España podía aspirar a bastante más en Marruecos: Tratado hispanofrancés (3-X-1904), Conferencia de Algeciras (15-I a 7-IV 1905), Tratado hispanomarroquí (16-XI-l910), Tratados hispanofranceses (27-XI-1912 y

13-VIII-1926), etc.

La política de Cánovas respecto a Marruecos fue meramente defensiva, inmovilista y mediocre.





4. Ifni



Apelando a un antiguo derecho (reconocido en el artículo 8 del Tratado hispanomarroquí de 1861) sobre Santa Cruz de Mar Pequeña, nunca identificada apodícticamente, el 21 de enero de 1878 el Gobierno español, presidido por Cánovas, estableció una factoría en Ifni mediante acuerdo con los jefes de las tribus locales. Por nota de 20 de octubre de 1883 Marruecos reconoció el derecho español al enclave. Posada Herrera acababa de sustituir a Sagasta. La instalación en Ifni no puede considerarse un éxito diplomático puesto que la más verosimil localización de Santa Cruz de Mar Pequeña es Agadir, uno de los mejores puertos del litoral atlántico marroquí. Cánovas se resignó con un paupérrimo territorio.





5. Africa Occidental



El año 1876 un grupo de estudiosos constituyó la Sociedad Geográfica de Madrid. Uno de sus fundadores presidiría la Asociación Española para la Exploración de Africa, creada en 1877, que organizó en 1883 el Congreso español de Geografía Colonial cuya presidencia aceptó Cánovas del Castillo. Su discurso de clausura (12-XI-1883) fue un conjunto de generalidades apenas significativas, pero lo rehizo para su publicación y, entonces, adoptó una posición colonialista. En este ambiente propicio se constituyó la Sociedad Española de Africanistas y Colonialistas (diciembre de 1883), que dirigió un escrito de veintidós puntos a las Cortes incitando a abandonar la política de indiferencia ante Africa. En 1875, Manuel Iradier, patrocinado por la Sociedad, exploró Guinea, publicó su libro Reconocimiento de la costa ecuatorial de Africa (1887) y, representando a la Compañía Trasatlántica, estableció factorías en Río Muni, presencia española consolidada por el Tratado hispanofrancés de 27 de junio de 1900.

Con el mismo patrocinio, Emilio Bonelli exploró en 1884 la costa de Río de Oro, espalda continental de las Canarias, y luego, publicó su libro El Sahara (1887). Como consecuencia inmediata de esta expedición, en diciembre de 1884 el Gobierno, presidido por Cánovas, dirigió una circular a las potencias extranjeras notificando que la costa occidental de Africa comprendida entre los paralelos 20 y 27 de latitud Norte entre Cabo Bojador y Cabo Blanco había sido incluida bajo el protectorado de España. Esta decisión, acaso por el carácter desértico de los territorios, no fue protestada. En 1886 se exploró por el cónsul Alvarez la costa más septentrional, y la Sociedad propuso al Gobierno, presidido por Sagasta, que también se declarase bajo protectorado la zona septentrional entre el Cabo Bojador y la desembocadura del Draa, pero esta iniciativa no fue acogida positivamente.

¿Cuáles eran los límites de la posesión española en Africa Occidental? París no cesaba de pretender la extensión de sus fronteras. En marzo de 1886 se iniciaron las conversaciones de una comisión mixta hispano francesa, interrumpidas en 1891 siendo presidente del Gobierno Cánovas, que entonces se pronunció por la indecisión y el aplazamiento. Pero el tiempo trabajaba en contra de España. Después del desastre de 1898, Francia decidió reanudar las negociaciones e imponernos el deplorable Tratado de 1900, malo en el Sahara y pésimo en Guinea donde se nos reconoció una zona exigua.





6. Las Carolinas



Descubiertas por españoles en el siglo XVI y bautizadas en honor de Carlos II, España siempre afirmó su posesión del archipiélago integrado por medio millar de islas e islotes; pero, salvo algunas tentativas de evangelización, ni se ejerció la soberanía, ni se obstaculizó la instalación de comerciantes alemanes e ingleses. Cuando, a través del consulado en Hong-Kong, se reclamó el pago de aduanas a un navío alemán que comerciaba en el archipiélago, Inglaterra y Alemania protestaron simultáneamente (4-IV-1875) en severos términos. Cánovas, que presidía el Gobierno, no contestó, actitud equívoca que pudo interpretarse como una abdicación. Solo diez años más tarde (4-IV-1885), ordenó Cánovas la ocupación de las islas. Cinco días después de la llegada de nuestros buques, una cañonera alemana izó su bandera, y Berlín anunció el propósito de ocupar el archipiélago. El plenipotenciario inglés en Madrid atribuyó a Cánovas la siguiente opinión: "Nunca España había tenido pretensiones de soberanía de las Carolinas". Cánovas explicó que la conversación con el diplomático británico era meramente particular y carecía de valor oficial. Actitud, por lo menos, sumamente ligera. En una posterior intervención parlamentaria, Cánovas trató de empequeñecer la cuestión. A petición de las dos partes, León XIII aceptó dictar un laudo arbitral, y se llegó a dos protocolos (17-XII-1885 y 8-I-l886) que reconocían a España la soberanía y una concesión comercial a Alemania que fue renunciada (17-XII-1885). Un Gobierno, el mismo del Desastre, presidido por Sagasta, vendió las Carolinas a Alemania (12-II-1899).

La soberanía española sobre el archipiélago de Joló se reconoció por un protocolo con Alemania e Inglaterra (7-III-1885).





7. Europa



La designación de un rey para España fue el pretexto o la causa de que Napoleón III declarase la guerra a Prusia el 19 de julio de 1870. Poco antes, en marzo, el canciller alemán, Bismarck, que se preparaba para el enfrentamiento con Francia, pensó en un entendimiento militar con España para pre-

sionar sobre Bayona y obligar a distraer del otro frente a una parte del ejército galo. También Francia intentó una aproximación. Pero el Gobiemo español, presidido por Prim, decidió declarar su neutralidad por decreto de 20 de julio de 1870. Es obvio que una alianza con Alemania habría incorporado a España al concierto europeo, y nuestra historia habría sido muy diferente.

Después de su gran triunfo militar de Sedan, Bismarck asumió la hegemonía continental y presidió el Congreso de Berlín (1878) donde, sin la presencia de España (sí de la joven Italia), se decidió la llamada cuestión de Oriente, o sea, el destino de los territorios europeos del Imperio otomano después de su derrota ante el zar. El precio fue el deterioro de la amistad entre Prusia y Rusia, y resurgió la idea de una alianza entre Moscú y París. Paralelamente, Prusia y Austria firmaron un pacto secreto (1879). La incorporación de Italia en 1883 dió lugar a la Triple Alianza como fuerza disuasoria frente a Rusia y Francia.

Consolidada la república en Francia, donde desde 1875 conspiraba Ruiz Zorrilla contra la Restauración (siete sublevaciones), Cánovas intentó en octubre de 1877, por razones de política interior, un acuerdo con Alemania en previsión de que el republicanismo francés atentara contra la monarquía alfonsina. La idea fue rechazada; en 1879, se reiteró el intento, también sin éxito. En modo alguno fue una decisión canovista de romper el aislamiento y participar en el concierto europeo; fue un fallido complemento, a la postre innecesario, de su restauracionismo borbónico, una gestión con objetivo interno. Alfonso XII con sus imprudentísimas declaraciones de germanofilia irritó a Francia y no logró mover a Alemania. El pleito con Berlín sobre las Carolinas (1885) congeló la ya fría relación hispanoalemana.

En 1888, siendo Sagasta presidente del Gobierno, España solicitó su adhesión a la Triple Alianza, constituida en 1883 y recién renovada, y Bismarck respondió con una negativa. Antes, había desviado la cuestión sugiriendo un pacto hispanoitaliano —denominado Acuerdo secreto— que, siendo presidente Sagasta, fue suscrito el 4 de mayo de 1887, y que indujo a un programa naval, pero que sólo garantizaba el "statu quo" en el Mediterráneo donde no teníamos ningún contencioso. Alemania y Austria se adhirieron. Inglaterra lo vió con simpatía. Fue renovado en 1891 y en 1895. Pero frente a nuestros problemas coloniales continuábamos enteramente solos. Ni siquiera se supo activar, como en tiempos de Fernando VII o, más tarde, Portugal, la solidaridad monárquica. Cánovas, incapaz de incluir garantías internacionales sobre Cuba, se instaló en el repliegue respecto de Europa.





8. Conclusión



El robinsonismo diplomático de Cánovas no puede considerarse como una política exterior en sentido estricto, sino como una carencia de la misma, un encerrarse dentro de las fronteras, una ausencia de proyección exterior y, en el menos ensimismado de los casos, una actitud meramente reactiva. Los hechos evocados son confirmatorios; tambien otros como la negativa a aceptar la adhesión de tribus melillenses en 1880, o la reincorporación de Santo Domingo en 1861. Quizás, en el fondo inconfeso del ánimo, la idea canovista era "Que el mundo se olvide de nosotros". Tal programa apenas era viable en Europa; pero era absolutamente imposible ante la terca y poderosa voluntad estadounidense de arrojar a España del continente que había descubierto y civilizado. Cánovas se empeñó en interpretar la cuestión cubana como un problema interno, casi de policía gubernativa. Esta especie de provincianismo era coherente con su modelo aislacionista; pero no con la realidad. Por eso fracasó.

Tan negativa política exterior fue funesta porque desembocó en el desastre por excelencia del que corresponde a Cánovas la responsabilidad póstuma. (sigue apretando la flecha derecha)




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