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Canovas y su 98 (2)

Por Gonzalo F. de la Mora

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Canovas y su 98 (2)

III. El anunciado desastre



1. Los almirantes y la Prensa



La voluntad norteamericana de expansión en las Antillas es clara e ininterrumpida durante todo el siglo XIX. Hemos visto que el 28 de abril de 1823, decía el secretario de Estado norteamericano a su representante en Madrid: "La anexión de Cuba a nuestra República Federal será indispensable para la continuidad e integridad de la Unión misma". En 1848, la Unión ofreció quinientos millones de pesetas por la Isla, y en 1852 se negó a suscribir con Francia e Inglaterra un convenio de renuncia a la posesión de Cuba. Desde entonces toda subversión insular encuentra más o menos clandestino apoyo en la gran república del norte de América.

A partir de la nota del secretario de Estado, Sherman, de 26 de julio de 1897, los Estados Unidos, cuidándose ya poco de las formas, no cesaron de incrementar la dosis intervencionista de su política en Cuba. La nota del embajador en Madrid, Woodford, de 23 de septiembre, y la gestión del enviado personal del presidente Mac Kinley ante la reina María Cristina insistiendo en la ofertada compra de la Isla, no fueron sino los pasos que prepararon el ominoso ultimátum del 18 de abril de 1898. Cinco días después, la escuadra norteamericana iniciaba las hostilidades, es decir, la inicua agresión. Aniquilada la Armada española en Cavite el primero de mayo, y en Santiago el 3 de julio, Montero Ríos, tan vencido como los náufragos de aquellas patéticas gestas, firmaba el 10 de diciembre el Tratado de París, por el que perdíamos Cuba, Puerto Rico y Filipinas. La realidad histórica de este desastre ha sufrido durante medio siglo una sistemática desinformación en las apasionadas plumas no de historiadores, sino de protagonistas —fiscales unos, defensores otros—, víctimas y usufructuarios. El masoquismo de ciertos regeneracionistas empeñados en descubrir lacras y amplificar adversidades, y el gesto de crítica y distante repulsa con que los escritores noventayochistas pretendieron ponerse a salvo de las responsabilidades, consumaron la desfiguración de los hechos. Trabajosamente la crítica histórica empieza a reconstruir la vera efigie del 98.

Cuba era para la España canovista "suelo patrio... tierra que no se vende, ni se compra ni se hipoteca ni se da". Para los Estados Unidos, en cambio, era una simple posición estratégica que se habían propuesto adquirir al mejor precio posible. Con este planteamiento no cabía fórmula de compromiso. Pero la guerra implicaba necesariamente nuestra derrota, porque la desigualdad militar era palmaria y ningún tardío e improvisado esfuerzo de rearme, por titánico que fuera, habría podido equilibrar la potencia bélica de España con la de la grande y joven República. Lo sabían en 1898 los altos jefes del Ejército y de la Armada que, cuando sonó la hora implacable, defendieron, sólo por obediencia debida, la dignidad de un pueblo ciegamente enardecido por los demagogos y por la prensa.

El testimonio definitivo es el del almirante Cervera. El 30 de enero de 1898, siendo comandante general de la escuadra, escribe que, en caso de conflicto armado, "podemos y debemos temer el desastre". El 25 de febrero comunica al ministro de Marina: "el rompimiento con los Estados Unidos acarrearía una gran catastrofe para la pobre España, que ya no puede más y no está preparada para tan rudo choque". El 16 de marzo remacha: «creo del mayor interés que todo el Consejo de ministros, sin exceptuar absolutamente ninguno, estén iniciados con toda claridad de nuestra triste y desconsoladora situación, para que no quede la menor duda de que la guerra nos conducirá seguramente a un desastre, seguido de una paz humillante y de la ruina más espantosa». El 6 de abril precisa: "presentarles una batalla naval con carácter de decisiva sería el mayor de los desatinos porque será buscar una derrota cierta". Poco después, se le manda levar anclas. El 25 de abril se declara la guerra. Al zarpar de Cabo Verde, en cumplimiento de la orden recibida, rumbo a Cuba, telegrafía este mensaje estremecedor a su ministro: "Con la conciencia tranquila vooy al sacrificio". Del previsto final levanta acta en el dramático parte del 4 de julio desde la Playa del Este: "Toda mi escuadra quedó destruida". Y aunque menos duros, son complementarios los testimonios del almirante Montojo, comandante general de Filipinas, enfrentado con la rebelión y los desembarcos. Cuando estalló el conflicto, la tropa derrochó heroísmo y algunos de sus mandos hicieron milagros. Los testimonios todavía hoy arrancan lágrimas. La derrota fue la consecuencia necesaria de una inmensa inferioridad material4.

Los datos estrictamente militares eran conocidos por el Gabinete que presidía el liberal Sagasta. El 4 de marzo de 1898 el ministro de Marina, Bermejo, había escrito a Cervera: "Ya le dejé dicho que el gobierno conoce nuestra situación". Más de una vez el Almirante se ofrece a informar personalmente al Consejo de ministros; pero no se considera necesario. Por si esto fuera poco, el capitán de navío Fernando Villamil, en un gesto formalmente indisciplinado, telegrafía en clave a Sagasta desde su barco en Cabo Verde el 22 de abril: «Ante la trascendencia que tendrá para la Patria, creo conveniente conozca por el amigo que no teme las censuras que, si bien como militares están todos dispuestos a morir honrosamente cumpliendo sus deberes, creo indubitable que el sacrificio de este núcleo de fuerzas navales será tan seguro como estéril y contraproducente para el término de la guerra». Que los militares daban la derrota como inevitable, y que de ello era consciente el Gabinete, lo demuestran estas asombrosas palabras del ministro de la Guerra en las Cortes el 4 de mayo: "No soy de los que alardean de seguridades de éxito caso de romperse las hostilidades"


Aunque las responsabilidades se remontan muy atrás, las inmediatas de aquella tentativa de suicidio nacional corresponden a los periodistas y al Gobierno. Los diarios crearon una falsa moral de victoria. Pi y Margall acusó a "una prensa infame de haber llevado a España al desastre. El duque de Maura censuró "la insensatez de la Prensa periódica que, en su casi totalidad azuzaba a sus lectores a pedir el empleo de las armas". Prieto, testigo de los hechos, describe así la versión periodística: «Continuó la ceguera nacional: Weyler, en menos que canta un gallo, tomaría por asalto el Capitolio de Washington; las escuadras de Cervera y Montojo pondrían en fuga o hundirían, en un dos por tres, a los buques yanquis tripulados por cocineros de Chicago». El embajador Villaurrutia, que participó en las negociaciones de paz, denunció especialmente a "los periódicos libereales que atizar el fuego emularon a la Prensa amarilla americana". Orbe escribe a Unamuno: "Sobre el espectáculo de las injusticias, de la rapacidad, de la mentirosa hipocresía, viene ahora esta guerra a remover las heces fétidas de los dos pueblos, gracias a los tocineros de la prensa de acá y de allá que la han provocado". Y, según Gómez Aparicio, uno de los factores decisivos del desastre fue "una Prensa periódica impreparada y mendaz, que erigió en su arma favorita de captación de lectores un sensacionalismo fluctuante ente la ignorancia, la audacia y la insolvencia".

¿Qué decían literalmente los periódicos? Que "los acorazados yanquis eran unas pesadas máquinas incapaces para maniobras rápidas"; que "los voluntarios concentrados en Florida aprendían la instrucción con escobas porque carecían de suficientes fusiles"; que era previsible "un alzamiento de los pieles rojas en la retaguardia de los Estados Unidos"; que "no se ha conseguido el cupo de reclutamiento en ninguno de los Estados"; que, para impresionar, "los buques de guerra van y vienen, pasan cien veces por los mismos sitios"; que "son supuesto los ejércitos invasores de Cuba"; que los americanos "han puesto en movimiento cuantos barcos poseen hasta las carracas"; que, salvo dos docenas de buques, "los demás es género del Rastro"; que, tan pronto como se abriera el fuego, "desertarían las tripulaciones de los buques norteamericanos"; que "los desplantes yanquis son pura comedia" y "balandronadas"; que, defendidas por nuestra flota "no se nos meriendan los yanquis las islas Filipinas"; y que nuestros cien mil soldados aplastarán a los apenas treinta mil americanos". Entre enero y marzo de 1898, sólo en "La Ilustración Española y Americana", cuatro ilustres colaboradores escriben sucesivamente: "Y no es que tema complicaciones bélicas con los Estados Unidos; podré equivocarme, pero lo considero el enano de la venta, a quien se metería el resuello en el cuerpo sin nos lo propusieramos". "Como es país que no tiene trradición alguna en su historia naval, nada tendrá de particular que dentro de poco veamos todos esos buques ir al montón del material viejo". "A nadie necisitamos y solos podremos, como en cien ocasiones inolvidables, salvar nuestra integridad geográfica". "Posibl es que ahora seamos nosotros la causa de que queden disgregados para siempre los que hasta aquí se denominaron Estados Unidos"


Tales insensateces, repetidas con largueza y sólo excepcionalmente contradichas, fabrican una opinión pública que presiona a los gobernantes. El almirante Cervera, en carta a su ministro, escribe el 11 de febrero: "Tengo siempre presente lo que es la prensa de este país. Y así habrá observado cómo eludo en mis telegramas usar ciertas frases que alarmen, ni nada que pueda excitar pasiones". A lo que responde el titular de Marina diez días después: "Nuestra actitud debe ser reservada y, hasta donde sea posible, evitar todo conflicto con los Estados Unidos ; pero considere lo impresionable de nuestro país y el mal que nos causa una Prensa imposible de dominar". Todavía el 25 de abril se lamenta Cervera "de esa masa inconsciente que ignora todo cuanto se refiere a la guerra, y en particular a la naval". Y en la patética Junta de Generales de la Armada que el ministro de Marina convocó el 23 de abril, declara el almirante Chacón: "La opinión pública padece grave error al apreciar el valor o eficacia de nuestra escuadra". De la desinformación general y de la ligereza de la clase dirigente da fe la anécdota, narrada por Azaña: "en Julio del noventa y ocho los tertulianos de la Cacharrería (del Ateneo de Madrid) brindaron con champaña por la supuesta victoriosa salida de la escuadra de Cervera en Santiago de Cuba". Una serie de plumas indocumentadas, demagógicas, gregarias o ciegas de pasión contribuyeron a empujarnos hacia una de las más oscuras simas de nuestra Historia.

Junto a la grave corresponsabilidad del llamado cuarto poder o parlamento de papel, hay que citar la del Gobierno, que ni siquiera intentó contradecir la campaña desinformativa.. La única política eficaz hubiera sido evitar la guerra, es decir, eliminar pretextos para la buscada intervención estadounidense. Se recurrió a dos estrategias tan desacertadas como fallidas: la pacificación militar, que era la fórmula de Cánovas, y las concesiones autonómicas para aplacar las exigencias norteamericanas, método que preconizaba Sagasta.





2. El anonadamiento



Durante decenios ha sido un lugar común entre nosotros la tesis de la frivolidad, infantilismo e irresponsabilidad de la sociedad española finisecular. Se nos presentaba al Madrid noventayochista como la inconsciente ciudad alegre y confiada que —era el tópico dato solitario— la tarde de Cavite se había ido bulliciosamente a los toros. Esta sospechosa imagen de atonía patriótica estaba en polar contradicción con la popularidad de la guerra y con la desesperación colectiva que produjo la derrota militar. Pero ningún cronista pareció reparar en objeción tan elemental y voluminosa. Se ha dado paso preferente y crédito ilimitado a los criticismos y masoquismos en que desde antiguo hemos sido tan fértiles. Y así acabaron prevaleciendo las voces de unos escritores, casi todos noveles, que con Azorín a la cabeza, exageraban sus posiciones para conquistar la notoriedad, y extremaban sus discrepancias para salvarse de las responsabilidades que exigía una opinión defraudada. De este modo se forjó la leyenda que ha enseñoreado nuestra Historia, hasta que se empezó a proyectar luz sobre la auténtica reacción nacional14.

La noticia de la derrota de Cavite se divulgó en la capital cuando un público cariacontecido y, por cierto, muy menguado, salía de la cuarta corrida de abono. Se extendió la consternación, y pronto se organizaron manifestaciones en la Puerta del Sol, en la calle de Sevilla y frente a la Presidencia del Gobierno. Al día siguiente, la plaza de toros estaba medio vacía. Y el 2 de mayo, fiesta castiza y bullanguera, no había nadie en los locales públicos, y el desánimo callejero era general. Menéndez Pelayo insiste en "la tristeza nacional que a todos nos embarga". Y Fernández Almagro resume así los innegables hechos: «Anonadados, estupefactos quedaron los españoles, sin fuerzas morales ni posibilidades materiales para intentar nada, más los de abajo que los de arriba, por hallarse peor informados y ser menor su capacidad de reacción. En tales condiciones de abatimiento y dolor irreparable ¿qué podía significar el Tratado de París sino una corroboración?».

Vale la pena tratar de penetrar también en el dolor de los de arriba. Emilio Castelar, que había calificado de "epilepsia colectiva" y "delirio de desesperación" la reacción popular, escribía descubriendo su corazón: "necesetaríamos las quejas de Job y los plañidos de Jeremías para llorar nuestras desgracias... se anuda la garganta, se detiene la pluma, diciendo de palabra o por escrito nuestra derrota"; y un mes después insistía en su "desesperación". Ganivet alude a "los desastres que llueven" sobre España y al momento, que compara con un naufragio en el que "sólo queda tiempo para encomendarse a Dios antes de irse al fondo". "Decaido" se confiesa Menéndez Pelayo ante lo que él llama "el día más triste de nuestra desventura nacional", y la "espantosa catástrofe en que parece que se va a hundir hasta el nombre de la Patria". Valera se declara "aagobiado por los infortunios públicos" y exclama: "tremenda es nuestra desdicha". Costa evoca "aquella hora apocalíptica en que la Historia exprimió sobre nosotros, con gran complacencia, toda su hiel". Y Ramón y Cajal recordará años después: "recibí la nueva horrenda y angustiosa, como uuna bomba". Entre los jóvenes no conozco testimonio más patético que el del recluta recién licenciado Maeztu: "Hundido en un anonadamiento sombrío y desesperado, colgué la pluma". También José Ortega y Gasset, que cumplía entonces quince años, conserva imborrable y angustiosa memoria. "un año tristísimo, 1898, ¡Qué abismo de dolor !". Y los calificativos de "terrible" y "fatal" matizan siempre sus alusiones a la fatídica fecha.

No es menos sombría la visión poética del vencimiento: "Y de vergüenza conservar la vida... la catástrofe horrible es obra nuestra" cantaba Emilio Ferrari en sus sonetos Impresiones del desastre. "¡Inri !" se titulaba la silva que Salvador Rueda dedicó a la patria derrotada29; pero acaso la más pungente huella que dejó el 98 en nuestra poesía sea el Cant del Retorn de Maragall, reiteradamente estremecido por el bordón "plooreu, ploreu".

A dieciseis años de distancia todavía escribe Castelao: "El desastre de Santiago de Cuba derrumbó mis ilusiones y no sería facil describir la infinita desesperación en que me ví sumergido". Brañas exclama: "Tristísimos y vergonzosos sucesos, si harto conocidos, no por desgracia bastante deplorados ni execrado, y por mayor desdicha aún, casi del todo impunes" "han precipitado a España en el abismo donde hoy yace". Emilia Pardo Bazán, que en abril de 1898 se mostraba pesimista y contraria a la guerra, escribe "en el negro día de Cavite" "con el corazón despedazado de dolor y henchido de lágrimas ardientes". Morote se lamenta: "Hemos venido a parar a lo más profundo y oscuro de la sima". Canta Ricardo León: "...La sombra nos rodea/ busco un rayo de sol... ¡y no lo encuentro !/ como un navío en las rabiosas manos /todo cruje, se rompe y se desquicia". Y no sería difícil multiplicar los testimonios de desencantada amargura.

Por eso no es posible leer con indiferencia estas líneas tan desangeladas como irresponsables de Pío Baroja: "La noticia se recibió con una perfecta indiferencia... La gente iba al teatro y a los toros con perfecta tranquilidad". Así han escrito algunos la historia —sit venia verbi— de lo que paradójicamente llamaban nada menos que el Desastre por excelencia.

Pero esta aflicción general no guardó proporción con los hechos. Y sorprende que no se haya reparado suficientemente en ello. La importancia de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en la economía española era tan limitada que la pérdida de las islas apenas repercutió en el nivel de vida de la metrópoli. Al contrario, desde que estalló la insurrección los gastos militares habían ido en amenazador aumento gravando seriamente nuestro deficitario presupuesto. Tampoco nuestra posición internacional empeoró de modo sensible. Los fallidos esfuerzos de Sagasta para obtener la mediación de las grandes potencias en vísperas del conflicto confirmaron el aislamiento protagonizado por Cánovas. Si se compara esta ausencia de todo vestigio de alianza con la Conferencia de Algeciras, la milimétrica medida de nuestro prestigio parece mayor en 1906 que diez años antes. Tampoco el hundimiento de la escuadra alteró decisivamente nuestra presencia en el mundo porque, como demostró la experiencia, la eficacia militar de nuestros viejos barcos era muy escasa. Los problemas políticos internos eran anteriores al Desastre: la oligarquía caciquil, la cuestión social y el regionalismo. La derrota influyó en su agravamiento como una causa más, que ni siquiera era la más importante.

Pero la desproporción se manifiesta todavía más claramente si retrocedemos a nuestra verdadera quiebra imperial. Cuando se acaba de perder no un archipiélago, sino el continente americano en la incomprensible retirada de Junín y en la sospechosa derrota de Ayacucho (1824) —noticia que llegó a España con cinco meses de retraso— la única reacción nacional fue una fría resolución del Gobierno remitiendo el asunto al Consejo de Indias39. No hay testimonios ni populares, ni aristocráticos que acrediten desconsuelo. Ni siquiera prendieron en el recuerdo de las gentes los fáciles nombres de los lugares en que se consumó la emancipación. Nuestros generales de las horas decisivas -Canterac y Monet- tenían moral de entrega. Todo induce a pensar que el desenlace se daba por inevitable desde tiempo atrás, y que por eso, cuando llegó el día, el eco nacional fue "tenue o nulo".

La narración acaba y la Historia comienza cuando a estas alturas de nuestra meditación nos preguntamos: ¿Por qué los españoles, impasibles ante la pérdida del Nuevo Mundo, reaccionaron tan patéticamente cuando vieron naufragar los últimos restos del escorado y desguazado Imperio? Esta increíble, fabulosa desproporción entre la aparente causa y el efecto, denuncia un hecho tan preterido como capital: la crisis del 98 fue principalmente psicológica, y su perfil nos lo da la historia del espíritu. La derrota fue el último estímulo para una respuesta largamente incubada. Fue el gran pretexto para apoyar una rebelde actitud espiritual. Sólo Pabón lo ha apuntado cuando al comparar nuestro desastre con otros ajenos y contemporáneos —el ultimátum inglés a Portugal en 1890; el Shimonosheki japonés de 1895; el pleito británico con Venezuela en 1896; el Fashoda francés de 1889—, concluye: nuestro 98 "fue un acontecimiento internacional ; un 98 en la serie de los 98 ; el único no aceptado".


IV. EPILOGO



El inaceptado desastre de 1898 no fue un accidente histórico, fue el remate de un proceso de decadencia que se precipita a partir del momento en que las ideas de la Revolución francesa dividen la conciencia nacional hasta el punto de casi anular la capacidad de reacción del pueblo español. Cánovas del Castillo fue el penúltimo responsable de ese deslizamiento hacia el abismo. Cuando Ortega acusaba de "fantasmal" a la I Restauración era veraz si su calificativo significaba que la apariencia de normalidad institucional no revelaba una auténtica regeneración. Esa regeneración española, postulada por Costa y otros, no se inicia realmente hasta el segundo cuarto del siglo XX y desde planteamientos no coincidentes con los del turnismo oligárquico.

No es exacto separar a la I Restauración canovista de un proceso de decadencia que llegó en 1898 hasta su acelerado y amargo final.



Gonzalo Fernández de la Mora




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