nº 91 Editorial. Razón y consenso
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Razón y consenso

Editorial. nº 91

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Editorial: Razón y consenso

Consenso es el acuerdo o asentimiento general de las personas que integran un grupo o corporación; es una expresión débil de la unanimidad porque revela más anuencia tácita y pasiva que expresa y activa. Es un vocablo del que se hace frecuente uso en política porque evita confrontaciones sin entrañar afirmaciones rotundas. El consenso de masas no significa una adhesión consciente y tajante, sino la tolerancia de quienes se supone que otorgan al callar. Esta acepción multitudinaria también es débil porque tal consenso se da por supuesto y no necesita explicitarse, ni demostrarse. El consenso es eufemismo o ficción políticamente cómodos.

Propiamente, el consenso no se presta sobre lo necesario, sino sobre lo contingente. No se consensúa el principio lógico de no contradicción, o la velocidad de la luz, o la existencia de Cervantes. Tales juicios apodícticos no son objeto de consenso, sino de conocimiento y aquiescencia; la razón se inclina ante ellos. Contrariamente, se consensúa lo que es opinable o discrecional como el sistema de sufragio o la conducción por la derecha. En estos casos la razón ejerce una función secundaria.

A partir de la revolución que destronó a los Borbones franceses, los constituyentes de muchos países se plantearon la alternativa entre monarquía hereditaria y república electiva. Los partidarios de uno u otro modelo solían esgrimir argumentos supuestamente racionales; pero, en realidad, eran meramente ocasionales porque no podían referirse a todo lugar y tiempo, sino a unas circunstancias determinadas. ¿Cómo se podrá demostrar la necesidad de un rey dinástico en Suiza o en los Estados Unidos? ¿Sobre qué axiomas evidentes se podría determinar para cualquier coyuntura histórica el interés del dinero? Son dos ejemplos de materias accidentales sobre las que sólo se puede dictar normas obligatorias por decisión soberana, y por consenso elitista o popular.

Se tiende a mitificar el consenso como la ideal situación social; pero no lo es por varios motivos.

El primero es la modesta jerarquía lógica de una posición de tan escasa densidad racional. Se puede consensuar incluso universal y continuadamente instituciones como la esclavitud. Lo esencial del consenso no es la veracidad, sino una coincidencia que puede recaer sobre lo perverso y lo falaz. El consenso no revela nada valioso sobre los contenidos; es aún más laxo que los pactos pues los ordenamientos jurídicos excluyen ciertos acuerdos. En política, con más o menos maquillaje, todo puede ser pactado por la clase dirigente. Nada es objetivamente cierto y honesto por el simple hecho de ser consensuado.

El segundo es el carácter voluntario del consenso. Se negocia y se puede decidir sobre intereses o deseos independientemente de principios teóricos. Tal libertad implica que el consenso puede anularse en cualquier momento; es una situación inestable. En cambio, la aquiesciencia de la razón tiende a ser duradera.

El tercero es el carácter ficticio del consenso: quien no se manifiesta en contra se supone que consiente. Hay una presunción de adhesión tanto mayor cuanto más extenso es el grupo al que se atribuye una voluntad tácita y general. En los aparentes consensos sociales hay notables dosis de falsedad: la opinión publicada sustituye a la opinión pública.

El cuarto es que la opinión publicada como consenso adquiere connotaciones alienantes y coercitivas. Una vez declarado el presunto consenso por los líderes, hace falta un despliegue suplementario de energía para manifestar un criterio diverso. Los consensos oficialistas, como las modas, suponen una dimensión condenable —"incorrecta"— del extravagante o discrepante. Lo racional se impone por sí mismo, lo consensuado es soportado por los grandes números como un uso dado y ajeno.

El quinto es que el consenso tiende a cristalizar una opinión y a excluir la dialéctica. Un ejemplo prototípico es el de las Constituciones que se pactan entre los ocasionales protagonistas y se blindan con muy serios obstáculos para su reforma. El pasado es revisable y todo es posible durante el periodo constituyente; pero una vez decidido el consenso, la disidencia merece, por lo menos, la pena de ostracismo.

El sexto es que, con frecuencia, los consensos no son propiamente coincidencias sobre cuestiones disputadas, sino simulaciones de acuerdo sobre textos ambiguos que aplazan las auténticas resoluciones. Por ejemplo, la Constitución española de 1978 es la formalización consensuada de un disenso sobre la unidad nacional, el poder regio, la independencia judicial, el aborto, el divorcio, etc. Se consensúa el equívoco, que es la suprema incoherencia lógica. Tal proceder sofístico repugna a la razón.

Los consensos suscitan reservas, sospechas, y precaución al logos.

Razón Española




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