CRONICA: La diplomacia. Por E. Beladíez Navarro
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CRONICA: La diplomacia. nº 91

Por E. Beladíez Navarro

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CRONICA: La diplomacia

Dos años de política exterior. Con este título ha escrito el señor Matutes en ABC un artículo resumiendo la actividad internacional del departamento que dirige. Avances españoles en materias tan dispares como integración en la Europa del euro, acceso a la estructura militar de la OTAN, relaciones con Iberoamérica, presencia en Guatemala, Chechenia, Nagorno-Karabaj, Moldova y Bosnia. Especialmente subraya el ministro las visitas reiteradas a Oriente Medio y su interés por el conflicto que enfrenta a palestinos e israelitas con la apertura de un Instituto Cervantes en Tel-Aviv.

Dos temas parecen seguir preocupando al señor ministro. En primer lugar, el de Gibraltar, sobre el que presentó hace meses al Gobierno inglés un discutible plan que, hasta el momento, sólo ha merecido un acuse de recibo de Londres. El obstáculo sigue estando donde está desde hace ya muchos años: en Gibraltar mismo, donde la intransigencia total es palpable como acaba de ponerse de manifiesto una vez más con la reciente visita a Madrid del señor Caruana, empeñado a todo trance en convertirse en interlocutor directo del Gobierno español, pretendiendo olvidar que Gibraltar no tiene ni voz ni voto en un pleito que es exclusivamente hispano-británico. Los gibraltareños se aferran a una cerrazón de la que se aprovecha el gobierno de Londres para escudarse tras ella y encerrarse en el mutismo. Mientras los gibraltareños no se vean obligados a ceder, rechazarán todas las ofertas por inteligentes que sean. Sin presión, el diálogo no se producirá.

El segundo tema que tampoco evoluciona de modo concluyente es el de Cuba. En éste también el Gobierno español ha hecho todo género de gestos condescendientes, desde el nombramiento de nuevo embajador en La Habana hasta la oposición a la ley Helms-Burton y, últimamente, a la concesión a Cuba del estatuto de observador en las próximas negociaciones del Convenio de Lome. Todo han sido benévolas medidas de Madrid, que, hasta la fecha, no han sido correspondidas por medidas liberalizadoras de la dictadura cubana, a la que se abren puertas con ayuda de España, pero que persiste en su inmovilismo marxista.



Los viajes del Presidente Aznar. ¿Qué esperaba conseguir en estos desplazamientos? Se puede volar por muchas razones, pero un señor tan importante ha de tener una justificación igualmente importante. Doy por supuesto que no eran Luxor, el Valle de los Reyes, las Pirámides, el Santo Sepulcro, el Muro de las Lamentaciones ni otros testimonios de la historia de la humanidad lo que arrastró al viaje. Tuvieron que ser motivaciones políticas las que empujaron al Presidente a una región tan conflictiva. Quizás se trataba de ver cómo andaban las cosas por la región y, de paso, estrechar lazos con jefes políticos locales, con los cuales ya había muy buenas relaciones. Así fue el caso con el Presidente egipcio, al que el señor Aznar ofreció experiencia y colaboración en materia antiterrorista, y le respondieron que a Egipto no le interesa una nueva conferencia de Madrid sobre Oriente Medio. Con el señor Arafat, que está planteando un problema con su delicada salud, no hubo lugar a otra cosa que a su negativa a participar en una eventual nueva conferencia de Madrid. Finalmente, del señor Netanhayu, promotor de la idea de la repetida nueva conferencia, le oyó decir que no es exactamente una conferencia de las características de la primera, sino un extraño revoltijo que no supo explicar con claridad.

Una cosa quedó clara: nadie quiere la conferencia y en Oriente Medio todo sigue como estaba. Y el señor Aznar dio una prueba de malabarismo dialéctico no oponiéndose a una conferencia, pero diciendo que no le parece oportuna. Malabarismo acentuado al acumular gestos amistosos hacia el pueblo palestino, pero evitando decir una sola palabra en apoyo de un Estado palestino independiente. La presencia de un primer ministro de una nación amiga habrá gustado a todos. Pero el señor Aznar ¿qué ha obtenido para España?

Otra cosa ha sido el viaje a Bulgaria, país que se encuentra en un momento propicio para su integración en el mundo occidental del que tanto tiempo ha estado separada. Su evolución no está siendo fácil, pero posee, ahora, una elevada dosis de buena voluntad para avanzar en el camino de la reforma de sus estructuras, viciadas por decenios de socialismo real. Bulgaria necesita de todos los apoyos posibles para incorporarse tanto a la Unión Europea como a la OTAN, entidades cuyos objetivos comparte. Pero Bulgaria, situada en el extremo oriental de Europa, es evidente que quiere pertenecer a esa Europa, aunque se saliera de su mapa. Porque Europa es, por encima de todo, un concepto espiritual, hecho de comunidad de historia, y de culturas cuyas raíces emergen de un acervo histórico que se extiende hasta lejanas fronteras geográficas. El comunismo deseuropeizó los Balcanes y volver a las fuentes intelectuales propiciará a esos países una auténtica liberación espiritual, una vuelta al humanismo que, para Bulgaria, empieza con Cirilo y Metodio.

El Presidente Aznar ha prometido la ayuda de España para alcanzar tales objetivos ofreciendo al Gobierno búlgaro que, tras Polonia, Hungría y la República Checa, corresponderá integrarse en ambas comunidades. A cambio se habló de una deuda casi histórica del Mineralbank con España y todo hace pensar que el Gobierno de Sofía está en la mejor disposición para resolver este pleito que tanto ha frenado la posibilidad de inversiones españolas de importancia y a las que tanto se aspira en el país balcánico. Que, por cierto, puede presumir de una continua tradición de interés por la cultura hispánica, con abundantes traducciones de obras literarias. Profesores e intelectuales han aprovechado la presencia del señor Aznar para pedirle la apertura de un Instituto Cervantes en Sofía. Y, caso de que dificultades presupuestarias obstaculicen la realización de este deseo, piden ayuda para la creación de un fondo importante de libros españoles con los que construir, en la universidad local, una biblioteca hispánica.



Unión Europea. Los períodos de optimismo se mezclan con etapas de frustración. Que no siempre afectan por igual o simultáneamente a todos los gobiernos. Por ejemplo, España está satisfecha. Ya hemos cumplido con todas las condiciones para entrar en el grupo de cabeza de los países del euro, "ya no estamos a la defensiva en su pugna financiera con la UE", según afirma el ministro señor Matutes. La situación es favorable y Madrid hace buena figura en los cenáculos internacionales.

Pero otros gobiernos, los de Alemania y Francia, levantan ahora objeciones para llegar rápidamente a una auténtica integración. Para Francia, las objeciones son, sobre todo, de carácter político, porque teme que sus ciudadanos consideren la integración como una pérdida de soberanía, lo que es cierto, pero que habían olvidado hasta ahora. La permeabilidad de fronteras representada por el tratado de Schengen les parece extremadamente peligrosa a la vista de la virulencia del terrorismo internacional. París se resiste a ratificar el tratado de Amsterdam que había sido elaborado en un momento de euforia europeísta. Las cabezas pensantes galas hablan de reformar el tratado de Amsterdam, incluso antes de ratificarlo. En el fondo se trata de que el patriotismo francés ha levantado una vez más la cabeza y que resulta difícil avanzar hacia una política exterior común sin la cual, por otra parte, no se concibe la UE.

Las reticencias alemanas son de otro género: de dinero: no está dispuesta a dar su visto bueno a medidas que significarían —dicen— aumentar la contribución de Alemania. Es más, su Gobierno no sólo no quiere aumentar su contribución, sino que trata de reducirla. Pero tal reducción implicaría que países como Francia, Bélgica, Dinamarca, Finlandia e Italia tendrían que aumentar sus cuotas. Es de imaginar la reacción de estos países.

España se encuentra en la encrucijada. El señor Rato había propuesto, y no parece descabellado, que las contribuciones de cada Estado se hicieran en función de los ingresos de sus ciudadanos respectivos, lo que automáticamente obligaría a Alemania a aumentar su contribución en calidad de país con la más elevada renta individual de Europa. La reacción germánica no se ha hecho esperar y su ministro de Finanzas ha venido a decir que la propuesta del señor Rato es una insensatez. Añade a esto el permanente deseo de Alemania de reducir las subvenciones comunitarias de las que se considera la mayor, si no la única contribuyente.

Los rigores del verano han hecho subir la temperatura en este terreno tan resbaladizo. Y, consecuencia inesperada, ha provocado un enfrentamiento hispano-germano como no se vivía desde hace mucho. El deseo español se enfrenta con la oposicion alemana. Y la UE debatiéndose entre optimismo y frustración.

Emilio Beladíez Embajador de España




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