La memoria social
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La memoria social

Por Emilio Beladíez

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La memoria social

¿Se acuerda alguien de los increíbles y de las maravillosas de la Francia del Directorio? ¿Y de los leones y leonas de la Inglaterra de la Regencia? Y mucho más cerca, ¿quién tiene memoria de los zazús? ¿O de hippies que florecían, pacifistas y soñadores, por parques y plazas de Occidente hasta hace sólo unos años dejándolo todo emporcado de papeles grasientos, bolsas de plástico y botellas vacías?

¡La memoria social es tan corta!

Pero más cortas aún son las apetencias de esos grupos y movimientos humanos. Ni siquiera aspiran a perpetuarse durante una generación porque en tal caso cubrirían períodos medios de unos veinte años. La realidad es que esos movimientos suelen agotarse en pocas primaveras. Porque sus miembros envejecen y, al hacerlo, sólo exudan ridículo.

Los que en la pubertad vivieron la guerra de España o la II guerra mundial eran, por ley de vida, gentes afectadas por el horror que las guerras imponen. Supervivientes de atroces hecatombes querían paz, comodidad y seguridad para olvidar el miedo y la miseria. Y tras ellos llegó un afán de lucro que se apoderó de las masas, como instrumento para compensar lo sufrido antes. El dinero y el fugaz triunfo personal eran los ídolos del momento.

Ese dinero se transformó en un elemento destructor de la sociedad. El bienestar, pronto logrado, trajo consigo el desprecio y el abandono de los valores en cuyo nombre, años atrás, se dejaban matar los hombres. Cayeron los tabús, se relajó la disciplina social, y saltaron en pedazos la familia, los estamentos y hasta las iglesias.

Pero no todos accedían al bienestar. Además, llegaron nuevas olas de gentes que pensaban que aquella sociedad del confort carecía de ideales, lo que era cierto. El simple dinero, se pensaba, era un agente corruptor, destructor de idealismos. Aquella sociedad del bienestar estaba corrompida. Lo mejor era acabar con ella. A punto estuvieron de conseguirlo.

El final de la década de los años sesenta apuntó la casi aniquilación de aquel mundo, barrido por una ola que se pareció mucho al nihilismo del paso del siglo XIX al XX. Era un maremoto destructivo que se extendía desde las universidades de California hasta las urbes de China, produciendo a su paso brotes de feroz virulencia en Inglaterra, en Francia, en Alemania por recordar sólo algunos.

Como todos los maremotos, alcanzaron un día su cota máxima, demoliendo, rompiendo, sin saber lo que querían y sin tener planes para sustituir todo lo que derribaban. Por eso, un día las aguas comenzaron a bajar, a buscar cauces hasta remansarse, camino del conformismo, renunciando a todo para cobrar el subsidio de desempleo.

Pero así no se va a buen puerto. Para dar un salto adelante hace falta entusiasmo, arrojo, espíritu de sacrificio, ilusión. Y esfuerzo. Sin esperarlo todo de la sopa boba de la administración pública. Hay que rechazar el dogma de la igualdad y aspirar a las alturas, a ser más, a distinguirse. Por ese camino, por el de las diferencias, es por el único por el que se puede llegar a la selección que empuje a los pueblos a mejorar y salir del estancamiento, de la ciénaga de egoísmos en que ahora chapoteamos.

Se trata de un nuevo empeño, digno de que la memoria social no lo olvide.



Emilio Beladíez




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