Morente en el recuerdo (1)
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Morente en el recuerdo (1)

Por J. Artigas

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Morente en el recuerdo

A Rafael Gambra


El hecho histórico es dual por naturaleza y, aparte de residir intangible en el pasado, tiene otra presencia posterior, añadida, en el presente. Como el Partenón o el Acueducto no son de ayer más que de hoy. El descubrimiento de América, su colonización o Carlos I pertenecen tanto a los siglos XV y XVI como al nuestro, y son algo tan pretérito como actual. Puede que muchas veces la Historia, en verdad, sea no más que Napoleón visto por un sargento de semana; pero el sargento a fin de cuentas cambia cada ocho días, y el relevo contribuye a lo que es ya una tarea fascinante se convierta además en el interminable cuento de nunca acabar.

A esto se añade que, como dice Noel Clarasó, "nadie puede cambiar el pasado , pero todo el mundo puede contarlo al revés", y hoy, por diferentes motivos, parece haber competencia entre historiadores, políticos y periodistas para hacerlo. No se trata de participar en la irresponsabilidad del concurso, pero sí de tomar nota de su celebración.

Hay motivo, pues, para volver sobre una figura como la de D. Manuel García Morente, desde el magistral Estudio preliminar con que Rafael Gambra prologa Ideas para una Filosofía de la Historia de España, el precioso volumen publicado por Rialp en 1957, que junto a las cincuenta excepcionales de El , contiene otras páginas muy representativas de nuestro pensador y actualizar el reconocimiento de una deuda que tenemos con él, ante todo, cuantos le escuchamos en 1940, 1941 y 1942, los últimos de su vida; años importantes, además, de España.

Porque ha pasado el tiempo, y con él muchas cosas. Sí, han pasado y vuelto a pasar muchas, demasiadas; algunas poco previsibles. A su través la imagen puede suscitar o imponer nuevos comentarios. Nosotros mismos quizá seamos otros en alguna medida; incluso los que creemos seguir fieles al viejo repertorio de valores y lealtades. Seremos el mismo río, pero es probable que traigamos otras aguas. Por lo menos, además.

Nadie, que yo sepa, ha ejercido su profesión mejor que García Morente la suya de enseñar, dar clase de Filosofía, ayudar a aprender a pensar. Ni siquiera Romano guardini en Munich, insuperable en su propio, otro, estilo. D. Manuel, en el suyo, no quedaba tangente a la perfección, sino absolutamente incurso en ella, porque se daban todas las condiciones y las aprovechaba hasta el límite. Parecía tener, en efecto, el don de la claridad, "la cortesía del filósofo" —y fascinación de la filosofía—, que se expresaba en una palabra esencialmente académica de extremada sencillez y rigor. Nunca un término borroso, ni de más; y siempre todos en su momento debido.

Esa capacidad de producir la evidencia tendrá su explicación, sin duda. No sé. Parece demasiado atribuírla en exclusiva a su formación francesa: bachillerato en Bayona, licenciatura en París. Yo incluiría también el efecto de sus traducciones: Descartes, Walter Goetz, Kant, Husserl, Spengler. Tenerlos bien leídos supone una rigurosa intelección del texto original. Exige aclararse exactamente. Por más que pueda sorprender, esta condición está bastante lejos de acompañar a toda traducción que viene a este mundo. Y ahí nace a menudo la oscuridad. Lo fundamental, para mí, era una inteligencia clarísima y su deliberado propósito de transparencia.

Creo que Morente fue ante todo y esencialmente un profesor. Para él lo principal fue siempre la cátedra, la lección, la clase en la Facultad. Después, detrás y en torno a ella, venían sus traducciones o la creación de la primera magnífica serie de libros de bolsillo en España: la "Colección Universal" de Espasa —precursora de la "Austral", o la Subsecretaría de Instrucción Pública mientras la desempeñó, diseñando el inteligente plan de estudios que lleva su nombre. Su otra gran tarea fue la creación y gobierno de la nueva Facultad en la Ciudad Universitaria, cuya maqueta alternaba en el despacho con las fotografías de sus hijas, y en la que ponía tal cariño y solicitud que, según Mª Josefa en sus Notas biográficas, creo, ella y Carmen, entre celosas y divertidas, empezaban a preguntarse si no les había salido una nueva hermana.

En efecto, "me gusta que se tenga buena opinión dee mí. Me encanta -confiesa en alguna ocasión- que una clase o una conferencia salga bien, redonda, pulida, bien abastada de ideas poco comunes. También me gusta brillar en conversaciones ideológicas y doctrinales». Y lo advierte y subraya un buen estudioso de su figura, como el P. Iriarte: "Todo ello creaba un ambiente de silencio y expectación, que aumentaban con las primeras palabras del maestro. Nada ni la forma siquiera había sido confiado al azar e improvisación : Todo venía puntualmente preparado. ¡Preparación, competencia !.

Y su propia hija M.ª Josefa, viuda de Bonelli, en las inestimables Notas biográficas sobre su padre, con que enriquece el libro del P. Iriarte: «Triunfa en la cátedra con una facilidad de expresión, una claridad de ideas y de lenguaje, una maestría en adaptarse a todos los públicos, una sutileza de observaciones; todo ello unido a una voz cálida, vibrante, viril y dulce al mismo tiempo, que es uno de sus mayores encantos. Los alumnos le admiran». Y sus compañeros también. Al menos, parecen considerarle.

Tras desempeñar por algún tiempo la Subsecretaría de Instrucción Pública siendo Ministro el catedrático D. Elías Tormo, le eligen, unánimes, Decano de Filosofía y Letras en 1932. Contaba Carmen Castro —hija de D. Américo, esposa de D. Xavier Zubiri— en un artículo de periódico que cuando en una reunión del claustro de la Facultad según asunto empezaba a ponerse más oscuro o complicado de la cuenta, ante aquel eximio senado de profesionales del Trivium, D. José Ortega solía proponer: "¡Qué me lo expliquen !".

Me atrevo a decir que a Morente se le veía disfrutar con la conciencia del soberano dominio que ejercía sobre la atención de su auditorio, llevando su explicación al paso justo y adecuado para facilitar una comprensión perfecta de lo que iba diciendo, por abstruso que fuera, demorándose a veces en algunos pasajes en la exposición de su discurso, incluso retrasándose a propósito, preferentemente al final, para dejar al oyente en condiciones de adelantarse a sacar la consecuencia por él prevista y rematar por sí mismo el razonamiento.

Siempre me pareció intencionado el eficaz artificio; pero como un golpe de luz vino a confirmármelo la lectura de su breve artículo Encomio de la música, publicado en el año 35, donde, tras afirmar que "la música -los subrayados son míos- es el arte de la esperanza...", se refiere más adelante a "...ese discreto margen de crédito personal que la música abre a la fantasía anticipadora del oyente", para concluir señalando cómo "los dos fines del arte musical : sorprender y confirmar la anticipación". La perfección profesional que se ha subrayado parece relacionarse realmente, en alguna medida, con la pasión por la música y su manera de entenderla. Nada dejado al azar, ni a la improvisación.

Ante aquel hombre ibamos a presentarnos en unas circunstancias muy especiales. Era un extraño encuentro aquel que en 1940 tenía lugar entre D. Manuel García Morente y nosotros, los que ibamos a ser sus alumnos. "Todo buen principiante debe ser escéptico", parece haber dicho Herbart, bien añadiendo: "pero el escéptico no pasa de ser un principiante". Nuestro escepticismo en todo caso, con la guerra inmediatamente a la espalda, hubiera tenido que ser muy peculiar: Un pequeño haz de certezas nos poseía de modo irrevocable.

Basta echarse a la vista la luminosa referencia que de la alta ocasión hace Rafael Gambra: «Pocos meses después, un 27 de marzo, la guerra terminaba victoriosamante ante nuestras trincheras, en una radiante mañana primaveral llena de ilusiones y de esperanzas. Recuerdo el amanecer de aquel día como el momento central de mi juventud: rendido el ejército enemigo, abandonaban unos sus posiciones y venían otros a nuestro encuentro; por vez primera se podían remontar las trincheras a pecho descubierto, y las campanas de todos aquellos pueblos, mudas durante tres años, repicaban al unísono, alegres, como si fueran nuevas… Ante mí, al igual que aquella bulliciosa y soleada llanura, se ofrecían todas las perspectivas de una vida por hacer y, a la vez, la promesa de una patria redimida. De esto hace ya mucho tiempo…».

Módico lugar había allí para el escepticismo. Eso no afectaba, sin embargo, al riesgo y ventura que supone siempre la consagración a la filosofía. Pero a las puertas de la Facultad no todos eran nacionales que venían del frente. Había también muchos jóvenes, forzados pobladores de Madrid, la ciudad rehén, que escondidos, o en huída permanente, habían conseguido eludir la incorporación a filas. Nunca se había dado una proporción tan enorme de prófugos como la registrada en la zona roja durante nuestra guerra. Hasta veintisiete quintas tuvo que movilizar el Gobierno republicano, por casi sólo la mitad, catorce y media, el mando nacional. Y luego venían los recién liberados de las cárceles, con la faz aún llamativamente pálida. No sé cuántos escépticos podría haber entre ellos.

Caso diferente era el de algunos de los del otro bando, que habían luchado de buena fe con el ejército vencido. Los que habían caído en el gran engaño y los tópicos, seducidos por la brillantez de unos nombres, unos nombres que ahora, en la hora amarga, no estaban allí. Habían atizado el fuego —, llegó a escribir alguno de los más ilustres—, y huído de las llamas. No sé si era lo peor la derrota. A ella se añadía el derrumbamiento de sus ídolos y sus ideales, que ya no los sostenían, que n se sostenían. Ahora quedaba patente la incompetencia o ligereza, la irresponsabilidad de los grandes intelectuales y políticos ausentes. Puede que en este grupo hubiese escépticos, aunque, tras el gran desengaño, fueron legión los sinceramente convertidos a una nueva fe. La zona roja había sido "muy sumamente demasiado" para todos. Para todos. Pero, al final, España se libró del telón de acero y de ser República Popular Socialista satélite.

Ahora se confirmaba que, en efecto, D. Manuel Azaña, el Presidente ateneista, había huído precipitadamente el 5 de febrero, tirando los trastos, sin esperar al fin de la guerra. Ricardo de la Cierva dice que pasó la frontera «de noche, a pie, por el sendero de montaña que conduce a Les Illes, en Francia. Le acompaña Juan Negrín, que tropieza de regreso con otros tres cortejos presidenciales, el de Companys, el del lendakari Aguirre, y el de Martínez Barrio, que escapan por el mismo camino».

Al categórico y desdeñoso protagonista en otro tiempo, lo habían tenido siempre arrinconado, sin contar con él, ayuno incluso de la suficiente información. Mientras la guerra se perdía en todos los frentes —el político, el económico, el militar—, él se daba sin respiro a escribir unas memorias o La Velada en Benicarló de notable interés, mucho más elogiadas que leídas. Puede temerse que ni la muerte ni el paso de los años le hayan sacado de ser "el escritor sin lectores" de que hablaba Unamuno, que añadía, por cierto, "capaz de hacer una revolución para conseguirlos".

He aquí unas líneas del Cuaderno de la Pobleta escritas el 20 de mayo de 1937, unos meses después de abandonar Madrid, para ir a Valencia: «Hay para escribir un libro con el espectáculo que ofrece Cataluña, en plena disolución. Ahí no queda nada: Gobierno, partidos, autoridades, servicios públicos, fuerza armada; nada existe. Es asombroso que Barcelona despierte cada mañana para ir cada cual a sus ocupaciones. La inercia».

"Debajo de todo eso , la gente común, el vecindario pacífico, suspirando por un general que mande, y se lleve la autonomía, el orden público, la F.A.I., en el mismo escobazo"

«El lunes, a eso de las cinco de la tarde, Aiguadé llamó por teléfono a mi secretario y le encargó a Santos que me dijese que la Generalidad se había incautado de la Telefónica y no ocurría novedad. Era la primera vez que desde el Gobierno catalán me daban noticia de ninguna cosa, y como yo no estaba enterado de los antecedentes, no entendí el recado:¿Y eso qué es? .-le pregunté a Santos - "¿Qué me cuentan a mí de la Telefónica?". "No ha dicho más", contestó Santos… No presté más atención, y seguí escribiendo lo que traía entre manos. No volví a saber nada ni a enterarme de nada anormal hasta ser de noche. Después he sabido (después, como siempre) que la mecanógrafa (Rocío) se había presentado en la oficina…».

«Me pusieron en comunicación con la presidencia del Consejo. El Presidente no había llegado. Se puso al habla el subsecretario de Guerra. Le recordé el aviso verbal dado la noche antes por Bolívar, le conté lo que estaba sucediendo y le ordené que se lo comunicase al Presidente, y me diese cuenta de las medidas que adoptase. Prometió hacerlo. Pero no volví a saber nada del Presidente del Consejo, ni me llamó, ni me envió recado alguno. ¡No sé qué habrá de ocurrir en España para que al Presidente del Consejo se le ocurra hablar con el de la República! Lo mismo han hecho los señores de la Generalidad».

20 de junio: «De esta manera he sabido la pérdida de Bilbao. Anoche, alguien de esta casa abrió la radio, contra lo que se usa. Salió una estación hablando en catalán. Creíamos un momento que sería Barcelona. Pero, no: bien pronto se advirtió que era una estación de los enemigos. Describía la entrada del ejército victorioso en Bilbao. Aun despojando a la narración de los adornos propios del caso, se recibía la impresión de que los vencedores habían entrado, más que en orden de ataque, como si desfilaran en columna. Después repitieron el relato en castellano. Encargué que llamaran por teléfono al Estado Mayor Central, en Valencia, pidiendo informes sobre lo que acababa de oir. Serían las doce de la noche cuando un ayudante mío habló con un jefe del Estado Mayor. No tenían noticias de la caída de Bilbao. Telegramas oficiales no habían (sic) llegado ninguno. Noticias particulares se recibían algunas, pero eran contradictorias. Sin otra novedad».

El histórico del socialismo, D. Julián Besteiro, postergado en su propio partido desde años atrás, emerge de pronto junto a un coronel, como figura y portavoz de un golpe militar contra el Gobierno, que se ha "Dejado arrastar a la línea bolchevique, que es la aberración política más grande que han conocido quizá los siblos".

«El Gobierno del Sr. Negrín —dice el 5 de marzo, en su proclama de constitución la Junta de Defensa—, falto de la asistencia Presidencial y de la asistencia de la Cámara…, carece de toda legitimidad… El poder legítimo de la República no es otro, transitoriamente, que el poder militar». En concreto, un Coronel adelantado y un golpe tardío. Y Besteiro en medio. Guerra en la guerra. Los nacionales, asomados a Madrid, presencian atónitos la sublevación militar en el bando adversario.

Esta era la herencia de dos políticos no entregados a la U.R.S.S. Los intelectuales habían abandonado mucho antes.

«Hay un hecho importante, que alguna vez he recordado pero del que nadie que yo sepa se ha dado por enterado: la gran mayoría de la emigración intelectual no se produjo en 1939, al final de la guerra, sino en 1936, a su comienzo. Es decir, consideraron los escritores o profesores que optaron por salir de España que la libertad estaba perdida en todo caso, que no se podía trabajar —acaso vivir— con algún decoro. Algunos salieron de Madrid con misiones diplomáticas o análogas (Américo Castro, Sánchez Albornoz, por ejemplo); otros con invitaciones a cátedras extranjeras (Salinas, luego Guillén, Montesinos, Menéndez Pidal, Juan Ramón Jiménez); los más a la buena ventura (Ortega, Marañón, Baroja, Azorín). A otros les había sorprendido la guerra en la otra zona, y su suerte fue varia, de mejor o peor gana», escribe Julián Marías.

No. Según el Dr. Marañón dice abiertamente, la cosa parece que era bastante más. Marino Gómez Santos, en su documentadísimo libro, recoge una referencia impagable de D. Manuel Aznar, ya en febrero de 1937: "Creo haberlo apuntado ya en otro artículo ; ante una asamblea de intelectuales de Francia que pedían al doctor Marañón precisiones y razonamientos sobre la España roja, el ilustre biólogo español dijo :

«No hay que esforzarse mucho, amigos míos; escuchen ustedes este argumento: el ochenta y ocho por ciento del profesorado de Madrid, Valencia y Barcelona ha tenido que huir al extranjero, abandonar España, escapar a quien más pueda. ¿Y saben ustedes por qué? Sencillamente porque temían ser asesinados por los rojos, a pesar de que muchos de los intelectuales amenazados eran tenidos por hombres de izquierda. ¿Comprenden ustedes ahora, queridos amigos?

"Cuentan que los oyentes guardaron profundo silencio ante las palabras del doctor Marañón. El argumento, en efecto, es considerable.

"Están en el extranjero, fugitivos de la España roja : D. Ramón Menéndez Pidal, D. José Ortega y Gasset, D. Gregorio Marón, D. Manuel G. Morente, Hernado, Sánchez Román, Flores de Lemus, Blas Cabrera, Pi y Suñer, Pérez de Ayala...." Y sigue a continuación un extenso catálogo en que, uno detrás de otro, en rigurosa fila india, vienen a pasar ante el lector más de medio centenar de nombres mayores de la ciencia y las letras españolas».

El mismo Gómez Santos reproduce una carta del Dr. Marañón al magno historiador del arte D. José Pijoán, con fecha de 20 de marzo de 1937, desde el Hotel Crillon de Santiago de Chile, cuyo contenido exime de cualquier comentario: «Estoy donde siempre. Pero esta posición no justifica que esté al lado de aquella caterva de asesinos. Yo he estado cinco meses en Madrid, en contacto con ellos, y le aseguro que toda la intransigencia y la pequeñez de espíritu de todos los obispos y de todos los izquierdistas del mundo es poca cosa comparada con la suya. Cuando durante cinco meses he tenido que firmar, pistola al pecho, lo que querían cuatro acólitos de D. Fernanditísimo; cuando he tenido que decir por la radio lo que querían, a las 12 de la noche, entre fusiles, comprenderá usted que todo lo de los otros me parece una broma. Me acuerdo de aquel Primo de Rivera, dictador, que me encarceló, como de santa Teresita».

Esto ayuda a explicar un poco el asomo de orgullo que parece percibirse cuando felicita a su amigo por unos excelentes trabajos que ha leído, firmados por un Pijoán que supone hijo suyo y añade: "El mío está en el frente : con Franco, claro". También los dos hijos varones de Ortega han vuelto de París para incorporarse al Ejército Nacional. Miguel, ya médico, como alférez de Sanidad; José, como artillero. En el pensador se ha producido una decepción semejante. Tras las elecciones para las Cortes Constituyentes, Marañón le había escrito: «No me deja el pensamiento de que hemos de decir algo al país, en estos momentos. Hemos sido una fuerza grande para traer la república y hemos dado un sentido más alto que el que había hasta entonces al movimiento: Ahora se hunde, precisamente, ese sentido de dignidad… Nuestro nombre ha sido la garantía para centenares y centenares de votantes: muchos más de los que están en nuestras listas; y no han votado para esto. Sin que nos asustemos de lo que es inevitable en una revolución».

En septiembre de 1931, Ortega publica Un aldabonazo en Crisol: sí, se entiende la desilusión general y que se repita "No es esto, no es esto".

Sin embargo, le estaba costando aclararse. Es cierto que había rechazado la Banda de la República, que el Gobierno pretendía imponerle el 14 de abril de 1935. Pero todavía después del triunfo del Frente Popular, muy poco antes ya del Alzamiento, le visitan dos jóvenes devotísimos de su persona y sus ideas, un estudiante de Arquitectura y un Oficial del Ejército, y quizá valga la pena reproducir la referencia de la entrevista, que da el primero:

«Para reforzar el entendimiento por Ortega de lo que José Luis le acaba de decir, le relaté yo a aquel, el ataque sufrido por Quadra-Salcedo recientemente en la Plaza de Santa Ana, en que fue brutalmente apaleado por oponerse a quienes gritaban ¡Rusia sí; España no! A esto contestó Ortega en forma inusualmente irritada:

—"¡Bueno, bueno...! es que decir ¡Viva España! Como expresión de una idea, obliga a que, previamente, nos pongamos de acuerdo en qué cosa es esa España que queremos que viva. Muchos pueden estar de acuero, o no, según la España de que se trate...

«No recuerdo si alguno de nosotros, José Luis o yo, aclaramos que ese ¡Viva España! se dio por nuestro amigo Quadra-Salcedo ante una negación de España. Más áun, ante la desaparición, para la voz "España", de todo sentido y significado que supusiera algo diferente a la Rusia Soviética. Lo que sí recuerdo es que José Luis y yo nos pusimos de pie y saludamos cortesmente a Ortega al despedirnos.

«También recuerdo que Ortega tenía un gesto enormemente entristecido, algo en su semblante nos decía que no se sentía muy satisfecho de sus palabras y que le sorprendió que diéramos por terminada nuestra conversación. Al darme la mano sentí, por la lentitud y la vacilación con que, al fin, la retiró, que él esperaba, deseaba, poder hablar más con nosotros, hacerse entender bien por nosotros».

Pero llega el momento y en 1937 añade a La rebelión de las masas un Epílogo para Ingleses donde, sin distingos ni necesidad de consenso alguno, escribe: «Mientras en Madrid los comunistas y sus afines obligaban, bajo las más graves amenazas, a escritores y profesores a firmar manifiestos, a hablar por radio, etc., cómodamente sentados en sus despachos o en sus clubs, exentos de toda presión, algunos de los principales escritores ingleses firmaban otro manifiesto donde se garantizaba que esos comunistas y sus afines eran los defensores de la libertad…».

«Hace unos días, Albert Enstein se ha creído con a opinar sobre la guerra civil española y tomar posición ante ella. Ahora bien, Albert Einstein usufructúa una ignorancia radical sobre lo que ha pasado en España ahora, hace siglos y siempre. El espíritu que le lleva a esta insolente intervención es el mismo que desde hace mucho tiempo viene causando el desprestigio universal del hombre intelectual, el cual, a su vez, hace que hoy vaya el mundo a la deriva, falto de pouvoir spirituel».

Viga en el ojo ajeno y en el propio. El "no es esto", acaba imponiéndose. Pero el cántaro ya estaba roto. Dolorido y amargo, el reproche es inevitable. Excepcionalmente expresiva, por la significada personalidad de los interlocutores, resulta la entrevista con Julián Marías que publica Tom Burns Marañón: «Debe ser muy difícil para Marías reconciliar la pasión que tan sincera y hondamente siente por sus héroes de aquella generación con el juicio histórico, que va formando al paso del tiempo, sobre el fracaso de una república que comenzó su andadura entre los humos y las histerias de la quema de los conventos».

«Yo creo que Alfonso XIII cometió errores, sin duda. No supo conseguir la adhesión de muchos intelectuales… Pero creo también que ellos —e incluso entre ellos a los mejores, a su abuelo, a Ortega y no digamos a Unamuno, por los que tengo verdadera veneración y entusiasmo— tuvieron todos ellos una cierta ligereza».

"Y quizá no pensaron suficientemente en qué manos se iba a poner el país. NO pensaron suficientemente si se podía confiar en los equipos que iban a tomar el poder en Españ e iban a dirigirla"

"Estaban defraudados, estaban preocupados y pronto estuvieron angustiados. Y yo pienso que siendohombres de gran decencia y de gran talento deberían haber podido preveer algo".

Ni la mínima sombra de este acerbo reproche puede alcanzar a García Morente. Para mí, que he sentido también la emoción de contemplar aquellas aguas, tiene un valor especial la anécdota que recogen sus hijas sobre el periplo por el Mediterráneo que, organizado y dirigido por él, hizo el año 33 un numeroso grupo de estudiantes de Filosofía y Letras y Arquitectura : «Varios de ellos escribieron sobre el famoso crucero. Permitidnos que nos fijemos en este recuerdo, para nosotras inédito, que recogió Guillermo Díaz-Plaja poco antes de su muerte, en la obra titualada Entre la vida y los libros, el capítulo : Hace cincuenta años (pág. 74).

«Una noche, ya mediada nuestra navegación, nuestro navío había acabado de franquear el Estrecho de Corinto. Navegábamos, pues, por el Golfo de Lepanto. Por la noche, al terminar la cena… Don Manuel García Morente con la palabra sabia que siempre le caracterizaba, nos recordó el lugar de nuestra singladura y nos convocó para que… subiéramos todos al puente de mando… Veíamos al viejo profesor enhiesto y silencioso, llevando en la mano su salacof de excursionista… el silencio por un momento se impuso al rumor del oleje. Don Manuel parecía crecer en la penumbra y de pronto se oyó enérgico y a la vez tembloroso, este grito repetido : ¡España, España, España !.

"Y volviendo a su voz natural le oímos decir sencillamente : "Esto ha terminado. ¡Bajemos !. (Continua en el siguiente artículo)




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