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Morente en el recuerdo (2)

Por J. Artigas

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Morente en el recuerdo (2)

No consta que se hubiese considerado obligado por nada a ponerse previamente de acuerdo con nadie en qué cosa fuera esa España que con emocionado orgullo evocaba. Sólo una anécdota, pero muy expresiva. Su conocimiento ayuda a entender la actitud y trayectoria del profesor en los años inmediatamente previos y posteriores, aunque hubiese pertenecido a la Institución Libre de Enseñanza desde 1908, cuatro años antes de su doctorado. Alguna vez, por cierto, se refirió a su sectarismo de hierro con guante de seda; su extremado arte para tirar y esconder. Y entre sus colaboraciones en la Revista de Occidente, quizá convenga recordar su recensión del libro de Popoff Tscheka. Der Staat im Staate, dando ya en los años veinte temprana noticia de un organismo, cuyo nombre se difundiría trágicamente en la España roja. Algunas cosas, después, le llegarían más de cerca, pero no de nuevas.

En carta a un amigo, que el P. Iriarte publica, sin revelar el destinatario, fijó su antigua posición de ideas y conducta en este orden: «Yo, en efecto, no he hecho política jamás. Fui subsecretario con la Monarquía (Gobierno Berenguer). Fuí decano por unánime designado (sic) del claustro. En el decanato huí como de la peste de toda política. Por dos veces me negué a proceder contra determinados catedráticos (entre ellos N) y determinados alumnos. Por esta razón —y otras— quisieron asesinarme los de la F.E.T.E. en septiembre de 1936, en Madrid. No pertenecí a la Agrupación al Servicio de la República por la sencilla razón de que no era yo republicano; acababa de ser subsecretario monárquico y seguí siempre creyendo que la República acabaría mal. Lo dije muchas veces».

Pero nada tan expresivo como su carta al General Dávila, Presidente entonces de la Junta Técnica del Gobierno español:

«…Encontrándome en Madrid en fecha 18 de julio próximo pasado, presencié con admiración e íntimo alborozo las primeras manifestaciones de la patriótica actitud adoptada por nuestro heroico ejército en defensa del orden, de la disciplina social, de la unidad patria y de la independencia nacional…

»Primeramente, un decreto de Instrucción Pública me destituyó del cargo de decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, decreto que considero nulo, no solamente porque no reconozco al Gobierno que lo dictó…

»…A mediados de septiembre supe confidencialmente que se había constituido en el Ministerio de Instrucción Pública una comisión encargada de depurar (tal era la palabra usada) el profesorado universitario. Esta comisión propuso la cesantía del cargo de catedrático de varios catedráticos de la Facultad de Filosofía y Letras. La lista iba encabezada con mi nombre.

»No ignora V.E. el peligro mortal que en aquellos días representaba el hecho de ser declarado nominalmente cesante en la Gaceta de Madrid. A ese hecho seguía invariablemente el asesinato domiciliario por las hordas marxistas o anarquistas… atravesé la frontera francesa, llegando a París el día 1 de octubre.

»Sin perder minuto, hice una visita al Excmo. Sr. D. José Quiñones de León, para ofrecer incondicionalmente mis modestos servicios a la causa del orden, de la paz, de la cultura y de la gloria de España. Tuve la fortuna de que el Sr. Quiñones aceptase mis ofrecimientos; y desde ese día trabajo aquí, en París, en servicios de Prensa y Propaganda, y en las actuaciones que me facilitan mis numerosas amistades y mi conocimiento de la lengua y la cultura francesas.

»Por el momento, no me es posible regresar a España…

»Pero las circunstancias variarán completamente tan pronto como Madrid sea ocupado por nuestro glorioso Ejército. En ese momento comprendo que mi presencia en la capital ha de ser muy conveniente para ayudar, en cuanto me sea posible, a la reconstitución urgente de la enseñanza universitaria… y atendiendo a mis deseos y a mi deber, me permito suplicar a V.E. que me remita por el conducto del Sr. Quiñones de León un salvoconducto con el cual pueda trasladarme a Madrid tan pronto como esta capital sea ocupada por las fuerzas del Ejército Nacional. Dios guarde a V.E. muchos años ¡Viva España! París, 23 de octubre de 1936».

Morente, decano legalmente elegido, está dispuesto a volver a su trabajo universitario en Madrid tan pronto como posible. El profesor Besteiro, digno sin duda después, en la derrota, se había prestado entonces a sustituir al compañero "depurado", aceptando el arbitrario nombramiento de la autoridad ministerial. Durante el acto de entrega del decanato a su sucesor, precisamente, le llegó la noticia del asesinato de su yerno,"ingeniero de montes, luego ingeniero geógrafo", "Don Ernesto Bonelli Rubio, ingeniero geófrafo, que prestaba sus servicios en la estación sismológica de Buenavista, a 4 kilómetros de Toledo".

Tiene interés, en todo caso, lo que cuenta el entonces aún no catedrático D. Manuel Mindán, ya sacerdote, acosado y fugitivo por el Madrid rojo, del que consiguió salir con vida: «Me creí en el deber, a pesar de las circunstancias, de ir a ver a D. Manuel para asegurarle mi adhesión e intentar disculpar a Gaos. Lo encontré triste y abatido: hacía poco habían asesinado a su yerno, militar en Toledo, y había quedado viuda su hija Mari Pepa, y huérfanos dos nietecitos de corta edad.

»Cuando hablamos de Gaos se indignó y casi se le saltaron las lágrimas, y cuando quise excusarle diciendo que él había votado en contra, me contestó: "Mindán, jamás en una comisión presidida por mí se hubiera condenado a Gaos, porrque en un trance así, yo hubiera dimitido".

»Me enteré entonces, que aquel mismo día se presentó en su casa nervioso y asustado el Sr. Agreda, oficial mayor de la Secretaría de la Facultad; sacó una bolita de papel del bolsillo del pantalón y se la entregó marchándose rápidamente sin esperar respuesta. D. Manuel la desenrolló y vio escrito: . Cuando le pregunté si sabía quien se la había enviado me contestó que le había parecido la letra de D. Julián Besteiro». Espeluzna; pero hasta Besteiro alcanza ya el miedo.

Morente está con el Alzamiento, colabora con esperanza, y se dispone a emplearse otra vez en la reorganización de la Facultad. Para eso pide el salvoconducto. Pero el Espíritu Santo se cruza en su camino durante los ásperos nueve meses de soledad y angustiosa espera de sus hijas y nietecillos en París a que le somete el Gobierno, sin que le valga su buena relación con el Dr. Negrín: los dos asistían a la tertulia de D. Santiago Ramón y Cajal, en cuya nómina figuraban, entre otros, Hernández Pacheco y Cabrera y, por cierto, también mi abuelo Ramírez Ramos. El giro esencial que da su vida —regreso a la fe, vocación al sacerdocio: "mi nuevo ser de cristiano y aún de futuro sacerdote" hará que la Facultad no recupere ya a su mítico Decano. Ahora es un sacerdote atraído por una vida de contenido más directamente religioso, de mayor retiro y oración. Yo mismo se lo escuché, en privado. No obstante, vuelve a la Universidad, como profesor. "¡Sabe Dios lo que me costó y me cuesta subir a la cátedra por entre las sonrisas y hablillas de muchos ! Pero, comoo agrade a Jesucristo, que en el abandono me consoló tan maravillosamente, todo lo sufro con gusto".

Y no era sólo la cátedra. Recuerdo la estremecedora apostilla que puso una noche en la Diocesana de Acción Católica a las palabras de un muchacho. —Alberto Ullastres, recordaba Jaime Delgado— que había terminado su intervención resumiendo que lo importante es hacer la voluntad de Dios. "Exactamente, repitió D Manuel : La voltad de Dios". Y después, no habló como siempre. Parecía ajeno a la habitual delectación, el sólito nexo cordial que establecía con sus oyentes. Su verbo parecía más bien manifestación espontánea de un discurso interior autónomo, sin intervención personal alguna. Y nosotros fuimos escuchando atónitos cómo, contra su inclinación, que le llevaría a retirarse para hacer oración y arreglar sus cuentas con Dios, se veía constantemente traído y llevado con cualquier pretexto de acá para allá, a dar conferencias en todas partes y ante todos los públicos, para que la gente viera bien de cerca a un catedrático ya mayor, que con mucha vida y afanes y estudios a la espalda, se había hecho sacerdote, "Como se lleva de una cadena de feria en feria al oso de los gitanos, para que todos lo vean bailar" .

Sigue siendo un catedrático. Conserva la actitud, el gesto, los ademanes, el tono del profesor seglar, a pesar de la sotana y el breviario, incluso del roquete, predicando desde el púlpito de la Concepción en una novena a la Inmaculada: "La belleza de María se puede entender en dos sentidos..", dice, como podría distinguir en clase entre las acepciones de categoría o trascendental, en Kant y Aristóteles. Pero algo en su intimidad ha cambiado radicalmente y su conocida energía de otros tiempos la ha trocado por la mansedumbre del hombre de Dios, consciente de que la soberbia es el pecado fundamental 23.

En uno de los dos años que estudiamos con él, recordando la tradición mariana de la Universidad española, se nos ocurrió sugerirle que durante el mes de mayo rezásemos el Angelus al comenzar la clase que empezaba a mediodía. Lo malo fue que era tiempo aún del Regina coeli, y Morente, aún poco avezado, no se lo sabía bien. Hubo de buscarlo en el breviario, y lo hizo sin el menor gesto de contrariedad ni impaciencia: como ilustrando los versos de León Felipe: "No sabiendo los oficios lo haremos con respeto". No, nunca rezaría "como el sacristán los rezos". Sabido es que nunca subía al altar —Introibo ad altare Dei— con los zapatos que traía de la calle.

Alguna vez le sale el genio "que me decían que antes tenía..." Es conocida la anécdota, que Rafael Gambra relata, de los tres estudiantes, Carlos Castro, Pepe Uceda y Jaime Delgado, que pretendían que les examinase el propio Morente y no el profesor cuyo grupo habían abandonado por sí y ante sí, sin contar con nadie. Pronto y decidido, no se les ocurrió nada mejor que, otra vez sin trámite previo, presentarse en su casa a primera hora de una calurosa tarde dominical de junio. Cuentan que se demoró un poco la respuesta hasta que al fin apareció en lo alto de la escalera D. Manuel en persona, con su ya no abundante cabello revuelto y ajustándose el alzacuello con gesto de indignación: le habían levantado de la siesta. El primer impulso estaba patente: Fulminar a los atrevidos…Pero de pronto la situación dio un giro inesperado. Morente mira hacia abajo, ya de otro modo; sus manos se posan sobre el pecho con los dedos muy abiertos, en ademán característico y parece reparar en su sotana. Del brusco "¿Qué pretenden ?" inicial pasa a un "¿Qué querían ?. No digan que no les atiendo", mucho más soportable. Desde la puerta ha descendido unos peldaños y los empuja suavemente hacia el interior de la casa. Les hace tomar asiento en su cuarto de trabajo. Carlos Castro observa que allí tiene un Cristo de Velázquez; en las estanterías la Revista de Occidente, el Walter Goetz y todas sus traducciones… Les pide que le perdonen. Se queja de que todo el mundo recurre a él para todo. Llueve efectivamente sobre mojado. Unos días antes otra muchacha, con el mismo problema de exámenes, le había hecho objeto de algo semejante. Ella había escogido la sacristía de la capilla del convento, cuando acabada de dar la bendición "A nadie se le ocurre decir "Sr. Morente, aquí tiene usted media doocenita de huevos !".

Fue una entrevista sin mayúsculas ni temas trascendentes, tensa pero cortés, de interés máximo. Se le veía el genio. Castro piensa, y comparto su idea, que lo grave no había sido caer a la hora de la siesta, sino la irrupción en su vida privada, la violación de la intimidad. Como fuera, al día siguiente, en el tablón de anuncios de la Facultad, se informaba de que a petición de D. Manuel García Morente, los alumnos se examinarían con los profesores a cuyas clases hubiesen asistido. Después, los tres obtuvieron la máxima calificación.

Teníamos pues entero al Morente de antes, aunque fuera otro, porque la gracia afina la naturaleza, no acaba con ella. No se rompe la continuidad. D. Manuel está allí con su formación intelectual abierta y su concreta biografía. Sigue combinando el rigor y la ironía con el tono coloquial. Antes de la guerra, por ejemplo, se sonreía burlón al despedirse de sus alumnos antes de las "Vacaciones de primavera", que es como entonces se llamaban oficialmente las de Semana Santa. A nosotros nos anunció que suspendía las clases por unos días, porque iba a prepararse para su ordenación, "que no es como ir a tomar café con unos amigos".

Me recibió una tarde en su cuarto de trabajo. Había terminado el curso, y yo la carrera, y le iba a entregar mis cuadernos de apuntes puestos en limpio, que le había ofrecido respondiendo a su deseo. "A veces en clase, en el esfuerzo por aclarar la explicación, surgen aciertos de expresión que no se consiguen ante la cuartilla en blanco". Le expuse mis reservas sobre que le fuesen a ser de algún provecho, por aquello de la ininteligibilidad de mi letra. Echó un vistazo a unas hojas y, creo que por primera y única vez en mi vida escuché, feliz, que se entendía perfectamente. Dios se lo haya pagado.

Aproveché para pedirle consejo sobre la continaución de mi aprendizaje: "Estúdiese un buen manual escolástico y vaya leyendo la obra completa de un filósofo moderno -me dijo- ; búsquese uno que no sea demasiado extenso, Se trataba de marcar un objetivo asequible".

En la raíz del pensamiento moderno anida el recelo, la suspicacia, el temor a errar. Durante casi dos siglos se encoge el horizonte de la filosofía, que reduce su ambición a la búsqueda de un saber garantizado: Bacon, Descartes, Locke, Kant: Novum organum (1620), Discours de la méthode (1637), An essay concerning human understanding (1760), Kritik der reinen Vernunft (1781). Morente hacía notar el cierto paralelismo que guardaba el añadido explicativo al título cartesiano, , con el que San Ignacio había puesto (1548) a sus Ejercicios Espirituales, para "vencer a sí mismo y ordenar su vida, sin determinarse por afección alguna que desordenada sea".

Descartes da con un criterio de seguridad máxima, pero con un campo de aplicación muy limitado: el conjunto de seres idea-les que constituyen la matemática. La "claridad y distinción" exigen eliminar del horizonte todo cuanto no sea pura y rigurosa cantidad abstracta. El universo entero se reduce a un díptico compuesto exclusivamente de pensamiento y extensión: yo y unos productos míos, mis abstracciones.

Y no son más alentadores los resultados del empirismo: Sólo la noticia singular de los sentidos. Si el racionalismo alcanza un conocimiento muy seguro, el empirismo lo da muy inmediato: impagables ambos, pero, aparte del escaso crédito que la experiencia merece, insuficientes.

Porque el interés del hombre va más lejos. Quiere saber de una eventual realidad ajena, trascendente, autónoma, en la que él mismo puede estar implicado. No le basta ni un saber del saber, ni una concepción mere científica, físico-matemática, positivista, del universo. Quiere noticia también de las cosas y sus valores, el sentir y el querer, el bien y el mal, y el amor, o el miedo, la libertad, los límites de la muerte, y Dios.

Por eso los vitalismos. D. Manuel venía de Kant y andaba a vueltas con Bergson, Scheler y Ortega: "El realismo conoce sólo la realidad exterior de las cosas y el idealismo lo reduce todo a la subjetividad del yo. Pero ambas realidades, el yo y las cosas son inseparables y se dan en una sola y única realidad radical que es la vida..." Como a Gambra, se me grabó también fijamente que, a los pocos días, volvió a surgir incidentalmente la vida como realidad primera. Entonces se detuvo un instante y, como hablando consigo mismo, le oímos: "..Bueno, la vida, al fin y al cabo..., una abstración más". Como Gambra, creo que aquella frase constituye su veredicto definitivo.

Tengo para mí que la obligada atención a Santo Tomás y Aristóteles en el Seminario fue para él como un súbito golpe de luz, una revelación. El conocimiento tiene que adaptarse al objeto, lo poseído, el ser. La concepción del ser, por eso, condiciona, es fundamental. Aristóteles decide la vieja cuestión entre Parménides y Heráclito: Ni el ser es puro cambio, inasequible a la razón; ni singular, compacto e inmóvil, muy adecuado para su manejo por la razón, pero abiertamente opuesto a la experiencia. En el libro IV de la Metafísica escribe: "El ser se dice de muchas maneras". No es unívoco, ni equívoco; sino análogo. Y el conocimiento ha de plegarse sin pretexto alguno, ni regateo, a la realidad. Primacía del ser.

Esta afirmación parece haber iluminado a Morente. Hay variación, pero no todo es puro devenir: la razón tiene un pun- to de apoyo, el mismo que le permite la intelección de la variedad, el ser siempre subyacente. Hay encuentro entre la razón y el mundo empírico, es posible la intelección de las cosas reales en su pluralidad y en su cambio. Las modernas doctrinas monistas, deslumbradas por la evidencia, dan cuenta cada una únicamente de una sola región o aspecto de la realidad, el que se adapta al canon único de conocimiento elegido e impuesto. Ello las hace muy aptas para su brillo en sociedad y difusión; llegado el caso, para su aplicación política; pero nunca dejan de ser insuficientes y abusivas, fascinantes e inaceptables simplificaciones en una región del ser que no las tolera. Y podrían convertirse en simplezas. Hay un caso genial y paradigmático —lo cortés no quita lo valiente—, y por ello decisivo: La Ethica ordine geometrico demonstrata, 1677, de Spinoza. Depués se han dado otros, tanto más difundidos, influyentes y populares cuanto de menor estatura.

A Morente, creo que, sintetizando, tendríamos que agradecerle varias enseñanzas: Y la primera es, sin duda, el ejemplo intelectual y cristiano de su vida, excepcionalmente documentado por él mismo: El "hecho extraordinario", la carta de septiembre de 1940 a su director espiritual, D. José M.ª García Lahiguera, sólo publicada tras su muerte, "constituye, a mi juicio, una de las oobras de más profundo valor autobiográfico que ha producido un espíritu humano después de las confesiones de San Agustín", dice R. Gambra. Sin duda.

A distancia, pero de gran interés para el caso me parece además, porque contempla el dibujo, la Reforma de vida, diario de sus Ejercicios Espirituales, comenzados a los pocos días, donde la tensión religiosa se resuelve en humildad —elegancia y fundamento de toda virtud—, sin celar en nada la excepcional finura de espíritu en él conocidas, que se revelaba en toda expresión de su persona. En la composición de su biblioteca, por ejemplo, como pude apreciar cuando, meses después de su muerte, ayudaba al profesor D. Juan Francisco Yela Utrilla a no sé ya si catalogación también, desde luego tasa, para su adquisición por la Facultad.

En el orden estrictamente filosófico se destaca, ante todo, su inteligente insistencia en la concepción del ser como análogo y el consiguiente rechazo categórico de toda filosofía monista, "cerrada", como él decía: «La verdad la dijo Aristóteles y, con él, la serie de filósofos que, en vez de considerar el ser como un concepto unívoco o equívoco lo consideraron como concepto análogo. Y dijeron entonces: la palabra ser cambia de significado, pero no absolutamente, sino que posee, unas veces, un significado y, otras veces, otro, dentro de unos límites fijos». "Con qué derecho dices que no hay más ser que el ser físico matemático ?"

«Bien al contrario, en una ontología completa, en una ontología racional y verdaderamente humana, tendríamos que decir que hay varios apartados del ser… hay, por ejemplo el ser espiritual que no es extenso ni mensurable, ni se somete a las matemáticas, y que tiene una estructura ontológica completamente distinta de la que posee el ser físico-matemático. ¿Con qué derecho el espíritu científico se arroga la administración de todos los seres? Administre en buena hora su ser físico, su ser químico, su ser astronómico, que es aquel para el cual tiene sus conceptos hechos; pero los otros seres, los seres espirituales, los seres metafísicos: Dios, el universo en su totalidad, la historia y la vida humana, el amor y el dolor, el placer y todo lo demás, no tiene por qué administrarlos la física-matemática; y cuando lo ha hecho como desde el siglo XIX hasta hoy, ha llegado a conclusiones monstruosas».

Más allá de cuantas hasta aquí se han nombrado, hay todavía una última modalidad de ser sobremanera importante, el ser sobrenatural, el mundo de la revelación, que en modo alguno puede quedar en sombra en el gran panorama del saber universal y exige un tratamiento cognoscitivo proporcional y concorde. A una región añadida de realidad, corresponde un nuevo método de conocimiento competente: la fe. En sus conferencias Análisis ontológico de la fe y Espíritu científico y la fe de Cristo, la capacidad de síntesis de Morente ha dejado una diáfana exposición de la insuficiencia del racionalismo, que subsiste larvado en nuestros días; el valor de la doctrina metafísica de la analogía del ente; y del lugar, estructura y sentido de la fe, el razonable modo peculiar del conocimiento, adecuado a un objeto excepcional, graciosamente sobreañadido.

Entre manos tenía traducir, al menos, el comienzo de la Summa Theologica: " Se titulará Dios, por Santo Tomás y se leerá muy facilmente...Como los libros de Ortega...¡¡Vd, conoce los libros de Ortega !", me dijo un día, hablando en el pasillo, al salir de clase. Con un volumen de la Summa en la mano lo encontró muerto en la cama su hija mayor, en la mañana del 7 de diciembre de 1942, víspera de la Inmaculada.

A él también debemos, finalmente, una interpretación de España y su historia, que podría sorprender en un hombre vivido y educado en Francia y tan viajado por Alemania y su cultura. Su inteligente concepción de España y lo español no es sólo cosa de su fervor de converso. La raíz es más honda y quizá tenga que ver con sus muchos años de adolescencia y aprendizaje, de formación en el extranjero: tiempo de ausencia y añoranza tal vez, y perspectiva. La estructura de la Historia e Ideas para una fisolofía de la Historia de España, ofrecen una explicación profunda, cálida y clara, en sintonía con Menéndez Pelayo —"Esa es nuestra grandeza y nuestra unidad"— y Maeztu, llena de sugerimientos e incitaciones impagables para todos cuantos aguas arriba, contra corriente, nos resistimos a la destrucción de esa memoria, ese dolor, esa esperanza que nos obstinamos en seguir amando y llamando España.

Este es el contenido del libro prologado por Rafael Gambra, seleccionado por él, que ilustra mejor que nada sobre sus preferencias. La obra de Morente es mucho más amplia, según puede verse en sus Obras Completas, de reciente edición, que debemos a los profesores Juan Miguel Palacios y Rogelio Rovira. Después de 1957 se habían reeditado algunos antiguos escritos y otros publicado por vez primera. Pero creo que aquí está lo fundamental de la enseñanza que ha gravitado siempre y de modo esencial en Gambra desde su espléndida tesis doctoral, La interpretación materialista de la historia, publicada por el C.S. de I.C. ya en 1946, y en la inmensa mayoría de los que le escuchamos. Su Historia sencilla de la Filosofía, con más de veinte ediciones en España desde 1961, cinco en Portugal y una en Méjico, es también muy deudora de la didáctica del maestro.

No hay proporción entre la hondura y la huella y el volumen de una obra que el singular perfil de los últimos tramos de su vida hizo que apenas quedase más que incoada, cuando tanta esperanza lucía. Está clara la extremada diligencia con que Morente se daba a la cátedra y a cualquier trabajo apostólico que le reclamase en su entorno, según ya está dicho y bien ilustrado. Pero en su porte y talante, manteniendo la estampa de dignidad esencial que definía su persona, de hombre de autoridad que todavía era, no costaba advertir que estaba por encima de sí mismo. Tenía muy asimilado el pensamiento de San Agustín: "fecisti nos ad Te et inquietum est cor nostrum donec requiescat in Te". Percibe su misión y se esfuerza; pero su íntima inclinación tiraba por otros derroteros, hacia el definitivo sosiego para el que estamos hechos, que el Señor no tardó en concederle.



José Artigas




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