LIBRO: Hacia otra economía española
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LIBRO: Hacia otra economía española

Comentarios de Joaquín Rodríguez Arzúa al libro de Juan Velarde

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LIBROS: Hacia otra economía española

Velarde, Juan: Hacia otra economía española. Ed. Espasa Calpe, Madrid, 1996, 405 pp.



El contenido del libro es extenso y profundo. Por un lado estudia la evolución de nuestra economía después del fallecimiento del General Franco, con especial hincapié en el mando de Felipe González; trabajo expositivo pero lleno de sagaces pinceladas. Por otro, somete a crítica esta etapa y los graves errores cometidos en ella y en la redacción de la Constitución de 1978.

Los errores cometidos son enormes y, en muchos casos, sus consecuencias se prolongarán bastantes años: incompetencia de la administración pública, creación de una administración autónoma que, "con un alto grado de irresponsabilidad fiscal", ha producido otro millón de burócratas y despilfarra con alegría, sin que haya síntomas de una mayor eficiencia. Parece que existe una dura competencia entre ambas administraciones por endeudarse cada día más. Ayuda a todo ello la Constitución de 1978, la masificación universitaria con un número excesivo de centros y alumnos y una baja cualificación técnica, la rigidez del sistema laboral, la carencia de multinacionales propias, y un largo etcetera.

El capítulo 11 es un relato sobre la lucha entre proteccionismo y liberalismo económico. En 1959 se pusieron los primeros jalones para rectificar el rígido pasado proteccionista. España abrió su economía al extranjero y el éxito fue tan grande que durante bastantes años constituyó el "milagro económico español". El abismo que se abría entre nuestra economía y la del occidente europeo se fue haciendo cada vez más pequeño. Ante las gestiones de Bruselas con España para incorporarla a la Comunidad se opuso el ministro Gual Villalbí (p. 59), alegando "el seguro fracaso del intento comunitario". Tardaríamos años en salir de este error y llegar al acuerdo preferencial de 1970 muy beneficioso para España. Pese a todo lo conseguido quedan grandes problemas en el aire, como bien dice el profesor Velarde (p. 71): "Quiere esto decir que una unión monetaria exige eliminar de modo exquisito todo lo que contribuya a generar inflacción— sobre todo, los salarios en sus tendencias alcistas por encima de la productividad—, así como obliga a moderar el gasto público, único modo de que, al buscar un obligado equilibrio presupuestario que soslaye la inflacción, no aparezca una mayor presión tributaria capaz de producir fugas de capitales".

Y conste que Velarde reconoce los graves defectos del Tratado de Maastricht: lenguaje oscuro, burocrático, contradictorio, peligroso, propenso a originar múltiples conflictos.

Una frenética propaganda gubernamental provocó una histeria colectiva de necesidad urgente de entrar en el mercado común a cualquier precio. Si se entró para consolidar el sistema democrático español el coste fue altísimo y desproporcionado. En 1985 se entró, pero como bien dice el profesor Velarde: "Ante la estupefacción de Europa, España en vez de percibir que un acceso formal a la CE exigía unas profundas medidas de política económica, abandonó toda mesura. Como era natural, comenzó a derivar en derechura a un desastre económico". Crisis advertida por muchos economistas y que estalló con violencia en 1992, prolongándose a 1993. Se llegó a una situación precaótica: se aprueba un Plan Energético Nacionl absurdo, se lucha contra el paro creando burocracia, prosigue el mercado de trabajo sin orden ni concieto, "Los sindicatos, aun con poquísimos afiliados, lograban mantener situaciones que favorecían, casi siempre, las soluciones menos competitivas" (p. 125). La causa fundamental era que el Gobierno desde 1985 decidió seguir el camino de la demanda en vez del de la oferta, más duro. Se oculta al pueblo los errores económicos, mientras el Gobierno afirmaba que esta era "la única política económica posible.

El capítulo IV está dedicado a los problemas del campo y a su difícil integración en Europa. Se acumulan los errores; unos en el tratado de adhesión a la CEE, otros posteriores. Todo en medio de un enorme incremento de la producción y de un fuerte descenso de la mano de obra. Algunos problemas como el de la leche llegan hasta hoy sin solución seria. Los sueños de una reforma agraria se esfuman.

En el capítulo V se estudia la impresionante expansión de la industria durante la era de Franco. La llegada de la democracia significó un profundo trastorno para nuestra industria; el Gobierno contestó con grandes planes de reconversión industrial, costosos, despilfarradores, que fracasaron casi por completo, en vez de europeizar la legislación laborar, de la época de Franco, que habría sido más económico y no habría originado tantos traumas y tanto paro. Simultáneamente, como base imprescindible de un nuevo proceso de industrialización, surge el Plan Energético Nacional vigente. (p. 225-34). La crítica del profesor Velarde es contundente y lo desmonta por completo. El "parón nuclear" priva a España de la energía más segura e independiente que podía tener, cuando nuestro porcentaje de abastecimiento energético roza el 30%, y lo que viene de zonas inseguras, Argelia etc, alcanza la escalofriente altura de casi un 75%.

Los gastos de las administraciones han crecido brutalmente, los ingresos no han podido seguir esa marcha, y ha surgido un enorme déficit público. Entre 1975 y 1994 el gasto se ha duplicado. La deuda pública ese mismo año de 1994 alcanzaba ya los 64 billones de pesetas, cantidad a pagar por la presente generación y por las venideras. Lo más grave es que este déficit es un puro despilfarro, se invierte en gastos consunstivos, no crea riqueza. Si el Estado absorbe una parte principal del ahorro, la iniciativa privada, la creadora de riqueza, se encuentra en pleno agobio económico. Al mismo tiempo sufrimos un paro laboral doble de la media de Europa y los presupuestos del Gobierno, arma básica para hacer funcionar bien la economía, son papel mojado.

La gran crisis de 1929 dio lugar la aparición de Keynes y su Teoría General en 1936, propugnando un Estado paternalista, gastador y señor de la economía; presupuestos y déficits crecen desmesuradamente. Mientras duró la prosperidad económica todo fue bien; al primer contratiempo el Estado del Bienestar se está yendo a pique. El Estado actual es un monstruo demasiado grande, con total incompetencia económica, y que hay que restituir a su debido tamaño. No es extraño que Norteamérica, el país que menos desarrolló el Estado del Bienestar, se haya puesto a la cabeza del mundo.

Del pleno empleo de la época del General Franco, se ha pasado a un paro desporporcionado con la democracia.

La Constitución de 1978 reconoce la libertad de empresa y la capacidad del Estado para dirigir la economía, incluso el comercio interior, es decir, planear o planificar. Reconoce al ciudadano múltiples derechos: puesto de trabajo, salario digno, vacaciones, participación en las empresas, seguridad social, educación, acceso de los trabajadores a los medios de producción. Todo un programa del Estado del Bienestar, cuando ya hacía aguas. Los hechos no se han ajustado a tantas promesas, en gran parte utópicas.

Sería oportuno que excelentes libros como el presente, se publicaran también en edición popular.



Joaquín Rodríguez Arzúa




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