Maeztu y los del 98 (1)
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Maeztu y los del 98 (1)

Por Federico Suárez

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Maeztu y los del 98 (1)

En 1946 reunió María de Maeztu un conjunto de artículos de su hermano Ramiro perdidos en los periódicos, los cuales integraron al año siguiente un volumen que, con el título de España y Europa, se publicó en Buenos Aires, precedidos de una breve y sustanciosa introducción debida a la misma María. En esta introducción, escrita a los diez años de la muerte de Ramiro, afirmó que "el silencio que escritores de su generación y de su tiempo han hecho en torno a su obra, no ha servido a aminorarla". En efecto, sus compañeros de generación no se ocuparon mucho de él (excepto quizás Azorín), sobre todo a partir de 1905.

Tampoco ha sido valorado por críticos y escritores más recientes, que dedican preferentemente su atención a Baroja, Azorín, Valle-Inclán, Unamuno y Antonio Machado, debido —creo— a dos razones. La primera, que a diferencia de los citados, la obra de Maeztu no es la que suele figurar en los catálogos como Narrativa, es decir, no es obra de argumento y creación literaria, en la que generalmente predomina la forma sobre el fondo, sino de pensamiento, con evidente predominio del fondo sobre la forma, de manera que la palabra está al servicio de la idea, sin grandes preocupaciones de estilo o belleza literaria.

La segunda razón es que, como se apuntó antes, la mayor parte de la obra de Maeztu está dispersa en periódicos y revistas de distintos países, y por tanto ignorada en su mayor parte; y la que está recogida en algunos volúmenes, es poco conocida.

Aun cuando haya exageración en María de Maeztu al afirmar que, de publicarse entera la obra de su hermano, "la totalidad formaría centenares de volúmenes", no la hay cuando dijo que "es el escritor de su generación que más escribió y trató mayor diversidad de temas". Y desde luego, junto a Unamuno, el de mayor cultura y el de más profundidad.

La razón por la que le silenciaron sus compañeros de juventud a partir de 1904 o de 1905 quizá se deba al distinto camino que siguió. Todos ellos tenían una gran personalidad, pero Maeztu se fue separando de ellos hasta no tener apenas nada en común y, en este sentido, se singularizó hasta vivir en un mundo distinto: mientras los escritores que comenzaron con él la carrera literaria con obras de imaginación y versos vivían en un mundo de fantasía, Maeztu estuvo cada vez más en la realidad de las cosas y de los acontecimientos, incluso literarios. El mismo escribió alguna vez que mientras él evolucionaba, los demás se quedaron en el punto de partida. Y esta singularidad que le hizo distinto de los que fueron es perceptible a través de su obra.

Después de cien años es difícil no hablar de la generación del 98, aunque Baroja, Valle y Maeztu, e incluso Unamuno, negaran la existencia de tal generación. Hay un núcleo de escritores en el que todos conviven: Azorín, Baroja, Maeztu, Rubén Darío, Valle-Inclán, Manuel Bueno, Unamuno, Benavente; algunos autores añaden a Antonio Machado, pero en tal caso no se sabe por qué no se incluye también a su hermano Manuel, un año mayor. Se incluye a Unamuno, nacido en 1864, pero es muy difícil incluir a Ganivet, que nació un año después, pero murió en diciembre de 1898. Los argumentos más contundentes en contra de la existencia de tal generación se deben a dos de los más caracterizados escritores del grupo, Baroja y Maeztu. El primero escribió: "Una generación que no tiene puntos de vista comunes, ni aspiraciones iguales, ni solidaridad espiritual, ni siquiera el nexo de la edad, no es una generación"; por su parte, el segundo negó que el Desastre ejerciera en los que se supone que la integraron alguna influencia decisiva que les uniera y justificara la etiqueta que los agrupa.

Sin embargo, quizá sí se puede señalar un rasgo común a todos ellos, pero es puramente negativo: una mezcla de desencanto, irritación y orgullo nacional herido, lo que les llevó a un repudio de aquella España chata. "con todo —escribió Azorín— antes que ellos sí hubo otros (Picabea, Valdés…) que habían denunciado el falseamiento de las elecciones, el caciquismo, la corrupción, la verborrea". No es de extrañar que un rasgo común entonces a todos estos jóvenes escritores fuera una actitud anarquizante (en cuanto negativa y de protesta) y que condujo a algunos —Unamuno, Maeztu—, aunque por breve tiempo, al socialismo. En realidad, la supuesta generación del 98 no fue otra cosa sino "la coincidencia en un tiempo memorable de diversos jóvenes con talento, la mayoría de los cuales no (…) podía sentir el patriotismo sino de costado, como un episodio".

Cuando Maeztu escribió estas palabras no andaba muy errado. Al negar que el Desastre influyera sobre las ideas o la conducta de sus amigos, lo especificó diciendo: "¿Quiere alguien decir dónde está la influencia de la pérdida de las colonias sobre los señores Baroja, Valle-Inclán y Azorín?". Y añadió: "sobre mí, la tuvo, y enorme". Vale la pena examinar estos juicios.

Azorín fue diputado dos o tres veces, a partir de 1907, y hasta subsecretario por breve tiempo. Como Valle, su principal ocupación, aquello para lo que vivió, fue el arte por el arte, un modo nuevo de escribir sobre paisajes o cosas triviales. No parece que nunca tuviera una idea política, un patriotismo que le impulsara a hacer algo para mejorar el lamentable estado de la España que se encontró a raíz del Desastre.

Valle-Inclán… Su preocupación fue el estilo, el cuidado con que trataba las palabras, eligiéndolas cuidadosamente, cosa fácil de apreciar incluso en los títulos: Flor de santidad, Cara de plata, Águila de blasón, Luces de bohemia, El resplandor de la hoguera, Romance de lobos, Divinas palabras… Políticamente fue carlista y luego republicano, pero en realidad su carlismo fue más bien literario, y su republicanismo, si no fue literario fue porque no se prestaba a ello, y pareció ser más bien fruto del ambiente, sin que le calara demasiado. Por breve tiempo mostró cierto entusiasmo por el fascismo2 cuando fue nombrado Director de la Academia de Bellas Artes en Roma; allí hospedó a Alberti en octubre de 1934, y un año después se adhirió a la Asociación de Amigos de la Unión soviética (¿influido por Alberti?) y dio su nombre al "Congreso en Defensa de la Cultura, reunido en París, órgano de bolchevización". Y aunque ahora se intenta hacer de él un intelectual antifascista tomando como una prueba algún detalle insignificante (que, además, se puede interpretar de otro modo con igual fundamento), en realidad nunca tuvo una idea política definida por la que valiera la pena arriesgar algo.

En cuanto a Baroja, basta leer Desde la última vuelta del camino para persuadirse de que el tema del patriotismo no era su fuerte. Era como un observador no interesado que veía lo que ocurría a su alrededor, sin tomar partido por nada, y que lo registraba como algo que le era ajeno.

Así, respecto a estos tres, Maeztu tuvo razón. Pero ¿y los demás?

De Rubén Darío resulta evidente que la pérdida de las colonias le fue una cosa por completo ajena; Benavente firmó algún manifiesto con otros conspicuos escritores antifascitas pero evidentemente no porque lo fuera, sino porque en aquella zona de la España dividida por la guerra no podía negarse a hacerlo; de Manuel Bueno no se sabe que demostrara interés alguno por determinado ideal político o patriótico.

Tampoco se puede poner aparte de los anteriores a Antonio Machado. Su paso por la Institución Libre de Enseñanza le dejó una huella imborrable; se declaró no católico, convencido republicano y antifascista militante. Pero solamente desde esta última actitud se puede decir de él que hiciera algo por su ideal, aunque a decir verdad siendo, con su hermano Manuel, quizá dos de los mejores poetas del siglo (en mi opinión), desde el momento que puso su pluma al servicio de la propaganda antifascista perdió una gran parte de su calidad poética. Por lo demás, fue un buen hombre, enfermizo y algo (quizá demasiado) ingenuo, y un gran poeta. Es curioso que parezca haber tenido más afecto Manuel (quizá porque era un año mayor) a su hermano Antonio que éste a aquél. Manuel dijo de él que era el más grande poeta de España, aunque como hombre de ideas (Juan de Mairena, Abel Martín) no sea gran cosa.

Quedan Unamuno y Maeztu, y en los dos hizo mella la pérdida de las colonias y el estado decadente de España, del que tomaron conciencia a raíz de aquel acontecimiento. Navarro Ledesma dijo del Maeztu joven que era un debelador de instituciones y principios, voceador del estancamiento nacional, fustigador de la indiferencia, agitador del patriotismo. Lo mismo que Unamuno, pero con una diferencia: Unamuno, además de permanecer siendo todo eso hasta el final de su vida, fue incapaz de formar discípulos o de constituirse en cabeza de una agrupación que aportara ideas de regeneración, ni siquiera con sus jóvenes admiradores del Ateneo. En cambio Maeztu fue evolucionando lentamente hasta erigirse en mentor de jóvenes intelectuales alrededor de la revista Acción Española.

Los artículos iconoclastas de Maeztu fueron reunidos en un volumen que tituló Hacia otra España. Su hermana María escribió que entonces "había negado una España —la que condujo al deshonor y al fracaso—, la España retórica que no supo ser ella misma". Maeztu sintió como nadie de su generación, o de su entorno, la vergüenza de aquella España humillada y sin capacidad de reacción: los mismos hombres, la misma menuda política de menudas cuestiones. Un panorama de parálisis también intelectual: "Librerías atestadas de volúmenes sin salida, cátedras regentadas por ignaros profesores interinos, periódicos vacíos de ideas y repletos de frases hechas", y como esperanza, "una juventud universitaria sin ideas, sin pena ni gloria (…), que no parece sino que su alma esté en el limbo: ni siente ni padece".

Este era el panorama que sublevaba a Maeztu, el que le hizo reaccionar de modo distinto a los demás. Pío Baroja, con la sinceridad con que solía contar lo que veía, lo percibió con claridad, y en la reseña crítica que hizo al aparecer Hacia otra España dijo de su autor: "él siente la necesidad de la regeneración de la patria, anhelo de que España sea grande y próspera, y nosotros, la mayoría, no sentíamos ni esa necesidad ni ese anhelo". Llevado por este deseo tan fuertemente sentido, Maeztu pudo observar que tanto los Estados Unidos como Inglaterra eran fuertes y poderosos, ricos, industrializados; no tenían ideales quijotescos, sino prácticos, esos que hacen prosperar a los pueblos. El único camino que se abría ante él lo había señalado Joaquín Costa: siete llaves al sepulcro del Cid, y escuela y despensa, y por ese camino se lanzó en solitario, porque nadie del grupo le siguió ni tuvo —que se sepa— el menor interés. Véase cómo recordó el mismo Maeztu aquellos años:
"Durante varios años viví en el convencimiento de que si los intelectuales de mi tiempo se convertían en propagandistas de la escuela y la despensa, España se transformaría en breve tiempo. Mis compañeros de letras no quisieron persuadirse de ello. Prefirieron dedicarse a su carrera y producción literarias, mientras que yo me había dejado de versos y cuentos para darme por entero a la propaganda regeneracionista. Acaso ellos tuvieron razón y yo pecase de inocente, pero esa fue la causa de que yo me apartara de ellos y aprovechara la primera ocasión para ir a Inglaterra." (el artículo continua apretando la flecha de la derecha)




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