Naturaleza y cultura (1)
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Naturaleza y cultura (1)

Por A.T. de Nicolás

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Naturaleza y cultura (1)

1. El desarrollo cerebral. Si pudiéramos acercar el oído, equipado de auriculares amplificadores de sonido, a un embrión humano diez o doce semanas después de ser concebido, nos sorprendería oír unos incesantes chisporroteos con que informa de su incesante actividad. Como pájaros distantes, las células nerviosas de una zona del cerebro llaman a sus vecinas en otros sitios del cerebro, y estas a su vez llaman a sus amigas y así continúan relacionándose incesantemente. Estas células denominadas neuronas, son alargadas y semejan redes de alambre y las señales que emiten no son sin tino. Esos golpes de electricidad, esos sonidos distintivos del cerebro infantil, son ondas coordinadas de actividad neural, y esas olas pulsantes cambian y dan forma al cerebro del recién nacido, esculpiendo circuitos mentales que forman "patrones", centros receptores y emisores, que con el tiempo permitirán al recién nacido percibir la voz del padre, el roce materno, o distraerse con los juguetes móviles de la cuna (Gazzaniga, 1978).

Y este es el primer dato epistemológico: la actividad eléctrica de las neuronas da forma a la estructura física del cerebro (McClean, 1986): genética y medio ambiente se conforman. El disparo rítmico de las neuronas es esencial en la construcción de una pluralidad de centros vitales —cerebros múltiples— que actúan como "pilotos" en la interpretación de toda experiencia humana (Colavito, 1995). Este proceso empieza mucho antes del nacimiento. El cerebro no es un ordenador, ni es una pizarra en blanco, ni una substancia no extensa a lo Descartes. El cerebro empieza a trabajar para formarse mucho antes de estar concluido. Y el mismo alambrado cerebral que forma los diversos centros informáticos antes de nacer, es el mismo que produce esa explosión de conocimientos humanos después de nacer (Pearce, 1992).

El cerebro de un bebé humano nada mas nacer, está ya equipado con mil millones de neuronas, tantas como estrellas en la Vía Láctea. A la espera hay un trillón de células "gliales" (del griego "cola de pegar") que protegen y nutren las neuronas. Y aunque todas las células posibles están ya en el cerebro, la actividad primaria cerebral es precisamente dar forma a esos "patrones" pilotos a través de los cuales el niño va no solamente a ver, tocar, oler, oír, moverse, etc., sino también "leer" toda actividad colindante. Cada uno de nosotros nos definimos por el "patrón" piloto primario. Durante los primeros años del bebé el cerebro sufre una serie de cambios extraordinarios. Nada mas nacer, el cerebro establece trillones de conexiones entre las neuronas que le es imposible mantener. Por eso, a continuación, en un proceso similar a la selección de Darwin, el cerebro elimina conexiones "sinapsis" que o no ha usado o han sido poco usadas. Las sinapsis no válidas por falta de uso son eliminadas, empezando hacia los diez años o aún antes. Tras este corte radical queda un cerebro con "patrones-pilotos" distintivos en cada uno de nosotros. A la edad de los 11 años, cada uno tenemos ya marcado el cerebro primario a través del cual vamos a vivir; este cerebro es anterior a los sistemas de substitución que el cerebro del hemisferio izquierdo del neocortex va a formar. Este hemisferio, aunque depende para su vida e información del hemisferio derecho del neocortex (ya formado, deformado o ausente en parte, según la crianza), no tiene acceso al mundo exterior, sino sólo al cerebro vecino derecho y así mismo (Colavito, 1995).

Y este es el segundo dato epistemológico: A los 11 años los humanos tenemos ya tres cerebros en el hemisferio derecho del neocortex, el reptílico-kinestético, el límbico-auditivo, y el mimético-visual. Y a esta edad empiezan a formarse los otros dos cerebros pendientes, el mimético-simbólico del hemisferio izquierdo del neocortex y el logo-digital del "módulo interprete". En suma, a los 11 años tenemos tres cerebros con los que ya estamos unidos en razón y sentimiento al mundo colindante y a nosotros mismos. Lo que no tenemos todavía es el mundo de los conceptos abstractos y de los símbolos, ni el mundo logomáquico digital del cerebro izquierdo. Estos se desarrollan mas tarde al igual que los lóbulos frontales. Esos tres cerebros iniciales, el reptílico, límbico y mimético derecho, o como los denomina la Dra. Colavito, el tipo-maya, tipo-mito y tipo-mimético-visual, tienen un sistema de dilación en la percepción misma capaz de verse a sí mismos y por lo tanto de objetivarse como historia personal o de grupo, es decir cultura. Y lo mismo los otros dos cerebros. Cada uno actúa independientemente del otro, a excepción de los cerebros del hemisferio izquierdo del neocortex que necesitan el lado derecho para informarse e informar al resto.

Además de la responsabilidad de los padres en educar a sus hijos directamente, ya que sin la estimulación materna los cerebros no se forman o se deforman, y la obligación estatal de suministrar a esa tierna edad ambientes estimulantes a los cerebros infantiles que puedan compensar las deficiencias domésticas, hemos de plantear inmediatamente la cuestión epistemológica mas importante en este proceso. ¿Cómo se estimula el cerebro infantil? ¿Cómo se forma? ¿Quién tiene poder en esa formación, la naturaleza o la crianza, la biología o el medio ambiente? Esta es la pregunta clave y tal vez la más difícil. Unos consideran a la naturaleza (biología) como la determinante en la formación del cerebro. De ahí las diferencias de raza, color, tipo de sangre, etc. Otros opinan que es la sociedad (cultura) la que determina la formación del cerebro. "Nosotros somos inocentes, la sociedad es la culpable", escribía Rousseau. Según el paradigma biocultural, esta dicotomía desaparece, ya que la actividad neural antes descrita y medida en los laboratorios, muestra que la biología no se moviliza si la crianza no la activa. Naturaleza/crianza se interactivan la una a la otra, de forma que no hay cerebro si la crianza no lo activa, ni hay cultura que active donde las sinapsis han sido ya eliminadas, o no estén presentes. Experiencias ricas durante el crecimiento producen cerebros ricos en complejidad. Experiencias pobres disminuyen incluso el tamaño del cerebro hasta en un 20 a un 30%, según los investigadores del Colegio Baylor de Medicina. Aunque estas verdades, ahora comunes de neurobiología, eran ya conocidas hace tiempo, sólo recientemente se ha visto cómo estos cambios se llevan a efecto.

En resumen, los humanos no venimos programados genéticamente. Naturaleza-medio ambiente, o biología-cultura se interactivan mutuamente aun para poder llevar a cabo el primer gesto humano. Como dice el Dr. Stanley Greenspan de la Universidad de George Washington: "No se trata ya de una competición. Ahora estamos asistiendo a un baile".

2. Naturaleza y genes. Este baile genético empieza alrededor de la tercera semana de gestación. Una delgada capa de células se dobla hacia dentro formando simultáneamente un cilindro lleno de fluido, que conocemos como el tubo neural. Las células del tubo neural proliferan a razón de 250.000 células por minuto y, a continuación, en una serie de pasos estrictamente coreografiados, aparecen la masa cerebral y la espina dorsal. Es en esta fase donde la naturaleza actúa como socio mayoritario, pero aun entonces la crianza también desarrolla un papel vital. Cualquier cambio en el útero materno, mala nutrición, abuso de drogas, o infecciones puede desmantelar la precisión de esta organización neural. La epilepsia, el retraso mental, el autismo o la esquizofrenia son resultados de la falta de colaboración entre naturaleza y crianza. Numerosos experimentos con pacientes que tienen disociación cerebral entre los dos lados de los hemisferios cerebrales (Gazzaniga, 1987) prueban el origen de estas enfermedades antes atribuídas a la determinación genética sin haberse podido comprender la parte que la crianza tiene en ellas. El desarrollo del sistema central nervioso de un embrión no sigue los pasos que parecerían lógicos: miniatura en la niñez y tamaño mayor en el adulto. Al contrario, el salto en la madurez es enorme, algo así como si un renacuajo de repente se convirtiese en rana. Y este crecimiento lo ha de realizar el tubo neural emigrando a grandes distancias, marcando con exactitud las conexiones necesarias para unir una parte del cerebro con otras. Y mientras va emigrando, construye estaciones temporales de comunicación, incluyendo el mismo tubo neural, que al igual que la cola del renacuajo, termina desapareciendo. Y lo mismo neuronas destinadas a formar parte del cortex cerebral. Millones de estas neuronas se han de abrir camino a empujones y encontrar su lugar exacto a través de colonias establecidas previamente por emigrantes anteriores, ya que su aparición en el desarrollo del cerebro mamal es tardío.

De todos los problemas que el sistema nervioso ha de resolver, el más escabroso es sin duda "la alambrada" matriz del mismo sistema celular, la base de los cerebros "pilotos". Nada más nacer, cuando la proliferación de conexiones celulares explota, cada una de las neuronas del cerebro formará conexiones con millares de otras. Constituyen una especie de telaraña de fibras como de alambre llamadas "axones" —cilindroejes— que transmiten señales, y "dentritas" que las reciben. Con estas forman "sinapsis", ese claro estructural desde donde el cilindroeje de una neurona envía señales a las dentritas de otra. En un principio cilindroeje y dentritas están tan próximos que casi se tocan. Pero mientras las cortas y peludas dentritas apenas se mueven de su sitio, los cilindroejes recorren distancias enormes, el equivalente microscópico de kilómetros. ¿Cómo es esto posible? Los cilindroejes van a caballo de los llamados "granos-conos", (Growth cones), un deslizante grano que se asemeja a una ameba. Lo que los científicos acaban de descubrir es que estos granos coniformes van equipados con una especie de sonar o radar molecular, en busca de señales provenientes de proteínas. Algunas de estas proteínas los atraen, otras los repelen. (sigue el art. apretando la flecha derecha)




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