Lo vivo y lo muerto del 98
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Lo vivo y lo muerto del 98

Por Gonzalo Fernández de la Mora

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Lo vivo y lo muerto del 98

1. GENERACIONISMO

A finales del siglo XIX, Dilthey y Ranke sugirieron la utilización del concepto de generación como categoría historiográfica. Ortega y Gasset retomó la idea, aunque llegó a una conclusión poco estimulante: "es una variedad humana cuyos miembros vienen al mundo dotados de ciertos caracteres típicos, que les prestan una fisonomía común". Posteriormente, se ha intentado teorizar sobre el modelo generacional con el pretexto del grupo de escritores más o menos vinculados a la derrota de España en la guerra con los Estados Unidos el año 1898. El intento apenas ha tenido fortuna, y hoy está prácticamente relegado a englobar a unos cuantos españoles activos en la transición del siglo XIX al XX.

El fracaso del generacionismo como instrumento de periodificación y caracterización de la cultura humana es perfectamente lógico. Una generación es un estrato de un linaje: la de los padres, la de los hijos, la de los nietos, y así sucesivamente. Es una noción muy precisa en biología y de gran utilidad para la genética (Mendel la aplicó de modo sistemático). Pero cuando se trata de definir una escuela de pensamiento o un estilo artístico, el generacionismo plantea problemas racionalmente insolubles.

En primer lugar, los movimientos espirituales se prolongan sin periodificaciones constantes. Por ejemplo, el tomismo a lo largo de siglos, y lo mismo acontece con las formas góticas. En segundo lugar, con los fundadores de un movimiento coexisten figuras antípodas o discrepantes. Por ejemplo, Maquiavelo nace en 1469 y Tomás Moro sólo una década después; pero, a pesar de su contemporaneidad, sus concepciones del mundo eran contrapuestas; Jaime Balmes nace en 1810 y cuatro años después nace Sanz del Río, dos pensadores antitéticos a pesar de compartir circunstancias históricas; Eugenio d’Ors nace en 1882 y al año siguiente José Ortega y Gasset, dos figuras filosóficamente divergentes en medio de la vecindad espacio-temporal. En tercer lugar, cuando se pretende encontrar parecidos entre contemporáneos ¿cuáles son las dimensiones difinitorias? ¿las religiosas, las filosóficas, las políticas, las artísticas, las simplemente vitales? Según el parámetro elegido, las agrupaciones serán diferentes porque arbitrario es el criterio adoptado. En cuarto lugar, las trayectorias de los sujetos humanos casi nunca son paralelas, y los que hoy coinciden en ideas, creencias, actitudes o gustos, mañana difieren; la agrupación no dura, el denominador común se disuelve y no explica el proceso histórico. En quinto lugar, la caracterización de los hombres egregios por sus coincidencias mutuas prescinde de las peculiaridades que son lo más precioso y propio del individuo: ¿decimos algo esencialmente significativo al afirmar que Cristóbal Colón y Gonzalo Fernández de Córdoba nacieron casi simultáneamente? El método de las generaciones carece de viabilidad general.

2. LA GENERACION DEL 98

Los inventores de esta expresión fueron el duque de Maura y Azorín en sendos artículos respectivamente publicados en 1908 y en 1910. ¿Cuáles son sus miembros? No hay consenso acerca de la lista, aunque los partidarios del generacionismo, sin excepción, incluyen en el elenco a Miguel de Unamuno que nace en 1864; pero no siempre a Jacinto Benavente que nace dos años después de Unamuno, ambos literatos eminentes; tampoco a Menéndez Pelayo nacido sólo siete años antes, a pesar de que ambos viven en Castilla, son catedráticos, se ocupan de filosofía y del Estado y son protagonistas de la cultura española ¿Por qué don Miguel sería noventayochista y no don Jacinto ni don Marcelino? Porque el criterio para hacer el inventario no es objetivo, sino apriorístico y discrecional: habría que ser un rebelde.
Hay también consenso entre los generacionistas respecto a Azorín nacido en 1874, dos años antes que Falla y sólo seis después de Rubén Darío. ¿Por qué estos dos últimos, aún más eximios y representativos que el levantino, no son integrantes seguros del grupo? ¿Por qué La vida breve (1905) o la Salutación del optimista (1905) no son fuentes para definir los caracteres del noventayochismo? Sencillamente, porque no sirven para el objetivo previamente propuesto.
En suma, el elenco de la llamada generación del 98, elaborada a partir del autoconstituido "grupo de los tres" (Azorín, Baroja y Maeztu), varía según los historiadores: unos nombres entran en el círculo, otros salen, y muchos quedan siempre fuera. La expresión "generación del 98" es de suma vaguedad y volatilidad nominales; no es una lista, sino un embarullamiento; una definición indefinida, una clausura abierta, lo cual repele a la lógica.
El inventario académico consensuado de la generación del 98 no existe, y los más populares no aportan las mínimas precisiones nominales exigibles. Pero no es eso lo único descalificador. Los supuestos miembros de la generación no se reconocen como tales. Lo han negado sus presuntos protagonistas, Unamuno, Azorín, Baroja, Valle Inclán y Maeztu. ¿Habría testimonios más autorizados que los de los supuestos protagonistas? Aquellos a quienes se define por su adscripción al grupo rechazan la vinculación. No es uno, más o menos reacio, es la plana mayor. Resultan noventayochistas malgré eux mêmes, por obra y gracia de unos críticos externos, como en la farsa de Molière.

No se sabe quiénes son definitivamente noventayochistas, los más constantes en los listines, rechazan su inclusión; pero no es esto lo más confusionario. Las trayectorias de los miembros del supuesto grupo no cesan de diverger: los anarquizantes Maeztu y Azorín se inclinan pronto por el tradicionalismo y el conservatismo respectivamente. Valle Inclán se apunta al carlismo y luego a la república, y Benavente termina como un admirador de Franco. ¿Qué Unamuno, el socialista juvenil o el liberal maduro? Estas figuras ¿son noventayochistas y luego dejan de serlo? ¿Cuándo y por qué se producen las evoluciones? ¿qué período los define más? El generacionismo no responde a ninguna de estas cuestiones tan fundamentales en una historia de la cultura. Es indeterminada la lista; pero también los límites temporales. Los generacionistas no salen de la vaguedad, incluso dentro de la trayectoria de un mismo personaje. El método generacionista es un obstáculo para interpretar las peculiaridades, los cambios y las rectificaciones.

Dudas acerca de cuántos y de cuándo; pero lo definitivamente grave es que tampoco se explica cuál es el denominador común. Puesto que muchos son literatos, comencemos por el estilo literario. Baroja y Maeztu eran prosistas generalmente mediocres, a veces deleznables, que ni siquiera coincidían en las concordancias vizcaínas. El Azorín de la frase corta, el epíteto justo y la serenidad ¿en qué se parece al musical, metafórico y vehemente Valle Inclán? Y Rubén y Miró constituyen mundos literarios sin la menor tangencia con Unamuno. Nada más irreal que imaginar un canon estilístico generacional.

¿Acaso participaban de una común concepción del mundo? Con textos de Unamuno se puede afirmar casi todo porque era más un sentidor que un pensador, y su obra es un caos de contradicciones textuales. ¿Tenía Azorín una unívoca visión del mundo? En modo alguno: expone cambiantes ideas políticas y carece de un sistema riguroso de conceptos. Maeztu, que fue el más profundo, experimentó una conversión religiosa y política, y es en la segunda etapa cuando elabora un pensamiento coherente. El agnóstico primer Maeztu ¿en qué coincidía con el Unamuno obsesionado con la inmortalidad personal? Y las posiciones de Baroja ¿eran las de Juventud, egolatría (1917) o las de Comunistas, judíos y demás ralea (1938)? Desde luego, no hay una filosofía en unos ensayistas equívocos; pero tampoco una idea sistemática de la vida o de la sociedad. No existe el noventayochismo como Weltanschauung. El bagaje mental de aquellos escritores carecía de unidad.

3. UN COMODIN CRITICO

La expresión se sigue utilizando en los manuales, y no creo que sea un simple flatus vocis; es una etiqueta para agrupar a ciertos escritores en un capítulo, y su función es más nemotécnica que iluminadora. Los historiadores de la literatura ya han decidido utilizar otra distinta y paralela, la de modernistas, con lo que las denominaciones son menos confusionarias desde el punto de vista pedagógico. Para muchos, Rubén y Valle Inclán ya no están en el mismo círculo que Unamuno y Baroja. Un mayor realismo se ha ido imponiendo sobre la artificiosidad.
¿Y los historiadores del pensamiento? Incluso dentro de las listas más numerosas sólo son tenidos en cuenta por sus ideas Maeztu y Unamuno. Ninguno de los dos elaboró un sistema cabal, el extravagante y versátil don Miguel menos que don Ramiro. El nominalismo o el tomismo, por ejemplo, son etiquetas con un contenido conceptual bastante definido; pero ¿cuál es el común de los noventayochistas? No existe. Si literariamente la generación del 98 conserva cierta validez designativa, carece conceptualmente de contenido sistemático. En la historia de las ideas el rótulo "generación del 98" no expresa casi nada.

No compartían ni una retórica, ni una ideología; pero tampoco un esquema político. En la última etapa de la I Restauración, unos pocos intelectuales, encabezados por Ortega, constituyeron la Agrupación al Servicio de la República. Pero ¿qué partido o grupo de presión patrocinaron Unamuno o Valle Inclán para intervenir en la política española? Los escritores que se revelaron al filo del año 1898 tuvieron apenas presencia en la gestión de la cosa pública, en parte por carencia de vocación y de capacidad; pero, sobre todo, por insolidaridades vitales, modales e ideológicas entre ellos.
En suma, las discordancias no son sólo literarias y conceptuales, son también políticas por lo que la indefinición de la supuesta generación del 98 afecta a las principales dimensiones de una caracterización posible. La expresión resulta tan vaga que aporta más oscuridad que esclarecimiento y ha de ser rechazada como recurso exegético.
Las denominaciones de origen son etiquetas que, al menos, aportan una información geográfica, aunque no de calidad; otras como la de "fascismo" suministran al vulgo, no al experto, connotaciones determinadas. Pero la etiqueta "generación del 98" no delimita exactamente ni nombres, ni espacios, ni tiempos, ni contenidos; es un simple comodín crítico, como escribí hace treinta y seis años cuando el noventayochismo era esgrimido como un tópico fuertemente ideologizado. Claro que no hay por qué rasgarse las vestiduras ante los comodines más o menos escolares, siempre que no se los tome en serio.

4. EL ESPIRITU DEL 98

El desastre de 1898 fue una tragedia nacional. En esa fecha hubo una reacción colectiva, quizás no masiva, pero sí cualitativamente distinta del precedente estado de ánimo minoritario, que era el regeneracionismo; es lo que he denominado "espíritu del 98", expresado por unos escritores que ocasionalmente actuaban como portavoces y que, luego, evolucionaron. Bajo peculiaridades personales se dio una momentánea coincidencia parcial: hipersensibilidad, rebeldía, el yo y España como inquietudes fundamentales, pesimismo, esteticismo, deismo y egolatría, deseo de cambios, ansia de libertad e intransigencia. Estas entiendo que fueron las coyunturales connotaciones, casi todas formales y muy varias en sus contenidos. A unos les hacía estremecerse el paisaje más que los acontecimientos; sus interpretaciones históricas de la Patria eran diferentes; veían el presente y el futuro unos con dolor y otros con desesperanza; se rebelaban contra situaciones distintas como la oligarquía, el clericalismo, el militarismo, el poder político; las preferencias artísticas eran muy varias; unos eran menos ególatras que otros aunque les obsesionase su yo; querían cambiar cosas sin programas concretos y discrepando en objetivos y prioridades; ansiaban libertad irrestricta; y eran duros y descalificatorios con los discrepantes. El espíritu del 98 era más un talante que un programa: la otra España del primer Maeztu apuntaba a una europeización contrapuesta al celtiberismo unamuniano, y el agnosticismo de aquél no rimaba con el misticismo laico de éste. ¿Qué parecido guarda el modelo bohemio de Baroja con el atildado de Azorín? ¿qué el pesimismo barojiano con el optimismo de Rubén Darío?

¿Coincidieron en rechazar el casticismo? Castizo es lo de buena casta, y el lenguaje puro. La mayoría de los escritores agrupados en la generación del 98 se cuidaron mucho del idioma y ninguno apostató de su progenie; en sentido estricto fueron, pues, muy casticistas. Pero si, por un reduccionismo geográfico, se identificara el casticismo con el españolismo, quizás no haya en toda nuestra literatura un libro más españolista que el Idearium (1897) de Ganivet, no un autor más españolista que Unamuno, que escribió muchos centenares de páginas sobre las tierras peninsulares y el ensayo más celtibérico que existe, La vida de don Quijote y Sancho (1905). Hay que leer el poema rubeniano A Roosevelt para alcanzar una cumbre de beligerante españolidad. Y Azorín tuvo a España como tema casi único de sus libros, que se titulan El alma castellana (1900), Los pueblos (1905), La ruta de don Quijote (1905), España (1909), Castilla (1912), Lecturas españolas (1912); la lista requeriría una página. Y ¿qué es Falla, sino nacionalismo musical en estado puro? No se encuentra en la dilatada obra de los escritores más o menos noventayochista ni un sólo juicio antihispánico.

Si mediante una extrapolación semántica de muy dudosa legitimidad se identificara el casticismo con la tradición, habría que comenzar definiendo con precisión el contenido de lo tradicional hispano. ¡Difícil tarea! Como la denominación generación del 98 se ha solido politizar, cabe preguntarse si sería el liberalismo una actitud antitradicional. Pero la tradición liberal se remonta en España a las Cortes de Cádiz y entonces se acuñó la acepción política del vocablo "liberal", exportado a todas las lenguas cultas. Antes de 1898 los militares españoles habían dado más de veinte golpes liberales. Quizás la máxima institucionalización liberal del siglo XIX fue la I Restauración, y Costa se alzó contra ella; pero ni Unamuno, que elogió a Cánovas, ni Azorín, ni siquiera Maeztu repudiaron la ya consolidada tradición liberal, sino que se inscribieron en ella a pesar de algún fugaz devaneo socialistizante o anarquizante. Incluso en la etapa final, Maeztu y D'Ors, que como Ortega no eran demócratas, conservaron un ánimo liberal.

En los cinco ensayos unamunianos agrupados bajo el significativo título En torno al casticismo (1895), se viene a desarrollar gritos como este: "El Dos de Mayo es, en todos los sentidos, la fecha simbólica de nuestra regeneración". Y en el prólogo a su recopilación de artículos Clásicos y modernos (1913), escribe Azorín: "Deseo buscar nuestro espíritu a través de los clásicos".

Tal casticismo —amor a la lengua, a la tierra y a lo que Unamuno llamaba la "España eterna"— no era una peculiariedad de corro o de época, puesto que lo compartían, quizás agudizado, con el grueso de los literatos españoles desde el romancero hasta Valera. Y el españolismo crítico ¿no se remontaba al Poema del Cid, pasando por la novela picaresca, el Quijote y Quevedo?. Y los cambios perfectivos ¿no eran el mensaje de un Jovellanos, un Larra y todos los regeneracionistas? Y el dolor de España ¿quién no lo padeció después de Cavite y Santiago de Cuba?

En suma, el casticismo en sentido estricto y en los sentidos figurados mínimamente razonables alcanza genuinas cimas entre los escritores noventayochistas, que en esto no representan un hiato, sino la renovación de una tradición secular.

Ciertas coincidencias formales, muy genéricas y momentáneas, no iban complementadas con un fondo de contenidos participados. Cuando se alude a una "filosofía del 98" esa expresión no puede aceptarse ni siquiera en su más modesto sentido periodístico; en ninguno de los noventayochistas hubo un sistema y ni siquiera dos de ellos compartieron cabalmente una ideología. El pensamiento de la susodicha generación carece de perfil definido y densidad conceptual; es otro comodín crítico de casi nulo valor definitorio. Sólo cabe hablar de un "espíritu del 98" como un común denominador formal, mínimo, sectorial y coyuntural, que resulta inútil para caracterizar la total trayectoria de cada escritor, y sólo es válido para reflejar un minoritario talante puntual en torno a una fecha.

5. LO VIVO Y LO MUERTO

De aquel minoritario talante colectivo —el espíritu del 98— queda el recuerdo; pero ¿serían fecundos reactivos para el pueblo español del ya inminente siglo XXI la hiperestesia, el pesimismo, el esteticismo, la indisciplina, la egolatría, el ideologismo asistemático, el indeterminado deseo de cambios, y el polemismo retórico que caracterizaron a aquel breve, elitista y ocasional episodio finisecular? En absoluto.

Permanecen las individualidades eminentes y habría que analizarlas una a una. Hubo dos Maeztus, uno fugaz y disperso, y otro dilatado y sólido. De este último ya no tiene viabilidad su modelo de monarquía confesional y de comunidad hispánica, tampoco su teología trentina, pero sí la clásica fórmula de la representación política funcional u orgánica y la idea de la Hispanidad cultural. Desde la perspectiva política y moral es el más vivo del grupo; pero en punto a galanura idiomática mejor es olvidarse del ilustre vasco. Azorín atravesó varias etapas políticas difíciles de conciliar porque careció de un proyecto institucional, y no era, en rigor "un pequeño filósofo". De este levantino queda su prosa algebraica y tersa, también crítica literaria, hallazgos especulativos no. Valle Inclán practicó el masoquismo histórico con los Borbones, pero los cronistas profesionales de nuestra dinastía decimonónica han ido al oscuro fondo, y Valle se ha quedado en la caricatura. Su Bradomín era amoral. Las ideas estéticas de Valle eran las de un aficionado sin base filosófica; políticamente no puede ser tomado en serio; brilla inmarchita su prosa musical y suntuosa. Unamuno cultivó tan constantemente la paradoja que resulta un pésimo modelo de técnica intelectual para la era de la ciencia, casi un contraejemplo. Sus ires y venires con lo Absoluto son deshilvanados y, a la postre, inductores de escepticismo. Y sus ininterrumpidos gritos encastillados disuenan en un mundo globalizado. Unamuno sobrevive como un talento poético y como una curiosidad intelectual, no como un ideal o patrón. Rubén Darío es un coloso de nuestra lírica, pero irrepetible, no puede ser duplicado, y bajo sus centelleantes metáforas ¿hay algo más que romanticismo aureolado de esperanza? No aparecen en su obra móviles para el pueblo español. Benavente retrató a nuestros pícaros y a una burguesía que no hay motivo alguno para imitar; no ha muerto una ironía docente que no puede considerarse como exclusivamente suya, sino como un patrimonio intelectual mostrenco, aunque él lo poseyera en alto grado. ¿Y Antonio Machado? Sus meditaciones mairenescas son de suma trivialidad, su didactismo poético no va más allá del refranero, sus escritos políticos durante la guerra civil habría que olvidarlos por caridad hacia el gran lírico; tampoco sirve como arquetipo de futuro. Baroja ejerció la sinceridad, pero no superó el nivel especulativo de la charla de café. Su zigzagueante y excéntrico izquierdismo carecía de carga social positiva, y su deslabazada e incorrecta prosa no es de lectura recomendable para escolares con propósito de pulcritud. Su impresionante piélago narrativo no supera a los novelistas decimonónicos.

De los escritores que expresaron ocasionalmente el espíritu del 98 sobreviven valores individuales, sobre todo literarios, pero no un canon colectivo de educación nacional. Carecen de conjunta virtualidad positiva para afrontar los problemas con que se encuentran los españoles al alba de una nueva centuria, más bien representan vectores involutivos. La nota dominante fue el infecundo pesimismo. Su relectura ideológica será fértil si mueve a decir: "No es esto".

Elevando el punto de observación y ganando perspectiva aparecen, en cambio, otros faros que sí proyectan luz sobre el mañana. Como retratista patrio, Pérez Galdós alecciona con su realismo frecuentemente ingrato, pero veraz: hemos sido así y mucho habría aún que cambiar. Joaquín Costa: su enérgico regeneracionismo y su repudio de la oligarquización son transcendentales tareas pendientes y acaso permanentes. Como galvanizador y reconstructor de una conciencia nacional unitaria, Menéndez Pelayo, continuado por sus discípulos Menéndez Pidal y Sánchez Albornoz. Y como símbolo de la aún no consumada europeización de los métodos, Ortega y Gasset. Estos sí son algunos de los nombres que conservan potencialidades ejemplares para el progreso y la racionalización de la sociedad española; pero la actual clase dirigente parece más inclinada a exaltar los contramodelos celtíberos de 1898 y de 1931. Así se retrasarán la necesaria identificación autocrítica y la convergencia real.

No basta con equilibrar las cuentas, también hay que hacer un correcto balance.

Gonzalo Fernández de la Mora




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