Los del 98 (1)
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Los del 98 (1)

Por Ramiro de Maeztu

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Los del 98 (1)

1. AZORIN

Azorín ha tratado de hallar los caracteres ideológicos fundamentales de la generación de 1898 —Valle-Inclan, Unamuno, Benavente, Baroja, Bueno, Rubén Darío, el propio Azorín, un servidor de ustedes- en los de las generaciones precedentes. El método es bueno. "Nada hay -ha dicho Azorín- primero, espontaneo o incausado en arte." Perfectamente. Pero entre los caracteres que Azorín señala falta uno sustancial, determinativo, sin el cual no consigue explicarse la literatura de 1898.

Al intentar cubrir esta deficiencia, esencial a mi juicio, tengo que colocarme en posición polémica respecto de Azorín. Pero no vuelva a interpretarse esta actitud como falta de respeto o de cariño Azorín no es Aún miembro de la Academia de la Lengua, pero sí la función de este organismo es limpiar, fijar y dar esplendor al idioma, conste que para mí no es tan sólo Azorín un académico, sino que es la Academia.

"La generación de 1898, en suma -ha dicho Azorín-, no ha hecho sino continuar el movimiento ideológico de la generación anterior: ha tenido el grito pasional de Echegaray, el espíritu corrosivo de Campoamor y el amor a la realidad de Galdos. Ha tenido todo eso, y la curiosidad mental por lo extranjero y el espectáculo del desastre -fracaso de toda la política española- han avivado su pasión y han puesto en su tendencia una variante que antes no había".

Con solo estos factores no se explica el ímpetu de aquella literatura demoledora que, a juicio de Azorín, "ha llegado a encarnar hoy sólida, fuerte, profundamente en la muchedumbre". Descartemos, ante todo, el factor de la curiosidad mental por lo extranjero. No es virtud específica de la generación de 1898. Ya la generación precedente -Sawa, Palomero, Fuente, Luis París- había leído a Zola, a Ibsen y a Tolstoi en los cafés de Madrid. Las cumbres de la mentalidad española, Galdos, Palacio Valdés, Pardo Bazán, Campoamor, Pi y Margall, Castelar, se hallaban henchidas de influencias extranjeras. No hablemos de los hombres de la Institución Libre de Enseñanza, no hablemos de don Juan Valera ni de don Marcelino Menéndez Pelayo. No hablemos de Angel Ganivet, nuestro predecesor inmediato.

Pero también creo que Azorín se engaña respecto de las influencias extranjeras que más actuaron sobre los hombres de 1898. Quizá acierte en las que indica respecto de Benavente, Baroja y Rubén, pero se me figura que sobre el Unamuno de 1898 habían influido Marx y Hegel más poderosamente que Ibsen y Amiel, que sobre Bueno más Maupassant que Stendhal, Brandes y Ruskin; que Valle-Inclan no sentía aún grande admiración hacia d'Annunzio y que sobre mí, más que la de Spencer, a quien, ¡oh dolor!, no he leído todavía, pesaba la influencia de Kropotkin, si es que determinados autores habían influido tanto sobre mi manera de sentir el problema español como lo que buenamente se me había entrado por orejas y ojos durante mis años de Cuba y Bilbao.

Descartada, como factor específico al menos, la influencia extranjera, no es ya posible explicarse la impetuosa crítica de las culpas del desastre con sólo el espíritu corrosivo de Campoamor y el amor a la realidad de Galdos. Uno y otros nos explicarían el elemento picaresco o el descriptivo de las comedias de Benavente y de las novelas de Baroja, pero no el espíritu de lucha. tendríamos que apelar al tercero de los factores que Azorín ha empleado, la pasión en su sentido corriente de acción impetuosa —¡desgraciada España en que las palabras importantes han perdido su valor originario!— y no en el de padecer, en el de pasividad, que tiene cuando se habla, por ejemplo, de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

No discutamos palabras. Aceptemos la significación que da Azorín a la pasión de Echegaray: "El Impetu, la agresividad y el enardecimiento". Pero si del ambiente anterior a 1898 hubiésemos nosotros recibido "el Impetu, la agresividad y el enardecimiento", si el ambiente de 1898 hubiera sido impetuoso, en lugar de escribir libros y artículos, ¿no habríamos hecho la revolución? No la hicimos porque no había ímpetu.

Tenemos, pues, que interpretar la pasión de Echegaray en su sentido estricto. La pasión de su teatro no era tanto la acción impetuosa cuanto la verdadera pasión del orgullo, del pundonor exagerado, de la petulancia nacional. Este sentimiento sí que era realmente una realidad al surgir el desastre. Es el factor que Azorín ha olvidado y que determinó el carácter de la literatura regeneradora. Los hombres de 1898 éramos hijos no sólo de influencias extranjeras, del espíritu corrosivo de Campoamor y del amor a la realidad de Galdos, sino también del orgullo nacional.

Este viejo pecado de la raza se había exacerbado durante los años de la Restauración y la Regencia. Menéndez Pelayo nos había asegurado que en España lo había habido todo —ciencia, filosofía, letras y artes— en su máximo grado y que basta ascender a las fuentes, para hacerlo manar nuevamente. Aún resonaba en nuestros oídos la palabra altiva de Castelar y de Martos; hablaba Salmerón; no se había despuntado el estro con que declamaban Calvo y Vico los viejos versos clásicos. Mas firmes que las intimidades de Campoamor retumbaban los tambores de Espronceda y de Nuñez de Arce y resplandecían reflejos barrocos de las magnificencias de Zorrilla en la pluma de Rueda. La petulancia de la raza, ¿no trascendía a los periódicos, en los artículos de los Figueroa, de Burrel y de Tuero? Juan José, el albañil, ¿no era también don Alvaro y don Juan y el alcalde de Zalamea? La barba de Alejandro Sawa. ¿no era una marcha real? Cuando lo de las Carolinas, ¿no creímos que las águilas de Bismarck se habían ahuyentado ante las zarpas del león español? Cuando lo del submarino Peral, ¿no se había llamado a su inventor duque de Gibraltar? Cuando el crimen de la calle de Fuencarral en 1888, ¿no estaban sensatos e insensatos perfectamente convencidos o de que nuestra justicia histórica era la mejor de la sierra o de que ya estaban listos y preparados los elementos que debían remplazarla? Y de la celebre Marcha de Cádiz, ¿sabíamos entonces que era un vals extranjero trocado en pasodoble?

Nosotros heredamos en 1898 este ambiente espiritual de orgullo hispánico, como habíamos heredado el realismo galdosiano y la socarronería campoamorina. En nosotros se daban estas modalidades contrapuestas de orgullo anticrítico y de crítica humilde, como en Costa, como antes en Larra, como antes en Quevedo. Y precisamente porque ese orgullo nacional, a pesar de la crítica, a pesar de los ojos, a pesar de la realidad, nos hacía suponer la existencia de una España en que las plazas de grandes hombres estuviesen cubiertas y desempeñados los servicios públicos, es por lo que alzamos la voz con iracundia cuando al desnudarnos el desastre nos reveló que nuestro cuerpo exangüe no era apenas mas que huesos y piel.

Es verdad que por debajo del orgullo nos sentimos también heridos en aquel legítimo sentimiento colectivo del honor que impulse a cada pueblo a cumplir sus deberes humanos, pero el pathos de la literatura regeneradora fue, en buena parte, la distancia entre lo que el orgullo nacional nos pedía y lo que nos daba la realidad. Esa distancia es el vacío inmenso que ha creado en el alma española la literatura del desastre. Ese vacío, esa nada, puede, debe ser fecunda y creadora. ¿Creadora la nada? ¿Paradoja? Veremos, rector. (6-XI-1913)

2. UNAMUNO

El señor Unamuno ha sido desterrado a Lanzarote. Y toda clase de sentimientos se acumulan en mi ánimo. Ignoro si sabré expresarlos. Yo debo al público la verdad, y la verdad es muy compleja. Considero el destierro del señor Unamuno como una desgracia nacional. Y tengo que decirlo. Al mismo tiempo creo que el Directorio se ha visto moralmente obligado a hacer lo que ha hecho. Y también tengo que decirlo.

Por el natural predominio de las letras sobre las ciencias, el señor Unamuno es actualmente la primera figura intelectual de España. Pero es una figura irresponsable y arbitraria. Y la verdad no es una cualquiera de estas dos proposiciones, sino el conjunto de las dos.

¿Por que es el señor Unamuno la primera figura intelectual de España? No será ciertamente por la perfección de sus obras. El señor Unamuno es novelista. Pero sus novelas carecen de interés como novelas. Son interesantes por el espíritu que revelan. El señor Unamuno es poeta. Pero su poesía no es tampoco ejemplar como poesía. Aunque hay música en el alma del señor Unamuno, no acierta a encarnar en sus palabras. Es ensayista, unas veces excelente, las mas no. Ha propuesto numerosas interpretaciones de la historia de España. Quizás acierte en alguna de ellas, pero todas son igualmente arbitrarias. Su mejor obra es la religiosa: El sentimiento trágico en la vida y en los pueblos. Es una obra llena de fuego y de saber, pero el sentimiento que la inspira, que es el deseo del señor Unamuno de no morirse, en lucha contra la razón que le asegura que ha de morirse, no puedo menos de considerarlo egoísta y mezquino. La categoría de muerte y resurrección me parece ser el más pobre de los aproches al problema religioso.

A pesar de esta imperfección formal y espiritual de las obras del señor Unamuno es tanta su pujanza que le asegura el primer puesto de las letras españolas. Mi idea del señor Unamuno es la de una condensación de fuerzas psíquicas que tienen que descargarse de algún modo y se disparan generalmente en contra de alguien. Es característica del señor Unamuno la propensión a hablar o escribir en público contra las ideas de sus oyentes o de sus lectores.

Estas fuerzas están constituidas por sus muchas y escogidas lecturas, por su talento filológico, que le permite leer en una docena de idiomas distintos, por su cátedra de griego, que le ha formado el gusto a pesar suyo, porque no hay nada naturalmente menos ético que el espíritu del señor Unamuno, por la ejemplaridad de su vida privada, que le ha permitido llegar a los sesenta años de edad con la energía intacta, por un patriotismo español, que le ha convertido en enemigo de los separatismos, y por aquel otro elemento que da la naturaleza y Salamanca no puede prestar al que la Providencia se lo niega.

Lo lógico sería que esta envidiable conjunción de fuerzas funcionase al servicio del ideal objetivo del señor Unamuno, que es el patriotismo. Pero aquí interviene la fatalidad. El señor Unamuno es enemigo encarnizado y hasta sistemático de la lógica y de lo objetivo. "¡Lo objetivo! Esa palabra que tanto odio", ha escrito centenares de veces. Y es que lo objetivo supone dominación de sí mismo, y esto es lo que el señor Unamuno no ha hecho nunca, ni parece haberselo propuesto. Sus fuerzas se descargan por motivos puramente personales. No le importa la verdad. No se da cuenta tampoco de las circunstancias, ni del tiempo. Ni hay razón objetiva para que se convierta un día en abogado furioso del fusilamiento de Ferrer y en servidor de los reaccionarios, ni la hay para que entablase hace años un imposible duelo con la persona del rey Don Alfonso.

En ello estamos ahora. El señor Unamuno no parece darse cuenta de que los pueblos gastan sumas considerables en rodear la persona de los jefes de Estado de toda clase de aparato externo para elevar de esa suerte el prestigio de los poderes mayestáticos. Es verdad que hay amantes de la sencillez republicana que no ven con buenos ojos ese aparato externo. Pero cuando un pueblo se gasta docenas de millones en esos prestigios, ¿cómo va a ser posible que una persona cualquiera, por grande que sea su reputación, pueda alzarse en una tribuna pública para decir toda suerte de injurias contra la persona que ciñe la corona?

El señor Unamuno ha estado haciendo años seguidos lo que nadie se ha atrevido a hacer, porque era notorio que el poder publico no podía consentirlo. Al señor Unamuno se le ha consentido. Las autoridades han cerrado muchas veces los ojos a sus escritos. Otras veces le han absuelto los Tribunales por ofensas que acaso hubieran sido condenadas de haberlas cometido otra persona. Cuando se le ha condenado ha habido amnistía para evitarle la humillación de un indulto.

Ahora no se exactamente de lo que se trata. Posiblemente de su discurso de Bilbao. Tal vez de una carta publicada en una revista bonaerense, pero que ha corrido de mano en mano toda España. El hecho es que España vive bajo un régimen de fuerza, que muchos españoles juzgan necesario para evitar que el país se deshaga, víctima de las agitaciones separatistas y del terrorismo sindicalista que lo tenían quebrantado. Hay previa censura para los periódicos. Las garantías constitucionales están suspendidas. El estado de guerra sigue proclamado en toda la península. Y el Gobierno ha creído que no podía tolerar al señor Unamuno lo que no consentía a nadie más

Ya se sabe que el señor Unamuno tiene gran prestigio fuera de España y que despertara considerable atención cualquiera medida que se adopte contra él. Es seguro que el Directorio no ha procedido en un arrebato de có1era, sino después de haberlo pensado. Lo decisivo, a mi juicio, es que no podía tolerar las injurias del señor Unamuno, sin dejarse insultar igualmente por don Rodrigo Soriano, por ejemplo, y por los centenares de agitadores que hay en España, lo cual hubiera implicado su caída.

Pero el Directorio cree útil a España su continuación en el poder. Así lo cree mucha gente. La monarquía de otra parte, es institución cuya esencia esta en la duración. Los pueblos que prefieren la monarquía a la república ya saben que aceptan los reyes malos con los buenos y que se comprometen a respetar a su monarca, sea cualquiera su persona. Sus virtudes serán de dominio publico; sus defectos no pertenecerán más que a la historia. Lo que fueron un Carlos II o un Regente de Inglaterra no lo supo el pueblo ingles sino muchos años después. No fueron buenos, pero peor hubiera sido una revolución.

El señor Unamuno puede, si está en sus medios, derrocar la monarquía. Pero no es 1ógico que espere que se le permita enfangar su prestigio en tanto que conserve su poder. Ya se que hay momentos históricos en que la palabra violenta es un deber para el hombre que posee la autoridad necesaria para pronunciarla con eficacia. Pero esos momentos no pueden ser aquellos en que un pueblo indiferente no ve en las violencias de palabra más que espectáculos que le distraen. En estos momentos el deber de los hombres de sensibilidad y pensamiento consiste, a mi juicio, en ir formando la conciencia del pueblo, preparándole para la acción futura.

Por lo demás, no necesito decir que me angustia todo ello. Aún es floja la palabra angustia. Me duele el hecho de que tenga que vivir España bajo un régimen de fuerza. Me duele que haya tantos separatistas y revolucionarios. Busco en vano un concierto de hombres de buena voluntad unidos en un ideal de cultura y amor a la solidaridad de todas sus regiones. Me duele que se haya desterrado al señor Unamuno y aún más me duele que pequeñas anécdotas, como ser o no rector de la Universidad de Salamanca y verse o no verse recibido en el Palacio Real, distraigan al señor Unamuno de la misión de forjar un ideal para su patria, para convertirle en guerrillero de una futura guerra civil que, desde el fondo de mi alma, pido a Dios que conjuren cuantas buenas voluntades tengamos. (28-III-1924) (continúa)




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